La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

1 de marzo de 2026

El Pacto Federal Castellano de 1869

 En nuestro país, el enfrentamiento entre los nacionalismos de distinto ámbito, por un lado el español y por otro los nacionalismos territoriales periféricos, suele circunscribirse a Cataluña y Euskal Herria, en menor medida a Galicia y, ya más recientemente, a Andalucía o Canarias. Sin embargo, parece que ambas Castillas no solo estuviesen huérfanas de un nacionalismo propio sino que son vistas como la quintaesencia del españolismo más rancio. Y, sin embargo, eso no es así. A falta de estudios históricos necesarios, sabemos que hubo proyectos, movimientos y hasta partidos políticos que se reclamaban nacionalistas castellanos antes de 1975. Como en tantas otras cosas, los republicanos federales, siguiendo la estela de Pi y Margall y de Proudhon, fueron los primeros en proclamar y defender esta identidad específica dentro de la República Federal española. No hay mejor ejemplo que el Pacto Federal Castellano firmado en junio de 1869 por los delegados de diecisiete provincias del interior, que aquí reproducimos tal y como fue publicado en el diario La Época del 20 de junio de 1869.


PACTO FEDERAL CASTELLANO
He aquí el texto Integro del documento que en Valladolid acordaron los republicanos representantes de 17 provincias de las dos Castillas:
“Los representantes de las provincias de Castilla nombrados para convenir y otorgar el pacto federal castellano, reunidos en Asamblea, consideran como imprescindible obligación el dar cuenta a sus comitentes de los trabajos que hasta ahora han llevado a término; trabajos comenzados con los mejores auspicios, una vez que arrancaron desde el instante en que tuvo término la manifestación que el partido republicano de Valladolid hizo en unión nuestra el día 13 de junio, fecha memorable, por la sensatez, cordura y moderación de que dio ejemplo, y que son un mentís solemne contra las acusaciones de nuestros adversarios.
De feliz augurio nos sirvió este hecho como asimismo el no menos elocuente de que, apenas celebramos nuestra sesión preparatoria, tuvimos el inefable contento de ver que ninguna de las17provincias castellanas había faltado al llamamiento: todas acudieron presentando algunas, por la diferente e incompleta organización del partido, tal número de representantes legítimos y debidamente autorizados, que la Asamblea, inspirada en su criterio democrático, creyó conveniente admitir por cada provincia distinto número de representantes, si bien la representación en todas fue igual para nuestras deliberaciones, puesto que cada una solo tuvo un voto para aprobar o desaprobar nuestros acuerdos.
Una vez reunidos los representantes de las provincias castellanas, bien pronto vieron que lodos coincidían en sentimientos y propósitos. La unión de los republicanos de las dos Castillas bajo una más fuerte y cuidadosa organización; la necesidad de estar todos tan conformes con la conducta como lo están en las doctrinas; el reconocimiento de que todos sus intereses son solidarios y de que por tanto la ofensa hecha a uno ha de considerarse como ofensa hecha a todos; fueron desde el primer momento las aspiraciones manifestadas unánimemente; aspiraciones que debidamente expuestas y quilatadas en el crisol de la discusión, dieron a conocer bien pronto a la Asamblea cuáles eran las necesidades del partido republicano en las dos Castillas; y conocidas estas necesidades, posible fue arbitrar remedio conveniente.
No, no dirán los representantes de las diez y siete provincias castellanas, que han acertado en sus acuerdos; no sostendrán tampoco que lo por ellos determinado es lo mejor y más conveniente, pero si pueden asegurar, que animados del más puro patriotismo, discutieron amplísimamente, examinando todas las cuestiones bajo todos sus aspectos y en todos sus pormenores; y formando así convencimiento racional y formado, al emitir su voto, solo tuvieron presente el bien de sus representados y el interés de la causa que defendemos.
Obligado a manifestar el partido republicano, que está unido por pensamientos y creencias comunes, Castilla, por medio de sus representantes, ha debido declarar cuál es la forma de gobierno por cuya realización trabaja, y a fin de mostrar que no se mueve por ciego sentimiento sino por íntima convicción, ha creído indispensable recordar que el partido republicano proclama como su ideal la federación, no para destruir la unidad nacional que vincula tan altos ejemplos y tan memorables glorias, sino que por el contrario es federal, para afirmar y fundar más íntimamente esa unidad nacional; que sobre la autonomía e independencia de la vida y organización, modo de administrarse y regirse cada provincia, están los altos principios de derecho y de moral que tienen su manifestación en la justicia y en el sentimiento de honra nacional y así como está, dada la organización federal, sobre el gobierno de cada provincia y de cada federación, el gobierno central a quien corresponde la misión de conservar la nacionalidad española y garantizar los derechos individuales, corno asimismo determinados servicios y obligaciones de carácter general.
Mas no bastaba esta manifestación de nuestras aspiraciones: era preciso declarar la conducta a que debía arreglar sus actos el partido republicano de las dos Castillas, y sobre este particular, como la unión en propósitos y fines de todo el partido republicano es un hecho, la Asamblea creyó que no podía ni debía separarse de la determinada por la minoría del Congreso y por las repetidas declaraciones de los pactos de Tortosa y de Córdoba. Así, los representantes castellanos creen y en ello han convenido, que no deben renunciará la propaganda y predicación de sus doctrinas; y que como quiera que la experiencia aconseja ser precavidos, con ojo vigilante, a pie firme, y con el arma al brazo, los republicanos de Castilla, por medio de sus representantes, se obligan y comprometan a defender los derechos individuales y el sufragio universal proclamados por la revolución de septiembre. Respecto a este punto, en la Asamblea de representantes de Castilla no podía haber divergencia; todo por la república democrática federal y para la república democrática federal: o salvar la honra de España o perecer en la demanda. Tal es el compromiso serio y formal que las diez y siete provincias castellanas han contraído, y a que sabrán responder obedeciendo fielmente al llamamiento del partido.
Para cumplir bien e íntegramente este propósito y hacer uniformes todos los movimientos del partido y poder subvenir así a sus necesidades de todo género y consideración, como a la mutua ayuda que exige la solidaridad unánimemente convenida y aceptada, era indispensable una organización, que a la vez que uniera todas las diferentes localidades y dejase a estas su entera independencia, fuera acostumbrándonos a la federación y creando así los intereses y las relaciones que han de servir a esta de fundamento. A este proyecto responde la organización establecida, que aun cuando a primera vista parezca complicada, es por sí tan sencilla, que solo exige para que el partido se mueva enérgica y unánimemente, actividad y buen deseo en los individuos que han de componer cada una de las Juntas.
Y como quiera que las circunstancias especiales del país y del partido republicano lo exigen, la Asamblea, haciendo uso de los amplios poderes de que está investida, ha nombrado, aunque con el consiguiente carácter de provisional e interino, y en su virtud, hasta tanto que cada agrupación haga uso del derecho que la asiste, los individuos que han de desempeñar estos cargos, de honor sí, pero de estrecha y exigible responsabilidad.
Estos son, republicanos de las dos Castillas, los estremos todos, que, a más de los reservados, han sido discutidos por vuestra Asamblea federal y consignados en los acuerdos siguientes:
Primero
La Asamblea de representantes de la federación castellana reconoce y declara que la forma de gobierno que entraña y ha de realizar el ideal del partido republicano es la república democrática-federal.
Esta forma, lejos de determinar el rompimiento de la unidad nacional, la exige y estrecha más íntimamente, una vez que la federación solo supone la libertad de organizarse y vivir cada Estado como lo estime más conveniente, pero sin infringir ninguna de las verdades económicas y morales sancionadas por la justicia universal, ni mucho menos ninguno de los derechos individuales que constituyen y son inherentes a la personalidad humana.
Segundo
Siendo dogma del partido republicano que el convencimiento propio y su manifestación, la soberanía popular, es lo que debe determinar lodos los actos políticos, los representantes de Castilla se adhieren a las manifestaciones de la minoría republicana y de los pactos de Tortosa y Córdoba, respecto a la declaración de que todo ataque de índole general contra los derechos individuales proclamados por la revolución, será considerado como causa legítima de insurrección, si no se consiguiera la reparación debida por los medios legales.
Tercero
La Asamblea declara que la organización del partido a cuyo objeto deben encaminarse preferentemente todos los esfuerzos de los republicanos, deba consistir en la formación de las juntas siguientes:
Municipal o local. De distrito o judicial. Provincial. De cantón. De Estado. Federal. Suprema.
La Junta municipal se compondrá de los individuos que elija el partido de cada localidad. La de distrito, de los representantes de cada Junta municipal. La provincial, de los representantes de cada provincia. La de cantón, de los representantes de cada provincia de las que constituyan el cantón. La de Estado, de los representantes de cada provincia, en tanto que no se constituyan los cantones. La federal, de los representantes de cada Estado. Y la suprema, de los representantes de cada federación.
La forma de elección y número de individuos con que se han de constituir estas Juntas, queda al arbitrio de cada una de ellas. Sin embargo, la asamblea recomienda como el mejor medio de elección el sufragio universal directo para las Juntas municipales, y el voto de todos los individuos que compongan cada una de las Juntas, para su representación en la inmediatamente superior.
Cuarto
La federación castellana se constituyo por la unión de las diez y siete provincias congregadas, y de cualquiera otra que se adhiera en forma legítima y solemne a este pacto. Esta federación se compone de los dos Estados de Castilla la Vieja y de Castilla la Nueva.
El Estado de Castilla la Nueva le constituyen las provincias de Albacete, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara, Madrid y Toledo.
El Estado de Castilla la Vieja le constituyen las provincias de Ávila, Burgos, León, Logroño, Palencia, Salamanca, Santander, Segovia, Soria, Valladolid y Zamora.
Reconociéndose en todas estas provincias su autonomía e individualidad propia, podrá cada una agruparse con otra u otras según lo consideren conveniente, y una vez verificado esto, la agrupación que de estas provincias resulte formará un cantón.
Mas como esta constitución no puedo ni debe hacerse hoy, la asamblea se limitará a consignar el principio, dejando su aplicación para otra Asamblea debidamente congregada, en la cual, previas las discusiones consiguientes y habidas en cuenta sus relaciones o intereses, se constituirán los cantones en el número y forma que se estime conveniente.
Quinto
La federación castellana queda desde este momento constituida y establecida para representar y velar por todos los intereses del partido republicano, y para fomentar y cuidar estos, se nombrarán dos Juntas de Estado compuesta de tantos individuos cuantas sean las provincias confederadas, con residencia una en Valladolid y la otra en Madrid, en representación de los dos Estados de Castilla la Vieja y Castilla la Nueva. Asimismo se nombrará otra federal compuesta de cinco individuos, que representarán la federación castellana, y sostendrá relaciones directas con las federaciones de Tortosa y Córdoba.
Estas tres Juntas, aunque tienen el carácter de interinas o provisionales, hasta que elegidas las definitivas entren estas en el ejercicio de sus funciones, gozarán de todas las facultades que tienen las juntasen en cuyo reemplazo se nombran.
Sexto
En consecuencia con el anterior acuerdo, la Asamblea hizo los siguientes nombramientos:
JUNTA PROVISIONAL DEL ESTADO DE CASTILLA LA VIEJA.
Por Ávila, Mariano Marcoartú. Por Burgos, D. Felipe Corral. Suplente, D. Manuel G. Barquín. Por León, D. Juan Téllez. Por Logroño, D. José Sáenz Santa María. Suplente, D. Emiliano Tarazona. Por Palencia, D. Antonio Domingo. Por Salamanca, D. Tomás Roldan, Suplente, D. Manuel P. Terán. Por Santander, D. Prudencio Sañudo. Por Segovia, D. Pedro Ochoa. Por Soria, D. Lorenzo Ramos. Por Valladolid, D. Lucas Guerra. Por Zamora, D. Lázaro Somoza. Suplente, D. Juan Fernández Cuevas.
JUNTA PROVISIONAL DEL ESTADO DE CASTILLA LA NUEVA.
Por Albacete, D. Ramón López de Haro. Suplente, don Antonio Ochando Villaescusa. Por Ciudad-Real, D. Manuel Moreno. Suplente, D. José Rodríguez Morales. Por Cuenca, D. Pablo Correa. Suplente, D. León Taillet. Por Guadalajara, D. Cirilo López. Suplente, D. Juan Antonio Berez. Por Madrid, D. Antonio Merino. Suplente, D. Ricardo Lupiani. Por Toledo, D. Luis Villaseñor. Suplente, D. José Beltrán.
JUNTA PROVISIONAL FEDERAL CASTELLANA.
D. Francisco Valero y D. Mariano Villanueva, por el Estado de Castilla la Nueva. D. Miguel Morayta y D. Antonio Merino, por los Estados de Castilla la Vieja. Y habiendo sido además nombrados unánimemente por los dos Estados D. José María Orense, la Asamblea por aclamación acordó conferirle la presidencia de esta Junta. A la vez que ese acuerdo, se tomó el de autorizar a todos los nombrados en primer lugar para apoderar suplentes que en su nombre desempeñen su cargo.
Estas son, castellanos, las bases establecidas, estos los fundamentos primordiales sobre los que creemos ha de asentarse sólidamente la organización de nuestro partido y luego la reconstrucción de nuestra patria. Los materiales dispuestos están, los artífices lo serán todos los buenos españoles, todos los amantes del pueblo, todos los demócratas republicanos.
Que cada uno ocupe su puesto, que cada cual trabaje con abnegación hasta el sacrificio, y si es necesario hasta el martirio.
Mientras se conserve al pueblo la libertad y francas las puertas de sus derechos, entremos por ellas a realizar la santa aspiración de que pende la felicidad de la patria. Pero si esas puertas se cierran por los que arteramente se han reservado la llave, no temáis, las escalas están preparadas, treparemos por el muro, y dentro o la victoria o la muerte.
La sangre de los Padillas, Bravos y Maldonados que corre por vuestras venas y el ardimiento de que guardan memoria estos pueblos de las comunidades, garantiza el éxito de nuestras aspiraciones y deseos.
Valladolid, 15 de junio de 1869.
El presidente, José María Orense, representante por Madrid. El vice-presidente, Mariano Villanueva, representante por Toledo. El vice-presidente, Manuel Pérez Terán, representante por Valladolid.
Representantes por Ávila, Mariano Marcoartú, Nicolás Hernández, Juan José Paz.
Representantes por Albacete. Francisco Valero, Ramón López de Haro, Mariano García, Antonio Ochando Villaescusa, Tomás Pérez, Ramón Moreno, I. Villarino.
Representantes por Burgos, Martín Barrera Llamo, Lucio Brogaras, Felipe Corral, Francisco Aparicio Mendoza.
Representantes por Ciudad Real, Dámaso Barrenengoa, Ignacio Cortés.
Representantes por Cuenca, Ramón Castellano, Pablo Correa y Zafrilla.
Representantes por Madrid, Antonio Merino, Ricardo Lupiani, Andrés Balló.
Representante por Guadalajara, Inocente Fernández Abás.
Representantes por León, Juan Téllez Vicén, Leocadio Cacho.
Representantes por Logroño, Alberto Ruiz, José Sáenz Santa María, Tirso Crespo.
Representantes por Patencia, Antonio Domingo, Ciriaco Tejedor, Casimiro Junco, Lorenzo González.
Representantes por Salamanca, Tomás Roldan, Pedro Martín Benitas, Anastasio Redondo, Aniano Gómez.
Representantes por Santander, Prudencio Sañudo, José María Herrán.
Representantes por Segovia, Nicomedes Perier, Eloy Palacios, Pedro Ochoa.
Representante por Soria, Miguel Morayta.
Representantes por Toledo, Luis Villaseñor y de la Oliva, Norberto García Roco, José Bertrán.
Representantes por Valladolid, Lucas Guerra, Pedro Romero Peláez.
Representantes por Zamora, Dionisio Guerra, Tirso Sainz Baranda, Lázaro Somoza Alonso, Hermenegildo García, Juan Fernández Cuevas, Cipriano Camarón.
El secretario por Castilla la Vieja, Antolín Gutiérrez Mariscal, representante por Burgos, El secretario por Castilla la Nueva, Manuel Moreno Cano, representante por Ciudad Real. El secretario de edad, Juan Trueba, representante por Santander. Secretario de edad, Federico Ordax Avecilla, representante por Madrid.

15 de diciembre de 2025

El Partido Sindicalista y la Revolución Social

El estallido de la Guerra Civil española, como consecuencia del fallido golpe militar del 17 y 18 de julio de 1936, fue, seguramente, la mayor conmoción que vivió la sociedad española durante todo el siglo XX. Ante los gravísimos acontecimientos encadenados –golpe militar, guerra civil y revolución social- todas las estrategias y planes políticos de los partidos, sindicatos y otras organizaciones del país quedaron obsoletos de un día para otro y obligaron a evaluar nuevas situaciones y reflexionar sobre nuevos proyectos en el fragor de las batallas, con la certeza de que cualquier error sería costoso e incluso letal. El Partido Sindicalista, concretamente, vio como su línea de apoyo a la República a través de cauces políticos y de moderación en la actividad sindical quedaban desbordados por la realidad cotidiana de los hechos. Los comités local y provincial de Valencia, que estaba a punto de convertirse en la nueva capital de la República, hicieron pública en septiembre su valoración, que aquí presentamos. No deja de ser sorprendente la alusión a la Rusia soviética en una organización que presumía de su origen anarquista.


EL PARTIDO SINDICALISTA A LOS TRABAJADORES Y A LA OPINIÓN EN GENERAL
Por espacio de dos meses, las masas trabajadoras españolas, y junto a ellas los hombres liberales de la burguesía, sostienen una lucha que no tiene precedentes en la historia del mundo.
Lo más negro de la reacción española inició el 18 de Julio un movimiento militar que no tenía más objetivo que contener los avances del proletariado en su ascensión al poder totalitario, por lo cual luchamos lustros y lustros.
Las posibilidades que al proletariado ofrecía aún la democracia en su trance de muerte, hacía concebir a la reacción española el plan criminal que empezó el 18 de Julio en el que participan militarismo, clericalismo y alto capitalismo, enemigos jurados y seculares del proletariado y de toda conquista liberal.
La historia de España se ha distinguido siempre por la acción asociada y nefasta de esas pretendidas castas, hasta hace poco privilegiadas, sometiendo al país al hierro, el hambre y el fanatismo.
La conciencia española recibió una fuerte sacudida en 1898, se puso en tensión, y desde entonces, estimulada por un movimiento obrero, inicia su obra autoliberadora. Fruto de ello son los acontecimientos de 1909, de 1911 y, muy especialmente, el de 1917.
A partir de esa fecha y por la acción del proletariado y elemento liberal contra la monarquía absoluta, y bajo la influencia de la Revolución rusa, se polarizan las dos Españas.
La España proletaria y liberal, con noción de su personalidad y de su responsabilidad, se enfrenta y lucha con la España absolutista, con la España militarista, con la España clerical, con la España que representaba la opresión y la tiranía. Esta lucha tuvo su corolario el 12 de abril de 1931. El absolutismo, representado en la monarquía, caía en su poder político, pero quedaban vinculados al Estado español sus secuaces, sus sostenedores.
Ciegos ante la realidad, impulsores de la Revolución, queriendo contenerla, no han cesado un momento en maquinar cómo conseguirían restablecer lo que a ellos les colocaba o les hacía dueños absolutos de España. Ni juramentos a un honor del que siempre hemos dudado, ni el sentimiento de responsabilidad de la tragedia que iba a vivir España, los contuvo en su loco afán de dominio. Loco afán de dominio decimos porque solo a dementes, a desesperados se les puede ocurrir la iniciación de un movimiento de tal naturaleza, a pesar de la preparación y de las asistencias que contaron, ya en el interior como en el exterior.
La sangre de la juventud española, regando el solar hispánico, les ahogará definitivamente, quedando el camino expedito para levantar el mundo que fue ideal, y que va convirtiéndose poco a poco en cosa tangible, real, posible.
El entusiasmo del pueblo español, la reacción de las masas obreras y hombres liberales de los partidos republicanos ante el fascismo, la asistencia entusiasta del proletariado internacional, nos dan la seguridad de nuestro triunfo. No obstante, debemos decir que no es bastante el entusiasmo; acompañado a esto debe haber técnica militar y, muy especialmente, disciplina. Sin esto no se gana ninguna guerra, y una guerra, guerra civil, cruenta, es la que sostenemos, y hemos de vencer ante todo y por encima de todo.
La disciplina en estos momentos, lo mismo en el frente que en la retaguardia, ha de ser un factor decisivo de nuestra victoria. Nuestro concepto de la disciplina no es la obediencia ciega, sin examen, al mandato. Nuestro concepto de la disciplina es el cumplimiento sistemático de los acuerdos que tomen los organismos responsables.
[…]
Actitudes aisladas, esporádicas, sin cohesión, nunca; acciones de conjunto, organizadas con la inteligencia y sentidas en lo íntimo de nuestro ser, adelante.
Los trabajadores de todo el mundo siguen atentos y esperanzados ante nuestra obra; no les decepcionemos; que nuestro triunfo les aliente y estimule a iniciar en Europa la obra de manumisión económica y política que es fundamento de la lucha y aspiración del proletariado universal.
El momento es de organización, de consecuencias, de preparación intelectual y técnica; atengámonos a esta consigna y laboremos con el pensamiento hacia el porvenir.
Sepamos ser, con Rusia, guías de la Revolución mundial.
Los Comités Local y Provincial, Valencia, septiembre de 1936

1 de diciembre de 2025

La Primera República y los republicanos

Quizás uno de los más agudos problemas que hayan tenido los regímenes de la Primera y la Segunda República en España haya sido la ausencia de republicanos, de un partido tan numeroso como consolidados de auténticos republicanos. Tanto en 1873 como en 1931 la República vino más de los errores y descréditos de la monarquía que de las virtudes y aciertos de los republicanos, que en ambas ocasiones se encontraron con un poder en sus manos que ni tenían previsto ni estaban, muy seguramente, preparados para ejercer. Dependieron así en el siglo XIX de los radicales, amadeístas hasta la víspera, y en el siglo XX de los socialistas, muchos de los cuales solo veían en la República burguesa un breve período de transición. Como prueba, publicamos dos artículos de La Discusión, un periódico republicano de gran tirada y prestigio que era portavoz del republicanismo menos exaltado, en el que si el 4 de febrero de 1873 veía más fácil una tiranía que la república, una semana después celebra alborozado la caída de la monarquía. También añadimos una nota de prensa en la que los líderes del republicanismo solicitan calma a sus seguidores para ser ellos quienes traigan el nuevo régimen y que no sea el resultado de un levantamiento popular.


NO HAY QUE HACERSE ILUSIONES
No cabe duda que atravesamos un período terrible de descomposición, en el cual, si es cierta la ruina de todas las antiguas instituciones, seguro el desprestigio de los fundamentos en que se apoyan e imposible por lo tanto su reorganización después de la derrota, también es fácil el descrédito de las nuevas teorías, merced a los abusos o torpezas de los hombres encargados de plantearlas; también es indudable que no se halla tan asegurada la libertad en el presente momento histórico que no podamos perderla.
Nosotros abrigamos el profundo convencimiento de que el creciente desarrollo de las ideas modernas; el espíritu de los grandes filósofos del pasado y presente siglo que se vive ya en la política y con el cual se van familiarizando los pueblos; los medios de comunicación entre unas y otras razas, que llevan á todas la civilización y la cultura, han hecho imposible las monarquías, han dado el golpe de muerte á los Gobiernos despóticos.
Pero bien mirada la cuestión, no se deja de comprender al mismo tiempo, que por más que eso sea verdad en absoluto, aunque sea de una certeza incontrovertible en tesis general, puede en el terreno de la práctica y parcialmente verse desmentida. No hay más que descender al terreno de los hechos, que es la fuente de donde el político saca en último término más provechosas enseñanzas, y se verá confirmado esto que decimos.
El pueblo español es verdad que no se halla en condiciones para ser gobernado por la monarquía. Pero ¿no hay otros pueblos que alcanzan el mismo grado de ilustración por lo menos, y viven sin embargo bajo ese férreo yugo, con menores probabilidades de romperlo que nosotros?
No está el pueblo ya dispuesto para consentir el gobierno de los reyes. Pero ¿lo estaba en enero de 1871? Mil veces hemos dicho y convenido todos en que no. Pues sin embargo, vino Amadeo, a pesar de que muchos con razón afirmaban que no vendría, y ya lleva dos años en el trono, cuando ni probabilidades de reinar dos meses tenía.
Esto demuestra que los pueblos no se mueven con la facilidad que los individuos; que sus pasiones, si son más terribles cuando estallan, en cambio permanecen más tiempo dormidas; que muy bien puede pasar la vida de una generación sin que un pueblo logre realizar las aspiraciones ya en todos los ánimos encarnadas.
Esto dice que en política se ha de proceder con mucho tino y con mucha prudencia para desarrollar los principios, por más que fuesen justos y contaran con el amor y convicciones de los que con arreglo a ellos hubieran de ser gobernados.
Sabemos nosotros que hoy es imposible la reacción, que la aguja política va irresistiblemente hacia el polo de la República. Pues esto no obsta para que afirmemos que por una imprudencia nuestra pudieran apoderarse del mando los conservadores, y pasar aún por un periodo de despotismo antes de llegar al cumplimiento de nuestro dogma.
Si Amadeo era imposible en 1871 y vino, ¿por qué siendo imposible en 1873 que perdamos nuestras libertades, no habíamos de poderlas perder? En verdad que no serian los conservadores dueños por mucho tiempo de nuestros destinos. Pero ¿no había iguales dificultades ó mayores para que Amadeo reinara y lleva ya dos años en el trono?
Es preciso que nuestros correligionarios se convenzan de esto y arrojen ese exagerado optimismo que tanto nos perjudica. Somos fuertes; ¡como que el número y la idea vienen con nosotros! pero es necesario no malversar nuestra fuerza en aventuras, no perderla en declamaciones, ni confiar demasiado en ella.
Cuantos en más ó en menos concurran a la obra de nuestra regeneración social y política; cuantos lleven un grano de arena a la gran obra de libertad del pueblo, son nuestros hermanos, son nuestros amigos, y en vez de rechazarlos y escarnecerlos, hemos de alentarlos y aplaudirlos.
Ya se ve que en esto nos referimos a los radicales. Nosotros no podemos ni debemos esperar que ellos nos den la República. Pero sí que cumplan su misión en la monarquía. Nuestra empresa es común en muchos puntos con la suya; no hay para qué privarnos, al privarlos a ellos, de elementos para acabarla felizmente.
La política de repulsión y exclusivismo en el partido republicano atraería hondos males a España y terribles conflictos para la libertad y para la República.
La Discusión, 4 de febrero de 1873.

REPUBLICANOS FEDERALES

Atravesamos una de las más graves crisis porque puede pasar un pueblo. La más lijera imprudencia bastaría hoy para comprometer la suerte de la República, la libertad y la patria. En nombre de esos sagrados intereses, que estamos todos llamados a defender, os recomendamos la calma y el orden. Los momentos son supremos; grande la responsabilidad de nuestros actos.Sostened vosotros el orden en las calles y dejadnos a nosotros la salvación de la República. Madrid, 10 de febrero de 1873.

Francisco Pi y Margall, Emilio Castelar, Estanislao Figueras, Bernardo García Fernández, Miguel Morayta, José Navarrete, Nicolás Salmerón, José Fernado González, Pedro Gutiérrez Agüera, José Carvajal Hué, Fernando Garrido, Antonio Orense, Domingo Sánchez Yago, Francisco Sicilia Arenzana, Romualdo de la Fuente, Vicente Barberá, Francisco Suñer y Capdevila, Antonio Luis Carrión, Santiago Soler y Plá, Manuel García Martínez, José Jiménez Mena, Roberto Robert, Antonio Aura Boronat, José Hilario Sánchez, José Cristóbal Sorni, Ramón Nouvilas, Eduardo Cagigal, Enrique Pérez de Guzmán, Luis Blanc, Juan Urruti, Ricardo Bartolomé Santamaría, José González Janer, Juan D. Pinedo, Eleterio Maisonnave, José Prefumo, Manuel Lapizburu, Buenaventura Abárzuza, Ramón de Cala, Miguel Morán, Miguel Baltá Pujol, Cesáreo Martín Somolinos, Eduardo Benot, Eduardo Chao Fernández, Francisco Díaz Quintero, Rafael Cervera, Roque Barcia, Manuel Carrasco, Juan Hidalgo, Benigno Rebulida, Tomás Roldán.

LA REPÚBLICA HA TRIUNFADO
Nuestra patria se halla hoy en una de las situaciones más solemnes que registra la historia. Sin movimiento brusco, sin cambio violento, por la fuerza de la razón, por la furia de las circunstancias, por la virtud del tiempo, que ha coronado nuestra política y nuestros esfuerzos, pasamos de la monarquía a la República.
¡Qué grato desengaño para los impacientes! ¡Qué satisfacción para todos! Se ven cumplidos nuestros pronósticos, justificada nuestra conducta, probada nuestra política. Ha triunfado la República, nuestra forma de gobierno. Todos los republicanos hemos alcanzado nuestro fin.
Ya no debemos preguntarnos por el medio empleado, pues que hemos conseguido el común propósito; sólo nos debemos concertar para asegurarle y arraigarle.
Nuestra actitud ha impulsado al partido radical por el camino de las reformas. Ya sabíamos que estas eran incompatibles con la monarquía. Sabíamos que la democracia minaba sus cimientos, y los ha minado, y ha caído por su propia pesadumbre, por la lógica de la historia. Sabíamos que, apartando a los radicales de los conservadores de la Revolución, partíamos por la mitad los cimientos del trono, y el trono ha reconocido al cabo que asentándose sobre tan flaco asiento era inevitable su caída.
¿Qué importa ya? ¿Qué debe importarnos?
Poner en consonancia con esa forma de gobierno, genuina representación de la soberanía nacional, los derechos del pueblo, todos los derechos del pueblo.
Ante este alto fin patriótico se nos viene a las mientes una consideración importantísima. Pensemos que al triunfar la causa del derecho tenemos en contra de nosotros a todos los enemigos del pueblo, a todos los enemigos de la libertad.
Unámonos con firmeza y tengamos en cuenta que ya no hay sino dos partidos en España; el partido de la libertad, que es el partido de la República, y el partido de la reacción.
Todos los liberales son hoy, no pueden menos de ser en fuerza de sus principios republicanos, porque la República es la única forma de gobierno propia de las libertades democráticas.
La República, que es el partido del derecho, el partido que ha matado la monarquía, acabará por matar las sombras de la reacción, acabará, con todos los partidos históricos absorbiéndolos en su seno, porque el derecho no reconoce diferencias ni orígenes ni jerarquías; a todos los abraza como iguales.
Ahora se persuadirán todos nuestros detractores de que sólo dentro de la libertad completa es posible el orden; pero para mostrarles que el orden es resultado de la práctica del derecho, debemos comenzar dando señales de cordura, de prudencia, de patriotismo, sin comprometer nuestra causa en los primeros momentos por sobra de impaciencia.
Nada deben importarnos las procedencias políticas. Lo que nos importan son los principios. A fin de establecerlos en toda su pureza y a fin de arraigarlos en las entrañas de la sociedad, menester es rehacer la Constitución en toda la pureza de sus bases democráticas. El Gobierno provisional republicano que ha de presidir á esta trascendental elección, producto espontáneo, habrá de ser de las actuales Cámaras.
No nos importen las personas, repetimos. Miremos sólo a los principios.
La República no admite ni mancha ni mistificaciones. La República ó se acepta como es, o se rechaza.
¡AL FIN!
La Discusión, 11 de febrero de 1873