La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

27 de febrero de 2010

Rudolf Rocker y la refundación de la AIT

Delegados al congreso de refundación de la AIT, Berlín, 1922 (Archivo La Alcarria Obrera)

Rudolf Rocker fue un anarquista alemán que destacó por su análisis de las diferencias ideológicas entre el anarquismo y el totalitarismo, especialmente el de raíz marxista, y por sus críticas a los bolcheviques que, en su opinión, habían desnaturalizado la Revolución Rusa de 1917 y vaciado de contenido emancipador a los soviets. Su biografía recorre los hechos históricos más importantes de la primera mitad del siglo XX y fue editada en varios tomos, hoy difíciles de encontrar en castellano. Uno de los acontecimientos en los que Rocker tuvo un evidente protagonismo fue la refundación de la Asociación Internacional de Trabajadores, la AIT, que se declaraba heredera de la Primera Internacional y que aún hoy agrupa a los sindicatos revolucionarios del mundo. Su congreso constituyente se celebró en Berlín el 16 de junio de 1922 y de él da cuenta Rocker en su libro de memorias Revolución y regresión. Copiamos a continuación sus palabras.

Nunca hubo una época en la que se haya hablado tanto de socialismo como en los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial; pero jamás hubo un tiempo asimismo en que el socialismo haya sido tan cruelmente malentendido y desfigurado como entonces. En cualquier asamblea obrera a que se concurriese, se estaba seguro de oír hablar siempre de dos cosas: del socialismo y del frente único del proletariado. Sin embargo, parecía que cuanto más se hablaba de esas cosas, tanto mayor era la confusión espiritual. Lo que se entendía entonces por socialismo en Alemania, y también en la mayor parte de los otros países, era la estatalización de toda la economía y de todas las necesidades sociales, una interpretación por la que fue estimulada la llamada dictadura del proletariado en Rusia en una medida como jamás lo había sido antes.
La consigna vacía del frente único del proletariado, que en aquellos años tuvo una influencia tan nefasta, constituía una frase utilizada por todos sin discriminación, pero sólo para combatir de un modo despiadado a las otras tendencias y anatematizarlas como traidoras. Justamente cuanto más se hablaba del recurso maravilloso del frente único del proletariado, un fanatismo incurable destruía toda ligazón interna entre los trabajadores y conducía a un creciente resquebrajamiento del movimiento socialista, lo que paralizó sus fuerzas naturales y le privó de todas las capacidades para entrar en la lucha en favor de un porvenir mejor.
Cundo nos dispusimos a fundar la AIT, no lo hicimos porque quisiéramos integrar simplemente las asociaciones internacionales ya existentes en un nuevo armazón, sino porque estábamos fuertemente convencidos de que había todo un abismo entre nuestras concepciones sobre la esencia del socialismo y las concepciones, tanto del ala derecha como del ala izquierda, del movimiento socialista de entonces. Y esa distancia no podía ser cubierta por ninguna de las consignas huecas elaboradas para el consumo mental en gran escala. Ante todo nos dábamos cuenta de que la realización del socialismo no podía ser alcanzada nunca por la estatalización de la economía y que sólo se imponía así a los seres humanos un yugo mayor, que desarrollaba hasta el último extremo los defectos y las insuficiencias del orden social presente y ponía fin a toda libertad personal. Si hubiésemos tenido en este aspecto alguna duda, el experimento ruso habría tenido que suprimirla fundamentalmente.
En aquel período agitado en que había tantos valores en juego, en que se podía ganar algo, pero también perder mucho, lo que nos importaba ante todo era mostrar a los trabajadores un camino viable, que pudiera aproximarnos realmente al socialismo, que para nosotros sólo era imaginable como una cooperación de libertad personal y de asociación solidaria. Pero semejante estado era posible solamente si la sociedad no continuaba siendo resquebrajada por contradicciones hostiles de intereses de castas, de clases y de estratos hacia dentro y hacia fuera, sino creando una verdadera comunidad que hiciera accesibles, a todos, los productos del trabajo humano. Reconocíamos que el socialismo no podía ser alcanzado por la conquista del poder político ni podía ser logrado por medio de decretos y reglamentaciones del Estado.
Mas ante todo queríamos llevar a los trabajadores la conciencia de que el socialismo es más que un simple problema de estómago; es la encarnación viviente de una cultura social superior que abarca todas las ramas de la vida social y sólo puede ser logrado por una cooperación orgánica del pueblo laborioso de la ciudad y del campo. No porque fuésemos de opinión que los trabajadores son por naturaleza seres humanos mejores y más accesibles a las ideas de la justicia social que las otras capas de la población, sino porque, mediante su actividad creadora, son como el eje de la sociedad entera y la reaniman todos los días. Queríamos mostrar a los productores que la lucha por la liberación social no es una pugna por el poder, sino una acción por la conquista de los establecimientos industriales y agrícolas, una nueva formación de la vida social sobre la base del trabajo cooperativo y una justa distribución de los productos del trabajo. Por eso hemos intentado explicarles que el fortalecimiento del poder hasta lo inconmensurable no constituía un objetivo digno de ser aspirado por el socialismo, sino más bien la abolición de todas las aspiraciones políticas de dominio en la vida social. Pues la sociedad estará siempre esclavizada mientras un poder externo, de cualquier clase que sea, perturbe su círculo vital y encadene su actividad creadora, aun cuando ese poder trate de ocultar sus verdaderos objetivos bajo el escudo de la dictadura del proletariado.
El socialismo sólo puede prosperar en una asociación de comunidades federativamente integradas, que asegure a cada grupo de población su libre derecho de codeterminación y resuelva todos los asuntos públicos en base a los convenios libremente adoptados y a la colaboración solidaria, pues ése es el único camino que permite respetar las condiciones locales, sin violentar los intereses colectivos.