La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

27 de octubre de 2008

Pensamientos y fragmentos, de León Tolstoi

Nadie niega que León Tolstoi es uno de los grandes escritores de la literatura universal; algunas de sus obras son ya clásicos de la novela: Guerra y Paz, Anna Karenina, La sonata Kreutzer… Sin embargo, casi siempre se oculta su faceta de ideólogo del anarquismo, evidente en libros como La escuela de Yasnaia Poliana, donde explica la realidad cotidiana de su proyecto pedagógico libertario, o Lo que yo pienso de la guerra, donde critica el militarismo en medio del fragor de la guerra ruso-japonesa. Su religiosidad, alejada de dogmas y de iglesias, y su pacifismo, no siempre bien entendido en los años de la propaganda por el hecho, no le hicieron ganar la simpatía de muchos anarquistas de su época, a pesar del reconocimiento de Piotr Kropotkin. En la primera edición española de Lo que yo pienso de la guerra se incluyeron estos "Pensamientos y Fragmentos" que reproducimos.

No es el camino de la violencia el que nos conducirá a la paz deseada; es la misma paz, o mejor, la rebeldía pasiva.
Con que los esclavos, todos los esclavos víctimas de los modernos fariseos, que envenena y explotan las almas, se cruzaran de brazos, la hora del humilde habría llegado. De modo tan sencillo rodarían por el suelo los ídolos, los dioses personales que han venido a substituir a los impersonales del verdadero cristianismo.
Y sin embargo, la sangre continua derramándose en todas partes, como en los mejores tiempos de la barbarie. Las clases directoras civilizan y educan a cañonazos; los dirigidos procuran su bienestar armándose de aprestos destructores.
No es el camino.
Moriré sin ver bien inclinados a los hombres. No será por mi culpa y esto me consuela.
* * *
Los hombres poderosos son los que exigen tributos, y a ellos los pagamos. Emplean, en verdad, una parte de estos dones que se llaman impuestos o contribuciones, a la realización de obras que importan a la sociedad entera. Pero en general, estas obras resultan funestas para la mayoría de los hombres.
En Rusia, por ejemplo, se toma a la nación la tercera parte de sus rentas; pero no se emplea en instrucción pública, las más importante de todas las necesidades, sino 1/50 del producto total del impuesto, sin contar además que la escasa instrucción que se da al pueblo es embrutecedora, y mucho más dañina que fecunda en buenos resultados. Los 40/50 de las rentas del Estado sirven, con daño del país, para los armamentos militares, la construcción de caminos estratégicos, de fuertes, de prisiones, para mantener al clero, a la corte, a los oficiales y funcionarios, es decir, para el bienestar de cuantos tienen por cometido operar o garantizar la inversión de estas formidables sumas de dinero.
Lo mismo sucede no sólo en Persia, Turquía y la India, sino también en todas las naciones cristianas, sin exceptuar las que recibieron cartas de Constitución, o están reputadas como repúblicas democráticas. En todas partes, los gobiernos exprimen al pueblo, le toman cuanto puede dar, sin medir nunca sus exigencias por las necesidades de la sociedad.
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Hoy, como en otras épocas, cuando unos hombres gobiernan a otros hombres, puede asegurarse que aquéllos están armados, y que éstos no lo están.
Todos los guerreros que iban con sus jefes a atacar pueblos indefensos y los sometían y despojaban de sus bienes, recibían una parte del botín, proporcionada a sus servicios, al valor, a la crueldad de cada uno, y así sacaban un provecho positivo de su victoria. Pero ahora, los hombres, obreros en su mayoría, a quienes se hace tomar las armas para atacar a gentes indefensas, a huelguistas, a sublevados, a habitantes de otros países, y someterlos y forzarlos a dar su trabajo, que es toda su riqueza, esos hombres, por sus violencias, no sirven sus propios intereses, sino los de algunos ambiciosos que no han compartido ni siquiera sus peligros.
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En las Mil y una noches se cuenta que un viajero que llegó a una isla desierta, encontró a un anciano con las piernas inútiles, que estaba sentado en el suelo junto a un arroyo. El viejo rogó al viajero que le pasara sobre sus hombros a la orilla opuesta. Habiendo obtenido una respuesta favorable, el viejo se encaramó sobre los hombros del viajero, y en seguida le ciñó las piernas sólidamente alrededor del cuello, negándose a soltarle. Una vez dueño del viajero, el anciano hizo de él cuanto deseaba. Le hacía correr a su voluntad, le obligaba a acercarse a los árboles, de los que recogía y comía los frutos, sin que le recompensara más que con injurias.
La aventura de este viajero tiene muchos puntos de semejanza con la de los pueblos que han dado a sus gobiernos dinero y soldados. Este dinero sirve a los gobiernos para comprar armas y para hacer educar especialmente y pagar después a jefes militares irresponsables y feroces. Estos jefes, por procedimientos ingeniosos de idiotización perfeccionados en el transcurso de los siglos, forman con todos los hombres, que proporcionan los reemplazos, ejércitos disciplinados.
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Los gobiernos, como las iglesias, no pueden inspirar sino piedad o disgusto. Mientras el hombre no ha comprendido lo que es un gobierno o una iglesia, lo natural es que sienta hacia ellos un piadoso respeto. En tanto que se deja guiar por ellos, debe creer, para satisfacción de su amor propio, en su grandeza y santidad. Pero desde que advierte que no hay en el gobierno ni en la iglesia nada absoluto ni sagrado, y que son simplemente invenciones de los malos para imponer al pueblo, de un modo disimulado, un método de vida que sea útil a sus intereses, siente en seguida una impresión de asco por los que le engañan indignamente, y su decepción es tanto más profunda, cuanto que la ficción de la cual descubre la vanidad que le guiaba en otro tiempo en las cuestiones más graves.
Los hombres experimentarán este disgusto hacia los gobiernos cuando hayan comprendido el verdadero sentido de estas instituciones.
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Uno de los prejuicios más generales y arraigados consiste en creer que cada hombre tiene cualidades que le son propias: así se dice que uno es bueno ó malo, tonto ó inteligente, enérgico ó apático. Esto no es verdad en absoluto. Podemos decir que un hombre más bien es bueno que malo, inteligente que torpe, enérgico que apático ó viceversa. Pero diremos una tontería si sostenemos que un hombre es siempre bueno é inteligente y otro siempre malo y torpe, y sin embargo, siempre clasificamos así á los hombres, y esto es ilógico. Las personas son parecidas á los ríos. El agua corre igualmente en todos ellos; pero un mismo río puede ser tortuoso y rápido ó ancho y manso, limpio ó turbio, frío y caliente. Así los hombres; cada cual guarda en sí el germen de todos los vicios y todas las virtudes; tan pronto domina uno como otro; ocurre que un hombre no es siempre igual, siendo siempre el mismo.
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Se admira la gente de que ocurran 60.000 suicidios al año en Europa, sin contar los que se perpetran en Rusia y Turquía. Hay que extrañar, por lo contrario, que no ocurran más. Todos los hombres de nuestra época, si se dan cuenta de la contradicción que existe entre su conciencia y su vida, hállanse en situación muy cruel. Dejando aparte todas las otras contradicciones que existen entre la vida real y la conciencia, basta este estado de paz armada permanente, contrapuesto á su religión católica, para que el hombre se desespere, dude de la razón humana y renuncie á la vida en este mundo insensato y bárbaro. Esta contradicción, que viene á ser como la quinta esencia de las otras, es tan terrible, que no es posible vivir á menos de olvidada.
¡Cómo! Nosotros los cristianos, no sólo profesamos el amor por el prójimo, no sólo vivimos realmente con vida común, sino que tratamos de instruirnos unos á otros para nuestra dicha mutua, acercándonos con amor, y en cambio, mañana, un enloquecido jefe de Estado dirá una estupidez cualquiera, otro le contestará, con otra gansada, y yo y mis semejantes marcharemos á la muerte para matar hombres que no sólo no nos han causado ningún daño, sino que, por el contrario, nos son queridos. Y esto no es una probabilidad lejana, sino una certidumbre inevitable, para la cual nos preparamos todos.
Basta tener conciencia de ello, para volverse loco ó suicidarse.
Basta volver en sí durante un momento, para comprender la necesidad de tal resolución.
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Los hombres han pensado, han creído hasta fines de este siglo, que no podrían vivir sin gobierno. Pero la vida progresa y las condiciones de la vida, como las opiniones de los hombres, se transforman. A pesar de los esfuerzos de los gobiernos para mantener á los pueblos en un estado tal de idiotismo que el individuo maltratado se felicite de tener á su lado á alguien que acoja sus quejas, los hombres, y en particular los obreros, tanto en Rusia como en Europa, ven desaparecer su tontería y empiezan á comprender las verdaderas condiciones de vida.
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No puedo menos de repetir siempre lo mismo, á pesar del silencio frío y hostil con que se acogen mis palabras.
Un hombre moral que goza de todas las comodidades, y hasta el hombre de la clase media -excepción hecha del hombre rico que gasta para sus caprichos centenares de jornadas de trabajo cada veinticuatro horas- no puede vivir tranquilo sabiendo que todo aquello de que goza es fruto del trabajo de generaciones obreras, oprimidas bajo el peso de una existencia abrumadora y que mueren ignorantes entregadas á la borrachera y al libertinaje, medio salvajes, en las minas, en las fábricas, en los talleres, al pie del arado, produciendo los objetos que sirven para el hombre de condición superior. Yo, que escribo esto, y vosotros que me leeréis, tenemos una alimentación suficiente, á menudo abundante, delicada, aire puro, vestidos de invierno y de verano, toda clase de distracciones, diversiones durante el día, y reposo completo por la noche, Y junto á nosotros, vive el pueblo trabajador que no tiene ni alimentación ni habitación sana, ni vestidos suficientes ni distracciones y que, muy á menudo, no goza ni siquiera del descanso durante la noche; viejos, niños, mujeres, extenuados por el trabajo, por las noches sin sueño, por las enfermedades, se ven obligados durante su vida entera á trabajar para nosotros, á producir los objetos de lujo que no han de poseer ellos, y que para nosotros constituyen, no una necesidad, sino una superfluidad.
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No la ociosidad, sino el trabajo engendra la dicha. Un hombre no puede dejar de trabajar; es contra naturaleza. Lo mismo ocurre á todo animal, caballo ó abeja. Hay que desechar la superstición grosera que hace que únicamente consideremos feliz al que vive de sus rentas.
Todo hombre vive por la solidaridad del trabajo humano: otros hombres le han criado y educado y preservado de peligros; otros le preservan y le alimentan ahora. Así, cada individuo es criado y cuidado por otros; pero para que todos continúen preservando y alimentando á ese hombre, es necesario que á su vez sea útil y servicial. Los hombres, hasta los malvados, preservarán y alimentarán con solicitud al que trabaja por ellos.
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Basta imaginar la conducta del hombre mientras caza, para convencerse de que, dando libre impulso á sus peores instintos, realiza actos cuya sola idea le avergonzaría en otras ocasiones.
Existe una serie de actos y de procedimientos que con razón se consideran indignos de un hombre honrado.
La superchería, la perfidia, las trampas, la emboscada, el ataque de muchos contra una solo, del débil por el fuerte, el robo de los hijos á sus padres y de los padres á sus hijos, son otros tantos actos viles por sí mismos, aun prescindiendo de la calidad de las víctimas. Sin embargo, por una contradicción inconcebible, todos estos actos viles y criminales, se realizan sin escrúpulo, abiertamente, en la caza, y contra seres inofensivos, por los mismos hombres que rehusarían dar la mano á quien obrara de igual modo con un hombre. Diríase que los hombres sienten tanto no poder dañarse entre sí, que van al campo y al bosque para vengarse de su abstinencia sobre seres vivientes y para dar rienda suelta á sus más bajos instintos.
Destripar, romper una cabeza contra un árbol, descuartizar, son los actos más comunes y necesarios en la caza. Es, sin embargo, natural compadecerse de los animales. ¿Por qué, pues, en la caza los hombres, no sólo no sienten lástima por los animales, sino que ni aun les avergüenza sorprenderles, perseguirles y atormentarles por todos los medios posibles?
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Recientemente, durante un domingo lluvioso de otoño, atravesé en tranvía el mercado que existe cerca de la torre de Sukharev. En una extensión de medio kilómetro, el coche dividió una multitud compacta, que volvía á cerrarse detrás de nosotros. Desde la mañana hasta la noche, estos millares de hombres, casi todos hambrientos y andrajosos, pisan el suelo fangoso, disputan, se engañan y se aborrecen. Es lo mismo que lo que ocurre en todos los mercados de Moscou y de las otras ciudades. Esos hombres pasarán sus veladas en las tabernas, y por la noche se esconderán en sus agujeros y zahúrdas. El domingo es para ellos un gran día. El lunes vuelven á empezar su existencia maldita.
Reflexionando sobre la existencia de esos hombres, pensando en el estado que dejan y en el que escogen, considerad á qué trabajos se entregan, y veréis que son unos mártires.
Todos ellos han abandonado sus campos, sus casas, sus padres y sus hermanos, y á menudo á sus mujeres y á sus hijos.
Han renunciado á todo, y han acudido á la ciudad para adquirir lo que el mundo cree necesario.
Todos hacen lo mismo, desde el obrero de la fábrica, el cochero, la costurera, la prostituta, hasta el comerciante enriquecido, el empleado, y sus mujeres, sin hablar de las docenas de miles de desdichados que todo lo han perdido, y que viven de desperdicios y de aguardiente en los asilos de noche.
Examinad esa multitud desde el pobre al rico; buscad á quien se crea satisfecho y estime poseer lo que el mundo cree necesario, y no hallaréis uno entre mil. Todos se dirigen á adquirir lo que el mundo impone, y cuya ausencia constituye para ese mismo mundo una desdicha. Pero tan pronto como han adquirido lo codiciado, el mundo presenta otra cosa más necesaria, y el trabajo de Sísifo obra eternamente.
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Recientemente ha publicado el Papa una encíclica sobre el socialismo. En este documento el jefe de la Iglesia, después de una pretendida refutación de la doctrina socialista sobre la ilegitimidad de la propiedad, dice expresamente que “nadie tiene la obligación de socorrer al prójimo si no tiene más que lo necesario para sí ó su familia ó si para hacerla, ha de disminuir en algo aquello que exigen las conveniencias mundanas. Nadie, en efecto, debe vivir prescindiendo de tales conveniencias”. (Esto está tomado de Santo Tomás: Nullus enim inconvenienter debet vivere). Pero después de haber satisfecho las necesidades y las conveniencias exteriores -dice al fin la encíclica- deber es de todos dar lo superfluo á los pobres”.
Así predica el jefe de la Iglesia más extendida hoy día; así predicaban los Padres de la Iglesia, que creían insuficiente la salvación por medio de la acción.
Junto á la predicación de esta doctrina egoísta, que prescribe dar al prójimo aquello que no le es á uno necesario, se predica el amor á ese mismo prójimo, y siempre se cita con énfasis las célebres palabras pronunciadas por Pablo en el capítulo XIII de su primera Epístola á los corintios.
* * *
Si tienes fuerzas, dedica toda tu actividad al amor; si careces de energía, haz que tu debilidad sea la debilidad del amor.
Lo mismo que un atleta observa atento el desarrollo de su musculatura, observa tú el aumento de tu amor, ó al menos, la disminución de la maldad y la mentira, y tu vida será hermosa y alegre.

25 de octubre de 2008

La coacción moral, de Ricardo Mella

Portada de La coacción moral (Archivo La Alcarria Obrera)

El gallego Ricardo Mella Cea (Vigo, 1861-1925), de quien ya hemos incluido algún texto, es el anarquista teórico más interesante en lengua castellana. De su mano salieron numerosos ensayos, multitud de artículos y diversas traducciones, todos destinados a concretar, aclarar y difundir el ideal libertario. Su intachable peripecia personal, reforzaba sus palabras: si el entierro de Fermín Salvochea en Cádiz fue la mayor demostración de duelo que se recuerda en la Baja Andalucía, el de Ricardo Mella paralizó la ciudad de Vigo y dejó una huella que aún no se ha borrado; hombres ejemplares cuya integridad moral cimentaba el arraigo del anarquismo. Precisamente, de su libro La coacción moral, editado en 1901, reproducimos sus últimas páginas que concluyen con una sugestiva cita de Mijaíl Bakunin.

Echamos, pues, abajo un mundo de autoridades artificiales, creadas y mantenidas por la fuerza, y levantamos sobre sus ruinas el mundo de la libertad con todas sus naturales consecuencias entre las que, ¿ por qué no decirlo? se encuentra la influencia y la autoridad, libremente aceptada, de la sabiduría y de la virtud, ya que nosotros no tratamos de destruir lo que es indestructible en la Naturaleza, sino todo aquello que el hombre ha creado, atándose de pies y manos, en la falsa creencia de que sin la supremacía de la fuerza o del número la vida social no era posible. Nosotros queremos destruir, no lo que es efecto propio de la vida de relación entre los hombres, sino cuanto éstos en los comienzos y en el desenvolvimiento de la animalidad han fomentado en guerra continua y sin tregua para afianzar los privilegios de la riqueza y la fuerza preponderante de todos los poderes, religioso, político, militar y jurídico. No creamos un mundo nuevo de nuevas autoridades, porque no concedemos al hombre de ciencia autoridad oficial, indiscutible; porque no instituimos un organismo de sabios, y mucho menos de santos, que nos gobierne. Aceptamos, sí, cuando bien nos parece, las opiniones de los más capaces por su saber o por su experiencia, lo mismo que aspiramos a que de igual modo sean aceptadas las nuestras, y procuramos llevar el conocimiento de la ciencia a todos los hombres, instruyéndolos integralmente, para hacer aún más imposible todo vestigio de servidumbre personal. Trabajamos, en fin, por la completa emancipación del cuerpo y de la inteligencia, o como diría un creyente, por la radical emancipación de la materia y del espíritu. Pero así como no podemos escapar a las leyes físicas que nos gobiernan, siquiera consista el verdadero progreso humano en emanciparse de toda ley aun en el orden mismo de la Naturaleza, así tampoco podemos desentendemos brutalmente del consejo de la ciencia o del sabio, aun cuando pongamos nuestro empeño en emancipamos por el conocimiento de aquélla de toda influencia de éste.
Nuestro ultramaterialismo nos lleva a considerar al hombre sujeto a las leyes físicas, pero en pugna, siempre que le perjudiquen, por romper esas mismas ligaduras y tratando constantemente de redimirse por la rebelión y por la sabiduría de la brutalidad de toda fuerza que sobre él actúe.
¿Cómo, pues, hemos de admitir la autoridad infalible ni indiscutible de ningún hombre? Su consejo es para nosotros simple materia de cambio, como lo es hoy mismo para los hombres cultos, para cuantos han abandonado la fe en todas las infalibilidades.
“En materia de zapatos -decía Bakounine, y le reproducimos para concluir- yo consulto la autoridad del zapatero; en todo lo concerniente a edificios, canales o vías férreas, solicito la del arquitecto o la del ingeniero. Para cada ciencia especial, yo me dirijo a tal o cual sabio. Pero no consiento que ni el zapatero, ni el arquitecto, ni el sabio, me impongan su autoridad. Los acepto libremente y con todo el respeto a que son acreedores por su inteligencia, por su carácter, por sus conocimientos, pero reservándome siempre el incontestable derecho de crítica y censura. Yo no consulto en cualquier materia una sola autoridad, sino varias; comparo sus opiniones y, finalmente, escojo la que me parece más justa. Por esto mismo no reconozco, aun en cuestiones especiales, autoridad alguna infalible; cualquier respeto que pueda tener a la sinceridad y honradez de tal o cual individuo no me induce a tener una fe absoluta en él. Semejante fe sería fatal a mi razón, a mi libertad y aun al desenvolvimiento de mis ideas; me convertiría inmediatamente en un esclavo estúpido, en un instrumento de la voluntad y de los intereses de otro.
Si me inclino ante la autoridad ajena en un asunto dado y acato en cierto modo y en tanto cuanto me parece necesario sus indicaciones y aun su dirección, es porque tal autoridad no me es impuesta por nadie, ni por Dios ni por los hombres. De otro modo yo la repelería con horror, dando al diablo sus consejos, su dirección y sus servicios, seguro de que tendría que pagar con la pérdida de mi libertad y de mi propio respeto tantos restos de verdad, envueltos en una multitud de falsedades como pudieran darme.
Acato la autoridad externa en materias determinadas, porque no me viene impuesta más que por mi propia razón y porque tengo conciencia de mi incapacidad para poseer en todos sus detalles, en todo su desenvolvimiento positivo, una gran parte de los conocimientos humanos. La más grande inteligencia individual no puede igualarse a la inteligencia de todos, a la razón colectiva. De aquí resulta para la ciencia, tanto como para la industria, la necesidad de la división y de la asociación del trabajo. Dar y recibir, tal es la vida humana. Cada uno dirige y es dirigido a su vez. Por esto no hay autoridad fija y constante, sino un cambio continuo de autoridad y subordinación mutua, temporal, y sobre todo voluntaria.
Esta misma razón me prohíbe reconocer una autoridad fija, constante y universal, porque no hay hombre alguno universal capaz de abarcar en toda la riqueza de detalles, sin los que la aplicación de la ciencia a la vida es imposible, todas las ciencias, todas las ramas de la vida social. Y si tal universalidad pudiera darse en un solo individuo, y éste, prevaliéndose de ello, quisiera imponer su autoridad al respeto de los hombres, sería necesario arrojar del mundo social a semejante ser, porque su autoridad reduciría inevitablemente a sus semejantes a la esclavitud y a la imbecilidad.
Yo no creo que la sociedad deba maltratar a los hombres de talento, como precisamente sucede en nuestra época; pero tampoco creo que debe llevar tan lejos su complacencia con ellos, y menos aún que les conceda privilegios o derechos exclusivos, cualesquiera que sean, y esto por tres razones: primera, porque frecuentemente podría tomarse a un charlatán por un hombre de genio; segunda, porque con tal sistema de privilegios podría convertirse en charlatán un verdadero sabio, y tercera, porque esto valdría tanto como darse la sociedad a sí misma un amo.
Mas si bien rechazamos la autoridad absoluta, universal e infalible de los hombres de ciencia, nos inclinamos voluntariamente ante la autoridad respetable, aunque relativa, temporal y limitada, de los representantes de las ciencias especiales, pues nada mejor que consultarlos alternativamente, agradeciendo mucho los preciosos informes que nos faciliten, a condición de que ellos los reciban nuestros voluntariamente en todas las ocasiones y en todas las materias en las que nosotros seamos más competentes que ellos. En general, no hay nada mejor que ver a los hombres dotados de grandes conocimientos, gran experiencia, gran inteligencia, y, sobre todo, de gran corazón, ejerciendo sobre nosotros una influencia legítima y natural, libremente aceptada y nunca impuesta en nombre de una autoridad cualquiera, ya sea divina o humana. Nosotros aceptamos todas las autoridades naturales y todas las influencias de hecho, pero ninguna de derecho; toda autoridad o influencia de derecho, oficialmente impuesta, se convierte de un modo directo en opresión, en falsedad, llevándonos inevitablemente, como creo haber demostrado, a la esclavitud y al absurdo.
En una palabra: nosotros rechazamos toda legislación, toda autoridad y toda influencia privilegiada, oficial y legal, aun cuando provenga del sufragio, convencidos de que nunca podrá aprovechar más que a una minoría dominante y explotadora, en detrimento de los intereses de la inmensa mayoría a ella sujeta. ¡Tal es el sentido en que nosotros somos realmente anarquistas!”.

23 de octubre de 2008

Un artículo de Joaquín Abreu

Joaquín Abreu Orta (Tarifa, 1782 - Algeciras, 1851) fue el introductor en España de las ideas de Charles Fourier y el auténtico pionero del socialismo utópico en nuestro país. Militar de profesión, combatió en la Guerra de la Independencia, liberal de convicción, fue elegido diputado a Cortes durante el Trienio constitucional. Exiliado desde 1823, recorrió el norte de África y diversas naciones europeas para residir finalmente en Francia, donde conoció a Charles Fourier y su pensamiento. De vuelta a la península, en 1835 publicó, bajo el seudónimo de Proletario, una serie de artículos en un periódico de Algeciras, El Eco de Carteya, que fueron reproducidos en El Vapor de Barcelona. Eran los primeros aldabonazos de un futuro que estaba llamando a la puerta. Añadimos uno de esos artículos.

Yo tengo un amigo de oficio carpintero, su salud es robusta, su edad cuarenta años, su habilidad nada menos que adocenada, su economía para gastar el fruto de su trabajo poco común y trabaja cuanto puede; su mujer tiene treinta años de edad, es costurera diestra, de salud cabal y sin más ocupación que la del cuidado de su casa, de una hija pequeña que tienen y de la costura: mi amigo se ha visto forzado a expatriarse porque el trabajo de los dos era insuficiente para mantener la familia. Yo me siento con sobrado vigor para producir diez veces más de lo que consumo, no tiro el dinero y, sin embargo, me veo lleno de remiendos, nunca regalado, frecuentemente hambriento: miro alrededor de mí y, con cortísimas excepciones, no veo más que compañeros experimentando la misma desgraciada suerte.
¿Qué es esto?, me suelo preguntar a mí mismo, ¿quién ha presidido en tan inicuo orden de cosas? ¿Cuáles son las causas para que la inteligencia, la fuerza, la economía sean capaces de mantener cómodamente a un ser dotado con los medios más eficaces de producir y conservar? Todo está bien al salir de las manos del autor de la naturaleza, todo degenera entre las manos de los hombres, dice un autor celebre; yo lo creo así porque esto llena mi corazón y mi entendimiento; yo busco, en consecuencia, el origen de mis males en el orden social que el hombre se ha establecido.
Trabajar y consumir el fruto de su trabajo, trabajar del modo más conforme a la organización del individuo son dos derechos que cada cual tiene en la asociación, cualquiera de ellos que no se practique ha de causar perturbaciones y miserias que aumentarán si los dos se violan. No basta que estos derechos se consignen en los libros, en las leyes: es indispensable que se cumplan, de otro modo no puede haber bienestar en los individuos. ¿Es la tendencia de las leyes conocidas a asegurar la ejecución de estos derechos? No, por cierto, ellas se esmeran únicamente en declarar los derechos, pero el cuidado de la ejecución lo dejan exclusivamente al individuo impotente. ¿Qué haremos mi amigo y yo para satisfacer nuestro apetito que proviene de no haber encontrado el trabajo que buscábamos, de que el salario, cuando lo logramos, es insuficiente a nuestra necesidad? La declaración de los derechos del hombre y otras muy ponderadas no nos alimentan, son los hechos declarados en ellas los que nos valieran.
Veamos un poco. El trabajo es el primer elemento de la producción, porque son nulos los frutos que espontáneamente nos diera la naturaleza y porque aún fuera menester trabajar para recogerlo; pero el trabajo se hace más o menos productivo en razón a la mayor o menor inteligencia con que está dirigido: un hombre empleará tanta fuerza en pulverizar una piedra como emplearía en amasar el pan; sin embargo, los diversos resultados hacen palpable que cuando el trabajo está bien dirigido se obtienen productos útiles y más abundantes; esto es, que la ciencia es otro elemento de producción.
El capital no es otra cosa más que la representación de un trabajo acumulado: la reja del arado es un capital, es el fruto de seis días de trabajo dado por un herrero; el arado, los bueyes, etc., son otro capital, el producto de muchos días de trabajo empleados por uno o muchos individuos de diversos oficios. Lo mismo sucede con los telares, molinos, etc., y cualquiera máquina o instrumento que empleamos en la producción: todos son la representación de muchos días de trabajo, la acumulación de ellos. Sin estas máquinas, sin estos instrumentos no podríamos trabajar, o nuestro trabajo sería muy poco productivo, luego el capital es otro elemento de producción.
Tres, pues, son los elementos de producción: el trabajo, la ciencia, el capital; todos concurren a ella, cualquiera que falte deja en la nulidad al fruto, por consiguiente, para que éste se distribuya equitativamente es indispensable que haya un reparto entre los tres proporcional a la importancia de las funciones de cada uno. Si el capital representa veinte días de trabajo, la ciencia diez y el trabajo cinco, el fruto se deberá repartir entre treinta y cinco, tomando cada cual la parte que le corresponde.
Los cálculos que con los tres elementos indicados se pueden formar sobre cualquier establecimiento dejarán conocer que la parte del fruto retirada por el capital es muy superior a la que le corresponde; del resto saca también su ventaja la ciencia y el mísero trabajo experimenta la injusticia de los dos. Así, en primer lugar, los que ejercitan el trabajo acosados de una necesidad perentoria reciben por compensación calculada, no sobre la parte de fruto que les correspondiera, sino por lo indispensable a mantener miserablemente su existencia, el salario que el capital y la ciencia señalan. Si alguna vez los trabajadores reunidos exigen y obtienen por los diversos medios conocidos alza de precio, nunca esta ventaja es permanente ni deja de ser mezquina. Cuando los proletarios romanos hicieron palpable la importancia de sus funciones desde el Monte Sacro, fueron unos necios al contentarse con la declaración de algunos derechos, la organización de un orden que les asegurase de hecho el fruto entero de su trabajo es lo que debieron pedir y obtener.
Aunque no tan mal retribuida, la ciencia ha hallado más fácil pactar con el capital que defender al trabajo. Los que la siguen llenan las antesalas de los capitalistas, ensalzan la marcha que a todos nos devora, ofrecen mejoras de un venturoso porvenir, conciben planes, sistemas que luego desacredita la experiencia intrincándonos más en un laberinto de muy difícil salida, y reciben ellos mismos una menguadísima retribución comparada con la que les correspondiera por la utilidad de sus diarios descubrimientos. Aplíquense ellos a prestamos un modo de hacer la justa distribución de la producción, dejen de quemar incienso al capital, considerándolo como único capaz de dar la ley, líguense con nosotros los pobres y entonces vendrá el desengaño de que las fuentes de la riqueza pública no están donde nos las tienen indicadas, sino en que cada uno consuma lo que es suyo.
El capital, por su parte, si bien absorbe toda la riqueza producida menos la absolutamente indispensable a mantener la vida de los que trabajan y la corta que se llevan sus aduladores, percibe mucho menos de lo que recibiría doblando, triplicando, etc., la producción. Esto no podría dejar de suceder si se acabase la lucha entre intereses tan opuestos como los que actualmente nos guían, si el trabajo saliese de la esclavitud en que se halla, si la ciencia estuviese remunerada e independiente, si la conveniencia del individuo ocupado en cualquiera de los elementos de la producción fuese parte de la conveniencia pública.
Entonces, reunidos los esfuerzos a un mismo fin, la producción sería aumentada prodigiosamente, cabiendo al capital rentas muy superiores a las que hoy saca con tanto perjuicio de la comunidad; al sabio, la justa retribución debida al aumento del fruto que dieran sus invenciones; al trabajador, la verdadera perspectiva de riqueza, porque sólo la economía bastará para hacerlo a su vez capitalista. No es así, y por ello no hay calamidad pública que deje de convenir a algunas clases o individuos. Los albañiles tienen ventaja, por ejemplo, en los terremotos; los médicos, en las epidemias; los comerciantes, en las hambres.
El capital, en fin, sostenido por la ciencia, ha logrado ya establecerse base de la legislación; las graves cuestiones ya no se deciden sin la intervención de los capitalistas; el capital no sólo se contenta con usurpamos gran parte del fruto del trabajo presente, sino que liga más y más el trabajo futuro, condenando a las generaciones que han de venir a mayores desgracias que las nuestras.
¿Contra quién deberán dirigirse nuestros comunes lamentos? No contra los capitalistas, porque ellos quieren lo que está en la naturaleza humana, aumentar lo que poseen; y no pueden hacerla de otro modo sino empleando los medios conocidos, dando por cuatro lo que vale dos y recibiendo por dos lo que vale cuatro. No contra los trabajadores, porque en su ignorancia sólo siguen el impulso que reciben. Son los sabios, pues, los que nos han perdido con sus falsas doctrinas. Recurramos a ellos; en todas clases hay hombres generosos en quienes el amor al orden y a la justicia es superior al de su misma existencia, que digan si es necesaria la ilustración para que el que tiene hambre alce la mano a tomar el pan que se le presenta; para que tome la capa el que tiene frío; para que se acerque después a su semejante y se complazca en su compañía, etc., etc., etc. Si esto es así, condenen esas teorías reinantes de bienestar, semejantes al miraje de Egipto, que de error en error nos van conduciendo Dios sabe dónde, y llévennos a lo positivo para darnos paz sin la que nada hay que esperar.