La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.
El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.
En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.
6 de febrero de 2010
El socialismo anarquista, de Azorin
31 de enero de 2010
La fundación del Instituto de Guadalajara
En la ciudad de Guadalajara, día treinta de Noviembre del año de mil ochocientos treinta y siete, los Sres. D. Pedro Gómez de la Serna, Jefe político, D. Melitón Méndez, D. Dionisio Hermosilla, D. Pedro Gamboa y D, Ángel Lagúnez, Diputados de la Provincia, se constituyeron en el extinguido Convento de San Juan de Dios, destinado para local del Instituto de Segunda Enseñanza de esta provincia, con el fin de efectuar la inauguración y apertura de este Establecimiento, concurriendo a esta solemnidad, por invitación de la Excma. Diputación, las personas notables de esta ciudad; y por el Sr. Jefe político se pronunció el discurso siguiente:
“Señores:
En medio de las disensiones civiles parecen los pueblos condenados a la ignorancia y a la barbarie. Ocupados los ciudadanos en destruirse, victorean al caudillo que los guía en los campos de batalla, y dan al olvido la memoria del sabio que los ilustra; la juventud abandona la sosegada mansión de las ciencias por el estrépito de las batallas; y el hombre, saciado de crímenes y de sangre, camina rápidamente a la estupidez y a la miseria. Así la historia representa a las naciones, y la nuestra, fecunda en domésticos ejemplos, no deja mendigarlos de las estrañas. Nunca, pues, con más razón que en los azarosos días que alcanzamos, debe ocupar nuestros cuidados la educación pública, la instrucción de la brillante juventud en que se libra la suerte futura de la patria. Ella es acreedora a nuestros desvelos, derramando su sangre en los campos de batalla, se muestra digna de su época; cumplamos nosotros a la vez nuestra misión, y mientras pelea por la existencia del Estado, procuremos su engrandecimiento.
Pocos establecimientos literarios conocerán más humildes principios que el que hoy inauguramos; por doquiera las artes han volado para adornar los templos de las ciencias sus hermanas: la pintura, la arquitectura, la escultura, han disputado a su vez y han agotado sus encantos para ostentarlos en las mansiones del saber; jáctase Salamanca de tener por protector al sabio Alfonso; el César Carlos lega a Granada en su Liceo un monumento que engrandece su nombre; Cervera ostenta la magnificencia de Felipe V y le saluda como a su padre; y Alcalá, que a los 400 años de una existencia gloriosa es la base de más grandioso establecimiento, en la magnificencia de Cisneros halla un creador, y se complace en celebrarle como el primer hombre de su siglo. Nada de esto preside a la creación de nuestro instituto, humilde en el edificio, nacido entre las tormentas de una guerra fratricida, sin aparato, sin ostentación, sin pretensiones a una celebridad, que ahora no puede prometerse, debe su origen a un siglo progresista, y a la sombra de instituciones libres y de un trono tutelar llegará a ser beneficioso a la provincia, y útil a la patria. Sí, lo será, Señores, que aquí nuestra juventud vendrá a adquirir los principios elementales de las ciencias, se consagrará a las musas, y cultivando su imaginación y su talento, difundirá por todas partes la instrucción que agote en la estrechez de este recinto. Aquí pasarán los más floridos años de su vida y se prepararán para más altos estudios los que dedicados a la ciencia del foro han de servir al Estado en las sublimes funciones de la magistratura, han de defender la inocencia o han de convencer al crimen; los que adscritos al ministerio de los altares se consagren a ejercer una misión de paz y de consuelo, a enseñar al pueblo la moral en toda su pureza, y a separar la religión del fanatismo; los que en los diversos ramos de curar han de hacer más llevaderos nuestros males, y los que se entreguen exclusivamente a los estudios de aplicación en utilidad de las ciencias, de las artes y de la pública riqueza. Así será el Instituto un beneficio para el país, y al paso que proporcione a la clase media de la provincia recursos de instrucción, difundirá la ilustración en todas las demás, completará la educación de las acomodadas, y preparará con fruto a los que concurran a las facultades mayores y escuelas especiales.
No se limitarán a esto los bienes que deben originarse, pues la instrucción y las luces disminuyen los tristes efectos de la corrupción de las costumbres y reformas las costumbres mismas, sin las cuales son una mera fórmula las leyes, dirigen la opinión pública, corrigen los extravíos de la razón, gobiernan el mundo y hacen temblar a los tiranos en su asiento. Superiores a los tiempos, a las vicisitudes y a los hombres, se burlan de la vigilancia de sus perseguidores, proscriptas aumentan su culto, protegidas hacen la felicidad del país que las acoge. La misma naturaleza dominada por ellas se presta a seguir los designios del hombre, cuya mano poderosa ha alcanzado con su auxilio aumentar las especies secundarias en el reino animal y en el vegetal, y dictar leyes a los mares, a los vientos y a los rayos. He aquí, señores, un ligero bosquejo de los beneficios de la instrucción: la influencia que ejerce en la educación y en las costumbres no es menos útil a las naciones, a ella se debe la cultura de nuestros días, la suavidad de nuestros hábitos, y la gran distancia que nos separa de los siglos que pasaron. Sus efectos son prodigiosos, por su influjo es el hombre superior a sí mismo, arrostra con impavidez las desgracias, conjura los peligros y se ofrece víctima generosa en aras de la virtud, del honor y de la patria. A la educación, señores, según un escritor célebre, se debió en Esparta que el candidato repelido del consejo de los trescientos celebrase que hubiera otros tantos ciudadanos más dignos que él; que espirasen el vigor de los golpes en el altar de Diana niños sin quejarse; que las viudas diesen gracias a los Dioses por haber perdido sus esposos por la patria; que las madres celebrasen la muerte de sus hijos vencedores y llorasen por la vida de los que sobrevivían a una derrota. Y si la educación por sí sola producía estos mágicos resultados en pueblos de poca ilustración, ¿qué no podremos nosotros prometernos, si a su auxilio llamamos la instrucción pública, y logramos extenderla?
Cumplamos pues, señores, al abrir el Instituto con un deber que nos dicta la utilidad pública y los privados intereses, pongamos la primera piedra de un edificio que reclaman las necesidades de la época, facilitemos medios de instrucción y consultemos al bien de la Provincia y del Estado. Enseñando a la juventud este nuevo albergue de las ciencias y separándola de vanas especulaciones y de inútiles doctrinas, mereceremos bien de la Patria y haremos que la que frecuente estas escuelas, delicias hoy y esperanzas de la Provincia, sea mañana su sostén y apoyo. Y si corriendo el tiempo los alumnos de esta Escuela lograran distinguirse, si llegara el día en que su nombre se hiciera célebre, y los resultados correspondieran a nuestras intenciones, entonces señalando con el dedo este recinto podremos decir con arrogancia: ese es el templo que en días turbulentos consagramos a las ciencias, nosotros le dimos el impulso, nuestra es también la gloria, nuestros los laureles”.
Acto continuo, leída la lista de los Profesores encargados interinamente de la enseñanza, que lo son D. Dionisio Hermosilla, Rector y Catedrático de Lógica y Filosofía Moral; D. Manuel Ascensión Verzosa, de Física experimental, nociones de Química y Geografía Físico-Matemática; D. Salvador Novar, de Matemáticas y Geometría aplicada al Dibujo lineal; D. Juan José Villaverde, de Agricultura con el cargo de Secretario; D. Mariano Gualda, de Literatura e Historia y D. Juan Andrés Zuazua, de Lengua Francesa; prestaron juramento de guardar la Constitución de la Monarquía, ser fieles a la Reina y desempeñar con celo las funciones del Magisterio que se les confiaba, y el Sr. Jefe político declaró instalado el Instituto de segunda Enseñanza de esta provincia. Y para perpetuar la memoria de este día, se fijó una lápida con esta inscripción:
Publicae. Juvenum. Institutioni
Regina. Elisabeth
Inauguratum Lycaeum Caracense
Prid. Kal. Decemb. Anno MDCCCXXXVII
Con lo cual se dio fin a esta solemnidad, y para que conste se mandó extender esta Acta por cabeza de las del mencionado Instituto, firmándola sus Señorías.
28 de enero de 2010
Manifiesto en defensa de la lengua catalana
21 de enero de 2010
Carta de Farga Pellicer a Bakunin
16 de enero de 2010
Manifiesto de la Huelga General de 1917
11 de enero de 2010
Ángel Pestaña en la URSS
13 de diciembre de 2009
El Señorío de Molina, de Enrique Arauz Estremera
Allá en sus tiempos, según en libros anda, tenía este país su vida, administración y organización propias, y sus hijos, conocedores de la riqueza (pues no hay duda que por entonces la había) de la tierra, repartían y cargaban los tributos y gavelas sobre industrias y personas que podían satisfacerlos, dejando libres y desarrollarse al calor de exquisitos cuidados a las que de nuevo se implantaban; arrimando el hombro, las que la experiencia había hecho conocer como viables en beneficio de las recién nacidas hermanas. Y aún dicen los que tales cosas refieren, que así vivían tan campantes aquellas buenas gentes, que a la cuenta no vieron más allá de sus narices.
Porque hoy que tanto hemos adelantado, a la vista está que nos las amañamos de modo bien distinto; todos tiran por igual del pesado armatoste de las cargas públicas; y cuando más sucede, que si algún pelagatos tiene que gastar todas sus fuerzas en apechugar con su parte, y agobiado por la onerosa carga perece en la contienda, arrastran, los que tiran, su cadáver por algún tiempo en el mismo sentido del común esfuerzo, hasta que convenido el que dirige de que aquello es un estorbo, si no por caridad, por conveniencia, abandona el fúnebre despojo en medio del camino; y el vehículo sigue dando tumbos por la vía del progreso, sin más novedad que algo más de trabajo para los que han sobrevivido y siguen tirando.
Es, pues, mi tierra una de estas víctimas, que si no ha echado ya los bofes por la boca, los tiene atravesados en el gañote, y no es extraño; país pobre, pero equiparado a los ricos, y forcejeando al igual que éstos en el susodicho tiro, sus fuerzas se agotan de día en día, sus terrenos se ven adjudicados a la implacable Hacienda; y entre ésta y la usura, que si no es su hermana, lo parece, van a hacer un ideal en este terreno del cesante aquel que inventó la sardina perpetua mojando pan en la sombra; ¡y pan que tuvieran para mojar estos infelices!
Parecerá paradoja (exageración se dice aquí en la tierra) lo apuntado; pero oiga lo que es este país el que no lo conozca: a un clima frío, porque sí, añada un suelo de ínfima calidad, y vaya usted a que un terreno de esta clase produzca los cuatro granos, que con poco más de otras tantas patatas, constituyen la producción agrícola; ni más vino, ni más aceite, ni más nada; pues la ganadería, que era la verdadera y única riqueza del país antaño, voló, creo que para siempre, por pecados propios y ajenos, que de todo hay en esto. Apuntemos algunos: los años que vinieron como Dios quiso, las necesidades que apretaban más de lo justo, las trampas adquiridas, que no daban espera; y como para remediar todo esto había que hacer dinero, y de qué hacerlo no se veía más que el ganado, al ganado se tiró sin compasión.
Vino sobre esto lo de las amortizaciones de terrenos públicos, y lo de las roturaciones incomprensibles, causas todas que, cuando menos, contribuyeron a acelerar la catástrofe, pero en las que yo no he de detenerme porque sobre no venir al caso, huyo siempre de mentar la soga en casa del que se ahorcó o le ahorcamos.
No es, pues, extraño que las cuatro sesmas componentes del antiguo, noble y leal señorío de Molina, que es el nombre del país de que se trata, ostenten todas como signo característico en sus habitantes, la estrechez, rayana en la miseria. Visten los habitantes de la sierra los pardos calzones de paño hecho en casa, sujetos a las corvas por sendas hileras de dorados botones de muletilla, luciendo al mismo tiempo el encarnado elástico de bayeta o la amplia blusa de percal sujeta a la cintura con la corrediza jareta; los del campo se presentan más lúgubremente ataviados con los calzones y chaqueta negros, pero de corte más primoroso que los anteriores; vienen luego los del Sabinar imitando a éstos o a aquéllos según los gustos o la proximidad a unos o a otros; y los del Pedregal, por último, remedando en sus atalajes a los aragoneses, a fuer de fronterizos; ello es que con unos u otros arreos la gente no desmiente ni puede desmentir su honrada penuria.
Las cuatro sesmas dichas además del derecho indiscutible, inalienable e inminente de morirse de hambre, tienen opción a ciertos intereses de los que nadie o muy pocos saben los cuántos y los cómos; y que se administran, vamos al decir, por diputados nombrados por las sesmas, presididos por el Alcalde de la capital, que aunque es el único pueblo en el que el negocio no tiene parte (por haber enajenado la suya según dicen), es sin embargo también el único que algo disfruta de aquellos intereses, quizá por la ley de las compensaciones; o por aquella otra de que el pez grande se merienda al chico.
La elección de diputados sesmeros se hacía reuniéndose los comisionados de los pueblos en los puntos designados por remota costumbre; y cuando para dichas elecciones o para tratar asuntos de interés general se convocaba la sesma de la sierra, los comisionados deliberaban bajo la sombra del roble del Campillo, en el término del pueblo de Alcoroches. Y es muy de notar que los habitantes de este Señorío, como los del de Vizcaya, buscaran el roble, símbolo de la fortaleza y de la gloria, para bajo su protección tener sus honradas juntas, y a la vista de Dios y a la de sus montañas hacer más solemnes sus acuerdos y más públicas sus benditas libertades. ¿Qué huracán ha barrido éstas, y que otra mal llamada libertad nos ha esclavizado?
Aquí debiera consignar las mil y una reflexiones que se amontonan en mi mente y pugnan para deslizarse por los puntos de la pluma; y contaría la santa independencia de mi pequeña patria, su noble altivez, su indomable valor, y, sobre todo, aquel tenaz empeño (una vez hecha su definitiva unión a la corona castellana) de no querer otro señor que su Rey; pudiéndose decir aquí, mejor que en otra parte, que “del Rey abajo, ninguno”; pero todo esto, sobre ser superior a mis fuerzas, harto débiles, y necesitar por ende plumas mejor cortadas que la mía, me llevaría lejos de mi objeto, y hora es ya de concretar el relato a su asunto verdadero.
Hemos indicado arriba que una de las sesmas en que se divide este noble país es la de la sierra; y añadiremos ahora que está situada el Mediodía del mismo, que es mucho más montuosa que sus hermanas, y que no hace mucho tiempo, las vertientes de sus montañas, las cimas de sus cumbres y el fondo de sus valles, cañadas y barrancos estaban cubiertos de espesos pinares que modificaban su clima, regularizaban sus lluvias y constituían el adorno más preciado y el encanto más valioso de sus paisajes.
Hermosos, en verdad, eran estos montes poblados en cuanta extensión abarcaba la vista, de bosques vírgenes, cuyo color verde obscuro cubría como manto aterciopelado las hoy descarnadas desnudeces de su accidentado suelo; y cuando en serena tarde de primavera o estío, hundido el espectador en aquel mar de verdura, podía observar la postura del sol, cuyos oblicuos rayos doraban las rumorosas copas de los pinos, el pulmón se ensanchaba ávido de espirar la perfumada brisa, el corazón latía con más libertad, y se extasiaba el alma ante la grandeza y belleza inimitables de las obras de Dios; y no es extraño que el hombre se vea abstraído de la realidad ante espectáculo tal, y que su imaginación, excitada por la contemplación de tan hermoso cuadro, se torne soñadora, y mucho más si a lo que se ve por los ojos se une, como no es raro, el rumor imponente del Tajo que se despeña desatentado por los saltos formados en su lecho de roca, o que se estrella contra los peñascos que se oponen a su avance, o que se desliza entre roncas protestas de sus tumultuosas ondas por el exiguo cauce que a fuerza de trabajo pudo abrirse a través de alguna enorme piedra; y aún más si a los estrépitos del río se añade el blando y metálico cencerreo del ganado que pasta como colgado en medio de la rocha. Lástima, sí, y lástima grande que sean a estas fechas escasos o ningunos los rincones en que pueda disfrutarse de este espectáculo, y que debido a manos inconscientes, y además extrañas, hayan desaparecido nuestros bosques, y que aquellos colosos de nuestros pinares hayan ido unos tras otros arrastrados por las aguas del Gallo, el Tajo y Cabrillas a llenar los almacenes de Aranjuez con sus maderas, de oro los bolsillos de gentes que ni aun hijos del país eran, y nuestra tierra de tristeza, de miseria y de aridez con su ausencia.
Hay entre estos montes, además de bastantes vestigios de pequeñas industrias que las modernas y poderosas maquinarias y las facilidades en los arrastres han hecho imposibles, bastantes pueblos que, sin que yo sepa la razón, y sin que al lector le quite el sueño el encontrarla, son por lo general mayores que los de otras sesmas; y cuyos pueblos, por humildes y poco dados a exhibiciones, buscan para esconderse el repliegue más oculto unos, o cautos y precavidos, el rincón más abrigado de cierzos y ventiscas, otros; en todos ellos sus habitantes, útiles para el trabajo, apenas el otoño asoma la cabeza, y aún antes de asomarla, los que se dedican a la pastoría trashumante, toman sus mantas al hombro, y con dos duros en la bolsa por todo capital, y esto el que los lleva cabales, ponen la proa al Mediodía y a otras provincias para dedicarse a la molienda de aceitunas, cuando las hay, o a pasar trabajos rodando aquí y allá, si el negocio no está bueno como sucede muchas veces.
De otro modo no era posible que el esquilmado y pobre terreno nativo pudiera con la carga de sus hijos por todo el año; y aun así quitándole la que se le quita, anda la cosa entre si alcanza y no llega; porque ¿cómo era posible, por ejemplo, que el descalzo aunque extenso término de Espineda pudiera mantener a sus quinientos y pico vecinos, aun contando con sus intrusiones en lo de todos? ¿Y un Pinarejos, y un Chaparralta, y un Lomapelada y un… con los suyos? Por eso, no por gusto de dejar su tierra, se largan en invierno y trabajan y sufren y ven caras nuevas, y no siempre de Pascua; por no poder pasar por otro punto.





