La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

22 de diciembre de 2011

Programa del Frente de Izquierda Comunista

El 28 de octubre de 1982 se celebraron en España unas trascendentales elecciones legislativas que dieron un amplísimo poder al PSOE, con una mayoría parlamentaria de 202 diputados que nadie ha vuelto a alcanzar, y forzaron una reordenación de las fuerzas de la derecha que provocó la liquidación de la UCD, cuya moderación no interesaba una vez completada la Transición, y el reforzamiento de AP, representante de la derecha más cerril y celosa defensora de los poderes tradicionales. Para la izquierda, estos comicios supusieron una quiebra definitiva: el PCE estuvo a punto de quedarse fuera del Congreso (y sólo pudo crecer sumergiéndose en Izquierda Unida) y la izquierda radical despareció (PTE, ORT...) o tuvo que agruparse para salvar los restos del naufragio. A este último impulso correspondía la candidatura del Frente de Izquierda Comunista en Madrid, basada fundamentalmente en el Movimiento Comunista y la Liga Comunista Revolucionaria, de la que reproducimos su programa electoral.
Portada del Programa del FIC, Madrid, 1982 (Archivo La Alcarria Obrera)
 
Una fuerza revolucionaria al servicio de la unidad y la lucha popular
Las fuerzas que integramos el Frente de Izquierda Comunista somos firmes defensores de la unidad.
También en el terreno electoral nos hemos esforzado en conseguir una sola candidatura de todas aquellas corrientes de la izquierda comunista que se sitúan nítidamente en el terreno de la lucha de clases, que han roto pública y claramente con el eurocomunismo y la socialdemocracia, y que defienden de forma intransigente las reivindicaciones de paz, trabajo y libertad de las clases trabajadoras.
Pensábamos que las diferencias en diversos terrenos de política internacional, las diversas apreciaciones tácticas o los diferentes proyectos de edificación de una vanguardia comunista no justificaban esfuerzos separados, ni candidaturas diferentes.
Porque junto a esas diferencias, existe un importante terreno de unidad marcado por unos mismos objetivos: la lucha por la paz y el desarme, contra la OTAN, las bases yanquis y la carrera armamentista; contra el capital en defensa de los puestos de trabajo y condiciones de vida dignas para todos los trabajadores y trabajadoras; contra la opresión a la que se encuentran sometidas las mujeres; por la libertad contra la derechización y el golpismo.
No ha sido posible. No hemos conseguido plasmar en una candidatura unitaria, la unidad de los comunistas y revolucionarios que, a lo largo de los últimos tiempos, hemos venido situándonos en el mismo campo de lucha intransigente contra la derecha y los capitalistas.
Nuestra candidatura, el Frente de Izquierda Comunista (compuesta por un colectivo de trabajadores, procedente del disuelto PTE, la Liga Comunista Revolucionaria y el Movimiento Comunista) es un paso más en esa unidad de acción. Un paso pequeño si se quiere, pero encaminado a seguir trabajando para unificar los esfuerzos de los comunistas, por la unidad popular y por el impulso de las luchas obreras. Un paso adelante en esa historia de unidad construida en la calle, en mil pequeñas luchas diarias y en grandes movilizaciones populares:
-Marchando a Torrejón en protesta por la entrada en la OTAN, por el desmantelamiento de las bases militares y exigiendo un referéndum.
-Impulsando las huelgas generales de Getafe y las luchas de resistencia contra los expedientes y los topes salariales.
-Movilizándonos en solidaridad con las mujeres de Bilbao juzgadas por aborto.
-Denunciando el asesinato por torturas en la DGS de Joseba Arregi y crímenes como los de Almería y Trebujena.
-Rechazando la campaña de terror contra el pueblo vasco y defendiendo su derecho a la autodeterminación.
-Exigiendo responsabilidades a los ministros y capitalistas implicados en el criminal tráfico del aceite tóxico.
-Manifestándonos en solidaridad con El Salvador, con Líbano y la resistencia palestina.
Nuestro propósito a largo plazo es el de reforzar, generalizar y unificar estas luchas. Nuestro propósito inmediato, que el 28 de octubre pueda expresarse en las urnas la resistencia a la gestión capitalista de la crisis, a la contrarreforma política, al alineamiento proimperialista, a la configuración de una sociedad represiva y, por ende, a la política de consenso que ha permitido estos procesos. Que puedan expresarse los trabajadores y trabajadoras, los jóvenes, las mujeres, los que luchan por una sociedad desnuclearizada o un ambiente en el que poder vivir; los sectores, en fin, que han protagonizado las luchas de resistencia más importantes del último período.
Contra el golpismo y la reacción, en defensa de las libertades
Desde las pasadas elecciones generales, los pueblos del Estado español vienen sufriendo una ofensiva sistemática contra las libertades y, en general, contra todas las conquistas y concesiones que la clase obrera y otros sectores populares arrancamos en la lucha contra el franquismo.
Ofensiva impulsada en primer lugar desde los sectores fascistas y golpista que anidan en los aparatos policiales, judicial y, sobre todo, militar, heredados intactos del franquismo por la Reforma monárquica...
El 23-F es la punta del «iceberg» de esta ofensiva antidemocrática, principalmente protagonizada por los militares. No sólo es el golpe de mano de Tejero y sus guardias civiles, son también los tanques de Miláns del Bosch y de la División Acorazada, la propuesta de «salvación» de Armada, los «gobiernos de gestión» promovidos por González del Yerro y sus amigos, la sustitución de la JUJEM por otros mandos más gratos al golpismo, el espectáculo bochornoso del «juicio de Campamento» y sus ridículas sentencias.
Pero la ofensiva reaccionaria ha tenido también otros padrinos, y otras modalidades más dentro de la legalidad: la política agresiva de la CEOE y la Banca, empeñadas en conseguir el despido libre, en aumentar la represión sindical y laboral, potenciando la «gran derecha». Los obispos y sus instrumentos políticos en «cruzada» contra el aborto y el divorcio, por la enseñanza privada y confesional. El Gobierno norteamericano de Reagan, presionando para conseguir un Gobierno más reaccionario aún, que se alinee de manera incondicional con sus planes belicistas y agresivos, que no ofrezca ninguna fisura a las luchas populares.
El resultado de esa ofensiva coincidente fueron las presiones que, desde dentro y desde fuera de UCD, provocaron la caída de Suárez y, tras el 23-F, la constante derechización impuesta por el Gobierno Calvo Sotelo. La derecha se ha apoyado en el golpismo para hacer pasar su política como un mal menor; el golpismo se ha fortalecido gracias a la protección que la derecha le ha otorgado desde la «legalidad constitucional». La amenaza golpista sigue pendiente sobre las libertades, pero el Gobierno con la colaboración del conjunto del Parlamento ha ido imponiendo toda una serie de medidas dirigidas a incrementar la represión y recortar las libertades.
Son las leyes sobre «estados de excepción, alarma y sitio», «antiterrorista», de «defensa y consolidación de la democracia». La LOAPA y los recortes a los Estatutos de autonomía. La feroz represión y semi-ocupación militar de Euskadi. Las redadas policiales, las campañas favorecedoras del miedo y de la delación. Los malos tratos y torturas a los detenidos. Las actuaciones judiciales cómplices con los crímenes fascistas (casos Herrera de la Mancha, Yolanda González, estudiantes muertos en la glorieta de Embajadores...). El machaque de los piquetes de huelga y de los derechos de la lucha obrera. La persecución de la libertad de expresión. La represión contra las mujeres que ejercitan o reclaman su derecho a abortar. La marginación de la juventud lanzada masivamente al paro, sometida al autoritarismo y reprimida en su cultura y sus opciones sexuales.
En todo este proceso de contrarreforma han colaborado en mayor o menor medida los partidos de la izquierda parlamentaria, el PSOE y el PCE, sobre todo el PSOE. Han apoyado las leyes represivas antes citadas, han aceptado que la casta militar tuviese derecho a juzgarse y absolverse a sí misma por el 23-F, han dado su bendición «democrática» a la perpetuación de los mismos policías, de los mismos jueces, de las mismas corruptelas administrativas del franquismo. Ni tan siquiera han intentado hacer frente a la ofensiva de la derecha desde la movilización, y muy pocas veces y en voz baja lo han hecho en el Parlamento. Calvo Sotelo ha podido llevar a cabo su política derechizadora gracias en gran medida a la colaboración y claudicación de la izquierda parlamentaria.
Previsiblemente el PSOE va a ganar las elecciones, pero ¿significa eso que van a cambiar las cosas? Millones de electores, probablemente una mayoría de los trabajadores cifran mayores o menores esperanzas en ello. Sin embargo, la trayectoria seguida hasta aquí por ese partido, no nos permite hacernos ilusiones. Si han votado las leyes represivas, si han aplaudido la intervención militar en Euskadi, si han apostado por el fortalecimiento del aparato policial, si han callado ante la impunidad del Ejército cuando ni siquiera tenían que poner en práctica sus ideas desde el gobierno, ¿qué no harán cuando estén poseídos por el «realismo» y la «responsabilidad» del poder?
Si el PSOE llega al gobierno, al día siguiente comenzará la campaña de acoso y derribo por parte de la derecha más reaccionaria, las amenazas golpistas e intervencionistas de los militares, el boicot desde ciertos sectores del aparato del Estado. No creemos que el PSOE, un partido que ha venido practicando el consenso con la derecha y frenando las iniciativas de lucha contra el golpismo y a la reacción, tenga la voluntad política ni la decisión de hacerles ahora frente con firmeza.
El Frente de Izquierda Comunista piensa que para hacer retroceder al golpismo y al fascismo, para frenar la ofensiva reaccionaria, para defender y ampliar las libertades y los derechos de los pueblos, sólo es válido el camino de la lucha, de la movilización, de la unidad y la organización popular.
Es necesario actuar con energía contra toda la trama golpista, contra los diversos grados del golpismo. Por ello planteamos:
-Que se procese a todos los militares profesionales y miembros de la Guardia Civil que obedecieron las órdenes de los cabecillas del golpe o no opusieron resistencia pudiendo haberlo hecho.
-Que se separe de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Civil a todos los que estuvieron activa o pasivamente implicados.
-Que se investigue y lleve a los tribunales toda la trama militar y civil del golpe.
-Que se castigue todo apoyo posterior a los golpistas (manifiesto de los 100, homenajes a los golpistas, etc.).
-Que los tribunales ordinarios revisen el consejo de guerra realizado contra los principales implicados.
Estas medidas inmediatas deben ser reforzadas con otras destinadas a mirar la impunidad con la que el golpismo se mueve en los cuarteles:
-Supresión total de la jurisdicción militar.
-Depuración de todos los elementos golpistas de las Fuerzas Armadas, la Guardia Civil y la Policía.
-Libertades democráticas para los soldados; reconocimiento de los derechos de expresión, asociación, reunión, queja y amparo.
-Desarticulación de las bandas fascistas e ilegalización de toda asociación política que conspire contra la libertad y por el retorno de la dictadura.
-Disolución de la Guardia Civil.
Antes y después del 23-F la mayoría parlamentaria y el gobierno de la derecha han venido legalizando - en numerosas ocasiones con la colaboración de la izquierda parlamentaria - una larga serie de atentados llevados a cabo por el aparato policial y judicial contra las libertades y derechos democráticos. Por eso planteamos:
-Derogación de la ley de Estados de Excepción, Alarma y Sitio, de la Ley Antiterrorista y de la Ley de Defensa de la Democracia.
-Libertad de expresión. Supresión de todas las cauciones administrativas y de todas las figuras legales en las que se ampara su represión (desacato, «apología del terrorismo», etc.).
-Reconocimiento y protección del derecho a la objeción de conciencia.
-Supresión de las jurisdicciones especiales. Depuración de jueces y magistrados fascistas.
Por detrás de los atentados más vistosos contra las libertades discurre todavía un enorme caudal de agresiones cotidianas. Las garantías jurídicas reconocidas en el mismo texto constitucional se convierten en papel mojado cuando su respeto depende de funcionarios puestos y educados bajo el fascismo y protegidos por el secreto y la impunidad. Por ello creemos imprescindible:
-Investigación pública y con delimitación de responsabilidades por todos los malos tratos, torturas y muertes de detenidos y presos. Depuración y procesamiento de todos los implicados en los casos Arregui, Almería, Trebujena y otros similares.
-Asistencia letrada obligatoria al detenido.
-Abolición de las cárceles de «máxima seguridad». Satisfacción de todas las reivindicaciones de los presos sobre prisión preventiva y régimen interno.
-Amnistía para los presos políticos antifascistas.
Un capítulo particularmente importante de la contrarreforma ha sido el de las nacionalidades y regiones. El freno a las reivindicaciones autonómicas ha sido utilizado por la derecha y el PSOE como carnaza para tranquilizar a los militares y a la burocracia estatal.
-Derecho de autodeterminación para las nacionalidades, incluido el derecho a la independencia si así lo deciden.
-Ampliación al máximo de las competencias autonómicas de acuerdo con las reivindicaciones que formulen por sí mismas las distintas nacionalidades y regiones.
-Derogación de la LOAPA.
-Configuración federal del Estado.
-Retirada de las Fuerzas Armadas de cualquier función de orden público o «antiterrorista» en Euskadi.
La ofensiva de la derecha, sustentada por la iglesia y apoyada en los modos reaccionarios inyectados por el franquismo en la sociedad civil, se extiende hasta los últimos rincones de la vida cotidiana. Sus víctimas somos todos, pero particularmente las mujeres, los jóvenes, quienes cultivan una afectividad y una sexualidad distintas del prototipo monógamo, machista y patriarcal o quienes deciden poner en práctica formas de vida diferentes.
-Legalización del aborto. Aborto libre y gratuito a cargo de la red sanitaria del Estado, por decisión de la propia mujer y sin discriminación por la edad, estado civil o nacionalidad.
-Ninguna discriminación por razón del sexo.
-Despenalización del consumo de drogas. Legalización de las drogas blandas.
-Cese de toda persecución de las conductas sexuales diferentes.
La militarización de la sociedad, la política imperialista y la OTAN, blancos de nuestra lucha
En todo el mundo, el imperialismo, con los EE.UU. a la cabeza, se ha lanzado a asegurar por todos los medios su superioridad militar y a aplicar «soluciones de fuerza» a su acuciante crisis económica. Cualquier medio es bueno: la intervención militar, la creación de una fuerza convencional capaz de ser utilizada en cualquier punto del planeta, la designación impuesta de Europa como teatro nuclear (misiles Cruise y Pershing II), el apoyo a golpes de Estado desde la OTAN (Turquía). En América Latina, los EE.UU. son el sostén de las juntas chilena, argentina y salvadoreña, arman y educan a todos los ejércitos golpistas. En Oriente Medio sostienen el expansionismo sionista y bendicen la invasión de Líbano.
La supermilitarización y nuclearización de Europa es uno de los efectos de esta política. Se convierte a Centroeuropa en un silo nuclear, se estudia y predica la posibilidad de una guerra nuclear «limitada» que no afecte al santuario norteamericano, se considera al Mediterráneo como un lago particular (Sicilia alberga la primera base para los nuevos misiles).
El alineamiento del Estado español con esta política es considerado clave por el imperialismo y la derecha española. Su consecuencia principal, el ingreso en la OTAN, supone costos muy altos para los trabajadores y los pueblos del estado español. A saber:
-Una pérdida de soberanía que nos somete a la política imperialista y al riesgo de vernos involucrados en cualquier conflicto bélico iniciado por los EE.UU. o cualquier otro Estado miembro.
-La implicación en la tensión mundial creada por el enfrentamiento entre los bloques y la escalada militar. El ingreso en la OTAN, la sola presencia de bases americanas en nuestro territorio, nos convierten en blanco nuclear.
-La posibilidad de que nuestros jóvenes sean utilizados por los ejércitos aliados en la represión de procesos de liberación en cualquier parte del mundo.
-El reforzamiento de la reacción y el aparato represivo en nuestro país e incluso la intervención contrarrevolucionaria de la Alianza. No olvidemos el papel de la OTAN en Grecia y Turquía, la pertenencia a ella del Portugal salazarista ni la posición de Haig el día del 23-F (“un problema interno”).
-Un incremento de los gastos militares y represivos. Los presupuestos militares han aumentado este año un 22,6% (los salarios, en cambio, según el ANE, entre el 9 y el 11%). La cuarta parte de los presupuestos generales de 1982 están dedicados por diversos conceptos a las Fuerzas Armadas, la Guardia Civil y la Policía. Durante diez años, se gastarán para las FAS 787.671.233 pesetas diarias, en un país con dos millones de parados.
Visto esto, se comprende la prisa de la derecha por ultimar el ingreso en la OTAN antes de las elecciones y su negativa a realizar un referéndum que tenía perdido de antemano. Consideramos que se nos ha metido en la OTAN de forma enteramente ilegítima. Es urgente una salida inmediata.
El tema OTAN ocupa un lugar fundamental en los programas de toda la izquierda. El PSOE jugó y sigue jugando la baza de la oposición al ingreso. No olvidemos aquello de que «igual que se entra por mayoría simple, se puede salir por simple mayoría más adelante», ni la promesa de organizar un referéndum. Pero tenemos razones para desconfiar de su voluntad de poner todos los medios para sacamos de la Alianza. Primero, porque el PSOE no es contrario a la OTAN como tal, a la que defiende como “necesaria” para la defensa del «bloque occidental», y apoya la permanencia de las bases yanquis en nuestro suelo. También, por su pertenencia a la Internacional Socialista alineada con la política del imperialismo norteamericano. Tercero, por experiencias como la del Partido Socialista griego, que prometió en las elecciones la salida de la OTAN y el desmantelamiento de las bases y no ha dado todavía para ello un solo paso. Por su ambigüedad desde un principio (recuérdese aquel lema: «de entrada, no»). Porque ya hoy sus dirigentes hablan de que el referéndum no es un tema «prioritario» y han aclarado que utilizarán su posible mayoría parlamentaria, simplemente, para una «desvinculación militar», y no para una retirada. Por último, no creemos que, ante las previsibles presiones «tácticas», una mayoría parlamentaria sea suficiente por sí misma para garantizar nada.
Todo esto nos lleva a mantener serias reservas sobre la voluntad política del PSOE de llevar hasta el final la salida de la OTAN. Por eso seguiremos por el camino ya iniciado: el de la movilización unitaria y combativa. Durante el proceso de los trámites de ingreso se ha ido configurando un amplio movimiento -cuya mejor expresión ha sido la Comisión Anti-OTAN de Madrid- capaz de llevar a cabo luchas importantes, sucediéndose las movilizaciones, marchas, mítines, manifestaciones... con una considerable base de masas. Aunque el movimiento no llegó a lograr entonces su objetivo, sigue vivo, y sus reivindicaciones en pie. Es preciso seguir luchando: ayer por no entrar, hoy por salir. El Frente de Izquierda Comunista apoya este movimiento y se compromete a luchar junto a él por la desvinculación definitiva e inequívoca, y en concreto por la realización del siguiente programa:
-Retirada inmediata de la OTAN. Anulación de todos los acuerdos y salida inmediata de los representantes del Estado español de todas las instancias de la Alianza.
-Apertura de un período de libre información pública y convocatoria de un referéndum en el plazo de seis meses. En él llamaremos decididamente al NO.
-No ratificación de los acuerdos bilaterales España-EE.UU. Desmantelamiento de las bases yanquis y retirada de todo el material militar, nuclear y convencional.
-No a la ley de financiación de las Fuerzas Armadas. Dedicación de estos gastos a necesidades sociales. Anulación del programa FACA e investigación de las posibles corruptelas.
-Apoyo al movimiento contra la guerra. Apoyo a quienes en Europa y los EE.UU. luchan contra la carrera armamentista, el «equilibrio del terror», y por una política de no alineación y unas relaciones libres e igualitarias entre los pueblos. Por una Europa sin armas nucleares.
-Apoyo a las luchas de liberación nacional. Ruptura de relaciones diplomáticas con todos los regímenes dictatoriales reaccionarios. Reconocimiento de las organizaciones populares de liberación como únicos representantes de sus pueblos (O.L.P., F.D.R. de El Salvador, Frente Polisario...). Apoyo a las luchas de los trabajadores polacos; levantamiento del estado de sitio y restablecimiento de las libertades políticas y sindicales en Polonia.
La liberación de las mujeres, un objetivo de nuestra candidatura
En nuestra sociedad no sólo se explota a los trabajadores asalariados, se reprimen los derechos y libertades y se multiplican los actos militares a costa de las necesidades del pueblo. La opresión de las mujeres es también una constante de este sistema que vivimos, basado en la división de clases y de sexos, que somete a una doble opresión a las mujeres.
-Se considera que el trabajo principal de la mujer es el del hogar; se nos niega un puesto de trabajo y cuando lo logramos es para realizar tareas secundarias, cobrar menos y ser las primeras despedidas.
-Se carga a las mujeres con todo el peso del trabajo doméstico, haciéndonos responsables en exclusiva de la alimentación, vestido, salud y equilibrio afectivo de quienes componen la familia
-Las ideas dominantes, transmitidas de una a otra generación nos marcan como destino ser buenas hijas, esposas y madres, negándonos en la práctica el derecho a una vida independiente, a decidir sobre nuestra maternidad libremente y a disponer de nuestro propio cuerpo.
-Se nos hace vivir nuestra sexualidad siempre subordinada a la de los hombres, a sus gustos, exigencias y normas; se nos niega el derecho al propio placer, y se orienta nuestra sexualidad a la procreación.
-En la calle tenemos que soportar a menudo ser insultadas o agredidas, la publicidad y los medios de comunicación contribuyen a fomentar la imagen de la mujer como un ser secundario; la violencia contra las mujeres está a la orden del día, dándose un número creciente de violaciones.
Todo esto es parte de nuestra historia contra la que han luchado muchas mujeres y seguimos luchando ahora. Pero en una época de crisis económica como la actual, la opresión de las mujeres se hace más patente, más brutal.
-El capital necesita un ahorro considerable de puestos de trabajo. Nuestro salario se considera de ayuda al del hombre y se buscan mil formas (excedencias por maternidad sin retorno, dotes o simplemente despidos) para excluimos del trabajo asalariado.
-Se busca eliminar .las inversiones que supondría crear servicios colectivos y se carga todo el trabajo doméstico sobre las espaldas de las mujeres, ahorrándose el Estado sumas considerables de dinero a costa nuestra.
Para conseguir todo esto se fortalece una ideología según la cual el sitio ideal para las mujeres es el hogar y su mejor manera de realizarse son el matrimonio y la maternidad.
-Se intensifican las presiones reaccionarias contra el aborto -desatando la iglesia una auténtica cruzada antiabortista- y se castiga con años de cárcel a las mujeres que deciden interrumpir un embarazo no deseado. Mientras, los mismos que condenan el aborto en nombre de la moral y el derecho a la vida, permiten su realización por enormes sumas de dinero en clínicas privadas y asisten impasibles a la muerte de muchas mujeres que se ven obligadas a abortar en pésimas condiciones higiénicas y sanitarias.
Ante estas elecciones nuevamente los intereses de las mujeres se silencian, sus reivindicaciones están ausentes de los programas de gobierno de los grandes partidos. Las fuerzas de la derecha siguen, como siempre, apoyándose en las ideas más reaccionarias, defendiendo los elementos de la institución familiar más opresivos para las mujeres. Así ensalzan el papel de la mujer como subordinada al hombre, se niega su derecho a un puesto de trabajo, se oponen al divorcio libre y barato y claman contra el derecho al aborto.
Por su parte el PSOE, dando la espalda a las luchas y reclamaciones mínimas del movimiento feminista, una de las pocas cosas que propone es una raquítica despenalización del aborto, que supone de hecho, negar este derecho a las mujeres. Dado su programa electoral y su práctica, el triunfo electoral del PSOE no va a suponer un paso adelante real para la situación de las mujeres, cuyo futuro seguirá dependiendo de su organización y su lucha.
El Frente de Izquierda Comunista, en el que las mujeres juegan un papel fundamental en la lucha contra esta sociedad que explota a las clases trabajadoras y perpetúa el dominio de los hombres sobre las mujeres.
Considera imprescindible la organización de las mujeres para luchar unidas desde el movimiento feminista, los sindicatos, las organizaciones de los barrios y centros de estudio, porque pensamos que la lucha del movimiento feminista es la garantía para imponer las reivindicaciones de las mujeres,
Defiende:
-El derecho de toda mujer a un puesto de trabajo, combatiendo las medidas que favorecen el despido masivo, tales como bajas voluntarias, excedencias indefinidas por maternidad, dotes, etc. El derecho a no ser discriminadas ni en las condiciones laborales, ni en el trato, ni en la modalidad de contratación. Que los permisos por maternidad sean concedidos y compartidos indistintamente al padre y a la madre, más allá del período inmediatamente posterior al parto.
-Un seguro de paro digno para todas las mujeres sin discriminaciones como las contempladas por el ANE que privilegia al «cabeza de familia», atentando contra la independencia económica de la mujer. La creación de servicios (guarderías, comedores, lavanderías, etc.) que hagan posible que las mujeres no se vean obligadas a realizar una doble jornada de trabajo, dentro y fuera del hogar. La lucha porque el trabajo doméstico sea compartido por igual entre hombres y mujeres.
- El acceso de todas las mujeres a los métodos anticonceptivos y su inclusión en la Seguridad Social. La investigación y divulgación de los anticonceptivos masculinos.
-El derecho de todas las personas a decidir libremente con quien quieren tener relaciones sexuales, y en ese sentido, la derogación de aquellos apartados del Código Penal que se utilizan para castigar el lesbianismo y la homosexualidad como delitos de «escándalo público».
-La legalización del aborto sin ningún tipo de limitación, sin discriminación por la edad, estado civil o nacionalidad, a decisión de la propia mujer, gratuito y a cargo de la Seguridad Social. Amnistía para todas las mujeres condenadas por aborto y sobreseimiento de los procesos en curso.
-La creación de centros de información y asistencia ginecológica en los que se incluya la práctica de abortos y controlados por las organizaciones feministas.
-La reforma de la actual ley de divorcio, eliminando la obligación de presentar «causas» y pruebas para divorciarse y abaratando sus costes para que sea accesible a las clases trabajadoras.
-La promulgación de una ley que penalice las diversas formas de violencia contra las mujeres, y muy especialmente la violación, que contrariamente a lo que ocurre ahora, debe respaldar los intereses de las mujeres.
-La prohibición y penalización de toda discriminación contra las mujeres en el acceso al trabajo, la enseñanza, las publicaciones y los medios de comunicación.
Quienes formamos parte de esta candidatura pedimos el voto para el Frente de Izquierda Comunista a todas las mujeres que quieran defender con nosotras sus derechos y combatir para acabar con su opresión. También llamamos a que nos voten a todos los hombres que se planteen renunciar a sus privilegios sobre las mujeres y a luchar en defensa de una sociedad sin opresiones, justa e igualitaria.
Resistir ante la ofensiva capitalista, preparar una salida anticapitalista a la crisis
Desde finales de los años 60, una profunda crisis económica azota el llamado «mundo occidental».
Las consecuencias para la clase trabajadora están siendo funestas: Un empobrecimiento progresivo y la institucionalización de un alto volumen de paro permanente.
Los expertos del gran capital concentran las causas de esta crisis en la subida de precios de las materias primas, especialmente el petróleo, y en el aumento de los salarios.
Nada más lejos de la realidad. La subida del petróleo actúa sobre la crisis, pero en ningún caso la justifica, y el aumento de los salarios se viene produciendo sistemáticamente por detrás y por debajo del aumento de la carestía de la vida.
El problema de fondo, lo que explica la crisis es que el capitalismo produce mucho más de lo que es capaz de vender. Estamos ante una crisis de sobreproducción capitalista a nivel mundial, que coincide con un aumento del hambre y la miseria en el mundo.
El capitalismo no produce para atender necesidades sociales, sino para obtener beneficios. Por ello puede sobrar coca-cola y faltar leche, pueden sobrar chicles y faltar pan, pueden sobrar turismos y faltar tractores, puede inundarse el mundo con armas y faltar medicinas.
Esta situación lleva a los capitalistas a buscar salidas a la crisis que mantengan sus beneficios. Para ello, aumentan su competencia tratando de apartar del camino a los capitalistas más débiles. Para ello buscan una mayor productividad aumentando los ritmos de trabajo. Para ello buscan reducir los costes reduciendo los salarios. Para ello tratan de reducir el gasto público y piden subvenciones a las empresas privadas. Para ello atacan las libertades, porque es más fácil exprimir a un pueblo sin libertades.
Los resultados de esta salida están bien a la vista: cierres de empresa, sobreexplotación, pérdida de poder adquisitivo, despidos, baja cobertura de desempleo, deterioro constante de los servicios sociales, un incremento del militarismo y el golpismo.
Las salidas a la crisis propugnadas por la izquierda reformista no han sido sino variantes de la opción capitalista.
Bajo la falsa ilusión de combatir el paro, los distintos pactos sociales que se han aplicado lo han agravado aún más. Puede afirmarse que, por cada punto perdido en el poder adquisitivo de los trabajadores, se han producido 100.000 nuevos parados.
Lo que los capitalistas ahorran en salarios no lo invierten en crear empleo. Lo invierten en indemnizar despidos, lo invierten en renovaciones tecnológicas que producen despidos en masa.
Además, estos pactos han desmoralizado y debilitado a la clase obrera. A su amparo se han promulgado leyes como el Estatuto de los Trabajadores, la Ley Básica de Empleo, los Decretos sobre Reconversiones Sectoriales, la Ley de Contratación temporal, etc. y se está fraguando la contrarreforma de la Seguridad Social.
El problema de fondo exige optar entre dos vías: o bien la salida del capital, con pérdida de poder adquisitivo, aumento del paro y merma de los derechos sindicales, todo ello junto a un reforzamiento de las tendencias antidemocráticas y militaristas, o bien una salida anticapitalista.
Sabemos que la iniciativa, hoy, la tiene la derecha. Sabemos que hacer posible el cambio necesario en la correlación de fuerzas pasa hoy por trazar una línea clara de resistencia contra las agresiones del capital, por impulsar la lucha contra el paro más allá de las palabras, por convertirla en el eje de movilización de la gran mayoría de los trabajadores.
Los objetivos que nos planteamos tienen que ser defendidos por los trabajadores, independientemente del gobierno que surja de estas elecciones. Si de ellas sale un gobierno de izquierdas, razón de más para que todos los trabajadores exijamos que se satisfagan nuestras necesidades.
Hoy, es preciso poner en pie una plataforma de lucha que permita defenderse de las agresiones patronales y que sirva para reorganizar al movimiento obrero frente a esas medidas. El FIC propone centrar la resistencia frente a la crisis en los siguientes ejes:
-Rechazo de las medidas reductoras de puestos de trabajo, tanto a través de expedientes y reconversiones como a través de la represión y despidos individuales.
-Defensa del poder adquisitivo y escala móvil de salarios.
-Rechazo de los aumentos de ritmos. Por la jornada laboral de 35 horas.
-Por un seguro de desempleo no inferior al salario mínimo, indefinido y para todas y todos los parados.
-Reducción de la edad de jubilación a los 60 años y actuación de las pensiones.
-Rechazo de cualquier forma de pacto social.
-Defensa y ampliación de los derechos sindicales de los trabajadores, frente a las medidas autoritarias de la patronal.
Dar satisfacción a estas reivindicaciones exige la adopción de una serie de medidas y transformaciones profundas.
-La creación de puestos de trabajo a través de la inversión pública en obras de interés social (viviendas, comunicaciones, sanidad, enseñanza...) liberando los recursos necesarios para ello a través de la reducción drástica de los gastos militares.
-La reforma en profundidad de la Seguridad Social, eliminando la corrupción, el despilfarro y la ineficacia, frente a los intentos de contrarreforma auspiciados desde la derecha.
-Nacionalización de los sectores básicos de la economía (Banca, energía, grandes canales comerciales...) en lugar de limitarse a la socialización de pérdidas y al respeto de aquéllos sectores que son fuente de grandes beneficios para el capital.
-Una reforma fiscal que grave realmente a quien atesora los beneficios de la sociedad, los capitalistas.
-Una reforma agraria radical que elimine todos los latifundios, así como las propiedades improductivas, dando la tierra a quien la trabaje.
-La eliminación del Estatuto de los Trabajadores de los artículos que consagran el despido libre, la contratación temporal y la limitación de los derechos sindicales.
-La modificación de la Ley Básica de Empleo, haciendo posible el subsidio indefinido para todos los parados.
-La promulgación de una Ley que permita el control, a través de los sindicatos y los comités de empresa, de la producción, inversión y gestión, tanto del sector público, como del privado.
-La no incorporación al Mercado Común.
Estas y otras medidas no pueden ser obra de los votos ni de Parlamentos o gobiernos que no se apoyen en la movilización más amplia de la clase obrera, junto con el resto del pueblo.
Llamamos a la formación de un Frente de Resistencia por la defensa de estos objetivos. Proponemos que este frente se vertebre en las empresas y fuera de ellas, entre los diferentes organismos que agrupan a los trabajadores, en la convicción de que sólo con la suma de todos pueden crearse las condiciones para hacer retroceder a la patronal.
Para qué queremos tu voto
Millones de ciudadanos y ciudadanas depositan hoy su confianza y sus esperanzas de cambio en la izquierda reformista, particularmente en el PSOE. Situándonos contra la corriente, debemos decir que no compartimos semejantes ilusiones. Baste pensar en lo que ha sido la actuación del partido mayoritario de la izquierda en el último período:
-Ha pactado la reconducción del proceso autonómico que se concretó en la LOAPA, que no es sino un tremendo recorte a los ya de por sí rebajados techos autonómicos.
-Ha firmado los pactos de la Moncloa, el Estatuto de los Trabajadores, el AMI y el ANE, otros tantos pasos que conducen al paro y la reducción del poder adquisitivo de los trabajadores que ellos mismos dicen querer combatir.
-Han dado su aprobación a la Ley de financiación de las Fuerzas Armadas, destinando al ejército y su armamento cantidades fabulosas necesarias para mejorar las condiciones de vida del pueblo.
-Ha aplaudido la entrada en vigor de leyes como la «antiterrorista», de «defensa de la democracia», de «regulación de los estados de alarma, excepción y sitio» que favorecen la tortura y reducen considerablemente los derechos y libertades.
-Ha apoyado el Plan Energético Nacional de instalación de centrales nucleares en todo el territorio del Estado.
-Ha mantenido una postura favorable a la integración económica, política y militar al bloque occidental.
Esto debería bastar para hacerse una idea de hasta dónde llegará (y hasta dónde no llegará) un gobierno presidido por el PSOE. Pero además contamos con su programa electoral, que, por detrás de una multitud de promesas simplemente electoralistas, lejos de responder a una posición de izquierda como la que los problemas pendientes requiere, se compromete en lo fundamental a mantener una línea de continuidad con la política seguida hasta ahora. Acepta convivir con el aparato de Estado y las fuerzas represivas heredadas del franquismo. Admite como un hecho incuestionable la propiedad privada y apoya la salida capitalista de la crisis. Ignora las luchas y reivindicaciones fundamentales de las mujeres y no cuestiona la opresión existente sobre la juventud. Profundiza en la línea emprendida de limitar y recortar los derechos de las nacionalidades y regiones. Mantiene la continuidad de las relaciones existentes con los EE.UU., la permanencia de las bases yanquis en nuestro territorio, la proliferación de las centrales nucleares...
Ningún cambio fundamental, nada sustancial podrá obtenerse sin atacar la propiedad capitalista y sin poner en cuestión el régimen de la reforma, en particular el aparato de Estado heredado de la dictadura. Por eso no podemos dar nuestro apoyo político al PSOE, ni nos parece que darle el voto pueda favorecer el cambio político y social que las clases populares desean. Tanto los grandes como los pequeños avances solamente serán posibles, sólo se verán garantizados con la organización y la movilización popular. Esta es la línea de actuación que proponemos, la razón de ser del Frente de Izquierda Comunista y el motivo por el que pedimos tu voto.
Queremos tu voto para reforzar una izquierda que se comporta como tal, siendo una fuerza movilizadora, de oposición y lucha contra la derecha.
Queremos tu voto para apoyar la voz de quienes quieren de verdad y luchan, por la ruptura democrática con el pasado franquista.
Queremos tu voto para impulsar la lucha contra el capitalismo, contra ese capitalismo en crisis que produce paro, guerra, miseria y opresión.
Porque esto no lo va a hacer la izquierda reformista que ya ha demostrado lo que quiere y puede dar de sí, ni tampoco se consigue pasando, como si el resultado de las elecciones no fuera contigo.
Vota FRENTE DE IZQUIERDA COMUNISTA

21 de diciembre de 2011

La República exiliada y Estados Unidos

En 1939 la República española fue derrotada militarmente; para los que la habían defendido con la pluma o con las armas en la mano comenzó un duro período de muerte, represión y exilio, para todos los que habían vivido bajo su régimen cayó la larga noche de piedra del franquismo. Sobre los que vivieron trasterrados recayó la responsabilidad histórica de mantener en pie las instituciones legales de la vencida República; sin el apoyo unánime de los partidos y sindicatos que habían luchado contra los militares que la habían derribado y, además, con la solidaridad menguante de unas naciones que fueron vencidas por el pragmatismo y la Guerra Fría. Cada vez más solos, cada vez con menos recursos, cada vez con menos ayuda de los exiliados y cada vez con menos eco en la España franquista, los republicanos se empeñaron en continuar leales a una República en la que creyeron. Reproducimos el documento que Álvaro de Albornoz hizo público para tratar de evitar el reconocimiento internacional y la admisión en las Naciones Unidas del régimen del general Franco en 1950.
Emblema de Izquierda Republicana, México, 1950 (Archivo La Alcarria Obrera)
 
VALOR Y EFICACIA DE LA RESOLUCIÓN DE LA O. N. U. DE 1946
En la resolución adoptada por la Asamblea de las Naciones Unidas en 12 de diciembre de- 1946, culmina una serie de declaraciones que tienen como punto de partida la carta del Atlántico de agosto de 1941. En este inolvidable -aunque por lo visto, olvidado- documento, lanzado cuando los soldados de Hitler tenían la planta asentada sobre toda Europa, se prometía la devolución de la soberanía plena y el libre ejercicio del gobierno a cuantos pueblos hubieran sido privados de ellos por la fuerza. Siguió, tras la Declaración de las Naciones Unidas de 1 de enero de 1942 y la Conferencia de Teherán de diciembre de 1943, la trascendental Declaración de Yalta de 1945, en que las tres grandes potencias democráticas, Gran Bretaña, Estados Unidos y Rusia, se comprometían a ayudar a los pueblos de Europa liberada y a los de los antiguos Estados satélites del Eje, entre los que indiscutiblemente se encontraba España, a resolver por procedimientos democráticos sus problemas políticos y económicos más urgentes y a la restauración de los derechos soberanos y de auto-gobierno en provecho de aquellos pueblos que habían sido privados de ellos brutalmente por las potencias de agresión. Era, manifiesto, sangrante, el caso de España, cuyas instituciones republicanas, y con ellas todas las libertades, habían sido destruidas por las armas de Hitler y Mussolini al servicio de los rebeldes contra el régimen legítimo de su país, como debían declarar después solemnemente las propias Naciones Unidas. A esta inspiración responde la resolución de San Francisco de junio de 1945, que declara inaplicable la Carta de las Naciones Unidas a "Estados cuyo regímenes han sido establecidos con la ayuda de fuerzas militares de los países que han luchado contra las Naciones Unidas mientras esos regímenes permanezcan en el poder". Hay, después, la Declaración de Potsdam de 2 de agosto del mismo año, suscrita por los Estados Unidos, Rusia y Gran Bretaña, en que los tres Gobiernos afirman que "no apoyarán el ingreso en las Naciones Unidas del Gobierno de Franco", "el cual, establecido con la ayuda de las Potencias del Eje, no posee, dados sus orígenes, su naturaleza y su estrecha asociación con los países agresores, las cualidades necesarias para formar parte del organismo expresado". Y la Asamblea de Londres de febrero de 1946 reitera las declaraciones de San Francisco y de Potsdam. La resolución de las Naciones Unidas del 12 de diciembre de 1946 no es, pues, una novedad, una improvisación, una sorpresa, un arrebato debido a las circunstancias del momento; es menos el resultado de una maniobra en el seno de un organismo que todavía no se halla dividido en bloques ni es aun teatro de las enconadas luchas de la guerra fría. Es la consecuencia, lógica en cuanto a los principios políticos y necesaria conforme a las premisas morales, de toda una serie de manifestaciones, declaraciones y resoluciones anteriores que tienen el valor y el prestigio de actos de los más importantes Gobiernos y del más alto organismo internacional. Derogar esa resolución, suprimirla, borrarla, sería tanto como borrar de la historia la guerra por la democracia y por la libertad de los pueblos, olvidar los millones de muertos y todas las crueldades horribles de que fue la primera víctima el pueblo español, y considerarla como un error en que se ha persistido distraídamente, inadvertidamente, sería tanto como demostrar ante el mundo que la más encumbrada diplomacia no es sino un juego de una espantosa frivolidad.
Lo convencional en la diplomacia, aun siendo ésta del estilo más desenfadado, tiene un límite infranqueable, que es el respeto a la evidencia de los hechos. Y ese límite; que la diplomacia del Estado más poderoso no puede rebasar aunque quiera, se traspasa cuando se dice que la resolución de las Naciones Unidas de diciembre de 1946 sólo sirvió para vigorizar al régimen de Franco, y para unir en torno al dictador, por patriotismo, por españolismo, a la gran mayoría del pueblo. Si lo primero fuese cierto, todos los órganos de publicidad del Estado fascista español pedirían a grito herido que se mantuviese el boicot internacional contra Franco, en vez de combatir con las mayores violencias de lenguaje, al modo chabacano de la demagogia falangista, tanto la resolución de la ONU como a sus más ilustres defensores y a los países que representan , Y en cuanto a lo segundo, si puede darse el caso de que un pueblo se agrupe en torno a un dictador cuando la independencia del país es amenazada o el honor nacional gravemente ofendido, los ataques a la tiranía que se producen en el exterior confortan a la opinión independiente de dentro, cuyo júbilo se manifiesta en la forma que la vigilancia policíaca consiente. Prueba de ello, la singular, extraordinaria simpatía de que en España goza ahora México, el México de Cárdenas, de Ávila Camacho y de Alemán. La silueta de un artista, el esbozo de una danza o el preludio de una canción mexicana son bastante para que el entusiasmo del público desborde en los cines y en los teatros. Es el amor y la gratitud hacia el pueblo en que viven libres los padres, los hermanos, los esposos, los hijos, al amparo de un Estado que afirma los principios que tantos olvidan y practica la solidaridad democrática que tantos ignoran negándose a reconocer el régimen espurio que avasalla y deshonra a España.
Y si la resolución de las Naciones Unidas de diciembre de 1946 no fue todo lo eficaz que debiera, la culpa no es del pueblo español, ni puede atribuirse a ninguna modalidad psicológica suya, sino del propio organismo internacional que la dictó y cuyo Consejo de Seguridad no cumplió las recomendaciones que le hizo la Asamblea. Porque éstas no se limitaban al retiro de los embajadores y ministros plenipotenciarios acreditados en Madrid, sino que además de excluir a la España de Franco de todos los organismos internacionales establecidos por las Naciones Unidas o que tengan nexos con ellos, así como de la participación en conferencias u otras actividades de los Estados miembros "hasta que se instaure en España un Gobierno nuevo y aceptable" encomendaban al Consejo de Seguridad, si dentro de un plazo razonable no se constituía en España un Gobierno que garantizara los derechos fundamentales y convocara al pueblo a elecciones libres, la adopción de las medidas necesarias para remediar tal situación. Nada hizo el Consejo, no obstante agravarse en España las manifestaciones de la tiranía, como lo demuestran informaciones y estadísticas que corren por el mundo, y nada hizo la Asamblea en sucesivas reuniones, a pesar de las voces tan autorizadas como elocuentes que resonaron en su tribuna. Por el contrario, se consintió que pequeños Estados -pequeños unos por su extensión y otros por su escasa autoridad moral- desconocieran irreverentemente la resolución de diciembre de 1946 y enviaran a Franco como un obsequio los embajadores o ministros de sus dictadores de mayor o menor cuantía, ya que no de sus pueblos. Legisladores que no se rasgan las solemnes vestiduras, sino que se las dejan salpicar de indelebles motas irónicas. Y así se llega -mientras Franco, el homúnculo surgido de la retorta de Hitler y Mussolini, debelador de masones ya que no pudo serlo de imperios, se burla de los colosos de la democracia, ante todo anhelantes de hacerse perdonar el triunfo sobre el nazismo y el fascismo- al anuncio de saldo del franquismo en liquidación de inusitada bancarrota internacional.
DISIMILITUD ENTRE EL CASO DE RUSIA Y EL DE LA ESPAÑA DE FRANCO
El argumento de que si se mantienen relaciones diplomáticas normales con la Rusia soviética y los Estados de su Esfera de influencia no hay razón para no sostenerla de igual modo con la España fascista es simplemente una falacia. Prescindiendo de toda comparación entre los dos regímenes, el soviético, plausible o vituperable, no se debe a la intervención extranjera, sino a un gran movimiento de la historia del mismo pueblo ruso, el cual es un hecho nacional inconfundible. La Rusia soviética existe desde 1917 y uno de los primeros Estados en reconocerla fue la Italia de Mussolini. Las democracias, europeas, aun dirigidas por estadistas conservadores, habían celebrado pactos con ella, no considerándola extraña a la vida continental. Pero; sobre todo, la Rusia soviética fue un aliado de la Gran Bretaña y de los Estados Unidos en la lucha contra las potencias del Eje. En qué medida el esfuerzo soviético contribuyó a la victoria común es asunto que corresponde a los técnicos. Mas el heroísmo ruso, que atestiguan millones de muertos, pertenece a la historia universal, en cuyas crónicas figuran entrelazados, en juntas y conferencias memorables, los nombres de Roosevelt, Churchill y Stalin.
Y los Estados llamados hoy desdeñosamente satélites de Rusia, cuyos regímenes tampoco importa considerar de momento, figuraban entonces en la gran constelación que se oponía a la totalitaria, y giraban indistintamente alrededor de las grandes estrellas del firmamento democrático. Polonia, Checoeslovaquia y Yugoeslavia tenían en Londres sus gobiernos en el destierro. Y no se pedía a los caudillos que en los países invadidos luchaban por la independencia nacional su cédula política, sino que eran aplaudidos y exaltados como héroes, no habiéndose formado tampoco ningún comité para investigar, el día del triunfo, la documentación de los libertadores.
La España de Franco fue, por el contrario, un aliado de Hitler y de Mussolini. Llegó en las manifestaciones de solidaridad con las potencias agresoras a la mayor insolencia. Felicitó a Hitler victorioso mediante despachos en que el entusiasmo era adulterado por la adulación y el servilismo. Celebró la caída de parís con ignominiosa alegría. Creó obstáculos y dificultades en Marruecos, pretendiendo apoderarse de Tánger, y alimentó a los submarinos alemanes e italianos en el Mediterráneo y en el Atlántico. Envió a Rusia la Legión Azul para dejar constancia de su intervención material en la guerra. Sometió al pueblo español a las privaciones más crueles en beneficio de los combatientes totalitarios. Y adonde no podían llegar las armas impotentes eran dirigidos el insulto y la procacidad. Todas las inepcias, todas las estolideces que la incomprensión del espíritu angloamericano sugirió a los ingenios más romos de los países latinos eran recogidos y recopiladas en artículos y panfletos. Se denigraba en las aulas a la revolución inglesa por su carácter hipócritamente puritano y tiránicamente anticatólico. Los Estados Unidos particularmente eran objeto de los ataques más soeces El sentido materialista e inferior de su civilización figuraba como un tema en los programas de la enseñanza secundaria. Otro tema era la inmoralidad financiera de la gran República. ¡Quién lo hubiera dicho a los excursionistas periféricos del Capitolio y a los plantadores y dueños de rebaños de la Florida y de Texas que se enternecen con las angustias del dictador español! Bien informados, no se hubieran dejado ganar por la superchería.
LOS ESTADOS UNIDOS FRENTE A LAS DEMOCRACIAS DE EUROPA
Europa ya no es la potencia material de otros tiempos, pero es todavía la cultura que sirve de fundamento espiritual al mundo contemporáneo. Políticamente, la Europa actual es el punto de confluencia de tres movimientos cuya savia no se ha agotado aún: el liberalismo británico, la democracia francesa y una nueva concepción de la historia debida a la filosofía alemana. Es la civilización hija del Renacimiento, de la Reforma y de la Revolución. España e Italia, aletargadas durante siglos, contribuyen al movimiento renovador del mundo con la profunda gestación de los ideales democráticos que florecen en el siglo de Castelar y de Mazzini. Y es esta civilización, en cuyo seno se han ido elaborando las doctrinas políticas y sociales que han prevalecido en la última centuria, la que opuso valladar insuperable a las fuerzas obscuras y tumultuosas que se lanzaron con Hitler y Mussolini, bajo el escudo da la barbarie gótica, al asalto de la conciencia moderna.
La misma civilización en que se embotaron, destructoras, pero impotentes, las armas de los grandes dictadores repele al epígono que señorea aún, con escándalo de la opinión universal, los destinos de España. De Churchill a Stalin, todos los votos de egregia calidad son contrarios a la dictadura abominable que esclaviza al pueblo español. Le son hostiles todos los partidos, no sólo los comunistas, sino los socialistas moderados, los republicanos burgueses, los liberales clásicos, los demócratas cristianos. Todos los gobiernos, desde las monarquías del norte, acrisoladas en la moral puritana y vivificadas por el socialismo humanista, hasta las democracias populares del centro y del mediodía, consideran el régimen fascista español como una monstruosa supervivencia. El propio Vaticano, sensible a la opinión dominante en la misma Italia, trata de ahuyentar al siniestro personaje que lo ronda como un espectro. Europa entera rechaza como a un cuerpo extraño, no ya ajeno a su vida política, moral, cultural y espiritual, sino perteneciente a un extinguido período geológico, al peligroso fósil que se dejó olvidado allende el Pirineo la victoria aliada.
Y no es sólo repudio de una civilización, repugnancia de una cultura y hostilidad de un sistema político y social. Es asimismo prevención y alarma de grandes y graves intereses que se sienten comprometidos. Inglaterra sabe bien cuánto hay de enemiga irreconciliable y de oposición irreductible al espíritu británico en el fondo de la reacción española de que Franco es el más caracterizado exponente. Francia necesita verse libre de la puñalada por la espalda lo mismo en los Alpes que en los Pirineos. Italia no ignora que la sombra de Franco es el fantasma de Mussolini, como la restauración de los Borbones sería la restauración de los Saboya. Toda organización de Europa es imposible si a la caperuza democrática sigue una turbulenta cola fascista. La unidad continental a base de Francia y de Alemania requiere firmeza y seguridad en los contrafuertes del Mediterráneo lo mismo que en los escandinavos. La Federación latina exige un triángulo equilátero que no pueden formar dos democracias republicanas y una dictadura fascista. Los mismos pactos en vigor; del Benelux al del Atlántico del Norte, prendidos con los alfileres de plan Marshall, serían resquebrajados por la desconfianza y el recelo que no podría menos de inspirar un elemento extraño y perturbador. Y en cuanto a la cooperación militar, la espada de Franco, traidor a sus progenitores en la desgracia y en la muerte, sería la espada de Damocles sobre las cabezas de los soldados de la libertad.
La pobreza puede llevar a Europa circunstancialmente a posiciones y actitudes subalternas impropias de su genio y de su prestigio. Mas por encima de la coyuntura y la emergencia está el alma permanente de los pueblos. Y es el alma de Europa lo que necesitan conquistar los Estados Unidos, sin perjuicio de echar un remiendo a la economía destrozada. La alta, noble y fecunda colaboración no nace del apremio, sino del libre designio. No tiene por musa la necesidad, sino el ideal.
LA CITA CON EL DESTINO
Los Estados Unidos fueron, al nacer, la esperanza del mundo. La Declaración de Filadelfia, formulada bajo religiosos auspicios, fue como la revelación de un nuevo Evangelio para todos los hombres. Los representantes de la joven República eran acogidos en la Francia de Rousseau y de Voltaire como los nuevos profetas de la Humanidad. Las sencillas máximas de Franklin eran escuchadas en París -el París que se acercaba a las jornadas de la Revolución- como sagradas respuestas de oráculo. El valeroso y apacible Washington -el Cincinato del nuevo continente- adquirió en los días de la guerra las proporciones de un héroe homérico. Jefferson, el político más consumado y poderoso de toda la historia de los Estados Unidos según Murray Butler, proclamaba su solidaridad con la Revolución francesa. Al estallar ésta, se constituyen en todo el territorio de los Estados Unidos sociedades democráticas que la defienden, y la de Charleston es adoptada como filial por el club parisiense de los jacobinos. Cuando, tras las guerras napoleónicas y el movimiento reaccionario de la Santa Alianza, la revolución renace en Europa, los republicanos de América tienden sus manos a los del viejo Continente. En 1848, la Convención nacional del Partido demócrata expresaba sus simpatías a la nueva República francesa, y poco después el secretario de Estado Daniel Webster afirmaba en una nota dirigida al Gobierno austríaco el derecho del pueblo americano a tener el más vivo interés por las naciones que luchaban en pro de un régimen semejante al de los Estados Unidos. En 1850 el Presidente Fillmore, con la autorización del Congreso, enviaba a Turquía un buque de guerra para transportar a los Estados Unidos al patriota húngaro Kossuth, desterrado de su país. En esta tradición democrática y humanística se forja el alma heroica de Lincoln, el redentor del los esclavos, y en la misma gloriosa tradición tiene sus raíces el pensamiento a la vez profundamente americano y universalista de Wilson y de Franklin D. Roosevelt. En la alusión a la cita con el destino de que hablaba el último al sentirse llamado a intervenir, al frente de su pueblo, en el más trágico conflicto de toda la historia, hay el temblor que agita a las almas en los umbrales del misterio bajo el presentimiento de que se está ante lo decisivo e irreparable.
Los Estados Unidos fueron, sobre todo, el gran ejemplo de América; los maestros, los guías de todo el Continente. Las espadas de los libertadores se vuelven hacia la invicta de Washington, ya inmortal trofeo, en busca a un tiempo de la inspiración militar y del espaldarazo caballeresco. La Constitución de los Estados Unidos es adoptada por todos los pueblos que van conquistando su independencia. Todos se erigen en federaciones para desprenderse del espíritu unitario y centralista de las viejas metrópolis. Desde la pampa y desde la manigua se mira al Capitolio como a una estrella que no puede sufrir eclipse. Pero la marcha de los pueblos libertados hacia la democracia es lenta, difícil, dolorosa... El yugo colonial queda dentro de las almas sobre las cumbres bravías y los desiertos inmensos. El viejo despotismo, sin la grandeza de las monarquías históricas, renace en los tiranos can espíritu de capataces y codicia de negreros. Las guerras intestinas se suceden y el espíritu de los Rosas, los Francia y los García Moreno alienta en sucesivas reencarnaciones. Es la herencia a la vez de rebeldía y de esclavitud, de un pasado que las armas no pudieron romper en lo espiritual, como las soldaduras materiales de la administración y del gobierno, en los campos de batalla.
Los Estados Unidos, maestros de América, se encuentran ante una grave situación. El prestigio de su hegemonía democrática universal no puede menos de padecer con el espectáculo de las dictaduras iberoamericanas, sensibles a su influencia económica, pero refractarias a su magisterio político. Porque es importante llevar la democracia a China, y al Japón, y al Medio Oriente, y a los negros de África, pero es mucho más importante para un americano establecerla en América. Bien está que inquieten y preocupen los progresos del totalitarismo donde quiera, allende el Atlántico y allende el Pacífico, en las estepas de Asia o en las islas oceánicas; pero es mucho más peligroso en el propio continente, como si se dijera a las puertas del Capitolio, al alcance de los anteojos de la Casa Blanca. Para la democracia son igualmente inadmisibles todas las dictaduras. Y son las más peligrosas las más próximas. Las dictaduras de América se oponen a la unidad moral del hemisferio e impiden la solidaridad democrática continental. Y es singular modo de procurar la desaparición de estas dictaduras, de vieja raigambre española y que aspiran a ser un remedo del régimen franquista, salvar a Franco de la bancarrota y del desastre y presentarlo, rehabilitado, a la contemplación de los pueblos de América.
Había, en efecto, en los discursos de Franklin D. Roosevelt, sencillos apólogos y edificantes parábolas, el hondo temblor de la cita con el Destino. Y todas las mañanas se renueva la emoción ante la magnitud de los sucesos mundiales que se precipitan El mundo escapa a la razón y no hay sino presentimientos, vaticinios, profecías, augurios. Se espera en el umbral del misterio con temor y zozobra. Verdaderamente, sería inaudito que la sagrada cita con el Destino se convirtiera en sórdido y premioso diálogo con el dictador español, bajo la mirada escéptica e irónica de Chíang-Kai-Shek.
EL EQUIVOCO DE LAS RELACIONES DIPLOMATICAS
El problema que la carta del Secretario Dean Acheson plantea ante las Naciones Unidas no es, como erróneamente se ha dicho, el de reconocer o no al régimen de Franco; los Estados Unidos lo reconocieron el 3 de abril de 1939, siguiendo el deplorable ejemplo de Inglaterra y Francia, que lo habían hecho el 27 de febrero; reconocimientos sin condiciones, sin reservas, sin atender lo más mínimo a la peligrosa situación ni adoptar la menor prevención contra las represalias de los vencedores, que fueron, como es bien sabido, cruelísimas. Tampoco se trata del problema referente al reconocimiento de los gobiernos de facto, por lo que es ocioso invocar la doctrina
Estrada, mal comprendida por otra parte, sobre la materia. Ni es del caso entrar a discutir si procede o no sostener relaciones diplomáticas normales con gobiernos cuya significación ideológica se reprueba o cuya conducta atentatoria a los derechos humanos fundamentales, merece universal execración. Por estos caminos de circunvalación del problema se procura dar a éste una falsa perspectiva que permita un cínico y escandaloso camuflage.
La iniciativa de reconocer a Franco en 1939 fue del reaccionario y pusilánime Chamberlain, cuya táctica de abrir el paraguas antes de la lluvia tanto se parece a la del avestruz. Francia tuvo la flaqueza de secundar la actitud de Inglaterra -aunque ambos reconocimientos lleven la misma fecha- y los Estados Unidos siguieron, a considerable distancia, a las dos grandes democracias de Europa. Era el momento de la pacificación a todo trance; el miedo erigido en razón de Estado; el atolondramiento del pánico; la pendiente resbaladiza de Múnich. Mas, al estallar la guerra, Franco se apresura a proclamar su solidaridad con las Potencias del Eje; es moralmente, y materialmente en lo que la debilidad de España consiente, un aliado de Hitler y Mussolini; se cruzan los plácemes y las fe licitaciones, ya que no puedan entrelazarse las armas; las vulpejas fascistas, incapaces de convertirse en leones, palmotean ante el vuelo de las águilas alemanas, El panorama ha cambiado. El posible colaborador, siquiera fuese bajo una neutralidad hipócrita, es manifiestamente un enemigo. Entonces, con intervalos que marcan los lentos pasos de la victoria, la Carta del Atlántico, la Declaración de las Naciones Unidas, Teherán, Yalta... Los republicanos españoles siguen anhelantes desde los presidios y por encima de las alambradas de los campos de concentración la marcha de los soldados de la libertad, a cuyo lado combaten los compatriotas que pudieron salvarse de la mazmorra y del verdugo. Y después de la victoria, ya sin la nerviosidad de la lucha incierta, entre el repique triunfal de las campanas, San Francisco, Potsdam. Seguidamente, Londres, Nueva York.
Y he aquí el problema. No se trata de elucubraciones de derecho internacional. Se trata de si las Naciones Unidas son capaces de borrar todas esas declaraciones y todos esos actos, de entonar un mea culpa vergonzoso, de incurrir en una escandalosa retractación, de una palinodia histórica, de arrastrarse hasta Canosa como el emperador germano, de desfilar en procesión por las horcas caudinas, provocando el estupor del mundo.
Esperamos que no sea así. La sombra de Chamberlain "el pacificador" no podrá ganar la batalla. Hay el compromiso de honor de las democracias de Europa, a las que se unirán las nuevamente constituidas en Asia y todos los pueblos libres representados en el alto organismo internacional. Hay, sobre todo, las democracias de América, que al repudiar el fascismo de la madre patria defienden su libertad y su espíritu. México, cuya tradición internacional tiene el insigne abolengo de Francisco de Vitoria, en que se inspira la doctrina del gran demócrata y amigo inolvidable de la República española Jenaro Estrada. Guatemala, que ha aventado en heroica lucha las cenizas de la dictadura. Panamá, cuya representación en las Naciones Unidas ha ofrecido las más altas lecciones de derecho, Cuba, en cuya lucha por la libertad rivalizaron los soldados y los poetas. Chile, de tan fuerte y vivaz espíritu político que es ejemplo en el Continente de resistencia a las más extremadas, corrientes de avance y de retroceso social. El Uruguay de Batlle Ordóñez, el genial hombre de Estado que hizo de su pueblo una democracia modelo. Algunas de estas democracias pueden ufanarse de las instituciones más progresivas, y todas comparten el ideal forjado por la espada del Libertador y la musa de Martí, ideal que es también el de los pueblos oprimidos por una nueva forma del yugo colonial. En las Naciones Unidas es siempre la voz de una democracia americana la que defiende la causa más noble, la que propone la solución más justa, la que invita a la concordia y a la fraternidad. Y al cerrar el paso a Franco, las democracias americanas prosiguen la lucha centenaria por la independencia espiritual de las patrias arrancadas a la vieja dominación de que es símbolo el dictador de España.
AYUDA ECONÓMICA A ESPAÑA Y SUBSIDIO A FRANCO
Ningún español se opondría por motivos políticos y menos por fanatismo de secta o empecinamiento de facción a las colaboraciones que requiere la restauración económica de la patria, destrozada y empobrecida por una rebelión criminal que ha reducido su población trabajadora en más de un millón de hombres y arrojado al destierro a lo más granado de los elementos científicos y técnicos. Nadie profesa entre nosotros la concepción catastrófica que hace de la miseria la palanca de los movimientos históricos, ni confunde el espíritu civil con el odio que engendra el sufrimiento cruelmente prolongado. Fueron los pueblos sombríos, duros y tenaces -no deben olvidar esto los potentados de hoy- los que llevaron a cabo las empresas más trascendentales y gloriosas. Pero los pueblos pobres que han hecho y seguirán haciendo, lo más rudo de la historia no son los pueblos famélicos y miserables.
El español normal es capaz de distinguir entre la ayuda que se ofrezca a la patria y el apoyo que se preste al régimen que la esclaviza. La verdadera ayuda al país necesita para ser tal, obedecer a las condiciones naturales del movimiento económico, responder a las necesidades recíprocas de los pueblos y comenzar por manifestarse libre de todo intento de explotación y de todo espíritu de corrupción. Para un capitalismo sano, la España de Franco no es ni puede ser "campo de inversiones", como se dice en la jerga financiera. El régimen de Franco es como una tierra seca y ardorosa y absorbería los chorros de oro de modo absolutamente improductivo. La dictadura no es sólo el despotismo político; es la inmoralidad administrativa y la orgía económica; tanto como el patíbulo y la cárcel, es símbolo de esta clase de regímenes un tonel sin fondo. Nada es bastante para el aparato de fuerza que suplanta a la opinión pública y la corrompida burocracia que hace las veces de Gobierno. Un ejército sin soldados, con veinte mil oficiales y jefes es un parásito monstruoso aun para la economía más frondosa. Y lo que el ejército de dominación no consume, lo devoran los parásitos secundarios, no menos ávidos por subalternos. La miseria de la España de Franco es esto: una gusanera hedionda. Y hay que cuidarse mucho de confundir la codicia de los gobernantes, que necesita cebo, con el hambre del pueblo, que se pretende explotar.
Toda pretendida ayuda económica a España no sería, pues, sino un, subsidio a Franco, la soldada del dictador y el entretenimiento de su siniestro equipo. No serviría sino para reforzar cerrojos y mordazas y apuntalar las prisiones que se hunden al peso de los reclusos. Sería el presupuesto macabro del verdugo. Lejos de favorecer al pueblo español remacharía sus cadenas. Y resultaría, a la postre, un mal negocio, aun prescindiendo de toda consideración de orden moral. Porque no es de creer que un Gobierno honesto que suceda al régimen de Franco reconozca como deuda nacional la contraída por el usurpador de la soberanía española a fin de mantenerse en su execrable dictadura.
CONJURO REVOLUCIONARIO EN VEZ DE GESTO PACIFICADOR
Si el Secretario Dean Acheson, al hacer sus declaraciones, tuvo el propósito de contribuir a la pacificación de España procurando la evolución democrática de la dictadura, puede darlo por fracasado desde el momento mismo de la publicación de su carta. Esta no satisfizo, a causa de sus reservas y reticencias, a los defensores de Franco, y concitó las iras de los enemigos del dictador. Es la suerte reservada a las combinaciones híbridas de toda política artificiosa e insincera.
El régimen actual de España no es susceptible de transformación. Ni el propio Franco podría hacerla aunque quisiera. No es probable que el dictador, más hombre de armas que de letras, haya leído a Quevedo, pero no dejará de saber por intuición la profunda filosofía de la siguiente máxima del gran polígrafo: "Los tiranos son tan malos que las virtudes son su riesgo. Si prosiguen en la violencia, se despeñan, si se reportan, los despeñan; de tal condición es su iniquidad que la obstinación los edifica y la enmienda los arruina".
El problema de España no consiste en camuflar la dictadura; consiste en devolver al pueblo español la soberanía de que fue despojado. Y para ello no hay más camino que el que arranca del inmortal discurso de Roosevelt sobre "las cuatro libertades" y van señalando, después de la Carta del Atlántico y la Declaración de las Naciones Unidas, los hitos de Yalta, San Francisco, Potsdam, Londres y Nueva York. En vez de desandar esa ruta, lo que procede es seguirla hasta el fin, y si las medidas hasta ahora adoptadas contra la dictadura española no han tenido eficacia bastante, sustituidas por otras de mayor rigor. Si se desea sinceramente la instauración en España de un régimen democrático, lo que exige ante todo el derrocamiento de Franco, es deber ineludible favorecer y estimular, con los poderosos recursos de que las grandes democracias disponen, y sin necesidad de nada que implique material intervención a las fuerzas que en el interior del país y en el destierro luchan por libertar a su patria de la dictadura. Y no se las favorece y estimula, sino que, por el contrario, se las debilita y deprime con actos como el realizado por Dean Acheson. Lamentar que la oposición a Franco no sea más fuerte, en sentir de demócratas como Dean Acheson, y a la vez impedir su desarrollo y fortalecimiento, rebasa, dicho sea con prudente eufemismo, el mayor desenfado. Proclamar la necesidad de una alternativa a la dictadura y apoyar a ésta directa o indirectamente es juego político demasiado frívolo y demasiado peligroso. Los auspicios de 1950 son harto premonitorios para que puedan desdeñarlos los hombres de, Estado de las democracias.
El Gobierno de la República española en el destierro, al dirigirse a la opinión pública internacional, no ha incurrido una sola vez en vanos alardes impropios de su representación y de su responsabilidad. En el lenguaje que le dicta el respeto a sí propio y a la causa que defiende no caben el insulto ni el desplante. Al expresar el hondo dolor que la carta de Dean Acheson al senador Tom Connally le produjo no quiere proferir agravio ni provocarlo , Aun espera en el gran pueblo de los Estados Unidos, cuya fuerte democracia tiene el poder de rectificar los errores de sus gobernantes, y donde tantos amigos cuenta la República Española. Y en su convicción inquebrantable de que este régimen, última manifestación de la voluntad nacional, es la única solución posible a la crisis de España, deplora amargamente que en vez de ofrecer al pueblo español caminos legales se le obligue a escoger entre la sumisión abyecta y la apelación a la violencia a que le conjuran los árbitros de la guerra y de la paz.
ÁLVARO DE ALBORNOZ
Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Estado
París. México, 16 de febrero de 1950.