La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

16 de enero de 2008

Revolución Industrial en Inglaterra, de Max Beer

Obreros en su fábrica, España, hacia 1910 (Archivo La Alcarria Obrera)

Una de las ideas equívocas más extendidas es aquella que sostiene que la Revolución Industrial se debe a un puñado de capitalistas emprendedores que arriesgaron sus fortunas para introducir cambios profundos en los modos de producción tradicionales, justificando de este modo la acumulación de plusvalías por esta minoría de patronos rápidamente enriquecidos con el trabajo de un proletariado cada vez más numeroso y explotado. Ofrecemos aquí el análisis de Max Beer, extraído de su Historia general del socialismo y de las luchas sociales, una voluminosa obra que fue publicada por primera vez en castellano por la Editorial Zeus en 1931, y que desde entonces ha tenido muy pocas reediciones; en España sólo volvió a ser reeditada en 1979, y está agotada desde hace décadas. Sin embargo no cabe duda de su interés: se dice que Salvador Allende confesó que fue su lectura la que le orientó hacia el socialismo.

Con formas y alternativas diversas prosiguió hasta 1689 la revolución burguesa iniciada en 1642. Terminó por la derrota de la monarquía absoluta y la victoria de la burguesía. Inglaterra se convirtió en una República con fachada monárquica. Todavía era la población relativamente débil. Se elevaba a cinco millones de habitantes, de los cuales millón y medio, poco más o menos, pertenecían a la clase de artesanos o a la de comerciantes. Se practicaba la industria ora a domicilio, ora en talleres. Además, existían grandes manufacturas que agrupaban numerosos artesanos asalariados y constituían una a modo de gigantesca mecánica dominada por el capital comercial.
Durante la revolución ya empezaron los intereses del comercio y de la industria a ejercer una influencia preponderante sobre toda la vida política inglesa. Fue su portavoz Oliverio Cromwell. Se acrecentó esta influencia a lo largo del siglo XVIII. Toda la política del Gobierno inglés no tenía otra finalidad que la de abrir vastas perspectivas al comercio y a la industria. Con este propósito, la nobleza y la hacienda inglesas empeñaron la lucha contra los Países Bajos y Francia, anularon la competencia industrial de Irlanda, ahogaron en germen las tentativas de competencia de América del Norte y fundaron el imperio de las Indias. Con este propósito crearon Bancos, Compañías de navegación y manufacturas; expropiaron a masas enormes de modestos aldeanos y los transformaron en proletarios, empleándolos en la construcción de carreteras y canales y dándoles trabajo en las numerosas fábricas que surgían entonces por doquiera. El único fracaso que sufrieron fue la pérdida de los Estados Unidos de América del Norte, debida a la política de cortos alcances del Gobierno inglés.
La extensión de los mercados y el aumento general de la demanda de producción manufacturados requirieron una transformación completa de la producción y los transportes. Para satisfacer las necesidades mercantiles pusieron manos a la obra ingenieros, inventores y sabios. Rápidamente se cubrió Inglaterra de una espesa red de carreteras y vías navegables. Se perfeccionó la máquina de vapor. Cada vez se utilizó más la antracita en la industria metalúrgica. La invención de la máquina de hilar y del tejido mecánico dio origen a la industria textil moderna. El gruñido de las máquinas y las columnas de humo que se elevaban de las chimeneas de las fábricas anunciaron al mundo entero la aparición de la edad del carbón y del hierro.
Del país agrario se transformó Inglaterra con premura en país industrial. Las comunidades aldeanas cedieron el puesto a vastas fábricas y centros industriales. Se multiplicó la población con una velocidad vertiginosa. En todos los sentidos se extendieron las ciudades. De 1750 a 1821 la población de Inglaterra y el País de Gales pasó de 6’5 millones de habitantes a más de 12 millones. De 1760 a 1816 la población de Manchester pasó de 40.000 a 140.000 habitantes; la de Birmingham, de 30.000 a 90.000; la de Liverpool, de 35.000 a 120.000. De 1750 a 1816, el total de importaciones y exportaciones pasó de 20 millones de libras esterlinas a 92.
Todos estos fenómenos eran consecuencia de la revolución industrial, la cual arrastró en pos de ella poco a poco al mundo entero. Sus efectos resultaron incomparablemente más enormes y profundos que los de todas las revoluciones del pasado. Ella asentó las bases de un nuevo orden social y creó los medios de suprimir la miseria, la opresión y la diferencia de clases. En una palabra, engendró el proletariado y el socialismo modernos.
Los hombres que llevaron a cabo esta transformación y ampliaron así hasta el infinito las posibilidades de la producción de riquezas eran obreros o artesanos casi todos. Tuvieron que allanar toda clase de obstáculos; pero, impulsados por las necesidades sociales, trabajaron sin preocuparse de las consecuencias y sin ningún deseo de recompensa personal. Quienes contribuyeron al perfeccionamiento del hilado mecánico fueron el relojero Kay, el carpintero Wyatt, el peluquero Arkwright, el tejedor Heargraves y el mecánico Crompton. Los inventores del tejido fueron el relojero Kay y el teólogo Cartwright. Construyeron las nuevas carreteras y vías navegables, Brindley y Metcalf, dos obreros del montón, que apenas sabían leer y escribir. En cuanto a los que perfeccionaron la máquina de vapor y la locomotora, fueron el traficante en hierro Newcomen, el vidriero Crawley y los mecánicos Watt y Stephenson.
Ni inventores ni sabios sacaron los provechos abundantes que permitió realizar esta revolución industrial, sino comerciantes y banqueros listos que supieron utilizar los trabajos de aquéllos.
Generalmente no comprendían nada de los inventos mecánicos que ponían a su disposición otros; pero poseían en sumo grado la facultad de accionar las fuerzas productivas creadas por el prójimo, así como la ausencia de escrúpulos indispensables para el éxito material. “La inmensa mayoría de los nuevos amos –dice Roberto Owen, que los conocía bien- no aportaba, a guisa de conocimientos, sino su olfato para los negocios y la los rudimentos del cálculo. La acumulación rápida de riquezas por obra de los progresos de la técnica creó una clase de capitalistas que se reclutaban entre los elementos más ignorantes y groseros de la población”. De estos elementos salieron los capitanes de industria, los organizadores de la economía capitalista. Se consideraban artesanos de su prosperidad, atribuían sus éxitos a su propio mérito y pretendían obrar a su libre albedrío, rechazando como perjudicial cualquier intromisión del Estado en sus negocios, y en general, cualquier intervención de las autoridades en la vida económica.

13 de enero de 2008

Bases de Trabajo de la Sociedad de Camareros

Pegatina de UGT (Archivo La Alcarria Obrera)

Bajo el amparo de la paternalista legislación social de la Dictadura del general Miguel Primo de Rivera (1923-1930), se firmaron en España los primeros acuerdos generales entre los sindicatos obreros y campesinos, adheridos a la UGT o al sindicalismo católico o gremial, y los patronos, no siempre reunidos en una asociación empresarial específica. Se favorecía así desde el gobierno el fortalecimiento de un sindicalismo apolítico y pactista para debilitar a la CNT, central mayoritaria de orientación anarcosindicalista que había sido puesta fuera de la ley, buscando la paz social, gravemente amenazada por las luchas obreras desde 1917. Aquí reproducimos uno de estos convenios, llamados Bases de Trabajo, firmado en 1925 por los camareros de la Federación de Sociedades Obreras de Guadalajara, adherida a la marxista Unión General de Trabajadores.

Bases que presenta la Sociedad de Camareros a todos los dueños de Cafés, Bares, Fondas y Hoteles, de esta capital según acuerdos tomados en Junta General celebrada el día 8 Julio 1925.
BODAS, BANQUETES Y LUNCHS:
1º Suspensión de la carga de tableros no siendo dentro de los establecimientos donde se trabaje.
2º No poder trabajar el Camarero para más servicio que fuera buscado para trabajar.
3º El sueldo que percibirá cada Camarero para cualquiera de estos tres servicios será el de 10 pesetas como mínimum y para los chocolates será de 3 pesetas.
4º El sueldo que se establece para todo servicio fuera de la capital será el de Camarero 20 pesetas y el de Cocinero 40, más los viajes.
NOTAS:
Todo Camarero con dueños que no respete los artículos de estas Bases la Sociedad tomará las medidas que crea más convenientes con aquel que fuera el culpable.
Todo Camarero, Cocinero como Echador que pertenezca a esta Sociedad tendrá derecho a 24 horas de descanso semanales con derecho al sueldo.
Todo Camarero como Cocinero que todo dueño de establecimiento necesite tanto para diario como para extraordinario serán pedidos por escrito y con 24 horas de anticipación al Presidente de esta Sociedad.
Ningún Camarero que pertenezca a esta Sociedad no podrá trabajar con ningún compañero que no sea de la misma sin el consentimiento de la Junta Directiva.
Guadalajara 16 de Julio de 1925
Por la General:
El Presidente, Justo Marina
El Secretario, Francisco Jaraba

10 de enero de 2008

El gobierno y la esclavitud, de G. C. Clemens

Tarjeta postal de los mártires de Chicago, España

El pensamiento anarquista norteamericano ha dado al movimiento libertario alguno de sus ideólogos más destacados, basta pensar en Noam Chomsky, de sus militantes más activos, como Emma Goldman, o de sus gestas más heroicas, como la de los Mártires de Chicago que se recuerda cada 1º de Mayo en todo el mundo. La debilidad del anarquismo norteamericano en la actualidad puede condenar al olvido a otros personajes de indudable interés, pero menos conocidos fuera de los Estados Unidos. Este es el caso de Caspar Christopher Clemens (1849-1906), un reformador social nacido en Kansas que firmaba sus obras como G. C. Clemens. De él se publicaron en España una serie de artículos aparecidos en La Alarma, de Chicago, en los años finales del siglo XIX; fueron recopilados en un volumen con el título de Elementos de anarquía que vio la luz en Barcelona en 1938 de la mano de la Editorial Tierra y Libertad. Reproducimos aquí el titulado “El gobierno y la esclavitud”.

“Nada, dice Hume, parece más sorprendente a los que consideran las cosas humanas con ojo filosófico, que la facilidad con que los muchos son gobernados por los pocos”. Y la razón de que los muchos se dejen gobernar tan fácilmente por los pocos se halla expresada en la observación del mismo escritor, de que “la obediencia y sumisión se hace tan familiar, que los más de los individuos no reflexionan mucho sobre su origen o su causa, como tampoco lo hacen sobre la ley de la gravedad, de la inercia y demás leyes de la Naturaleza”, en una palabra, que la inmensa mayoría de la gente no piensa nunca. En efecto, ¿por qué han de gobernar unos individuos a otros?, ¿por qué han de hacer unas leyes para que otros las obedezcan?, ¿por qué han de tener la facultad de enviar a unos a la cárcel y a otros a la horca?
Más claro todavía, ¿por qué han de obedecer los muchos las leyes que les dan los pocos?, ¿por qué se han de dejar encarcelar o ahorcar?, ¿qué necesidad tiene la multitud en general de dejarse gobernar?, ¿por qué, con un pretexto que no entienden siquiera, han de ir los labradores y obreros de un país al encuentro de los de otro, a la sangrienta carnicería de la guerra, a convertir mutuamente a sus esposas en viudas y a sus hijos en huérfanos desgraciados? ¿Es el gobierno una institución tan beneficiosa que todas sus opresiones y todas las injusticias que impone, han de aguantarse por reverencia y amor a tan sagrada cosa? No; hace mucho tiempo que se considera como un mal tan grave, que solamente la absoluta necesidad lo hace llevadero, en opinión de relevantes escritores.
“La sociedad, escribió Paine, es una bendición en todo Estado, pero el gobierno, aún en el mejor Estado, no es más que un mal necesario… El gobierno, como el vestido, es la señal de la perdida inocencia; los palacios de los reyes están construidos sobre las ruinas de las glorietas del paraíso”. Y Guillermo Ellery Chaning, el célebre predicador de Boston, acerca del gobierno dijo que “ha sido hasta ahora el gran malhechor; que sus crímenes dejan muy atrás los de los particulares y sus homicidios reducen a una cosa insignificante los de los bandidos, piratas, salteadores y asesinos, contra los cuales pretende proteger a la sociedad. Ha sido en todas las edades y en todos los países el enemigo más encarnizado y mortal de la libertad. Todos los hombres, en todas las edades que han tratado de ennoblecer a su pueblo, todo el que ha manifestado primero un gran pensamiento destinado a elevar la humanidad, todo hombre que se ha atrevido a ser sincero en medio de la hipocresía de su época, ha sido perseguido por su gobierno. Por proferir una verdad necesaria, el gobierno mató a Sócrates, haciéndole tomar el veneno; por atreverse a enseñar la igualdad y fraternidad de los hombres, el gobierno clavó a Jesucristo en la cruz; por reivindicar su derecho a respirar el aire libre, como hombre, el gobierno mató al heroico Espartaco y cubrió con los cuerpos de sus secuaces doce leguas de cruces. Los innumerables mártires de Europa, asesinados por el gobierno en tiempos de oscurantismo, suman casi lo mismo que la población viva del continente. El gobierno echó a Galileo a la cárcel, amenazándole de muerte, por afirmar que la tierra giraba sobre su eje; sentenció a Lucero a morir por pretender que todo hombre tenía derecho a leer la Biblia y que el Papa no era más que un hombre; asesinó a Russel y Algernon Sydney que deseaban para el pueblo el derecho de elegir sus leyes; desterró a Rousseau por afirmar y demostrar que por naturaleza todos los hombres eran iguales; colgó a hambrientos labriegos en una horca de 150 pies de altura por complacer a Luis XVI; acotó las tierras comunales en Inglaterra, expulsando a los que las cultivaban, para que los carneros pudieran pastar cómodamente; confiscó las tierras de los conventos y dejó sin hogar a muchas familias; encarceló y ahorcó a miles de rebeldes vagabundos que había creado, privándoles de medios y sitio para vivir.
Se ha derrochado mucha elocuencia sobre las brutales persecuciones llevadas a cabo por la Iglesia; pero no eran otra cosa las torturas de la Inquisición que la obra diabólica del gobierno de España; cada haz de leña quemado alrededor del cuerpo agonizante de un hereje era encendido y atizado por el gobierno. Desde hace un siglo se nos vienen pintando los horrores de la Revolución francesa, como un tremendo aviso de lo que el pueblo desenfrenado hará; pero aquellas carnicerías terribles eran la obra maléfica del gobierno de Robespierre.
El gobierno era el único terror del fugitivo esclavo; él, intervenía en la subasta de esclavos y privaba al marido de su varonil poder cuando su esposa e hijos le eran arrebatados, arrebatados para siempre; él maniataba a los hombres mientras el vil capataz desgarraba con su látigo las desnudas espaldas de tiernas jóvenes; él, asesina a unos cuantos trabajadores cada año por atreverse a clamar demasiado alto contra la injusticia; las puertas de sus prisiones rechinan sobre sus ásperos goznes para privar de sol, de aire y de hogar a los heraldos de la libertad y de la justicia de los pobres.
Por enseñar que los que producen los alimentos y los vestidos no debieran ser los únicos hambrientos y descamisados, que no debieran carecer de casa tan sólo los que construyen suntuosas mansiones, que si los propietarios fueran justos cada familia tendría una casa y habría alimentos, vestidos, libros, placeres y comodidades para todos, sin necesidad de trabajar como esclavos; por enseñar que todos tienen derecho igual a la vida y a gozar de los medios de desenvolverse que la tierra da, tres hombres en 1887 fueron encarcelados y cinco asesinados en un solo Estado de la Unión Americana. El gobierno privaba a la mujer y a los hijos de uno de los condenados de darle el último beso, el último abrazo en los momentos de mayor pesadumbre, mientras insinuaba a la víctima la idea infame de que ni su mujer ni sus hijos habían hecho nada por verle.
El gobierno, primero ahorcó a John Brown y luego lo glorificó.
Cediendo a las instancias de sus favoritos, el gobierno arroja a los pobres de las parcelas no pobladas de las ciudades y los obliga a vivir en casas de alquiler donde respiran una atmósfera mefítica. Al lado mismo de los trenes cargados de carbón, obliga a morir de frío a los miserables. Empuja a los trabajadores de los Estados occidentales a morir de hambre sin murmurar, mientras que sus productos van a alimentar a los ricos de otros países.
Todos los mártires han sido asesinados por el gobierno. El niño que muere en un pestilente cuarto, la mujer que a fuerza de trabajo se encamina al cementerio, el que se mata por desesperación y falta de trabajo, todos son víctimas del gobierno. Si por él no fuese, la pobreza sería desconocida; los mismos crímenes que castiga, no se cometerían por falta de motivo; los hombres vivirían como hermanos y la guerra cesaría. El gobierno es la espada ígnea que guarda las puertas del Edén y cierra el paso a los hombres.
Abolir el gobierno sería substituir el miedo por el amor, la caridad por la justicia, el odio por la simpatía, el infierno por el cielo. No merece amor ni veneración de los hombres; éstos no le deben ningún respeto, puesto que no despierta ningún sentimiento de honor. Sólo se dirige a los hombres para estimular su avaricia o para amenazarles con severos castigos. ¿A qué sentimiento de respeto nos invita? Cada moneda que esta monstruosa constitución cuesta, sólo el pobre la paga, pues nadie más que el pobre produce lo que es útil a la humanidad. El dinero en sí mismo no es nada. ¿De qué le sirvieron a Robinson en su isla las monedas de oro inglesas encontradas en el viejo barco? Si todos los agricultores, obreros industriales y demás trabajadores se declarasen en huelga y se agotaran todos los productos existentes, ¿quién haría caso del dinero? El dinero sólo tiene valor porque los hombres lo reciben a cambio de cosas que otros necesitan. Si nadie lo tomase a cambio de alimentos, vestidos o como salario, ¿qué valdría? Tiene un valor universal porque una moneda representa cierta cantidad de mercaderías necesarias a la vida, una determinada cantidad de lo que produce el agricultor y el industrial. ¿No veis, pues, que cada peso no es más que una letra girada, una carta orden del gobierno para requerir al agricultor y al industrial que suministren al portador una cantidad de productos agrícolas, géneros de manufacturas u obras de trabajo? ¿Y no veis que estas órdenes tienen valor solamente porque cada una de ellas será oportunamente satisfecha por los que trabajan? ¿Y siendo así, no comprendéis que cada uno de los que no producen cosas útiles –no importa si trabajan, o no, en algo- vive a expensas de los que realmente producen útilmente? ¿De dónde proceden los alimentos con que se mantienen los diputados, los accionistas de los ferrocarriles, los comerciantes, etc.? ¿Quién construyó las casas en que viven? ¿Quién dirige la locomotora, quién maneja los frenos, quién las agujas, quien por medio del telégrafo vela por la seguridad del tren en que viajan el rey, el presidente o el millonario que cruza el continente por negocio o por placer? ¿Y cómo se paga a estos empleados que cuidan de la seguridad del tren sino en moneda de plata u oro o en papel, es decir, con verdaderos documentos al portador librados contra los colonos de las tierras y demás obreros para que aquéllos puedan adquirir lo que necesiten? Todos los empleados de ferrocarriles, todos cuantos mantiene el gobierno en sus dependencias, desde el polizonte al jefe de Estado, todos los negociantes, jurisconsultos, etc., todos son pagados con órdenes contra los trabajadores para que éstos les faciliten lo que les sea necesario, y si estas órdenes no fuesen siempre satisfechas, el dinero no sería de utilidad alguna. ¿No es cierto entonces que los que desempeñan las tareas rudas del trabajo útil son los que suministran los medios de vida a todos los seres humanos? ¿No es cierto que el hombre, la mujer y el niño que no hacen dichos trabajos son mantenidos por los que los hacen? ¿No es cierto que cuanta más gente haya en un país sin trabajar en cosa productiva, tanto más pesa su manutención sobre los campesinos y los obreros y tanto más se les merman a éstos sus propios medios de vida?
El sistema es muy ingenioso; hállase envuelto en un profundo misterio y es embrollado y confuso, de modo que los trabajadores no puedan fácilmente resolver el enigma. Pero no hay ningún hombre tan falto de inteligencia que, a pesar del misterio, no vea claro que aquellos que no producen cosas útiles deben consumir las que otros han producido; que el hombre que no fabrica ropas debe vestir las que otros hacen, que el que no maneja el martillo, ni la llana, ni la sierra debe vivir en la casa por otros construida; que el que pasa días y días en una casa de banca, en los tribunales, en las oficinas públicas o se pasea a pie o a caballo por las calles, debe hacerlo a expensas del trabajo de otros. Cualquiera puede ver por sí mismo que hay millones de seres que viven sobre el trabajo del pueblo.
Ved ahora otro misterio. El agricultor que cultiva los campos y produce alimentos para todos, es pobre; los que construyen las casas carecen de ellas y viven en las peores; los que efectúan el trabajo gracias al cual viven los demás, son siempre pobres; y en tanto los zánganos que no producen ninguna miel, viven en la abundancia y el lujo.
Sin embargo, no dejaréis de hablar de la igualdad de los hombres afirmando “que todos somos o nacemos iguales” y os jactaréis, orgullosos, de la dignidad del trabajo. ¿Sabéis por qué algunos hombres hacen todo el trabajo mientras otros gozan de todos sus frutos, menos los absolutamente necesarios para mantener a los trabajadores? Dondequiera que encontréis un ser humano forzado a trabajar en beneficio de otro, no pudiendo con su trabajo alcanzar más que una penosa existencia, ¿no será esclavo del aquel otro? ¿Y podéis vosotros dejar de hacer lo que hacéis? Si os negaseis a ceder los frutos de vuestro trabajo a cambio del dinero de vuestro amo, no podríais pagar ni los alquileres de la casa que habitáis, ni los malos vestidos que usáis, ni los alimentos necesarios de la vida y entonces pereceríais de hambre y desnudos en medio del arroyo, entonces seriáis castigados como esclavos. Permitidme exponer un ejemplo. Supongamos que en los tiempos de la esclavitud en los Estados del Sur, los amos hubieran convenido todos en formar una sociedad o coalición para no verse obligados a vigilar por sí mismos a sus esclavos y plantaciones, dando un salario a otros para que ejerciesen dicha vigilancia y poderes para usar la cárcel, el presidio, el patíbulo como medio de represión, y que luego cambiasen de sistema y convinieran en dar a cada esclavo un billete valedero por cada día de trabajo, en tan penosas condiciones como pudiera soportarlo, o lo que es lo mismo, un valor representativo equivalente a la cantidad de carne, pan, etc. estrictamente indispensable para mantenerlo fuerte en el trabajo del siguiente día, sin que pudiera obtener tales cosas sino mediante aquel billete: ¿no habría producido aquel contrato de esclavitud el mismo estado de cosas que hoy impera en dondequiera que el gobierno exista? Esto no es más que una somera indicación de la que en el próximo capítulo trataré de probar claramente, sin dejar lugar a ninguna duda honrada, es decir, que el gobierno no es más que la esclavitud en forma más astuta y engañosa.

7 de enero de 2008

Ideario de la Vanguardia Obrera Social

La doctrina social católica surgió a finales del siglo XIX con la Encíclica Rerum Novarum, del Papa León XIII; en España nunca pudo competir con los sindicatos de clase por su excesiva dependencia de obispos y patronos. Durante el Franquismo las organizaciones sociales católicas fueron eficaces para despertar la conciencia de los trabajadores, que tenían cegadas otras vías de actuación sindical. Sirvieron, pues, de refugio y paraguas protector para las jóvenes generaciones de trabajadores inquietos, pero no calaron en la clase trabajadora: con la libertad sindical quedaron reducidas, de nuevo, a un papel testimonial. Aunque rompieron con el viejo paternalismo, había en ellas más proselitismo religioso que auténtico sindicalismo. Presentamos el Ideario de la Vanguardia Obrera Social (VOS), que tuvo sus ramas Femenina (VOF) y Juvenil (VOJ), organizaciones animadas por los jesuitas; fue publicado en junio de 1962, pocos meses antes de que el Concilio Vaticano II comenzase sus sesiones.

Naturaleza y fin de la Vanguardia
1. La Vanguardia Obrera es un movimiento de las CC.MM.OO. que tiene como fin la evangelización y promoción integral del mundo del trabajo.
2. La Vanguardia Obrera busca la formación de hombres que se sientan responsables de la implantación del orden social cristiano, especialmente por la defensa y propagación de la doctrina social de la Iglesia, en todas las estructuras de la sociedad.
3. La Vanguardia Obrera defiende los derechos de la familia obrera y fomenta las virtudes familiares.
Espiritualidad de la Vanguardia
4.-El Vanguardista ha de fomentar en su vida una espiritualidad cristocéntrica: Que Cristo sea el ideal de toda su vida, que se luche no sólo por un cristocentrismo personal, sino social, hasta que Cristo sea el centro de todo el universo y, en concreto, de la sociedad obrera.
5. El Vanguardista ha de sentirse responsable de la evangelización y promoción del mundo obrero. Ha de esperarlo todo de Dios, pero ha de trabajar como si todo dependiese de su esfuerzo personal, aceptando como método de trabajo tanto el triunfo como el fracaso, la alegría como el dolor, en su combate por la verdad, el amor y la justicia.
6. El Vanguardista vivirá una espiritualidad de encarnación, evitando la separación de su acción temporal y su acción evangelizadora. Ha de sentirse responsable de todo el universo para que éste manifieste las perfecciones de Dios. Dirigirá su acción temporal a lograr unas estructuras temporales que faciliten la edificación de un mundo más humano y más justo, y su acción evangelizadora, a lograr que todos los hombres estén en posesión de la gracia santificante, que es la máxima manifestación de la divinidad.
7. El Vanguardista ha de tener clavada en su alma la preocupación por los que no están con él, o porque son sus enemigos, o porque le miran con indiferencia. Ha de presentarse como un auténtico obrero, capacitado profesionalmente, que lleva dentro de sí la preocupación constante de la conquista del compañero, por convencimiento y por servicio.
Virtudes obreras
8. Todo Vanguardista ha de tener como aspiración permanente fomentar en su vida las grandes virtudes obreras: solidaridad, servicio al compañero, esperanza en la promoción colectiva y combate por la justicia en todas sus dimensiones.
9. Todo Vanguardista ha de entregarse con esperanza a la lucha. La Vanguardia no es un movimiento de simple protección, sino de orientación y de combate, y todo combate cristiano exige una voluntad de lucha y una voluntad de vencer, apoyados en Cristo.
10. Hay que evitar a toda costa el paternalismo y el individualismo en la Vanguardia. Consideramos que los Vanguardistas han de estar capacitados para actuar ellos solos, guiados por su propia personalidad y responsabilidad. Pero al mismo tiempo han de actuar en equipo, para superar todo individualismo soberbio y estéril.
11. Hay que evitar a toda costa el desclasamiento sicológico en la Vanguardia. Todos los vanguardistas deben sentirse orgullosos de ser militantes de un movimiento obrero, cortando el aburguesamiento. La Vanguardia admite a todos los que sintiéndose trabajadores quieren trabajar por la promoción humana y espiritual del mundo obrero.
12. Frente a la indiferencia y pasividad, todo vanguardista ha de permanecer siempre en primera línea, aspirando a una perfección cada vez mayor, no sólo personal, sino de toda la masa obrera.
13. Entra de lleno en la mística de la Vanguardia, el que los vanguardistas que sientan un deseo de mayor entrega y generosidad renuncien voluntariamente a una posición social y económica más elevada, para mantenerse más en contacto con el mundo obrero que se quiere promocionar y cristianizar.
Acción Vanguardista
14.- La Vanguardia ha de formar a sus militantes para su actuación como ciudadanos en el terreno temporal, enseñándoles a introducir principios cristianos en la vida cívica, profesional, sindical, económica y política, con el fin de cristianizarla. Pero cuidará dejar bien sentado su carácter apolítico, de manera que la responsabilidad de cualquier actuación de los vanguardistas en estos campos recaiga sobre ellos y no sobre la Organización.
15.- La Vanguardia, consciente de los problemas sociales y económicos del mundo obrero que tiene que evangelizar, ha de trabajar en la medida de sus fuerzas y dentro de la órbita de un Movimiento apostólico, por la solución de los mismos.
16. La Vanguardia ha de mantenerse firme en los principios básicos en que se inspira el Movimiento, pero ha de tener la suficiente flexibilidad de organización y de métodos de trabajo para buscar en cada momento lo mejor y más eficaz para los fines esenciales.
17. La Vanguardia buscará la mayor coordinación posible con todas las fuerzas apostólicas obreras en la lucha por la evangelización y promoción del mundo del trabajo.
18. La Vanguardia, dando a su acción obrera un sentido plenamente cristiano, que es totalmente opuesto a la lucha de clases, aceptará y estimulará la colaboración con otros grupos sociales, aprovechando con ánimo fraternal cuantas energías no obreras se afanan cristianamente por la elevación integral del mundo obrero.
19. La Vanguardia ha de ser siempre obrera, por ser este el medio ambiente en que viven y actúan sus componentes, pero nunca ha de ser obrerista de tal manera que niegue una acción beneficiosa a un elemento, colectividad o estructura no obrera.
20. La Vanguardia no ha de emprender ninguna acción que la pueda desacreditar como Movimiento Obrero Cristiano.