La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

6 de febrero de 2010

El socialismo anarquista, de Azorin

José Martínez Ruiz, más conocido por su seudónimo literario de Azorín, fue uno de los escritores más famosos y reconocidos de su tiempo, aunque con el paso de los años su obra haya ido quedando en el olvido popular y cada vez esté más recluida en el ámbito académico; lejos de la popularidad que aún gozan Antonio Machado, Ramón del Valle Inclán, Miguel de Unamuno o Pío Baroja. Como el resto de sus compañeros de la llamada "generación del 98", Azorín tuvo en su juventud una identidad política muy acusada; él fue rabiosamente anarquista aunque en su madurez se convirtiera al más rancio conservadurismo. De ese pasado ácrata, rescatamos este artículo, que se publicó originariamente en La Tribuna de Barcelona el 28 de diciembre de 1906 y que fue reproducido por el semanario libertario Tierra y Libertad en su primer número del año 1907.
José Martínez Ruiz, Azorín, en su juventud

El socialismo se divide en dos grandes ramas: autoritario, inautoritario; gubernamental, anarquista; uno que propugna la autoridad para conseguir sus fines; otro que la combate.
Hablemos del anarquista.
¿Cuáles son sus orígenes? ¿Quién es su fundador? Se ha dicho que La Boétie; se ha dicho que Proudhon, se ha dicho que Bakounine. No; el primero que se rebela contra una imposición ajena, contra una ley, contra un dogma, contra un prejuicio, ese es el primer anarquista. ¿Qué importa cómo se llamara, ni qué importa quién fuera? El socialismo anarquista no es algo concreto, definido, dogmático; es aspiración más bien que sistema; impulso personal más bien que escuela; es ideal, eterno en realización constante, en elaboración perpetua. Todo el progreso de la Humanidad, toda la lucha cruenta e incruenta, feliz o malograda, por el bienestar, por la paz, por la fraternidad universal es el anarquismo. Y es anarquista el inventor de una máquina, el descubridor de una ley, el explorador de una región ignota: Watt o Laplace, Legazpi o Pasteur; y es anarquista el obrero ignorado que abre las entrañas de la tierra y labora los campos; que labra la madera y forja el hierro, que tiende sobre los abismos los puentes y mueve los telares…
La protesta es de todos los tiempos. El cristianismo hace iguales a todos los hombres ante Dios. Ninguno de los modernos demagogos ha ido más allá en su radicalismo que los primitivos Padres de la Iglesia. Conocidos son de todos sus elocuentes apóstrofes contra los poderosos de la tierra, contra la propiedad, contra el privilegio, contra la ley misma. Poco a poco aquel gran espíritu va perdiéndose; los humildes crécense a prepotentes; los desamparados, a señores. Apenas si de tarde en tarde resuena desde el fondo de un monasterio la voz de un varón austero que clama contra el mando y las riquezas. “Como el trato familiar con las espinas es peligroso, pues ordinariamente se quedan con algo de quien se les avecina –decía en el siglo XVI el ilustre agustino Fray Cristóbal de Fonseca en su Vida de Cristo- así la amistad estrecha con los ricos es peligrosa, porque al apartar pajuelas siempre se quedan con algo, y apenas veréis pobre que no llore algo que le haya robado el rico…”
La Humanidad avanza. Los nuevos tiempos llegan. ¡Qué fecundo el siglo XVIII! Todo se renueva, todo cambia, todo cobra vigorosas fuerzas. Descartes, renueva la filosofía; Montesquieu, la legislación; Laplace, las ciencias matemáticas; Rousseau, el arte literario; Voltaire, la crítica. De Descartes arranca un poderoso movimiento que repercute en todas las naciones. En España, el presidente del Consejo de Castilla, duque de Montellano (y esto lo cuenta el famoso doctor Zapata en su aprobación a los Diálogos philosóficos de Avendaño, o sea Fray Juan de Nájera), el presidente del Consejo reúne en su casa, en discreta tertulia, a los más espigados ingenios de la Corte, y en ella se confieren y debaten los sistemas de Cartesio y Maignan. Por todas partes se escribe y se discute; Madrid es un semillero de disputas y contumelias entre amigos y adversarios de Feijoo; propágase la prensa periódica; corren de mano en mano los libros extranjeros. La impiedad cunde; Capmany, en un folleto célebre ha hablado de la tertulia de Quintana, de lo que allí se defendía y afirmaba, en términos que sonrojarían a una estatua…
Entretanto en Francia el progreso continúa; los ideólogos echan las bases al positivismo contemporáneo. Y si se me pregunta cuáles son, a mi entender, los orígenes ciertos e indudables del anarquismo de nuestros días, del anarquismo sistemático –si puede ser- completo, doctrinal, yo diría que toda la doctrina arranca del famoso libro de Condorcet, Esquisse d’un tableau des progrés de l’espirit humaine.
Condorcet es el primero que proclama que sistemáticamente el progreso indefinido de la Humanidad. Todo es inestable, momentáneo, accidental: la moral, el derecho, las religiones; todo progresa. El autor, en las diferentes épocas en las que divide su libro, traza un cuadro amplio y exacto de las sociedades humanas. No se puede decir: “esto es definitivo” y “tal cosa perdurará a través del tiempo”. El hombre va poco a poco perfeccionándose, y si hoy la patria potestad, y el poder marital, y el derecho de propiedad, no son lo que eran en la antigua Roma, vendrá día en que dulcificándose las costumbres, amansada la bestia humana, no serán tampoco lo que son al presente; y llegará otro día, más lejano y suspirado, en que la autoridad desaparezca del concierto social y los hombres obren sencilla y rectamente, y todos los pueblos de la tierra sean una grande, alegre y laboriosa familia.
Sí el progreso es indefinido. La fórmula de Condorcet es la fórmula de los modernos anarquistas. Como partido, el anarquismo nace con Bakounine. Todos los proletarios de la tierra se agrupan en una inmensa sociedad: La Internacional. Carlos Marx la dirige; Bakounine figura en sus filas. Pero un día Bakounine se rebela contra la autoridad del jefe y se separa; y desde entonces el anarquismo militante, protesta contra la tiranía del patrono y la tiranía de la ley, queda fundado.
¿Cuál es la doctrina de Bakounine? Su vida es su doctrina. Gigantesco, fornido, luenga la barba, flotantes las melenas, Bakounine es un eterno rebelde. Condenado a muerte, proscripto, fugitivo de Siberia, recorre en peregrinación constante el mundo entero, protestando en libros, en discursos, en proclamas contra todas las instituciones, clamando por los tiempos futuros de bienandanzas. Y como las multitudes aman lo claro y terminante, lo que se afirma o se niega rotundamente, el Socialismo anarquista ha ido ganando prosélitos y esparciéndose por todo el mundo desde los días del apóstol ruso.
En Francia, la más brillante juventud intelectual simpatiza con la nueva filosofía. ¿Quién no conoce los nombres de Octave Mirbeau y Paul Adam –antiguos redactores de L’Endehors- de Lucien Descaves y Bernard Lazare, de Adolf Retté –el poeta de la anarquía- y de Hamon?
En España cuenta con espíritus tan ponderados y discretos como Ricardo Mella y Anselmo Lorenzo; considera como su órgano de batalla Tierra y Libertad.

31 de enero de 2010

La fundación del Instituto de Guadalajara

En 1837 se estableció en la ciudad de Guadalajara el primer Instituto de Segunda Enseñanza de la nueva España liberal. Abandonando penosamente las oscuras tinieblas del dogmatismo, que proponía desterrar "la funesta manía de pensar", los españoles se adentraban por la senda del libre conocimiento. En el establecimiento de este primer Instituto en Guadalajara tuvo mucho que ver Pedro Gómez de la Serna, jefe político del momento, al que se debe la formación y consolidación del nuevo Estado liberal y burgués en la capital y en toda la recién nacida provincia alcarreña. Hoy olvidado, ni siquiera una calle o una placa recuerdan sus desvelos por Guadalajara. Reproducimos el acta de constitución del Instituto con el discurso que pronunció en esa ocasión.
Memoria del Instituto del curso 1923-1924, Guadalajara, 1924 (Archivo La Alcarria Obrera)

En la ciudad de Guadalajara, día treinta de Noviembre del año de mil ochocientos treinta y siete, los Sres. D. Pedro Gómez de la Serna, Jefe político, D. Melitón Méndez, D. Dionisio Hermosilla, D. Pedro Gamboa y D, Ángel Lagúnez, Diputados de la Provincia, se constituyeron en el extinguido Convento de San Juan de Dios, destinado para local del Instituto de Segunda Enseñanza de esta provincia, con el fin de efectuar la inauguración y apertura de este Establecimiento, concurriendo a esta solemnidad, por invitación de la Excma. Diputación, las personas notables de esta ciudad; y por el Sr. Jefe político se pronunció el discurso siguiente:
“Señores:
En medio de las disensiones civiles parecen los pueblos condenados a la ignorancia y a la barbarie. Ocupados los ciudadanos en destruirse, victorean al caudillo que los guía en los campos de batalla, y dan al olvido la memoria del sabio que los ilustra; la juventud abandona la sosegada mansión de las ciencias por el estrépito de las batallas; y el hombre, saciado de crímenes y de sangre, camina rápidamente a la estupidez y a la miseria. Así la historia representa a las naciones, y la nuestra, fecunda en domésticos ejemplos, no deja mendigarlos de las estrañas. Nunca, pues, con más razón que en los azarosos días que alcanzamos, debe ocupar nuestros cuidados la educación pública, la instrucción de la brillante juventud en que se libra la suerte futura de la patria. Ella es acreedora a nuestros desvelos, derramando su sangre en los campos de batalla, se muestra digna de su época; cumplamos nosotros a la vez nuestra misión, y mientras pelea por la existencia del Estado, procuremos su engrandecimiento.
Pocos establecimientos literarios conocerán más humildes principios que el que hoy inauguramos; por doquiera las artes han volado para adornar los templos de las ciencias sus hermanas: la pintura, la arquitectura, la escultura, han disputado a su vez y han agotado sus encantos para ostentarlos en las mansiones del saber; jáctase Salamanca de tener por protector al sabio Alfonso; el César Carlos lega a Granada en su Liceo un monumento que engrandece su nombre; Cervera ostenta la magnificencia de Felipe V y le saluda como a su padre; y Alcalá, que a los 400 años de una existencia gloriosa es la base de más grandioso establecimiento, en la magnificencia de Cisneros halla un creador, y se complace en celebrarle como el primer hombre de su siglo. Nada de esto preside a la creación de nuestro instituto, humilde en el edificio, nacido entre las tormentas de una guerra fratricida, sin aparato, sin ostentación, sin pretensiones a una celebridad, que ahora no puede prometerse, debe su origen a un siglo progresista, y a la sombra de instituciones libres y de un trono tutelar llegará a ser beneficioso a la provincia, y útil a la patria. Sí, lo será, Señores, que aquí nuestra juventud vendrá a adquirir los principios elementales de las ciencias, se consagrará a las musas, y cultivando su imaginación y su talento, difundirá por todas partes la instrucción que agote en la estrechez de este recinto. Aquí pasarán los más floridos años de su vida y se prepararán para más altos estudios los que dedicados a la ciencia del foro han de servir al Estado en las sublimes funciones de la magistratura, han de defender la inocencia o han de convencer al crimen; los que adscritos al ministerio de los altares se consagren a ejercer una misión de paz y de consuelo, a enseñar al pueblo la moral en toda su pureza, y a separar la religión del fanatismo; los que en los diversos ramos de curar han de hacer más llevaderos nuestros males, y los que se entreguen exclusivamente a los estudios de aplicación en utilidad de las ciencias, de las artes y de la pública riqueza. Así será el Instituto un beneficio para el país, y al paso que proporcione a la clase media de la provincia recursos de instrucción, difundirá la ilustración en todas las demás, completará la educación de las acomodadas, y preparará con fruto a los que concurran a las facultades mayores y escuelas especiales.
No se limitarán a esto los bienes que deben originarse, pues la instrucción y las luces disminuyen los tristes efectos de la corrupción de las costumbres y reformas las costumbres mismas, sin las cuales son una mera fórmula las leyes, dirigen la opinión pública, corrigen los extravíos de la razón, gobiernan el mundo y hacen temblar a los tiranos en su asiento. Superiores a los tiempos, a las vicisitudes y a los hombres, se burlan de la vigilancia de sus perseguidores, proscriptas aumentan su culto, protegidas hacen la felicidad del país que las acoge. La misma naturaleza dominada por ellas se presta a seguir los designios del hombre, cuya mano poderosa ha alcanzado con su auxilio aumentar las especies secundarias en el reino animal y en el vegetal, y dictar leyes a los mares, a los vientos y a los rayos. He aquí, señores, un ligero bosquejo de los beneficios de la instrucción: la influencia que ejerce en la educación y en las costumbres no es menos útil a las naciones, a ella se debe la cultura de nuestros días, la suavidad de nuestros hábitos, y la gran distancia que nos separa de los siglos que pasaron. Sus efectos son prodigiosos, por su influjo es el hombre superior a sí mismo, arrostra con impavidez las desgracias, conjura los peligros y se ofrece víctima generosa en aras de la virtud, del honor y de la patria. A la educación, señores, según un escritor célebre, se debió en Esparta que el candidato repelido del consejo de los trescientos celebrase que hubiera otros tantos ciudadanos más dignos que él; que espirasen el vigor de los golpes en el altar de Diana niños sin quejarse; que las viudas diesen gracias a los Dioses por haber perdido sus esposos por la patria; que las madres celebrasen la muerte de sus hijos vencedores y llorasen por la vida de los que sobrevivían a una derrota. Y si la educación por sí sola producía estos mágicos resultados en pueblos de poca ilustración, ¿qué no podremos nosotros prometernos, si a su auxilio llamamos la instrucción pública, y logramos extenderla?
Cumplamos pues, señores, al abrir el Instituto con un deber que nos dicta la utilidad pública y los privados intereses, pongamos la primera piedra de un edificio que reclaman las necesidades de la época, facilitemos medios de instrucción y consultemos al bien de la Provincia y del Estado. Enseñando a la juventud este nuevo albergue de las ciencias y separándola de vanas especulaciones y de inútiles doctrinas, mereceremos bien de la Patria y haremos que la que frecuente estas escuelas, delicias hoy y esperanzas de la Provincia, sea mañana su sostén y apoyo. Y si corriendo el tiempo los alumnos de esta Escuela lograran distinguirse, si llegara el día en que su nombre se hiciera célebre, y los resultados correspondieran a nuestras intenciones, entonces señalando con el dedo este recinto podremos decir con arrogancia: ese es el templo que en días turbulentos consagramos a las ciencias, nosotros le dimos el impulso, nuestra es también la gloria, nuestros los laureles”.
Acto continuo, leída la lista de los Profesores encargados interinamente de la enseñanza, que lo son D. Dionisio Hermosilla, Rector y Catedrático de Lógica y Filosofía Moral; D. Manuel Ascensión Verzosa, de Física experimental, nociones de Química y Geografía Físico-Matemática; D. Salvador Novar, de Matemáticas y Geometría aplicada al Dibujo lineal; D. Juan José Villaverde, de Agricultura con el cargo de Secretario; D. Mariano Gualda, de Literatura e Historia y D. Juan Andrés Zuazua, de Lengua Francesa; prestaron juramento de guardar la Constitución de la Monarquía, ser fieles a la Reina y desempeñar con celo las funciones del Magisterio que se les confiaba, y el Sr. Jefe político declaró instalado el Instituto de segunda Enseñanza de esta provincia. Y para perpetuar la memoria de este día, se fijó una lápida con esta inscripción:
Publicae. Juvenum. Institutioni
Regina. Elisabeth
Inauguratum Lycaeum Caracense
Prid. Kal. Decemb. Anno MDCCCXXXVII
Con lo cual se dio fin a esta solemnidad, y para que conste se mandó extender esta Acta por cabeza de las del mencionado Instituto, firmándola sus Señorías.

28 de enero de 2010

Manifiesto en defensa de la lengua catalana

El nacionalismo de los territorios periféricos (Euskal Herria, Catalunya, Galicia...) y su enfrentamiento con el nacionalismo español ha sido una de las constantes más recurrentes de la vida política hispana en los dos últimos siglos. La lengua y la cultura han sido, tradicionalmente, las primeras víctimas de este conflicto, cuando deberían haber sido las primeras en ser preservadas de vaivenes institucionales y de luchas ideológicas. Durante la Dictadura de Primo de Rivera, intelectuales españoles de todo origen, de casi cualquier disciplina y de muy diversas adscripciones políticas (monárquicos, republicanos, conservadores, liberales, socialistas, libertarios…), firmaron en 1927 un manifiesto en defensa de la lengua catalana, ninguneada por el dictador. Por desgracia, desde 1936 algunos de los que rubricaron este manifiesto fueron sañudos perseguidores de la lengua y cultura catalanas y, aún más lamentablemente, hoy este mismo manifiesto y el espíritu unitario que lo alentó, son impensables.
Papeleta de una candidatura catalanista de izquierdas en 1917 (Archivo La Alcarria Obrera)

Excelentísimo señor presidente del Directorio militar:
Los abajo firmantes, escritores en lengua castellana, que sienten profundamente los merecimientos históricos de su idioma y que lo aprecian en todo su valor como indispensable vehículo para la difusión del pensamiento a través del mundo civilizado, se dirigen respetuosamente a V. E. para expresarle su sentir, con ocasión de las medidas de gobierno que por razones políticas, se han tomado acerca del uso de la lengua catalana.
Es el idioma la expresión más íntima y característica de la espiritualidad de un pueblo, y nosotros, ante el temor de que esas disposiciones puedan haber herido la sensibilidad del pueblo catalán, siendo en lo futuro un motivo de rencores imposible de salvar, queremos con un gesto afirmar a los escritores de Cataluña la seguridad de nuestra admiración y de nuestro respeto por el idioma hermano.
El simple hecho biológico de la existencia de una lengua, obra admirable de la naturaleza y de la cultura humana, es algo siempre acreedor al respeto y a la simpatía de todos los espíritus cultivados.
Debemos además pensar que las glorias de Cataluña son glorias españolas, y el título histórico más alto que España puede presentar para ser considerada como potencia mediterránea, se debe en gran parte al pueblo catalán, que hizo de la Barcelona medieval un emporio de riqueza capaz de competir con las repúblicas italianas; que creó una cultura admirable; que lanzó sus leyes de mar y cuya lengua inmortal resonó en el fragor de la batalla ante los muros sagrados del Partenón, y que sirvió para que con ella hablara por primera vez la filosofía nacional por boca de Raimundo Lulio y fuese cantada la efusión humana en los versos imperecederos de Ausiàs March.
El reconocimiento de las literaturas regionales como una consecuencia ideológica y romántica hizo de la lengua de Cataluña una literatura a la que pertenecen autores como Verdaguer y Maragall, que cuentan entre las primeras figuras de la literatura española del siglo XIX.
Nosotros no podemos tampoco olvidar que de Cataluña hemos recibido altísimas pruebas de comprensión y cariño, hasta el punto de que un insigne patriota catalán, amante fervoroso de las glorias españolas, Milà y Fontanals, abrió con llave de oro el oscuro arcano de las manifestaciones artísticas más genuinas y más características del pueblo castellano.
Queremos cumplir con un verdadero deber de patriotismo, diciendo a Cataluña que las glorias de su idioma viven perennes en la admiración de todos nosotros y serán eternas mientras imperen en España el culto y el amor desinteresado a la belleza.

Pedro Sainz Rodríguez, Eduardo Gómez de Baquero, A. Bonilla San Martín, Gregorio Marañón, Ángel Ossorio y Gallardo, Pedro Mata, Antonio Jaén, Tomas Borrás, Ángel Herrera Oria, Jaime Torrubiano Ripoll, Ramón Menéndez Pidal, Álvaro de Albornoz, Concha Espina, Augusto Barcia, V. García Martí, Conde de Vallellano, José Ortega y Gassset, Miguel Herrero, Luis de Zulueta, Domingo Barnés, Francisco Vighi, Pedro de Repide, León de las Casas, Joaquín Belda, José G. Alvarez Ude, Luis Jiménez de Asúa, Luis Ruiz Contreras, Félix Lorenzo, Fabián Vidal, Gabriel Maura, Vicente Machimbarrena, Gregorio Martínez Sierra, Lorenzo Barrio y Morayta, Andrés González Blanco, José Toral, Luis Araújo Costa, Mercedes Gaibrois de Ballesteros, Femando de los Ríos, Azorín, Manuel Pedroso, Luis Bello, José María Sacristán, Cristóbal de Castro, José Giral, Melchor Fernández Almagro, Ramón Gómez de la Serna, Manuel Bueno, Antonio Espina, Antonio Zozaya, Federico García Lorca, F. Rivera Pastor, Alberto Insúa, Honorato de Castro, Luis de Tapia, Luis Araquistaín, Gustavo Pittaluga, E. Paul Almarza, Juan de la Encina, José García Mercadal, Ángel Lázaro, Bernardo Acha, Artemio Precioso, F. Escrivá, José Gutiérrez Solana, Jacinto Grau, Juan Pujol, José Ruiz Castillo, P. de Ciria Escalante, José Albiñana, doctor García del Real, Gabriel Franco, Salvador Pascual, Eduardo Ortega Gassset, Carlos Pereira, Juan Guixé, Leopoldo Bejarano, José Canalejas, Guillermo de la Torre, M. García Cortés, Adolfo A. Buylla, J. A. Balbontín, Isaac del Vando-Villar, Cayetano Alcázar, Mauricio Paraíso, Rafael Urbano, Julio Cañada, Antonio Guisasola, Antonio Dubois, José Sánchez Rojas, José Antón, F. Madariaga, Luis de Hoyos y Vinent, Hipólito Jimeno, Luis G. Bilbao, Andrés Ovejero, Manuel Azaña, Claudio Sánchez Albornoz, Conde de las Navas, Luis Palomo, F. Arévalo Salto, Luis G. Urbina, Luis G. Andrade, F. de Bustamante, A. Pérez Serrano, Tomás Elorrieta, Manuel Hilario Ayuso, Eduardo Barriobero, Manuel Antón, J. Jordán de Urries, Juan Hurtado, Ramón Pérez de Ayala, J. Villalba, Álvaro Calvo, Marqués de Lozoya, Ángel Torres del Álamo, Francisco de Viu, Luis Fernández Ardavín y Alberto Marín Alcalde.

21 de enero de 2010

Carta de Farga Pellicer a Bakunin

La difusión del ideario anárquico y el desarrollo de la Internacional obrera en España no fueron fáciles. Sobre el sustrato receptivo de las Sociedades de Socorros Mutuos y del conocimiento de las obras de Pierre-Joseph Proudhon traducidas por Francisco Pi y Margall, germinó la semilla de Giuseppe Fanelli. En repetidas ocasiones se ha hecho notar la rapidez con que la Primera Internacional se extendió por toda la geografía hispana, hasta el punto de que solo treinta meses después de la llegada de Fanelli se celebró en Barcelona un congreso obrero en el que estaban representados alrededor de cincuenta mil adherentes, entre los que se encontraban las federaciones de Brihuega y Guadalajara. Sin embargo, insistimos, los primeros pasos no fueron fáciles, como nos demuestra la siguiente carta remitida desde Barcelona por Rafael Farga Pellicer, uno de los internacionalistas de primera hora, a Mijaíl Bakunin.
Asalto al Registro de la Propiedad, Barcelona, La Ilustración de Madrid, 27 de abril de 1870
 
Barcelona, 1 de agosto de 1869
Mi querido Bokounine:
Con inmensa satisfacción he recibido vuestra carta. En seguida la leí al Centro Federal de las Sociedades Obreras, como secretario general que soy de él, y enterado de su contenido ha acordado enviar a Bâle uno o más (no ha determinado todavía el número) de representantes de las Sociedades obreras de Cataluña.
Mas es preciso hacer aquí algunas explicaciones, para que vos comprendáis la manera como deberán representar a España los obreros que envía al Congreso nuestro Centro Federal.
Aquí el socialismo no está tan desarrollado como fuera de desear; así que el Centro Federal no ha decidido nada clara y terminantemente respecto a este punto tan interesante. Hasta ahora sólo se ha ocupado de organizar asociaciones obreras de todos los oficios y artes y propagar para que la federación entre todos se haya efectuado, y para que la República federal triunfe en la gran lucha que sostenemos con los monárquicos y demás conservadores de todas las demás tiranías.
No obstante, he de participaros con placer que la gran mayoría de los obreros son susceptibles de ser decididamente socialistas, puesto que van ya comprendiendo esas grandes ideas que llevan en sí nuestra inmediata y radical emancipación. Gracias a los esfuerzos que hacemos algunos amigos en pro de esta propaganda dentro de las varias profesiones y oficios asociados y dentro del mismo Centro Federal, yo tengo la seguridad de que dentro de poco tiempo formaremos parte los obreros de España de la grande Asociación Internacional de los Trabajadores; porque procuramos algunos amigos hacer los Reglamentos de las Clases y del Centro basados en el espíritu y tendencia de la Asociación Internacional de los Trabajadores. De manera que, insensible y convencidamente, se encontrarán dentro de L’Internationale.
Vos, querido amigo y correligionario, comprenderéis con cuánto cuidado y cuánta prudencia ha de hacerse esta importante propaganda, para evitar futuras escisiones que retardarían más el triunfo de nuestra causa.
Mucho influirá, estimado amigo, a que los obreros españoles ingresen cuanto antes en la Asociación nuestra, si ahora, como sucederá (si es posible) tienen representantes propios en Bâle, pues éstos les explicarán de una manera gráfica y concreta el mecanismo, las ideas y desarrollo de nuestra grande Asociación.
Contestad, amigo, a vuelta de correo, si nuestro Centro Federal puede tomar parte en el Congreso de Bâle, no obstante no declararse ser de la Internacional. Es de suma importancia y necesidad que a pesar de no ser ahora de la Asociación, pueda este Centro concurrir al Congreso de Bâle, precisamente para acelerar más el que ingrese cuanto antes a ella. Espero, pues, que haréis lo posible para que puedan venir a Bâle los representantes delegados de España, con las circunstancias expresadas. Espero pronta contestación: Al Centro Federal de las Sociedades Obreras. Rafael Farga Pellicer, secretario. Calle de Mercaders, 42. Barcelona.
Por el correo os envío un número del periódico La Federación, órgano del Centro, que de una manera prudente defenderá el socialismo. En España ha habido entre la clase obrera algunos individualistas que ahora van batiéndose en retirada. La Federación trabajará activamente para acabar de despreocupar a unos y para convencer a todos de la grande necesidad de ser nacionales, socialistas y republicano-federales. Le llamo la atención sobre la R del título y sobre el prospecto que yo he escrito como director que unánimemente me ha nombrado el Centro Federal. He procurado y alcanzado que todo el Consejo de Redacción sea, como es, socialista.
Espero que vos me autoricéis para que publique vuestros escritos de Le Progrès, y hasta me atreveré a rogaros que escribáis y remitáis –si podéis hacerlo- unos artículos originales vuestros, hechos directamente para nuestro periódico La Federación, como, por ejemplo, tratando de la abolición del Estado, la abolición de la propiedad hereditaria y de la renta, etc.
Distingamos, yo soy también secretario de la sección de Barcelona de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que fundamos alentados y dirigidos por nuestro caro amigo Fanelli.
Las continuas preocupaciones políticas que tenemos nos han privado de propagar más la Asociación; pero próximamente nos reuniremos los de la Internacional (que hay tres o cuatro que son presidentes de Sociedades federadas en el Centro Federal) para tratar de vuestra carta; mas yo desconfío que enviemos nadie a Bâle, porque somos pocos y pobres. Ya le contestaremos. De todos modos, como internacionales, enviaremos a Londres nuestra cotización de 1’10 francos por miembro, que todavía no lo hemos hecho.
Ya he escrito a Rubau, diciéndole que conteste a vuestra carta.
En la sesión del domingo próximo comunicaré a mis amigos de L’Internationale (sección de Barcelona) vuestra carta y vuestro deseo, que los más demócratas, socialistas y radicales formen parte de la Alianza. Por lo que a mí toca, acepto completamente todo lo consignado en el librito que me ha enviado.
Hasta otro día. Espero con impaciencia vuestra carta, que no importa sea francesa, pero de buena letra.
Tened la seguridad, amigo y hermano mío, que siempre trabajaré con todas mis fuerzas y por el camino más corto para obtener la redención social, la emancipación completa de las clases trabajadoras, la muerte de todo privilegio y monopolio.
Expresiones a Fanelli.
Vuestro amigo y hermano.
Rafael Farga Pellicer.

16 de enero de 2010

Manifiesto de la Huelga General de 1917

La neutralidad española en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) tuvo efectos muy beneficiosos para la economía nacional, que se repartieron con descarada injusticia: mientras que amplios sectores de la alta burguesía se enriquecían atropelladamente, la mayoría del pueblo español soportaba una brutal subida de los precios de los productos de primera necesidad. A las dificultades habituales de los trabajadores, se le sumaron en estos años el empobrecimiento de la clase media y una crisis política de creciente intensidad. El reto movió a las dos centrales obreras, CNT y UGT, a actuar unidas y convocar conflictos y huelgas generales, entre la que destaca la de agosto de 1917. El 27 de marzo de ese año, ambos sindicatos firmaron el presente manifiesto.
Dibujo de Sileno, 1918 (Archivo La Alcarria Obrera)
 
Tras la labor de protesta constantemente ejercitada por las organizaciones obreras contra los abusos de la administración y las corruptelas de la política que nuestro país padece, la huelga general del 18 de diciembre último, admirable ejemplo de eficacia de la organización y testimonio irrecusable de la capacidad creciente del proletariado español, habría debido producir alguna atenuación, al menos, de los males por todos reconocidos y continuamente denunciados.
Pero a pesar de nuestras advertencias serenas, de nuestras quejas metódicas y reflexivamente fundamentadas y de nuestras protestas, tal vez más prudentes y mesuradas de lo que exige la agudeza de los dolores que el país padece, es lo cierto que cada día que pasa representa para el proletariado una agravación creciente de la miseria ocasionada por la carestía de las subsistencias y por la falta de trabajo.
Ciertamente que si las privaciones a las que se ve sometido el pueblo español fuesen una consecuencia necesaria de la economía mundial, cuya solución no depende de nosotros ni de los elementos directivos de nuestra vida nacional, nuestras quejas serían absolutamente estériles y nuestras protestas no tendrían otra eficacia que la de imprecaciones más o menos vehementes contra los misteriosos destinos de la fatalidad.
Pero ¿habrá algún gobernante español que pueda afirmar en conciencia que las condiciones insoportables de nuestra vida, agravadas sin duda por la guerra, no son consecuencia de un régimen de privilegio, de una orgía constante, expresión de una desenfrenada inmoralidad que encuentra en los organismos públicos el amparo y la defensa que debían prestar a la vida del pueblo?
Las luchas provocadas por la competencia entre los diversos grupos de explotadores de la vida de la nación pueden dispensar al proletariado de hacer la crítica del régimen vergonzoso que padece España.
Las denuncias diarias de la prensa, los abusos que descubren las públicas discusiones de las asambleas, la labor misma de las Cortes, tan estéril para el bien como reveladora de crecientes impurezas, son los folios de un largo y complicado proceso cuya sentencia habrá de ser dictada y cumplida por el pueblo, como juez inapelable.
Todos los días, la prensa ofrece el testimonio de la preocupación de los gobernantes ante las complicaciones de los problemas presentes. ¿En qué se gasta su actividad que sus resultados beneficiosos no llegan nunca al pueblo trabajador? Todos esos esfuerzos de los gobernantes, el pueblo sabe bien que se gastan en un empeño imposible de armonizar los intereses privados opuestos, que encuentran en los momentos más angustiosos de la vida nacional la ocasión más propicia para aumentar sus ganancias.
Las empresas de ferrocarriles, las compañías navieras, los mineros, los fabricantes, los ganaderos, los trigueros, los múltiples acaparadores e intermediarios, los trust que monopolizan los negocios en las grandes poblaciones, los gremios degradados y degradantes, todos representan intereses particulares, que hallan amparo y protección en los poderes públicos, mientras el pueblo emigra o perece.
Y no es posible seguir ya engañando al país con discursos más o menos brillantes, ni con preámbulos de leyes cuyo articulado desmiente las propias ideas proclamadas por los ministros en la Gaceta.
En la presente y crítica situación ya ha visto el pueblo lo que ha quedado de las promesas de reforma de la economía nacional. Continúan las eternas ocultaciones de riqueza, los más llamados al sostenimiento de las cargas públicas siguen sustrayéndose al cumplimiento de ese deber de ciudadanía, los beneficiados con los negocios de la guerra ni emplean sus ganancias en el fomento de la riqueza nacional, ni se avienen a entregar parte de sus beneficios al Estado, y el gobierno, débil con los poderosos y altivo con los humildes, lanza a diario contra los obreros a la Guardia Civil, mientras prepara empréstitos de transformación de la Deuda y ofrece a los capitalistas una colocación lucrativa a sus fondos ociosos, so pretexto de promover obras públicas que jamás se realizan.
Y si de los pomposos ofrecimientos de reformas económicas y de promoción de obras públicas no queda más que el rumor de vanas palabras, ¿para qué ha servido la ley de Subsistencias, como no sea para revelar la dependencia vergonzosa en que se halla el gobierno con respecto a las agrupaciones gremiales más conocidas y más odiadas por los consumidores?
¿De qué nos vale formular un día y otro nuestras quejas, y de qué nos sirve el reconocimiento de la justicia de nuestras demandas por los mismos hombres que ocupan el Poder, si no logramos nunca vislumbrar el remedio de nuestros males?
La impotencia de los poderes públicos para resolver los problemas vitales de la nación la está proclamando la acción militar en Marruecos, sangrienta y vergonzosa ruina de España, por todos los gobernantes censurada, pero por todos igualmente mantenida.
Después de las prolijas discusiones a que la acción de España en Marruecos ha dado lugar, a nadie se le oculta ya que esta reincidencia de los poderes públicos en los antiguos errores bélicos, militaristas y dinásticos bastaría por sí sola para provocar por parte de la nación la más violenta de las actuaciones contra los causantes de su desgracia.
Estos males, percibidos a diario por el proletariado, han formado en él, tras una larga y dolorosa experiencia, el convencimiento de que las luchas parciales de cada asociación con los patronos, asistidas por la solidaridad de los compañeros de infortunio, no bastan a conjurar los graves peligros que amenazan a los trabajadores.
El proletariado organizado ha llegado así al convencimiento de la necesidad de la unificación de sus fuerzas en una lucha común contra los amparadores de la explotación erigida en sistema de gobierno. Y respondiendo a este convencimiento, los representantes de la Unión General de Trabajadores y los de la Confederación Nacional del Trabajo han acordado por unanimidad:
1º. Que en vista del examen detenido y desapasionado que los firmantes de este documento han hecho de la situación actual y de la actuación de los gobernantes y del Parlamento; no encontrando, a pesar de sus buenos deseos, satisfechas las demandas formuladas por el último congreso de la Unión General de Trabajadores y Asamblea de Valencia, y con el fin de obligar a las clases dominantes a aquellos cambios fundamentales de sistema que garanticen al pueblo el mínimum de las condiciones decorosas de vida y de desarrollo de sus actividades emancipadoras, se impone que el proletariado español emplee la huelga general, sin plazo definido de terminación, como el arma más poderosa que posee para reivindicar sus derechos.
2º. Que a partir de este momento, sin interrumpir su acción constante de reivindicaciones sociales, los organismos proletarios, de acuerdo con sus elementos directivos, procederán a la adopción de todas aquellas medidas que consideren adecuadas al éxito de la huelga general, hallándose preparados para el momento en que haya de comenzar este movimiento.
3º. Que los abajo firmantes, debidamente autorizados por los organismos obreros que representan, y en virtud de los poderes que les han sido conferidos por la clase trabajadora, se consideran en el deber de realizar, en relación con las diversas secciones, todos los trabajos conducentes a organizar y encauzar debidamente el movimiento, así como también a determinar la fecha en que debe ponerse en práctica, teniendo en cuenta las condiciones más favorables para el triunfo de nuestros propósitos.

11 de enero de 2010

Ángel Pestaña en la URSS

Ángel Pestaña acudió a Moscú como delegado de la CNT al segundo congreso de la Internacional Sindical Roja, la rama sindical de la Tercera Internacional que estaba bajo la férrea disciplina de la Internacional Comunista y de los Partidos Comunistas de los respectivos países, muestra ejemplar de la visión de los sindicatos como simples correas de transmisión de los partidos políticos leninistas, vanguardia infalible del proletariado. El Informe de mi estancia en la URSS de Pestaña y las afirmaciones de Gastón Leval, un francés delegado de la CNT española, decidieron a la CNT a romper con la Internacional comunista en el mes de junio de 1922 y adherirse a la recién refundada Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), heredera de la Primera Internacional Obrera. Ofrecemos el resumen que el propio Pestaña hizo de su discurso en el congreso sindical de Moscú.
Mitin del PCE durante la Guerra Civil, (Archivo La Alcarria Obrera)
 
Llegó mi turno y subí a la tribuna para hacer uso de la palabra.
Dije que la situación de los delegados no acordes con lo que allí se había expuesto era extremadamente delicada y difícil, ya que toda crítica hecha a los puntos de vista sustentados por la III Internacional podían interpretarla nuestros adversarios como signo evidente de división entre el elemento trabajador, al apreciar la revolución, y no dejarían de explotar estas diferencias de apreciación para insinuar entre los obreros la especie de que la revolución era un fracaso, ya que no todos apreciábamos de igual modo los resultados.
Son estas, contingencias –continué- que todos debemos recordar en el debate que se ha planteado, pues olvidarlas equivaldría a generar diferencias nada provechosas para la causa que defendemos: la emancipación de la clase obrera.
La revolución ha proyectado un poderoso rayo de simpatía entre los obreros de todo el mundo, y sería doloroso que por entregarnos aquí a discusiones más o menos partidistas destruyéramos la labor que esa simpatía ha realizado.
Por eso, nuestras críticas deben limitarse a los extremos que no estén de acuerdo con nuestro pensar, y aun aquí, limitarnos lo más posible.
Dicho esto, entraré en el tema que aquí se está discutiendo.
A creer a cuantos oradores me han precedido en el uso de la palabra, la revolución en Europa y en el mundo entero queda supeditada a la organización de los Partidos comunistas en todos los países.
Se ha afirmado, pero eso sí sin aportar pruebas que puedan convencer a lo menos a mí, y si no pruebas cuando menos hipótesis razonables, que sin Partido Comunista no hay revolución, no se destruirá al capitalismo y las clases trabajadoras no conquistarán jamás el derecho de ser libres.
Afirmación gratuita y hasta algo fuera de lugar por sus pretensiones, ya que con ello se quiere negar la historia y la génesis de todos los movimientos revolucionarios que la humanidad ha realizado en el lento y penoso camino que recorre para acercarse a su dicha.
Se nos ha dicho: Mirad a Rusia; contemplad este bello espectáculo; el ejemplo; este ejemplo debéis admirar y en él hallaréis la confirmación práctica de nuestros razonamientos.
Y yo digo: ¿Qué debemos mirar? ¿Cuál es la contemplación que nos proponéis? Aquí no vemos más que una revolución ya hecha y el ensayo de un sistema de organización social, cuyos resultados no son lo suficientemente claros como para que sobre ellos hagamos deducciones.
Nos ponéis delante del acto consumado, y nos decís: he ahí el ejemplo.
No es así, ni situándonos en tal extremo, como podremos juzgar las pretensiones de la III Internacional.
Habéis olvidado algo muy esencial, lo más esencial para que vuestros razonamientos tuvieran la fuerza que pretendéis.
Habéis olvidado demostrarnos si fue el P.C: el que hizo la revolución en Rusia.
Demostradme que fuisteis vosotros, que fue vuestro partido el que hizo la revolución y entonces creeré en cuanto habéis dicho y trabajaré por lograr lo que proponéis.
La revolución según mi criterio, camaradas delegados, no es, no puede ser, la obra de un partido. Un partido no hace la revolución; un partido no va más allá de organizar un golpe de Estado, y un golpe de Estado no es una revolución.
La revolución es la resultante de muchas causas cuya génesis la hallaremos en un mayor estado de cultura del pueblo, entre el desnivel que se produce entre sus aspiraciones y la organización que rija y gobierne este pueblo.
La revolución es la manifestación, más o menos violenta, de un estado de ánimo favorable a un cambio en las normas que rigen la vida de un pueblo y que, por una labor constante de varias generaciones que se han sucedido luchando por la aplicación de ese deseo, emerge de las sombras en el momento dado y barre, sin compasión, cuantos obstáculos se oponen a su fin.
La revolución es la idea que han adquirido las muchedumbres de un mejor estado social, y que o hallando cauces legales para manifestarse, por la oposición de las clases capitalistas, surge y se impone por la violencia.
La revolución es la consecuencia de una proceso evolutivo que se manifiesta en todas las clases de un país, pero particularmente en las menesterosas, por ser ellas las que más sufren en el régimen capitalista, y no hay partido alguno que pueda atribuirse el privilegio de ser él solo quien ha creado este proceso.
La revolución es un producto natural que germina después de haber sembrado muchas ideas, regado el campo con la sangre de muchos mártires, arrancando las plantas malas a costa de inmensos sacrificios, y ¿qué partido si no quiere que le tomen en ridículo podrá vanagloriarse de haber él sembrado ideas, el campo regado y escardado? Ninguno, es decir, yo creo que ninguno; vosotros no sois de la misma opinión.
Decimos que sin Partido Comunista no puede hacerse la revolución, y que sin Ejército Rojo no pueden conservarse sus conquistas, y que sin conquista del Poder no hay emancipación posible, y que sin dictadura no se destruye a la burguesía; es hacer afirmaciones cuyas pruebas nadie puede aportar. Pues si serenamente observamos lo sucedido en Rusia, no hallaremos de tales afirmaciones una confirmación.
Vosotros no hicisteis solos la revolución en Rusia, cooperasteis a que se hiciera y fuisteis más afortunados para lograr el poder.

13 de diciembre de 2009

El Señorío de Molina, de Enrique Arauz Estremera

En el año 1895 se publicó en el madrileño Establecimiento Tipográfico de Felipe Pinto el libro La hija del Tío Paco o lo que pueden dos mil duros, de Enrique Arauz Estremera, un médico que nació y ejerció su profesión en el pueblo molinés de Peralejos de las Truchas, del que llegó a ser alcalde, y donde casó y tuvo tres hijos: Carlos, José María y María Luisa Arauz de Robles. De ideología carlista, que tantos seguidores tuvo en el Señorío molinés, en este libro, inspirado en el costumbrismo del también carlista José María de Pereda, nos describe su tierra natal, a la que dedica un interesante prólogo que aquí reproducimos.
Día de mercado en Molina de Aragón

Enclavada en el límite mismo de Aragón y Castilla, y sin saber a qué carta quedarse; tanto, que de “Aragón” se llama por vía de apellido su capital, aunque a Castilla pertenece, para no desmentir ni aún en esto el nombre de país de los viceversas, como alguien ha llamado al nuestro, se halla mi tierra, pobre como pocas, honrada cual ninguna, tozuda y aferrada a sus ideas y costumbres para justificar su sobrenombre, noblota, bien hablada y no peor educada, como buena castellana, y víctima en fin, al par que las demás regiones sus hermanas, de centralismos y encadenamientos, argolla de nuestras libertades regionales, freno de sus iniciativas, valla de sus legítimas esperanzas, rémora de su progreso, y esponja que al borrar caracteres y costumbres, destruyó la belleza del todo nacional.
Allá en sus tiempos, según en libros anda, tenía este país su vida, administración y organización propias, y sus hijos, conocedores de la riqueza (pues no hay duda que por entonces la había) de la tierra, repartían y cargaban los tributos y gavelas sobre industrias y personas que podían satisfacerlos, dejando libres y desarrollarse al calor de exquisitos cuidados a las que de nuevo se implantaban; arrimando el hombro, las que la experiencia había hecho conocer como viables en beneficio de las recién nacidas hermanas. Y aún dicen los que tales cosas refieren, que así vivían tan campantes aquellas buenas gentes, que a la cuenta no vieron más allá de sus narices.
Porque hoy que tanto hemos adelantado, a la vista está que nos las amañamos de modo bien distinto; todos tiran por igual del pesado armatoste de las cargas públicas; y cuando más sucede, que si algún pelagatos tiene que gastar todas sus fuerzas en apechugar con su parte, y agobiado por la onerosa carga perece en la contienda, arrastran, los que tiran, su cadáver por algún tiempo en el mismo sentido del común esfuerzo, hasta que convenido el que dirige de que aquello es un estorbo, si no por caridad, por conveniencia, abandona el fúnebre despojo en medio del camino; y el vehículo sigue dando tumbos por la vía del progreso, sin más novedad que algo más de trabajo para los que han sobrevivido y siguen tirando.
Es, pues, mi tierra una de estas víctimas, que si no ha echado ya los bofes por la boca, los tiene atravesados en el gañote, y no es extraño; país pobre, pero equiparado a los ricos, y forcejeando al igual que éstos en el susodicho tiro, sus fuerzas se agotan de día en día, sus terrenos se ven adjudicados a la implacable Hacienda; y entre ésta y la usura, que si no es su hermana, lo parece, van a hacer un ideal en este terreno del cesante aquel que inventó la sardina perpetua mojando pan en la sombra; ¡y pan que tuvieran para mojar estos infelices!
Parecerá paradoja (exageración se dice aquí en la tierra) lo apuntado; pero oiga lo que es este país el que no lo conozca: a un clima frío, porque sí, añada un suelo de ínfima calidad, y vaya usted a que un terreno de esta clase produzca los cuatro granos, que con poco más de otras tantas patatas, constituyen la producción agrícola; ni más vino, ni más aceite, ni más nada; pues la ganadería, que era la verdadera y única riqueza del país antaño, voló, creo que para siempre, por pecados propios y ajenos, que de todo hay en esto. Apuntemos algunos: los años que vinieron como Dios quiso, las necesidades que apretaban más de lo justo, las trampas adquiridas, que no daban espera; y como para remediar todo esto había que hacer dinero, y de qué hacerlo no se veía más que el ganado, al ganado se tiró sin compasión.
Vino sobre esto lo de las amortizaciones de terrenos públicos, y lo de las roturaciones incomprensibles, causas todas que, cuando menos, contribuyeron a acelerar la catástrofe, pero en las que yo no he de detenerme porque sobre no venir al caso, huyo siempre de mentar la soga en casa del que se ahorcó o le ahorcamos.
No es, pues, extraño que las cuatro sesmas componentes del antiguo, noble y leal señorío de Molina, que es el nombre del país de que se trata, ostenten todas como signo característico en sus habitantes, la estrechez, rayana en la miseria. Visten los habitantes de la sierra los pardos calzones de paño hecho en casa, sujetos a las corvas por sendas hileras de dorados botones de muletilla, luciendo al mismo tiempo el encarnado elástico de bayeta o la amplia blusa de percal sujeta a la cintura con la corrediza jareta; los del campo se presentan más lúgubremente ataviados con los calzones y chaqueta negros, pero de corte más primoroso que los anteriores; vienen luego los del Sabinar imitando a éstos o a aquéllos según los gustos o la proximidad a unos o a otros; y los del Pedregal, por último, remedando en sus atalajes a los aragoneses, a fuer de fronterizos; ello es que con unos u otros arreos la gente no desmiente ni puede desmentir su honrada penuria.
Las cuatro sesmas dichas además del derecho indiscutible, inalienable e inminente de morirse de hambre, tienen opción a ciertos intereses de los que nadie o muy pocos saben los cuántos y los cómos; y que se administran, vamos al decir, por diputados nombrados por las sesmas, presididos por el Alcalde de la capital, que aunque es el único pueblo en el que el negocio no tiene parte (por haber enajenado la suya según dicen), es sin embargo también el único que algo disfruta de aquellos intereses, quizá por la ley de las compensaciones; o por aquella otra de que el pez grande se merienda al chico.
La elección de diputados sesmeros se hacía reuniéndose los comisionados de los pueblos en los puntos designados por remota costumbre; y cuando para dichas elecciones o para tratar asuntos de interés general se convocaba la sesma de la sierra, los comisionados deliberaban bajo la sombra del roble del Campillo, en el término del pueblo de Alcoroches. Y es muy de notar que los habitantes de este Señorío, como los del de Vizcaya, buscaran el roble, símbolo de la fortaleza y de la gloria, para bajo su protección tener sus honradas juntas, y a la vista de Dios y a la de sus montañas hacer más solemnes sus acuerdos y más públicas sus benditas libertades. ¿Qué huracán ha barrido éstas, y que otra mal llamada libertad nos ha esclavizado?
Aquí debiera consignar las mil y una reflexiones que se amontonan en mi mente y pugnan para deslizarse por los puntos de la pluma; y contaría la santa independencia de mi pequeña patria, su noble altivez, su indomable valor, y, sobre todo, aquel tenaz empeño (una vez hecha su definitiva unión a la corona castellana) de no querer otro señor que su Rey; pudiéndose decir aquí, mejor que en otra parte, que “del Rey abajo, ninguno”; pero todo esto, sobre ser superior a mis fuerzas, harto débiles, y necesitar por ende plumas mejor cortadas que la mía, me llevaría lejos de mi objeto, y hora es ya de concretar el relato a su asunto verdadero.
Hemos indicado arriba que una de las sesmas en que se divide este noble país es la de la sierra; y añadiremos ahora que está situada el Mediodía del mismo, que es mucho más montuosa que sus hermanas, y que no hace mucho tiempo, las vertientes de sus montañas, las cimas de sus cumbres y el fondo de sus valles, cañadas y barrancos estaban cubiertos de espesos pinares que modificaban su clima, regularizaban sus lluvias y constituían el adorno más preciado y el encanto más valioso de sus paisajes.
Hermosos, en verdad, eran estos montes poblados en cuanta extensión abarcaba la vista, de bosques vírgenes, cuyo color verde obscuro cubría como manto aterciopelado las hoy descarnadas desnudeces de su accidentado suelo; y cuando en serena tarde de primavera o estío, hundido el espectador en aquel mar de verdura, podía observar la postura del sol, cuyos oblicuos rayos doraban las rumorosas copas de los pinos, el pulmón se ensanchaba ávido de espirar la perfumada brisa, el corazón latía con más libertad, y se extasiaba el alma ante la grandeza y belleza inimitables de las obras de Dios; y no es extraño que el hombre se vea abstraído de la realidad ante espectáculo tal, y que su imaginación, excitada por la contemplación de tan hermoso cuadro, se torne soñadora, y mucho más si a lo que se ve por los ojos se une, como no es raro, el rumor imponente del Tajo que se despeña desatentado por los saltos formados en su lecho de roca, o que se estrella contra los peñascos que se oponen a su avance, o que se desliza entre roncas protestas de sus tumultuosas ondas por el exiguo cauce que a fuerza de trabajo pudo abrirse a través de alguna enorme piedra; y aún más si a los estrépitos del río se añade el blando y metálico cencerreo del ganado que pasta como colgado en medio de la rocha. Lástima, sí, y lástima grande que sean a estas fechas escasos o ningunos los rincones en que pueda disfrutarse de este espectáculo, y que debido a manos inconscientes, y además extrañas, hayan desaparecido nuestros bosques, y que aquellos colosos de nuestros pinares hayan ido unos tras otros arrastrados por las aguas del Gallo, el Tajo y Cabrillas a llenar los almacenes de Aranjuez con sus maderas, de oro los bolsillos de gentes que ni aun hijos del país eran, y nuestra tierra de tristeza, de miseria y de aridez con su ausencia.
Hay entre estos montes, además de bastantes vestigios de pequeñas industrias que las modernas y poderosas maquinarias y las facilidades en los arrastres han hecho imposibles, bastantes pueblos que, sin que yo sepa la razón, y sin que al lector le quite el sueño el encontrarla, son por lo general mayores que los de otras sesmas; y cuyos pueblos, por humildes y poco dados a exhibiciones, buscan para esconderse el repliegue más oculto unos, o cautos y precavidos, el rincón más abrigado de cierzos y ventiscas, otros; en todos ellos sus habitantes, útiles para el trabajo, apenas el otoño asoma la cabeza, y aún antes de asomarla, los que se dedican a la pastoría trashumante, toman sus mantas al hombro, y con dos duros en la bolsa por todo capital, y esto el que los lleva cabales, ponen la proa al Mediodía y a otras provincias para dedicarse a la molienda de aceitunas, cuando las hay, o a pasar trabajos rodando aquí y allá, si el negocio no está bueno como sucede muchas veces.
De otro modo no era posible que el esquilmado y pobre terreno nativo pudiera con la carga de sus hijos por todo el año; y aun así quitándole la que se le quita, anda la cosa entre si alcanza y no llega; porque ¿cómo era posible, por ejemplo, que el descalzo aunque extenso término de Espineda pudiera mantener a sus quinientos y pico vecinos, aun contando con sus intrusiones en lo de todos? ¿Y un Pinarejos, y un Chaparralta, y un Lomapelada y un… con los suyos? Por eso, no por gusto de dejar su tierra, se largan en invierno y trabajan y sufren y ven caras nuevas, y no siempre de Pascua; por no poder pasar por otro punto.