La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

16 de febrero de 2008

La Escuela Moderna, de Anselmo Lorenzo

Francisco Ferrer Guardia, 1909

La Escuela Moderna abierta en Barcelona por Francisco Ferrer Guardia fue una de las iniciativas con más proyección del movimiento libertario español en los primeros años del siglo XX; basta para demostrar su interés el encono con que fue perseguida por los poderes establecidos. Su promotor fue encausado y encarcelado en el proceso por el atentado de Mateo Morral contra el rey Alfonso XIII, del que salió absuelto, y acusado y condenado a muerte por los sucesos de la Semana Trágica barcelonesa, aunque durante el proceso se demostró su inocencia. Sus propuestas de una enseñanza racional, laica, científica, liberadora y mixta fueron acogidas con espanto por todos los bienpensantes. En esta labor contó con la ayuda de personalidades como Odón de Buen, Nicolás Estébanez Calderón o Anselmo Lorenzo, que escribió el prólogo del libro La Escuela Moderna, obra póstuma de Ferrer. En algunas reediciones recientes se ha suprimido este prólogo, de difícil lectura y retórica excesiva, pero no por ello menos interesante.

Asociado a la obra de Ferrer desde algunos meses antes de la creación de la Escuela Moderna, a título de traductor para su biblioteca, estuve en feliz disposición para conocer la grandeza del pensamiento de aquel hombre singular, que me distinguió y honró con su amistad y confianza.
En una fiesta de los profesores racionalistas de Barcelona, en honor de Ferrer, para celebrar su absolución en la causa del atentado regio de mayo en Madrid, expresé mi concepto sobre la enseñanza científica y racional, que aquí reproduzco en los siguientes términos:
En este acto celebramos un triunfo del progreso humano y una caída del poder del privilegio.
Conviene que nos demos bien cuenta de ello para precisar la fuerza que nos apoya, la razón que nos asiste y la influencia que personal y colectivamente podemos tener en las futuras caídas del enemigo y en la serie infinita de triunfos que en la vía de la perfección, en el conocimiento de la verdad y en la práctica de la justicia nos esperan.
En una nación de masa analfabetas, en que el tanto por ciento de los iletrados acusa una de las mayores proporciones de Europa y de América, se ha planteado la enseñanza racional, cuyo objetivo se expresa claramente en estas palabras del programa de la Escuela Moderna: “Ni dogmas ni sistemas, ni moldes que reducen la vitalidad a la estrechez de las exigencias de una sociedad transitoria que aspira a definitiva; soluciones comprobadas por los hechos, teorías aceptadas por la razón, verdades confirmadas por la evidencia, eso es lo que constituye nuestra enseñanza, encaminada a que cada cerebro sea motor de una voluntad, y a que las verdades brillen por sí en abstracto, arraiguen en todo entendimiento y, aplicadas en la práctica, beneficien a la humanidad sin exclusiones indignas ni exclusivismos repugnantes”.
Esta enseñanza no existía en España, ni existe oficialmente en las otras naciones, por adelantadas que parezcan, por grandes que sean las cantidades que sus presupuestos destinen a la enseñanza. Es más: esa enseñanza no la dará jamás el Estado, ni aquí ni en nación alguna del mundo, porque mal puede tender a que “cada cerebro sea el motor de una voluntad” esa entidad que concreta en leyes, y quiere eternizarlas como expresión de la verdad y de la justicia, los errores de cada época y los intereses de las castas o de las clases superiores, y que, por consecuencia, amasa los cerebros en la uniformidad de una creencia y en la inicua aceptación de un despojo; es decir, en la fe y en la obediencia.
Pero lo que el Estado no puede hacer, porque contraría la base fundamental de su existencia, puede hacerlo la Sociedad, y aquí he de observar que el Estado y la Sociedad son entidades que si para muchos son sinónimas, en realidad son antitéticas. El Estado, en teoría, representa la suma de negaciones de las libertades individuales, o el sacrificio que todos sus miembros hacen renunciando a una parte de su libertad en pro del bien común, y en la práctica resulta esta definición de Bastiat: “El Estado es la gran ficción por medio de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo”; o esta otra de Renan: “El Estado es un autócrata sin igual que tiene derechos contra todos y nadie los tiene contra él”. La Sociedad, por el contrario, es el modo natural de existencia de la humanidad; se rige por las costumbres o por hábitos tradicionales, pero no por leyes escritas impuestas anteriormente; progresa con lentitud por el impulso que le dan las iniciativas individuales, no por el pensamiento ni la voluntad de los legisladores. Las leyes a que se somete son las leyes naturales, inherentes al cuerpo social como a los cuerpos físicos, que la ciencia descubre y que el legislador y el gobernante desconoce o contraría por sistema.
En la situación de evolución progresiva en que nos hallamos, lo que el Estado no quiere hacer y lo que la Sociedad por el obstáculo opuesto por el Estado no puede hacer todavía, ha de hacerlo la iniciativa individual, y este es nuestro caso. Sin negar lo que en otras naciones se haga por la enseñanza racional, supeditada en gran parte a ese laicismo que si emancipa la enseñanza de la tiranía de la Iglesia, la deja sometida al Estado, que si desecha de la escuela el fetiche religioso pone en su lugar el símbolo patriótico, hemos de reconocer que la enseñanza racional pura, la típica, la que puede servir de modelo, es la planteada en la Escuela Moderna de Barcelona por la iniciativa de Francisco Ferrer. Y no quiero hacer aquí manifestación de vanagloria patriótica, ni menos de adulación personal; voy más lejos; pretendo exponer, lógrelo o no, el alcance social, revolucionario, humano, de la enseñanza racional. Por lo pronto recojo este dato: en la reciente campaña “Pro-Ferrer”, sostenida por la prensa internacional, se ha leído constantemente, afirmado por notabilidades europeas y americanas, que la Escuela Moderna de Barcelona representa una iniciativa original.
Y aquí recojo la idea del triunfo representado por este acto, de que hablé al principio.
Los privilegiados en general, no ya únicamente los caracterizados por el dogma, sino aquellos que representan la usurpación de la riqueza social, se concertaron contra la Escuela Moderna y contra su fundador, y a la primera ocasión cayeron sobre una y otra con todo su poder, y su poder se ha estrellado contra esa fuerza que, incoherente al parecer, sin trabazón ni combinación orgánica, sin otra manifestación que el artículo o la información periodística, el mitin y la conferencia, producto casi siempre de una actividad personal, y esto expresado en francés, en alemán, en inglés, en italiano, en portugués, en español, uno y otro días, con constancia admirable, ha bastado para aplastar y aniquilar el poder de Loyola, que, como sabéis, es un pulpo inmenso que extiende sus viscosos y absorbentes tentáculos por todo el mundo. Es decir, lo reconocidamente débil, apoyado por la razón, ha triunfado de lo tenido por fuerte que quería consumar una iniquidad. Se han trocado pues, los papeles: somos fuertes ya por la razón y la justicia; son débiles por la injusticia y el sofisma.
Con la absolución de Ferrer adquiere mayor esplendor la enseñanza racional, que hoy desde Barcelona irradia al mundo y no puede menos de ser universalmente adoptada; con la negativa a la petición de Becerra del Toro se inicia la separación completa de la infancia de la creencia en el dogma, se la sumisión a toda la tiranía, del hipócrita convencionalismo que pone la ficción sobre la realidad, y se crean esas generaciones despreocupadas y conscientes que han de enaltecer la humanidad.
Aquella absolución y aquella negativa significan el término de una evolución y el principio de una nueva era. Llego hasta considerarlas más trascendentales que algunos sucesos históricos a que se ha dado el nombre de revolucionarios. Por ellas pasa la enseñanza a ser función eminentemente social. Hasta aquí la enseñanza, supeditada a la Iglesia, que, según la feliz expresión de Bakounine, quería hacer del hombre un santo, o del Estado, que quería de él un ciudadano, moldeándole cada cual en su lecho de Procusto, será el hecho natural de dar a la infancia, a la que como continuadora de las generaciones pasadas o que van pasando, formará la humanidad futura, su participación en el tesoro de la sabiduría humana. Es la ruptura del esoterismo, o creencia para los ignorantes, para aquellos de quien se dijo que se necesitaba un dios para la canalla, y la iniciación de todos en el esoterismo, o doctrina hasta aquí secreta para satisfacción de los poderosos.
Vosotros, profesores racionalistas, sois los llamados a realizar el principio de una justificación a la Sociedad, que no parará hasta poner a disposición de todo el mundo el patrimonio universal, formado por los bienes naturales y por los adquiridos por cuantos, sin distinción de países y a través de todas las épocas, han observado, estudiado, pensado y trabajado hasta constituir esa riqueza con la cual podría vivir con satisfacción y holgura una humanidad de triple número de habitantes.
Habéis de emancipar y generalizar la enseñanza, que no ha de ser, como hasta ahora, un plantel de estúpidos creyentes, o un picadero para domar energías rebeldes, o un negocio industrial para sacar rentas a costa de la mistificación de las inteligencias; estáis destinados a fundar el verdadero equilibrio entre lo que se cree y lo que se sabe, y con esa laudabilísima tarea daréis a la Sociedad aquel fundamento sólido que en vano ha buscado hasta el presente.
Hermosa misión la vuestra; no hay ya otra en el mundo que la supere. Mientras los restos del privilegio forman tratados internacionales para garantizarse contra los innovadores, refuerzan su legislación con leyes excepcionales para perseguir a los revolucionarios, dan a sus ejércitos nuevos y más poderosos instrumentos de destrucción, inventan nuevos sofismas para justificarse, ahí estáis vosotros para destruir atavismos, enseñar verdades, formar caracteres, impedir la formación de masas sectarias e inconscientes y hacer de cada hombre y de cada mujer un ser pensante y activo, de positivo e idéntico valor, sobre el cual no pueda sostenerse falso prestigio ni autoridad indebida, de modo que la justicia entre las relaciones humanas sea un resultado sencillo y práctico de las costumbres.
Para llevar adelante vuestra obra no volváis la vista a los poderosos, como tales poderosos, porque esencialmente serán vuestros enemigos, sin negar por eso que podáis hallar auxiliares individuales: bien lo demuestra el caso de la iniciativa del fundador de la Escuela Moderna. Procurad interesar al proletariado, que es hoy la clase social eminentemente progresiva, porque, a diferencia de la burguesía usurpadora de la riqueza social, y viviendo en la opresión y en la miseria, tiene sus bienes en lo porvenir, y vosotros sois los principales dispensadores de esos bienes.
Si así comprendéis vuestra misión y si por ella se desarrollan vuestras energías, animadas por vivificador entusiasmo secundado por la poderosa virtud de la constancia, a vosotros estará encomendada la realización de este sublime ideal formulado por la poderosa inteligencia de Pi y Margall: “El hombre no está condenado a sufrir eternamente los males que le afligen. Su inteligencia disipa de día en día las nieblas que le obscurecen y confunden, su voluntad está mejor determinada, su libertad se educa. Vendrá, a no dudarlo, tiempo que, conocida ya la ley por la humanidad, sus relaciones marcharán perfectamente de acuerdo con los destinos de su raza. La libertad y la fatalidad serán entonces idénticas, no habrá motivos de lucha, y una aureola inextinguible de paz circundará ya la frente del niño al saltar del seno de su madre”.
En junio de 1908, hallándose Ferrer reposando en Amélie-les-Bains, me invitó a que le acompañara, a lo que accedí gustoso, y en la tranquilidad de aquel bellísimo repliegue de los Pirineos, en el descanso requerido tras muchos años de actividad incesante y uno de privación de libertad y peligro terrible, recordó los pasos dados en la vía progresiva, y concertamos propósitos de continuación aprovechando las lecciones de la experiencia.
Allí, Ferrer, en consideración a cuanto se había fantaseado por amigos y adversarios sobre el significado de la Escuela Moderna durante la campaña de su liberación, formó el propósito de escribir una Memoria explicativa de su significación, que se publicaría en la prensa española y francesa y fijaría clara y terminantemente el concepto, la aplicación y la extensión de la enseñanza racionalista.
Para la realización de su propósito requirió mi colaboración, y en aquel hermoso oasis y disfrutando de una breve tregua en la lucha por el progreso, por el bien, por la justicia, en la calma de un paisaje espléndido, gozando de aromáticas brisas y del armónico murmullo de aves e insectos a la orilla de un riachuelo, escribió la presente explicación que, por ser suya y por haberse ratificado y confirmado en hora trágica y solemne en Montjuich ante el pelotón de ejecución, rectifica errores, ratifica verdades y puede servir de guía a los continuadores de una iniciativa salvadora, emancipadora y libertadora de la humanidad.
En aquel medio, en presencia de Ferrer y oyendo su palabra inspirada por el más generoso altruismo, sentí aquellas emociones que exaltan el sentimiento y el pensamiento, y mientras él bosquejaba su Memoria yo escribí las siguientes líneas, que no pude presumir habrían de incluirse en el prefacio de la obra póstuma de Ferrer:
“Existe un tesoro natural, en cuya formación no han intervenido los hombres, y otro artificial, aglomerado con el concurso de los observadores, los pensadores y los trabajadores de todos los tiempos y de todos los países.
Por la existencia de ese tesoro natural viven los hombres, por la aglomeración de ese tesoro vive la humanidad; porque es evidente que sin condiciones de vitalidad necesaria y aun excedente, las especies inferiores no hubieran evolucionado hasta formar el organismo humano, ni el aprovechamiento de la excedencia hubiera creado la ciencia, el arte y la industria reuniendo el saber, el querer y el poder de todos de modo que se fundara la humanidad por la adopción de la solidaridad.
Si esos tesoros no tienen creador en nuestra especie ni en la generación viviente, claro es que la apropiación hereditaria y el goce de todas las ventajas consiguientes por cierto número de privilegiados, con exclusión de otro número infinitamente mayor que permanecen míseros e ignorantes desheredados, no tienen razón de ser, son un absurdo, constituyen una usurpación.
Ello es así: no busquemos causantes ni responsables; no demos vana satisfacción al sentimiento buscando el enemigo a quien quisiéramos abrumar con nuestras quejas o destruir con nuestra ira, pero reconozcamos el hecho en toda su sencillez: la gran riqueza natural y la no menos grande riqueza social, que juntas forman el patrimonio de esa gran aglomeración solidarizada llamada la humanidad, lo vienen detentando en el mundo un relativamente corto número de privilegiados, desde el brahmán al burgués, en perjuicio de todos los explotados y oprimidos del mundo, desde el paria al jornalero, tomando la denominación de esas clases históricas como representación de todas las desigualdades más o menos conocidas que hayan existido entre los hombres.
Obra humana es el dualismo que tanto nos daña, obra humana ha de ser el monismo reparador que ha de favorecernos.
Antes que los legisladores codificaran la injusticia legalizando la usurpación propietaria y el despojo de las clases ínfimas, los sacerdotes habían santificado la ignorancia con el esoterismo, reservándose con el esoterismo el privilegio del saber, y así quedó creado el absurdo antisolidario que representa el dualismo que nos divide, causante del antagonismo de intereses que corroe la Sociedad.
La ciencia, precursora siempre como el pensamiento precede necesariamente a la acción a título de determinante de la voluntad, rebasó por su propio poder las reservas y los secretos de la iniciación, pasando del templo, donde la usurpaban los sacerdotes, a la universidad, donde la usurpan los burgueses; pero interpretado el símbolo, desvanecido el mito y derribado el ídolo, último refugio de la injusticia exotérica, ni en la universidad se detiene y pasa a la escuela racional, verdadera y positiva universidad donde se enseña a todas y a todos la ciencia de la vida, convirtiendo en aula infantil la naturaleza en toda su inmensa amplitud, y toma como objetivo de su enseñanza todas las manifestaciones del saber y del poder de los hombres. Para condensar en un punto inicial la nueva vía libre emprendida por la humanidad surgió la Escuela Moderna.

12 de febrero de 2008

La condición del trabajo, de Henry George

Henry George fue un economista estadounidense de la segunda mitad del siglo XIX. Autodidacta, fue menospreciado por los economistas académicos, que criticaban la debilidad de su formación, pero tuvo sin embargo numerosos seguidores en las sociedades anglosajonas; su obra principal, Progreso y miseria, conoció sucesivas ediciones durante décadas y fue el único libro de economía que llegó a las listas de éxito. Este ascendiente se tradujo en la fundación de numerosas sociedades georgistas en distintos países y en su influencia en otras corrientes, como los fabianos. Reproducimos las conclusiones de su libro La condición del trabajo, en el que critica al catolicismo social y a la Encíclica Rerum Novarum de León XIII, publicada en 1891; Henry George falleció seis años después. Esta interesante obra no se reedita en España desde hace ochenta años y, en general, la obra de Henry George es desconocida.

Vos nos decís que Dios debe al hombre un depósito inagotable, que éste sólo puede encontrar en la tierra. Y sin embargo, Vos defendéis un sistema que niega a la mayoría de los hombres todo derecho a recurrir a ese depósito.
Vos nos decís que la necesidad del trabajo es una consecuencia del pecado original. Y sin embargo, Vos defendéis un sistema que exime a una clase privilegiada de la necesidad del trabajo, y a descargar su parte, y más que su parte de trabajo, sobre los demás.
Vos decís que Dios no nos ha creado para las cosas mortales y transitorias de esta vida, sino que nos ha dado este mundo como lugar de destierro, y no como nuestra verdadera patria. Y sin embargo, Vos justificáis que algunos de los desterrados tengan el exclusivo derecho de propiedad a esta mansión de destierro común, de manera que obligan a sus compañeros a pagarles el sitio que en ella ocupan, y que esta exclusiva propiedad pueden ellos transmitirla a otros que tendrán que venir para que éstos, a su vez, tengan el mismo derecho de excluir a otros compañeros.
Vos decís que la virtud es patrimonio de todos los hombres; que todos son hijos de Dios, Padre común; que todos tienen el mismo destino y fin; que todos son redimidos por Jesucristo; que las bendiciones de la Naturaleza y los dones de la gracia pertenecen a todos, y que a todos, excepto al indigno, está prometida la herencia del reino de los Cielos. Pero en todo esto, y a través de todo esto, Vos insistís en que es un deber moral el mantenimiento de un sistema que hace del depósito de todas las bondades materiales de Dios y de las bendiciones del hombre, la exclusiva propiedad de pocos. Vos nos dais iguales derechos en el Cielo, pero nos negáis iguales derechos sobre la tierra,
De una famosa decisión pronunciada por la Corte Suprema de los Estados Unidos, antes de la guerra civil, se dijo, en el caso de la fuga de un esclavo, que ella “daba la ley al Norte y el negro al Sur". Y es así que vuestra Encíclica da el Evangelio a los trabajadores y la tierra a los propietarios. ¿Hay que maravillarse de que haya quien diga “que los sacerdotes están siempre dispuestos a dar a los pobres una parte igual en todo lo que está fuera de la vista, pero que ellos tienen escrupuloso cuidado de asegurar a los ricos su presa en todo lo que está a la vista"?
Esa es la verdadera razón porque las masas, en todo el mundo, vuelven la espalda a las religiones organizadas. ¡Y por qué admirarnos de que lo hagan así!
¿Cuál es la misión de la religión, sino la de demostrar los principios que deben gobernar la conducta de los hombres entre sí y formular una regla clara y decisiva de lo que es justo, para guiar a los hombres en todas las relaciones de la vida, así en el taller como en el mercado, en la vida pública como en la misma Iglesia; proveer, por así decirlo, de una brújula, mediante la cual, entre las borrascas de la pasión, las aberraciones de la ambición y la codicia y los engaños del interés ciego, puedan los hombres dirigirse con seguridad? ¿Cuál es la misión de una religión que permanece paralizada e inerte en presencia de los problemas más solemnes? ¿Cuál es la misión de una religión que cualquier cosa que prometa para el otro mundo, no puede hacer nada para prevenir la injusticia en éste? No es este, no, el Cristianismo de los primeros tiempos, pues de otro modo no habría él afrontado las persecuciones paganas ni habría barrido nunca el mundo romano. Los escépticos amos de Roma, que toleraban todos los dioses, despreocupados de lo que ellos creían supersticiones vulgares, fueron sensibles a una religión que predicaba la igualdad de derechos; ellos tenían instintivamente una doctrina que infundía al esclavo y al proletario una nueva esperanza; que tomaba como símbolo de redención un carpintero crucificado; que enseñaba la igualdad ante Dios y la fraternidad de los hombres; que buscaba un reinado pronto de justicia, y que imploraba en sus preces “Venga tu reino sobre la tierra”.
Hoy las mismas percepciones, las mismas aspiraciones existen entre las masas. El hombre es, como se le ha llamado, un animal religioso, y no podrá jamás librarse del sentimiento de que hay algún gobierno moral del mundo, algunas eternas distinciones entre lo justo y lo injusto, y no podrá abandonar nunca el intenso deseo por un reino de justicia. Y hoy, hasta hombres que han desechado toda creencia religiosa, os dirán –aún sin saber en qué consiste- que hay algo injusto en las condiciones de trabajo. Y si la teología fuese, como quería Santo Tomás de Aquino, la suma y el foco de la ciencia, ¿no es a la religión a la que le correspondería decir con claridad y sin miedo dónde está la injusticia? En la antigüedad era un impulso irresistible, cuando un desastre amenazaba a los hombres, preguntar a los oráculos: “¿en qué habremos nosotros ofendido a los dioses?” Hoy, amenazados por el avance de los males que minan la existencia de la sociedad, los hombres que sienten que hay algo injusto presentan la misma cuestión a los ministros de la religión. ¿Y cuál es la respuesta que de ellos obtienen?
¡Ay! ¡Ella, con pocas excepciones, es evasiva, como las respuestas que solían dar los oráculos paganos! ¿Y debemos asombrarnos de que las multitudes estén perdiendo la fe?
Permitidme exponer de nuevo el problema que vuestra Encíclica plantea.
¿Cuál es la condición del trabajo que, como Vos sinceramente decís, “es la cuestión de actualidad que llena los espíritus de penosa aprensión”? Reducida a términos sencillos: es la pobreza de los hombres que demandan trabajo. ¿Y cuál es la más sencilla expresión de esta frase? Que a esos hombres les falta el pan, ya que con esta frase expresamos del modo más conciso y enérgico todas las satisfacciones materiales de la humanidad, cuya privación constituye la pobreza.
Ahora bien, ¿cuál es la plegaria del cristianismo, la universal plegaria, la que se eleva cada día y cada hora doquiera se pronuncia el nombre de Cristo, la que murmuran los labios de Vuestra Santidad desde el altar de San Pedro y es repetida por el tierno hijo a quien la más pobre de las madres cristianas ha enseñado a balbucear en humilde súplica al Padre que está en los cielos? Es la que dice: “El pan nuestro de cada día, dánosle hoy”.
Sin embargo, aunque esta plegaria se exhala cada día y cada hora, a los hombres les falta el pan. ¿No es el deber de la religión decir por qué? Si ella no lo puede, ¿no autorizará a los que afectan por ella menosprecio a burlarse de sus ministros, como se burlaba Elías de los profetas de Baal, cuando les decía: “Gritad cuanto os den vuestras voces, porque vuestro dios está entretenido conversando, o quizás en algún albergue, o de viaje, o quién sabe si está durmiendo y es preciso despertarlo”? ¿Qué respuesta podrán dar estos ministros? O que no hay Dios, o que es sordo, o si no que El da a los hombres el pan cotidiano y que éste es de algún modo interceptado.
Es esa la respuesta, la única respuesta que cabe. Si a los hombres les falta el pan, no es porque Dios falte a su deber no dándoles pan. Si los hombres que buscan trabajo son maldecidos por la pobreza, no es porque el depósito que Dios debe a los hombres se haya agotado, que la provisión cotidiana que El ha prometido para las necesidades de sus criaturas no sea abundante. Es que impíamente, violando los benévolos propósitos del Creador, los hombres han hecho de la tierra propiedad privada, y así han hecho la exclusiva propiedad de pocos de la provisión que el Padre de bondad ha hecho para todos. Toda respuesta distinta de ésta, a pesar de que se la revista de formas religiosas, es prácticamente una respuesta de ateo.

11 de febrero de 2008

El final de los gremios en Guadalajara

Castillo de Atienza (Archivo La Alcarria Obrera)

Al inicio de la Revolución Industrial, y con la excusa de defender la libertad de la industria, se puso punto final a la tradicional organización gremial, que hundía sus raíces en la Edad Media. La innegable libertad alcanzada por los trabajadores, aprendices y oficiales, frente a la vieja tiranía de los maestros y de los gremios, no se tradujo en mejores condiciones de vida y de trabajo para los empleados que, desarmados, se vieron sometidos a las opresivas condiciones laborales dictadas desde entonces por los jefes de los talleres artesanos y los patronos de las fábricas modernas, frente a los que no tenían ninguna capacidad defensiva al faltarles una organización específica. En 1833, apenas unas semanas después de la muerte del rey Fernando VII, las intenciones de la burguesía liberal se mostraban con toda su crudeza en Atienza, cuando se negó a los veedores del gremio de tejedores inspeccionar los talleres.

Intendencia de la Provincia de Guadalajara.
El Escmo. Sr. secretario de estado y despacho del Fomento general del reino con fecha 25 del actual me dice lo que sigue: He dado cuenta a S.M. la Reina Gobernadora de una instancia de Manuel Garay y Fermín Roldán, vecinos de la villa de Atienza en solicitud de que como veedores del gremio de tejidos de lana y lino visiten personalmente los obradores establecidos en aquellas inmediaciones, proponiéndose remediar así los abusos que se observan, y en que dicen incurren algunos tejedores; y enterada S.M. no ha tenido a bien acceder a la referida pretensión, y es su soberana voluntad al mismo tiempo, que por ahora no se haga novedad en los usos establecidos ni se grave la industria con formalidades odiosas o inútiles, sino que al contrario se la deje libre de todas las trabas que hasta ahora la abrumaron; todo hasta la publicación de la próxima Ley sobre gremios, en que se sancionarán estos principios protectores de la industria. De real orden lo digo a V.S. para su inteligencia y efectos oportunos. Lo que pondo en conocimientos de todos los habitantes de esta provincia para su noticia y satisfacción.
Guadalajara, 30 de noviembre de 1833.

9 de febrero de 2008

¡Adelante!, portavoz de la CNT de Cuenca

El brutal alzamiento reaccionario contra la Segunda República española y la cruel represión de la dictadura franquista, han teñido de nostalgia y dulcificado los contornos de aquel período de nuestra historia. Hoy son muchos los que elogian un régimen democrático que creen modélico, y no faltan quienes culpan a los anarcosindicalistas de todos los excesos y de todos los crímenes de esa etapa tan conflictiva. Para ofrecer el punto de vista de los libertarios, recogemos un artículo que ofrece un buen ejemplo de cómo se acusa a la CNT de un atentado policial o patronal. Este texto tiene un valor histórico añadido; fue publicado en ¡Adelante!, el órgano de la Federación Provincial de Trabajadores de CNT de Cuenca, en su número del 29 de abril de 1933. Aunque fue editado durante varios años, apenas media docena de ejemplares han podido llegar hasta nosotros, restos del naufragio que escaparon al furor de quienes quisieron borrar la memoria de aquellos hombres y mujeres rebeldes y luchadores.

Hace mucho tiempo que la preponderancia, cada día mayor, de la CNT en Cuenca traía de cabeza a las autoridades; sabido es que Gobernador de provincia, en una población de primer orden es un simple funcionario del Estado capitalista que le paga, sin ninguna influencia sobre el resto de los habitantes, pero cuando se trata de ciudades de escasa importancia y de reducido número de moradores, la cuestión varía totalmente y entonces el gobernador se considera virrey o dueño de vidas y haciendas de todos, a los que trata y considera como súbditos.
Recuérdese con relación a esto, que después de implantar la República, que más tarde había de denominarse, por un sarcasmo de los hechos, de “trabajadores de toda clase”, tuvimos un poncio que pretendía que le reconocieran y trataran de excelencia hasta en los establecimientos públicos.
Esto viene a demostrar que estos pobres diablos, metidos a gobernadores, se crean a sí mismos una jerarquía, a la cual todos han de rendir acatamiento y ¡ay! de aquel o de aquellos que otra cosa pretendan.
He aquí el motivo que justifica las represiones, la sola causa del encarcelamiento de los hombres rebeldes; todo aquel que posea la dignidad suficiente para no considerarse súbdito del usía irá a parar con sus huesos a la mazmorra.
Un poncio de una provincia, de capital pequeña, se cree el ser supremo que está por y sobre todos los habitantes, se considera el principio y fin de la sabiduría, el sumo hacedor, el soberano intérprete de la justicia, el “non plus ultra”.
Si se os ocurre hablar con cualquier ciudadano de una cuestión social sin su intervención o sin su conocimiento, os multará, embargará y hasta os encarcelará; si pretendéis solucionar un conflicto habido entre obreros y patronos, lo impedirá, si previamente no le consultáis; nada importa que el conflicto sin importancia en su iniciación se agrave y se haga insoluble, para eso dispone de los tercios de la Guardia Civil, de los agentes de policía y, en último caso, de las legiones de asalto; la libertad, la tranquilidad y la vida de sus gobernados, nada le importa, tiene bastantes súbditos y no le interesa que algunos desaparezcan; lo fundamental es que siga conservando su hegemonía, que nadie discuta su jerarquía, que todos le consideren soberano.
Estos conceptos absurdos y contrarios incluso al derecho de gentes, son la causa de todas las lágrimas, los engendradores de todas las tragedias, los amparadores de todas las justicias y atropellos.
Y en Cuenca, como en todas las poblaciones, hay un puñado de hombres rebeldes, de idealistas que no acatan sumisamente estas premisas, que no se someten al yugo del jerarca.
Estos luchadores molestan enormemente al virrey, le irritan y sacan de sus casillas, desde que le disputan su soberanía se convierten en sus peores enemigos a los cuales hay que anular o exterminar; todos los resortes de la ley, la sumisión incondicional de las autoridades subalternas, el aparato coaccionador y represivo de que dispone a su antojo, será empleado; desde la denuncia policíaca al encarcelamiento gubernativo, lo pondrá en práctica; pase lo que pase, él ha de conservar por encima de todo su soberanía…
Y si esto no basta, nunca falta un agente provocador que realice un hecho condenable y criminal para atribuírsele a los hombres rebeldes y luchadores.
Recordemos el caso del capitán de la Guardia Civil, Morales, que ponía bombas en los teatros para atribuir después el vandálico hecho a los anarquistas; podemos también aducir como ejemplo la actuación de La Mano Negra en la campiña jerezana para ahorcar más tarde a los hambrientos e inocentes campesinos.
¡Cuántas veces han sido encontradas bombas en lugares que antes de ir las autoridades a registrar no existían!
Recordando todo esto llegamos a la conclusión de que el incendio de las traviesas de los contratistas señores Machetti, fue realizado con el propósito preconcebido de atribuir el hecho a los dirigentes de la organización confederal de Cuenca. Nada hace sospechar otra cosa. Estos señores siempre vivieron en buena armonía con nuestra organización, todos los obreros que tenían en los tajos son afiliados nuestros; en todo momento nos atendieron con atención y hasta cordialmente; ni un despido, ni un rozamiento, jamás ocurrió el incidente más leve que justifique la menor represalia.
Y por otra parte, ¿el incendio de las traviesas a quien o a quienes beneficia?
Los trabajos iban a ser incrementados y como consecuencia de ellos serían ocupados una buena cantidad de compañeros parados pertenecientes todos ellos a la Confederación, y con esta perspectiva, el día de la huelga de la CNT se incendian las traviesas impidiéndolo. ¿Por qué? ¿Con qué fin? ¿No servirá el incendio para represaliar, perseguir y si es posible destruir la CNT en Cuenca?

7 de febrero de 2008

La primera huelga general de España

La Corona de Aragón, Barcelona, 4 de julio de 1855 (Archivo La Alcarria Obrera)

La huelga ha sido, desde siempre, uno de los recursos más habituales del proletariado militante; en España desde 1730 se han producido paros de los obreros industriales por motivos económicos o laborales. La huelga general va un paso más allá, pues rompe con la mentalidad gremial y corporativa, típica de las sociedades preindustriales, y presupone un nivel organizativo mucho más elevado; además, desde finales del siglo XIX es considerada como una de las más eficaces armas revolucionarias. Según parece, la primera huelga general de España se convocó en Barcelona en 1855. Reproducimos la noticia como la recogió el diario liberal barcelonés La Corona de Aragón en su edición del 4 de julio de 1855. La solución propuesta por el diario burgués era arrebatar a los obreros su capacidad negociadora, sometiendo la solución del conflicto al arbitrio de un jurado burgués, y apelar a la amenaza de la derecha reaccionaria para que renunciasen, o cuando menos rebajasen, sus justas pretensiones.

La zozobra, la inquietud, el malestar, la discordia y la desconfianza se han hospedado por fin en Barcelona, en la bella Barcelona.
En un día y a una hora dada han cesado los trabajos en todas las fábricas de Cataluña, y cien mil hombres se han lanzado a la calle pidiendo pan y trabajo y gritando asociación o muerte.
Al estado a que han llegado ya las cosas, antes de que una colisión venga a sembrar el luto y el dolor en las familias, ya no hay que volver la vista atrás, sino tomar la cuestión en el punto en que se halla, y con la leal protesta de los mejores y más sinceros deseos, decir lo que creemos oportuno para poner en práctica y para terminar esa situación triste y angustiosa, tanto más angustiosa y triste cuando los carlistas enarbolan decididamente su negra bandera y escogen por campo de batalla las llanuras y montañas del antiguo Principado.
¿Qué es lo que piden esas inmensas masas de trabajadores que pueblan nuestras calles, sin manifestarse hostiles sin embargo, sin insultar a nadie, debemos decirlo en su favor, sin propasarse a nada?
El derecho de asociación.
Piden también que se fijen de un modo estable las horas de trabajo y que se constituya un gran jurado de amos y obreros que arreglen buenamente las discordias que entre ellos se susciten.
Pues bien, que se forme ese jurado, nosotros también lo pedimos, también lo demandamos en nombre de la libertad, en nombre del orden, en nombre de las familias, en nombre de la pública tranquilidad, en nombre de Barcelona toda.
Que se forme ese jurado, sí, pero no de amos y de operarios solo, sino de doce o quince personas en que estén representadas las clases principales, de doce o quince personas cuyos nombres solos sean una garantía para todos los buenos, para todos los liberales, para todos los que, identificados con los principios santos proclamados por la gloriosa revolución de julio, deseen verdaderamente que la libertad, el orden y el progreso lleguen a establecerse por fin de una manera sólida en nuestro infortunado país.
Que se forme ese jurado, que se busquen para formarlo hombres de talento, de conocimientos, de acrisolado patriotismo, de principios reconocidos, de arraigo en el país, de influjo en el pueblo, de sentimientos puros, leales y nobles, y que se den a ese jurado amplias facultades por parte de los trabajadores lo mismo que por la de los amos, y que ese jurado, en fin, estudie, investigue, indague y obre en vista de los documentos y de las pruebas que se le sometan, según su leal saber y entender le dicten, interín las cortes, como debieran ya haberlo hecho, se ocupan de asunto tan importante y tan vital.
Este es nuestro parecer que francamente emitimos, que sinceramente proponemos, sin segundas miras, sin doble intención, sin más intención ni miras que las de contribuir a la felicidad y al bienestar de los jornaleros hermanos nuestros.
Nos atrevemos a pedir al Excmo. Señor capitán general, al Excmo. Señor gobernador civil, a la Diputación, al Ayuntamiento, a los trabajadores todos que adopten nuestro proyecto, si lo creen oportuno, como un medio honroso de transacción. Nos atrevemos a pedir a la prensa barcelonesa, nuestra hermana, que apoye nuestro proyecto, si lo juzga útil, y le añada lo que su ilustración sabrá encontrar y nuestra ignorancia no nos ha dejado ver.
Es preciso que esta situación triste y lamentable concluya, es preciso que se calme esa crisis industrial, es preciso que los ánimos se tranquilicen y sosieguen, a fin de que juntos, unidos y compactos podamos acudir contra nuestro enemigo común que es el carlista, que es el absolutista, que es el reaccionario, que es, en fin, todo el que es enemigo de la libertad.
Nosotros proponemos el medio, cumpliendo con nuestra misión de honrados y leales periodistas.
Proponga cada cual el suyo y que el pueblo y las autoridades adopten el mejor, pero que se adopte un pronto, pronto, pronto, antes que aprovechando esos momentos para ellos propicios, se aventuren a dar un golpe de mano nuestros enemigos tan incansables como vigilantes, antes de que un tiro disparado al acaso promueva una colisión, antes de que venga la guerra intestina, la guerra civil, y con la guerra civil la miseria, la desolación, el luto y la desdicha de la un día tan opulenta y hoy tan desgraciada Barcelona.