La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

10 de septiembre de 2012

Manifiesto de Ruiz Zorrilla en 1881

Gobierno Provisional de septiembre de 1868, en el que Manuel Ruiz Zorrilla fue ministro

Manuel Ruiz Zorrilla, nacido en El Burgo de Osma (Soria), fue uno de los últimos representantes del viejo liberalismo progresista decimonónico; cuando la Restauración devolvió el trono a los Borbones y se cimentó el nuevo régimen sobre la corrupción, el caciquismo y el turnismo, cuando la integridad personal y la lealtad a los principios dejaron de ser la norma de los políticos, Manuel Ruiz Zorrilla se mantuvo incólume desde su largo exilio en París de un cuarto de siglo para cumplir su promesa de no volver a España hasta que no hubiera República. Firme siempre a su ideario ciudadano, apoyó con entusiasmo a Amadeo de Saboya y sustentó la República cuando comprobó el fracaso de una monarquía democrática en nuestro país. En 1881, cuando su viejo enemigo Sagasta dictó la libertad de partidos como presidente de un gobierno de la monarquía, levantó de nuevo la bandera del Partido Radical e hizo público un manifiesto, que ahora reproducimos, con las firmas de aquellos que ratificaron su fidelidad a Ruiz Zorrilla y al radicalismo republicano; entre ellos, un alcarreño: Juan Felipe Sendín, que aunque se presenta como delegado por Cuenca, había nacido y mantenía sus raíces en la villa de Alcocer.

CIRCULAR
Los demócratas progresistas que suscriben en la representación que al final se expresa, y cuyos principios políticos son harto conocidos para que sea preciso repetidos una vez más, se creen, no obstante, en la ineludible obligación de manifestar lealmente á sus amigos y correligionarios su pensamiento y su actitud respecto á determinados puntos de doctrina, de conducta y de tendencias que han dado motivo á hechos de trascendencia suma en el seno de su partido
Seremos breves, pero seremos explícitos; nuestra conciencia nos impone este deber, la opinión pública lo reclama, y cualquier linaje de confusiones fuera á todas luces funesto para el triunfo de los grandes ideales de la democracia española.
Haremos constar ante todo, á fin de evitar malas inteligencias ó torcidas interpretaciones, que nuestro ideal político en cuanto á forma de gobierno es de hoy para siempre la república; bandera que ya podemos levantar, merced á la justicia del Gobierno, que al suprimir aquella pasada distinción de partidos legales é ilegales ha abierto ancho campo á la propaganda pacífica de todas las escuelas políticas y de todas las ideas.
Y hecha esta primera declaración, debemos proclamar muy alto que rechazamos, no sólo todo principio quo directa ó indirectamente pudiera acercarnos á cualquier partido federal de los que hoy existen, sino todo sistema de federación más ó menos artificioso y velado que en lo futuro intentara crearse dentro de la actual nacionalidad española; y que no sólo rechazamos hoy los principios sospechosos de contagio federal, sino las tendencias, las aproximaciones y las complicidades hacia una idea y con una doctrina que consideramos funestas para la libertad democrática y para la unidad de la nación. De toda idea federal nos separa un abismo: abismo que jamás salvaremos, porque para cruzar por encima de sus profundidades habría que colmarlas, y la experiencia nos prueba que sólo pueden colmarse con ruinas y vergüenzas de la patria.
Así es que si somos y hemos sido siempre partidarios resueltos de la descentralización provincial y municipal en el orden administrativo y en el orden económico, no aceptamos ni para el municipio ni para la provincia ningún género de autonomías que con apariencias y halagos de nuevos derechos y nuevas libertades vengan á ser, en el fondo, la negación de los derechos del individuo, conquista soberana de la democracia moderna, y vengan á ser, sobre todo, gérmenes de pequeños estados federales, ya que no de futuros cantones. Entre el Estado que ampara el derecho y el ciudadano que lo ejercita, no admitimos unidad autonómica que lo desvié, lo merme ó lo adultere.
En cuanto á principios, sin ofensa de ninguna otra opinión, que todas las respetamos, esta es la nuestra, honradamente sentida y lealmente dicha.
Respecto á conducta, entendemos que sólo es aceptable aquella que se amolda á los eternos principios de la moral, del derecho y de la justicia. Donde los Gobiernos dan libertad de propaganda; donde ofrecen campo y condiciones de vida á la lucha legal; donde abren camino á todas las ideas sin exclusiones irritantes ni odiosos privilegios, creemos y afirmamos que la revolución no es lícita, aún en el caso de que fuese posible. Respetamos la opinión de los que de otro modo piensen, que en estas materias la conciencia es juez supremo para todo hombre; pero la nuestra nos dice que la lucha material no es legítima sino cuando la lucha moral es imposible, y fuerza es que hagamos público este nuestro sentir, para que todos juzguen y la nación sentencie.
Por otra parte, seria insensata arrogancia la de cualquier agrupación que llegase á pensar, y concluyese por creer, que en sí encerraba la totalidad del país, y todas sus conciencias, y todas sus voluntades. Los partidos son fuerzas organizadas para las luchas políticas; pero sobre ellos está la nación: pueden y deben aquellos realizar la voluntad de ésta; no pueden imponer la suya propia; cuando hay acuerdo entre ambas y la lucha estalla, llámase revolución; cuando no la hay, todo acto material no pasa de repugnante motín ó de triste pronunciamiento.
No se agiganten, pues, los partidos, por grandes y nobles que sean, al calor do sus pasiones y al estímulo de sus intereses, ni lleguen á creer, de puro abultados á sus propios ojos, que son la patria toda; porque el desengaño sería triste y el mal para la democracia más triste todavía.
Estos sencillos principios, expuestos en toda su claridad, son los que han de determinar nuestra conducta. Lucharemos como legales, mientras el campo de la legalidad nos esté abierto; acataremos de hecho lo que la opinión pública exija, sin perjuicio de procurar por una propaganda constante y enérgica hacerla nuestra; y en cuanto á este y á todos los Gobiernos, nuestro aplauso será entusiasta é incondicional para las reformas democráticas, imparcial nuestra crítica en los actos dudosos, severas y enérgicas nuestra oposición y nuestra censura en toda tendencia ó medida reaccionaria.
No haremos, pues, esa política pesimista que busca el bien por el exceso del mal; que se coaliga con partidos lejanos para arruinar los próximos y que profesa aquella funesta doctrina que el fanatismo religioso inspiró á determinadas clases, doctrina condenada en aquella célebre y repulsiva máxima que santifica por el fin los medios empleados; no somos, en verdad, jesuitas de oratorio, no queremos tampoco ser jesuitas de barricada.
De lo dicho se desprende lógicamente cuál ha de ser la norma de nuestro partido en sus relaciones con los demás.
Por desgracia para la política española, turbando el orden universal, y como excepción á toda ley atractiva, ha imperado siempre, al menos en los hechos, el odio entre los partidos afines, la tolerancia, cuando no la simpatía, entre los partidos distantes.
Nosotros rechazamos esta conducta, resultado de un mal entendido utilitarismo político, bajo el cual hierven pasiones bastardas y egoísmos funestos: para nosotros los más próximos serán los más simpáticos, los más distantes aquellos que con más energía combatiremos: y el grado de alejamiento o de aproximación estará medido, no por nuestros rencores ó nuestros despechos, sino por la mayor ó menor identidad en las ideas.
Tales son nuestras declaraciones, que vamos a resumir rápidamente.
Una república liberal, como forma de Gobierno: la Constitución de 1869 en su interpretación propia, que es amplia y progresiva, como modelo inmortal de código político: la negación más absoluta á todo grado ó tendencia de federalismo, como límite de nuestra izquierda: la lucha pacífica y legal, como medio de propaganda, mientras el campo de la legalidad esté abierto: la justicia como regla de conducta para con los gobernantes: la ley de afinidad y de aproximación como ley única en nuestras relaciones ó alianzas con los demás partidos; y el triunfo de la verdadera doctrina democrática, que es la que concede mayor suma de libertades al individuo, como aspiración suprema y constante tendencia.
Creyendo que estas son interpretaciones fieles de los principios que profesamos y que ha profesado siempre nuestro partido, tenemos el honor de dirigirnos á ese Comité, rogándole que nos manifieste si está conforme con las ideas, con las doctrinas y 3on las aclaraciones que se consignan en esta circular, que son las únicas á que prestamos acatamiento, porque arrancan de lo más profundo de nuestra conciencia, y nos son impuestas, no por pasiones, aunque nobles transitorias, sino perjuicios severos y definitivos de nuestra razón.
Luis Felipe Aguilera, diputado á Cortes, Antonio Barroso, representante de Córdoba, Octavio Cuartero, representante de La Democracia, de Albacete, José Echegaray , representante de Lérida, Enrique Fernández Alsina, diputado á Cortes, José Gallego Díaz, representante de Jaén, Alejandro González Olivares , representante de Pontevedra, Wenceslao Martínez, representante de La Enciclopedia, de Sevilla, Cristino Martos, representante de Madrid y diputado á Cortes, Manuel Merelo, representante de Ciudad-Real y senador, Eugenio Montero Ríos, diputado á Cortes, José Montero Ríos, senador, Juan Montero Telingo, representante de La Coruña, Vicente Morales Díaz, representante de Toledo, J. Millán Astray, representante de El Telegrama, de La Coruña, Tomás María Mosquera, senador, Eugenio de Olavarría, representante de La América, de Madrid, Francisco de Asís Pacheco, representante de Tarragona, El conde de Rius, diputado á Cortes, Emilio Reus Bahamonde, representante de Alicante, Vicente Romero Girón, senador, Gaspar Rodríguez, representante de Pontevedra y de El Brigantina, de Ferrol, Juan Ángel Rosillo, representante de Santander, Juan Ruiz de Castañeda, representante de La Fraternidad, de Daimiel, Juan Felipe Sendin, representante de Cuenca, Enrique García Alonso, representante del Diario Democrático de Tarragona
(La Iberia, 9 de noviembre de 1881)