La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

15 de marzo de 2009

El problema del trigo en la España de 1935

La importancia que tradicionalmente tenía el pan en la dieta española, sobre todo para las clases populares, se tradujo en frecuentes carestías y hambrunas, frente a las que se ofrecían soluciones, desde Melchor Gaspar de Jovellanos hasta Joaquín Costa, que nunca eran aplicadas. Entre todas las respuestas posibles, ofrecemos la del diputado Antonio Rodríguez Pérez, que en las legislaturas de 1931 y 1933 se sentó en la bancada del republicanismo burgués. Reproducimos una conferencia ofrecida en Madrid el 16 de marzo de 1935 y organizada por la Agrupación madrileña del Partido Nacional Republicano, una pequeña agrupación que representaba al republicanismo conservador bajo el liderazgo de Felipe Sánchez Román. Sirva de recordatorio de este modesto partido, hoy olvidado, y de ejemplo de cómo la República ofreció soluciones técnicas que luego fueron aplicadas por el franquismo como propias.

Señoras, señores: ya que han sido ustedes tan amables que se han tomado la molestia de venir a oír unas observaciones sobre el problema del trigo, me van a permitir, ante todo, que les diga, para no defraudar su interés, que no he de hacer más que eso: algunas observaciones que indiquen una dirección sobre la cual quepa estudiar concretamente una cuestión de tanto interés para la economía española, como es la relativa al trigo.
He tenido dificultades, como seguramente las tendrán ustedes, para el estudio del problema por la falta de datos estadísticos. La Administración española en estos últimos años, ha hecho ciertamente un esfuerzo y la Dirección de Agricultura por medio del Negociado de Estadística, ha publicado ya algunos trabajos, pero hasta hoy sólo alcanzan hasta el final del año 1933. Con referencia al año agrícola 1933-1934 existe únicamente un folleto, que publicó el mes de julio del año pasado, con datos relativos a los meses de mayo y junio, pero haciendo constar, claro es, que no eran más que datos de “avance”. Yo he tomado estos datos de avance y los que aparecen en el folleto de 1933. Por eso es posible que las cifras que voy a señalar puedan ser motivo de rectificación, pero les anticipo que, por muy grandes que las rectificaciones pudieran ser, no alterarían sensiblemente las consecuencias que se puedan obtener con aquellos datos hasta hoy conocidos.
Les voy, ante todo, a leer unas cifras que he formado relativas a cuál es la superficie sembrada de trigo y cuál es su producción en el período de los últimos veinte años. En 1915 la superficie sembrada fue de tres millones novecientas mil hectáreas; en 1916, de cuatro millones cien mil; en 1917, de cuatro millones doscientas mil; en 1918, de cuatro millones cien mil, y en 1919, de cuatro millones doscientas mil. Observarán ustedes que durante ese quinquenio de 1915-1919 la superficie sembrada aumentó notablemente, pues habiendo comenzado con tres millones novecientas mil hectáreas, terminó en cuatro millones doscientas mil hectáreas. El rendimiento total fue, durante esos años, el siguiente: año 1915, treinta y siete millones novecientos mil quintales métricos; año 1916, cuarenta y un millones cuatrocientos mil quintales métricos; año 1917, treinta y ocho millones ochocientos mil quintales métricos; año 1918, treinta y seis millones novecientos mil quintales métricos, y año 1919, treinta y cinco millones cien mil quintales métricos. Observarán ustedes también que en este período quinquenal hay un año de gran cosecha, el año 1916 en que se recolectan cuarenta y un millones cuatrocientos mil quintales métricos. Este fenómeno de que cada quinquenio hay una cosecha fuerte lo encontrarán ustedes repetido, pero en los dos últimos quinquenios con la singularidad de que en lugar de una aparecen dos cosechas excepcionales.
Segundo quinquenio: en 1920 la superficie sembrada es de cuatro millones cien mil hectáreas; año 1921, de cuatro millones doscientas mil hectáreas; año 1922, de cuatro millones cien mil; año 1923, de cuatro millones doscientas mil, y año 1924, cuatro millones trescientas mil. Noten ustedes que en este quinquenio, lo mismo que en el anterior, el área sembrada de trigo va progresiva, aunque más lentamente, aumentando, pues arranca en cuatro millones cien mil hectáreas y termina en cuatro millones trescientas mil hectáreas. La producción, sensiblemente, sigue el mismo ritmo porque comienza con treinta y siete millones setecientos mil quintales métricos en el año 1920; sigue en 1921 con treinta y nueve millones quinientos mil quintales; en 1922 con treinta y cuatro millones cien mil quintales; en 1923, que es año de cosecha excepcional, con cuarenta y dos millones setecientos mil quintales; y termina en 1924 con treinta y tres millones cien mil quintales métricos.
Tercer quinquenio: el año 1925 arranca con cuatro millones trescientas mil hectáreas sembradas; el año 1926 se mantiene en igual cifra; en 1927 aumenta a cuatro millones cuatrocientas mil hectáreas; y en cada uno de los años 1928 y 1929 presenta la misma cifra de cuatro millones trescientas mil hectáreas. En este tercer quinquenio la superficie sembrada se mantiene sensiblemente igual desde que comienza hasta que termina. El rendimiento fue el siguiente: año 1925, cuarenta y cuatro millones trescientos mil quintales métricos, una cosecha excepcional; año 1926, treinta y nueve millones novecientos mil quintales; año 1927, treinta y ocho millones cuatrocientos mil quintales; año 1928, treinta y tres millones cuatrocientos mil, y año 1929, cuarenta y dos millones, otra cosecha excepcional. Es decir que en este quinquenio tenemos ya dos cosechas excepcionales.
En el cuarto y último quinquenio que comprende desde 1930 a 1934 comienza la superficie sembrada con cuatro millones quinientas mil hectáreas y sigue con cuatro millones seiscientas mil hectáreas, cuatro millones seiscientas mil hectáreas y cuatro millones quinientas mil hectáreas, respectivamente, para terminar en 1934 con cuatro millones seiscientas mil. De modo que en este quinquenio también se acusa un nuevo aumento de la superficie española sembrada de trigo. Producción: año 1930, de treinta nueve millones novecientos mil quintales; año 1931, de treinta y seis millones seiscientos mil quintales; año 1932, cosecha excepcional de cincuenta millones cien mil quintales; año 1933, de treinta y siete millones seiscientos mil quintales, y año 1934, otra cosecha excepcional de cuarenta y siete millones trescientos mil quintales, según las cifras de avance antes indicadas de la Dirección general de Agricultura.
Para tener datos de algún más valor, una vez conocidos los anteriores, deben establecerse sobre ellos cifras medias. Esas cifras medias de los quinquenios resultan ser las siguientes: primer quinquenio -15 al 19- cuatro millones cien mil hectáreas de superficie sembrada; segundo quinquenio -20 al 24- cuatro millones ciento ochenta mil hectáreas; tercer quinquenio -25 a 29- cuatro millones trescientas veinte mil hectáreas, y cuarto quinquenio -30 al 34- cuatro millones quinientas sesenta mil hectáreas. En cuanto a productividad, arranca el primer quinquenio -15 a 19- con treinta y ocho millones de quintales métricos, y siguen los sucesivos con treinta y nueve millones cuatrocientos mil quintales, treinta y nueve millones seiscientos mil y cuarenta y dos millones trescientos mil quintales métricos. Llevando estas cifras medias a números índices, para que se vea más fácilmente el aumento en la superficie sembrada y en la productividad por hectárea, y tomando como número índice 100, referido al primer quinquenio 1915 a 1919, se tendrán para este quinquenio 1915 a 1919 cien hectáreas que produjeron cien quintales métricos; en el quinquenio 1920 a 1924, 101,9 hectáreas sembradas, con una producción de 103,6 quintales métricos; en el de 1925 a 1929, 105,3 hectáreas sembradas y una producción de 104,2 quintales métricos, y en el de 1930 a 1934, 111,2 hectáreas sembradas y una producción de 111,3 quintales métricos.
Me parece, sin embrago, que no es práctico trabajar sobre estos índices porque, como he dicho, en ellos se computan dos quinquenios, en los cuales ha habido dos cosechas excepcionales. Parece más lógico reducir sus cifras a las que corresponderían si en lugar de haber habido dos cosechas excepcionales no hubiese habido más que una, que tradicionalmente viene siendo lo más normal en cada quinquenio, y en este caso tendríamos estos números: quinquenio 1915 a 1919, cosechas normales 4; productividad media, 37,1 millones de quintales, cosechas excepcionales, 1; productividad, 41,4 millones de quintales. Quinquenio 1920 a 1924, cosechas normales, 4; productividad media, 36,1 millones de quintales; cosechas excepcionales, 1; productividad, 42,7 millones de quintales. Quinquenio 1925 a 1929, cosechas normales, 3; productividad media, 37,2 millones de quintales; excepcionales, 2; productividad media, 42,65 millones de quintales; y quinquenio 1930 a 1934, cosechas normales, 3; productividad media, 38 millones de quintales; excepcionales, 2; productividad media, 48,7 millones de quintales. Si computamos en el último quinquenio nada más que una cosecha excepcional y tomamos las otras cuatro como normales resultaría los siguiente: cuatro cosechas normales, a treinta millones de quintales métricos cada una, son ciento cincuenta y dos millones de quintales métricos, más una cosecha excepcional, a 48,7 millones de quintales métricos, sumarían 200,7 millones de quintales métricos, que divididos entre los cinco años del quinquenio, dan la cifra de cuarenta millones cien mil quintales métricos como producción media anual.
Tengan ustedes ahora, por otra parte, en cuenta que, según los datos de la Dirección general de Agricultura, las necesidades de trigo en España relacionadas con la cosecha de 1933 fueron las siguientes: para el consumo, treinta y cuatro millones cien mil quintales; para la siembra, cinco millones seiscientos mil quintales, total de necesidades españolas entre consumo y siembra, treinta y nueve millones setecientos mil quintales métricos. Este total general se obtiene calculando sobre base de los totales parciales que aparecen en la Memoria de la Dirección general de Agricultura correspondiente a 1933, no es el mismo que fijan los ingenieros que la redactaron, quienes allí dan una cifra que no sé de donde la obtienen, y quisiera conocerlo, porque seguramente será la verdadera para las necesidades españolas, incluido consumo y siembra de cuarenta y un millones de quintales métricos.
Juzgando por las cifras de que hasta ahora he informado a ustedes, aparecen claras dos conclusiones: primera conclusión, que la superficie sembrada aumenta con más velocidad que aumenta el rendimiento por hectárea; lo que demuestra una de estas dos cosas, o las dos: que las superficies que se aumentan en siembra no son las más aptas para la producción de trigo o que, si son tan aptas como las otras, los métodos de cultivo que se vienen empleando son malos, porque lo que hacen rendir al aumento de superficie que se siega no está en proporción con el aumento. Esta conclusión, a mi juicio, es de supremo interés para que podamos darnos cuenta aproximada de cuál puede ser en plazo brevísimo la situación en España en relación con el problema del trigo. Segunda conclusión: que si nuestras necesidades normales no fuesen más que los treinta y nueve millones setecientos mil quintales métricos, que fueron frente a la cosecha de 1933, y si nuestra media de producción son cuarenta millones cien mil quintales métricos, evidentemente hemos llegado ya en España a producir absolutamente todo el trigo que necesitamos para nuestras necesidades. Si, por el contrario, la cifra de las necesidades nacionales, tomada, como he indicado a ustedes, de la Memoria de los ingenieros de la Dirección general de Agricultura, se fija en 41 millones de quintales métricos en que dichos ingenieros la sitúan, esta segunda conclusión será la de que el déficit actual de la producción en relación con las necesidades del consumo español es tan insignificante, que oscila entre los 900.000 y un millón de quintales de trigo.
Pues bien, ante esta situación, las perspectivas que se ofrecen ¿son las de que vamos a hacer un alto en el camino y, por consiguiente, no vamos a colmar con nuestra producción nuestras necesidades, o, por el contrario, las de que estamos en el límite, si no lo hemos ya doblado, de que la producción cubra suficientemente todas las necesidades del consumo?
He encontrado unos antecedentes curiosos a este respecto en un sumario estadístico que publica la Sociedad de las Naciones. Recoge los datos de la cosecha del año 1932-1933 y establece una escala de la superficie sembrada y del coeficiente de relación entre esa superficie sembrada y su rendimiento en 28 países. En esa escala resulta que, en el trigo, España ocupa en superficie sembrada el puesto número tres; pero, en cambio, en rendimiento por hectárea, el número veintiuno. La aventajan en producción por hectárea estos países de Europa –su enumeración les dará a ustedes idea de los retrasados que estamos en productividad en relación al resto de nuestro Continente-: Alemania, Austria, Bélgica, Bulgaria, Dinamarca, Servia, Francia, Inglaterra, Hungría, Irlanda, Italia, Noruega, Holanda, Polonia, Rumanía, Suecia, Suiza y Checoslovaquia, y, en cambio, nosotros aventajamos únicamente a Grecia y a Portugal.
La realidad española, ¿concuerda con estos datos que nos ofrece el anuario estadístico de la Sociedad de Naciones? A mi juicio, sí, y voy a ver si contribuyo a que el de ustedes coincida con el mío.
¿Cómo se cultiva normalmente en España? Si ustedes van por el campo advertirán que gran parte de los que labran emplean todavía el arado romano. Seguramente en España sólo se usa un 60 por ciento, a lo más, de arados de vertedera, y el resto de arado romano.
¿Cómo se hacen las labores de preparación de las tierras? Usualmente así: una vuelta de arado romano para lo que llama alzar, otra vuelta de arado romano para lo que se llama binar, otra vuelta de arado romano para lo que se llama terciar, y con esto se termina la preparación. Y sobre unos barbechos realizados por este procedimiento, ¿cómo se hace la siembra? Normalmente con el propio grano que se ha recolectado, sin desinfección ni preparación; donde más, se disuelve una solución de cobre, se baña en esa solución y así se tira en la tierra. Semillas seleccionadas y desinfectadas debidamente en seco antes de sembrar las empleará a lo sumo el 20 o el 25 por 100 de la agricultura española.
¿Cómo se cultiva después de haberse sembrado? Generalmente se deja a la Providencia. Si el año viene bueno, se recoge mucho, y si el año viene malo se recoge poco. ¿Labores de escarda? Hay provincias enteras donde casi no se dan; lo más que hacen es algo que llaman tarameo, y prácticamente significa no dar labor ninguna de cultivo.
¿Cómo se cultiva por excepción en España? Por excepción se cultiva así: Preparación de la tierra: una labor de vertedera para alzar, otra labor de vertedera para binar, a continuación una labor de desterronadora, y después tres o cuatro labores de grada canadiense. En estos barbechos, que podemos llamar barbechos perfeccionados, se semilla o siembra en algunas zonas, incluso para enterrar las plantas, incorporando así a la tierra materias orgánicas.
Siembra: el trigo, como ustedes saben, necesita una cierta cantidad de grados integrales de calor para granar, y por eso las calidades del trigo se distinguen a efectos del cultivo según que exigen más o menos grados de calor para su granazón; los trigos indígenas españoles son de los que se llaman de ciclo largo, es decir, que exigen mucha cantidad de grados de calor para que granen; por eso los agricultores que podríamos llamar de vanguardia, y que constituyen una muy contada minoría, vienen empleando, singularmente en el centro y sur de España, semillas exóticas de trigos de ciclo corto, por ejemplo, de Ardito, de Mentana, de Senatore Gapelli, etc., con lo que aumentan la productividad de sus tierras, pues uno de los grandes enemigos del trigo son los aires que en el campo llaman “solanos”, esto es, los que se producen en el comienzo del verano, y azotando al trigo cuando el de semilla indígena no ha terminado todavía su granazón, arrebatan o queman la espiga vacía de contenido utilizable. El empleo para simiente de esos trigos de ciclo corto determina que la granazón haya concluido cuando sopla el “solano” y que prácticamente se logre un rendimiento mayor, aparte de la mayor defensa que la planta encuentra contra la falta de agua y contra la sequedad del ambiente en la cama bien mullida en la superficie por la desterronadora y los gradeos. Además, estas pocas gentes que labran bien preparan las semillas desinfectándolas con mezclas secas, lo que hace que se pierdan menos y se germine mejor.
Cultivos: solamente con realizar las escardas en la época y formas debidas se aumenta muy sensiblemente la productividad y se dan jornales al obrero campesino que se compensan holgadísimamente con el aumento del rendimiento.
Por último, las rotaciones de cultivo, plantando al levantar el trigo, leguminosas o forrajeras, que facilitan la nitrificación de la tierra y permiten al labrador mantener más barato su ganado y mayor peso vivo de éste sobre la misma unidad de superficie, y así, a la vez, obtener mayor cantidad de estiércol, del que tanto necesita –porque ya saben ustedes que el abono químico no puede emplearse sin el abono orgánico en la debida proporción-, completan un cuadro sintético de cómo se labra por excepción en España y de cómo se aumenta, y con beneficio general, la productividad de la tierra.
Pero, señores, si ese sistema perfeccionado de labor todavía no lo emplea arriba quizá de un 15 o un 20 por ciento de la agricultura española –lo que no puede extrañar , porque el labrador, por regla general, es hombre desconfiado, que necesita ver tangiblemente el resultado de la explotación contigua para decidirse a copiarla-, resulta indudable que en un plazo muy corto, por espíritu de imitación o copia, tan desarrollado en el campo como en otras zonas de la economía nacional, se convertirá en un 20 o un 25 por 100, lo cual basta y sobra para permitirnos decir con gran seguridad que la productividad del área española ha de aumentar en un ciclo relativamente muy breve, y con que ese aumento represente no más que un 2 o un 2,25 por 100 –que es cifra menguadísima-, aplicado a los 40 millones de quintales métricos, que es nuestra producción media actual, se tendrán completamente cubiertas las necesidades españolas por la producción del país.
¿Qué consecuencia se deriva de ello? Una muy grave, nacida de que el precio oficial medio del trigo viene a ser de 50 pesetas por quintal métrico en España; pero el precio mundial del trigo es tan distinto del precio español, que hoy día se puede obtener trigo extranjero de calidad tan buena como las calidades del trigo español a 19 ó 18 pesetas caf. puerto español. Es decir, que hay nada menos que una diferencia de 33 pesetas en quintal métrico de trigo entre el precio mundial y el precio español del trigo. Observen ustedes que una cosecha de 40 millones de quintales métricos a un precio medio de 50 pesetas representa un valor de dos mil millones de pesetas. Esa misma cosecha de 40 millones de quintales métricos, si en lugar de producirla en España y tener que pagar los españoles dos mil millones de pesetas, se comprase en el Extranjero, valdría solamente 760 millones, lo que evidencia que mantener la producción triguera en España le cuesta a la economía nacional más de 1.200 millones de pesetas todos los años. Si se suprimen de esta cuenta que yo hago, suponiendo que se va a consumir molturado todo el trigo que se produce, los 5.400.000 quintales que se necesitan para la siembra, haciendo la misma proporción siempre resultará que España tiene que pagar todos los años más de 1.060 millones de pesetas sobre los que tendría que pagar si quisiera consumir la misma cantidad de trigo que consume trayéndola del mercado internacional.
Pues bien, sobre estos datos verán ustedes en seguida que lo que debe hacer una política bien orientada es impedir a todo trance la superproducción, porque en el mismo momento en que España produzca más trigo del necesario para satisfacer su consumo, ¿qué hacer con él, ya que venderlo fuera no cabe, porque habría que dar una prima de exportación no inferior a 33 o 34 pesetas por quintal métrico para que el trigo español pudiera salir al mundo a ponerse en concurrencia con los demás? Al mismo tiempo, parece que habrá también necesidad de tender a aligerar la economía nacional española de esta enorme carga de más de 1.000 millones de pesetas que tiene que pagar todos los años por mantener la producción cerealista.
¿Es esto algo que se puede diferir? A mi juicio, no. A mi juicio es algo que la República necesita atacar con toda urgencia, y digo que necesita atacarlo con toda urgencia, porque todas las medidas que se tomen en orden a la política cerealista son medidas que necesitan un número de años nunca inferior a 4, 6 u 8, para dejar sentir sus efectos, pues en gran parte de España se labra dividiendo las fincas en cuartas o más partes, y cada año no se siembra más que una parte u hoja. Por lo tanto, si dejamos este problema del trigo para más adelante nos puede ocurrir que el día que queramos atacarlo nos haya dominado y hayamos caído en el desastre y causado la ruina de gran número de familias que viven precisamente del cultivo de cereales. Luego es evidente que la República tiene con toda urgencia que ponerse a resolver de una manera definitiva el problema del trigo.
Ahora bien, ¿cuál es el único medio racional de lograr aquellas finalidades? A simple vista aparece que debe tenderse a bajar el precio de coste de la producción, porque será la única manera de que podamos bajar la enorme carga, la elevada carga, mantenida por la política de tasa que, como antes señalé, gravita sobre la economía española.
¿Y cómo vamos a lograr bajar el precio de coste? Claro es que se podrá decir que la agricultura es en gran parte tributaria de la industria, y que el alto coste a que la industria española lanza los productos al mercado, alto coste que puede mantener porque se defiende atrincherándose en los aranceles, contribuye a aumentar el precio de coste de la producción cerealista; pero, en fin, yo creo que es mal sistema pretender resolver un problema creando dificultades y más dificultades y yendo fácilmente a atacar al vecino; aparte de que si la agricultura es efectivamente interesantísima para España, tampoco la República puede olvidar a la industria ni nadie puede pretender que caiga, y menos en 24 horas. Por eso la dirección, a mi modo de ver, más útil sería aquella que nos permitiese aumentar la productividad por hectárea, es decir, saltar del puesto veintiuno en la escala del Anuario de la Sociedad de Naciones al puesto más próximo al uno, a que pudiéramos llegar.
¿Y cómo puede el Estado lograr ese objetivo? El medio de conseguirle entraña, en realidad, todo un programa de política nacional en materia de trigo. Voy a ver si expongo a ustedes, no la solución del problema, pues no soy tan necio que pretenda tenerla, sino algunas ideas que pudieran conducir a poner las cosas en camino de solución.
¿Qué ha hecho ante el problema en el momento actual el Gobierno? El ministro de Agricultura sometió a la deliberación de las Cortes una ley de autorizaciones que contenía esencialmente dos: primera, ofrecer a los labradores un 9 por 100, incluidos intereses, gastos, etc., además, y sobre el precio de tasa del día que se comprometieran a retener sus trigos y conservarlos sin vender por un plazo no más largo que el mes de marzo de 1936, y segunda, en previsión de que esa primera autorización fracasase, la de convocar un concurso para que una Compañía adquiriera al precio de tasa, para retirarlas del mercado, 600.000 toneladas de trigo.
Se vota esta ley, se anuncia por el Ministerio el ejercicio de la primera autorización y su fracaso no ha podido ser más rotundo: no ha habido propietarios, labradores, dueños de trigo, que hayan ofrecido al gobierno retenerlos para ganarse el 9 por 100. ¿No se lo explican ustedes? Había un antecedente, que era nuncio de que fatalmente esa autorización tenía que fracasar, y ese antecedente es la falta de formalidad del Estado, en su representación por el actual Gobierno.
El 30 de junio del pasado año el Ministerio de Agricultura publicó un Decreto estableciendo la tasa del trigo para el año 1934-35 y disponiendo que desde 1º de junio a 31 de diciembre sería de 50 a 55 pesetas; en los de enero y febrero de 1935, de 51 a 56; en los de marzo y abril, de 52 a 57, y en los de mayo y junio, de 53 a 58. Como ven ustedes, se había establecido una tasa con diferencia de valor estacional, que comenzando por 50 pesetas como mínimo los seis primeros meses –últimos del año 1934-, subía a 51 pesetas como mínimo para los dos primeros de 1935, a 52 para los otros dos y a 53 para los dos restantes, y era lógico que cuando en la Gaceta se publicó una disposición de este tipo, los buenos labradores que la leyeron creyeran que efectivamente se iba a cumplir, y algunos, los que han podido, retuvieran sus trigos, en espera de ganar esa diferencia de una a dos pesetas entre venderle en los últimos meses del año 1934 o en los primeros del 35. Pero al señor ministro de Agricultura se le ocurrió el día 19 de enero publicar una Orden ministerial en la Gaceta diciendo que esa tasa de 51 pesetas mínima para los meses de enero y febrero sólo se aplicaría al trigo con un peso específico de 77 kilos por hectolitro, y como, naturalmente, el peso específico de 77 kilos por hectolitro no lo reúnen la mayoría de los trigos españoles, singularmente los candeales, el labrador se ha visto defraudado, engañado; ha visto que el Estado le promete una cosa y luego no se la cumple, y como lo que el Gobierno y el ministro, con la primera de las autorizaciones de la ley, hacían era decir a los labradores: “Retened en vuestras paneras los trigos; si los retenéis nos obligamos a pagároslos a 51 pesetas el quintal, más un 9 por ciento”, los labradores han pensado y contestado con sus actos: “¿Y si al señor ministro de Agricultura se le ocurre mañana pedir, como ya se le ocurrió ayer, que estos precios serán distintos y más bajos?” Y no han ofrecido la retención y guarda de sus trigos. A ello seguramente ha coadyuvado el que consintiendo la segunda autorización en contratar con una Compañía, mediante un concurso, para que adquiriera 600.000 toneladas de trigo, vieron claro los labradores desde que se votó la ley que era más negocio para ellos esperar la constitución de esa Compañía y que les compre en firme las 600.000 toneladas de trigo, que hacer ofertas de retención a cobrar en 1936.
Y esa segunda autorización, en cuyo trámite se está actualmente, ¿cuajará? Yo temo que fracase también si no se dictan medidas legislativas para que la complementen, porque parece ser que se intenta constituir un Sindicato alrededor del Banco Exterior de España, del cual forme parte la Banca privada, y en las conversaciones mantenidas hasta este momento se ha echado de ver que como no se han exceptuado del impuesto del Timbre las operaciones que pueda hacer la Compañía en proyecto, ni naturalmente el redescuento en el Banco de España de unos bonos por el importe del trigo para movilizar su valor, es muy probable que concluyan los banqueros conviniendo en que la operación en esas condiciones no es negocio.
De modo que si no creer cerradamente que va a fracasar también esta autorización, deben ustedes tener un punto de prudencia para ver si esta otra iniciativa del señor ministro para resolver el problema, cuaja o no cuaja, porque será muy posible que no cuaje, a menos que el señor ministro se decida a llevar a las Cortes otra disposición complementaria que facilite en la forma indicada o en otra análoga su desenvolvimiento práctico.
Pero, en fin, dejando a un lado lo que ha hecho el Gobierno en esta materia con referencia al año actual, examinemos qué métodos podría utilizar el Estado para lograr los objetivos que, según dije a ustedes antes, debe perseguir en la materia.
¿Libertad de producción? ¿Libertad de comercio? ¿Establecimiento por su servicio de ingenieros agrónomos de planes de cultivo por zonas obligatorios, por lo menos para los propietarios medianos y grandes, con el fin de lograr el aumento de producción por hectárea?
Doctrinalmente serían caminos, porque mediante un sistema de libertad, al ir aumentado la producción, el juego de las leyes económicas haría que el más débil, por inepto, se hundiese; pero observen ustedes que el sistema aplicado al trigo en España sería gravísimo, porque hundiría precisamente a la masa de pequeños agricultores, que son los que están en peores condiciones para defenderse en la lucha económica de la producción, y esta situación del pequeño labrador es, a mi juicio, una de las que tienen que mirar con más cuidado la República, porque el labrador modesto es la víctima de toda la situación triguera española. El pequeño labrador generalmente vive del crédito: durante el año va a las tiendas del pueblo a que le fíen aquellas cosas que más perentoriamente necesita, y luego paga en grano en el momento de la cosecha, pero ese grano se lo toman los comerciantes que le suministran a un precio envilecido. Yo puedo decir a ustedes, por observación propia, que en varios pueblos de España se ha tomado la cosecha del 34 a los labradores pequeños a 17 pesetas y media la fanega de 46 kilos. Comparen ustedes este precio con el de tasa, que en aquella época era de 50 pesetas el quintal métrico y vean la expoliación de que estos intermediarios han hecho víctima a los labradores. Pues piensen ustedes que si el Gobierno, si la República optara por el sistema de libertad de producción, estas expoliaciones a los pequeños labradores estarían a la orden del día, porque seguramente aparte, y además del comerciante del pueblo, el harinero se cernirá siempre sobre la cosecha de trigo para ver si saca como especulador en trigo lo que no gana como fabricante de harinas -porque está mal utillado- y caerá precisamente sobre estos labradores modestos por medio de los intermediarios o corredores o acopistas de trigo, y eso sería la ruina de muchísimas familias de pequeños labradores que se dedican al trigo. Este sistema puede conducir a la revolución: a la revolución, señores, que cuando es verdaderamente grave es cuando se produce en el campo.
Por lo tanto, contra toda idea liberal, yo que en el fondo de mi espíritu soy liberal, tengo que reconocer que no hay más camino que el de una política intervencionista para resolver el problema del trigo; política intervencionista que no puede tener otros fundamentos que la tasa y la prohibición de aumentar el área sembrable del trigo. Después de todo, es lo que deficientemente se viene haciendo por nuestros Gobiernos.
El momento actual, como dije a ustedes, viene inicialmente regido por el Decreto de 30 de junio de 1934 que señala la tasa de trigo en las cifras que antes indiqué; que creó unas Juntas, que entonces fueron locales y hoy comarcales, de contratación de trigo, para que nadie pueda vender ni nadie pueda comprar libremente trigo, sino que vendedor y comprador tengan que concertar sus operaciones por medio de la Junta de contratación, y que ordena una contabilidad a las fábricas de harinas justificada por medio de guías y documentos concertados en la Junta de contratación local, etc.; Decreto modificado por el actual ministro en el sentido de que las tasas se refieren al trigo que tenga un peso específico de, al menos, 77 kilos por hectolitro. Mediante este sistema ha ocurrido lo siguiente, que es el gran inconveniente de la tasa: que se han hecho muchísimas operaciones a 17 pesetas y media y a 18 pesetas la fanega de 46 kilos, porque el harinero que tiene que comprar trigo no se dirige a la Junta de contratación, sino que se dirige al que lo tiene, se ponen ambos de acuerdo, van a la Junta local, hoy Junta comarcal, dicen que han concertado la operación al precio de tasa, se les expide la correspondiente guía y... he ahí "santificado" fácilmente el medio cómodo de burlar las tasas.
De modo que las tasas tienen inconvenientes gravísimos, ya lo vamos viendo, porque originan una especie de bolsas negras, lo que los americanos llamas "mercados gangsters"; es decir, que al margen del mercado oficial crean un mercado en el que realmente los especuladores trafican, revistiendo sus operaciones, después, de todas las garantías que les son necesarias, usando las buenas o las malas artes que para burlas las leyes les son precisas.
Hay, por lo tanto, que arbitrar un sistema de control del mercado del trigo que no puede estar fundado más que en la tasa, porque es los único que puede mantener el precio del trigo; pero al mismo tiempo que elimine todos los riesgos, todas las imposturas y todas las expoliaciones que lleva anejos el sistema de tasas tal como hoy se viene practicando.
¿Cuál debe ser este sistema? A mi juicio no puede ser más que uno: el sistema de la política de silos. Es decir, que el Estado por sí, o por un organismo -luego veremos cómo sería mejor- establezca en las zonas de producción de trigo silos. Nadie podrá vender su trigo más que al silo; el silo estará obligado a comprar el trigo que se le presente; nadie podrá comprar trigo más que al silo; los harineros tendrán que ir a comprar al silo; los harineros tendrán que llevar su contabilidad y no podrán justificar entradas de trigo en sus fábricas más que con facturas de silos.
Don Manuel Torres, en un artículo muy interesante que ha publicado la revista Economía Española de octubre-noviembre del año pasado, propugna un sistema que llama de "creación de mercados reguladores de trigo", sistema que, esencialmente, consiste en esto: el Estado o una Compañía estatificada establecerá en las capitales de provincia y en todos los pueblos en donde habitualmente hay mercado triguero uno que se llamará mercado regulador, que tiene la obligación de adquirir, al precio de tasa que fije una Junta compuesta de personas que ofrezcan el mayor número de garantías, todo el trigo que se le presente. Y dice el autor: probablemente no se presentará gran cantidad de trigo al mercado regulador, porque como el labrador sabe que con llevarlo a ese mercado tiene, ciertamente, el dinero en su bolsillo al precio de tasa se defenderá de los que se lo quieren comprar a precio más bajo. Ahora bien, en el caso de que al mercado regulador llegue enorme cantidad de trigo, el mercado regulador la adquirirá y pagará en el acto, pero le dirá al vendedor: "Ten este trigo en tu poder hasta el momento oportuno". Aquí es donde encuentro, señores, el fallo del sistema, porque es el mercado regulador va a anticipar el precio del trigo y va a ser el propio oferente que ya ha cobrado el que lo conserve en sus paneras hasta el instante de la entrega, ¿quién garantiza lo que pueda encontrar en las paneras en el momento de la entrega?... Evidentemente, el sistema del mercado regulador del Sr. Torres, que por lo demás tiene ideas interesantísimas, creo que sería un gran fracaso, precisamente porque no resuelve el problema del almacenamiento del trigo.
El sistema de silos, la política de silos puede realizarse porque el trigo que se produce no puede tener más que dos destinos: o la siembra o la molturación; pero exige que se establezca una clasificación oficial de los trigos. En España será bastante fácil establecerla, porque ya hay grandes clasificaciones adoptadas por el mercado, que son: trigos duros y trigos blandos o trigos candeales, y dentro de los trigos duros y de los trigos blandos o candeales, su peso específico. Hay, pues, que vencer como primera dificultad, esta: no mezclar en el silo trigo duro con blando, ni dentro de cada clase, los de pesos específicos muy desiguales.
En ayuda de lo primero viene el hecho de que las zonas de producción determinan muy normalmente la calidad dura o blanda del trigo, y así Andalucía, Extremadura, una parte de Navarra y Cataluña, por ejemplo, dan trigos duros, y Castilla, en cambio, blandos o candeales, y para los segundo, el que los silos cuentan con una instalación que se llama de limpia, que permite con gran sencillez quitar al trigo sus impurezas, y con otra para pesarle a continuación automáticamente, hecho lo cual se toma una muestra del conjunto de cada partida presentada al silo y en minutos se determina el peso específico, y hasta si se quiere la calidad del gluten.
El silo debe funcionar tomando trigo únicamente a los agricultores, para lo que con cada partida será necesario presentar el recibo de la contribución territorial, que se taladrará a fin de que con él no quepa presentar otra partida. La misma cantidad de contribución pagada que el recibo acredite indicará más o menos la cantidad de trigo que cada agricultor ha obtenido de la finca por la que ha pagado la contribución, y la que puede tomarle el silo que se le pagará a un precio de tasa –fijado oficialmente antes de la siembra de cada año agrícola en base a una cuenta de gastos y productos-, según calidades y según las épocas de entrega.
Para atender a los gastos que lleve consigo la política de silos, ¿cómo hacer? Tampoco hay que inventar nada. En la ley de Autorizaciones, votada por estas Cortes a propuesta del actual ministro de Agricultura, se autoriza a establecer un canon de hasta una peseta por cada 100 kilos de trigo que se compren al agricultor. Sin superar y probablemente sin llegar ni con mucho a esa cifra se podrá costear el gasto de la política de silos, como luego intentaré demostrar. Pero, además, a los silos se les concederá la exclusiva de las importaciones de trigo que fueran necesarias, con lo que en un momento en que España tenga una cosecha deficitaria para sus necesidades, primero, no serán los negociantes, no serán la Casa Continental o Dreyfuss o el Banco A o B quienes se ciernan sobre los Ministerios para obtener las licencias de importación de trigos del Extranjero, y segundo, los silos aumentarán a sus ingresos los beneficios de la operación. Como a su vez estarán intervenidas las fábricas de harinas y el harinero no podrá comprar trigo más que en el silo ni podrá justificar la entrada de granos en su fábrica más que con facturas de los silos oficiales, que serán, en caso de necesidad, el único centro de importación, ni podrá justificar más tenencia o venta de harinas que las correspondientes a los granos tomados de los silos oficiales, piensen ustedes a qué punto habrá quedado imposibilitado o dificultado el contrabando de trigos y harina, que yo no sé si hoy se hace, peri sí oigo que continúa realizándose, con daño del labrador triguero.
No debe pensarse que la totalidad de cada cosecha se va a entregar al silo en el momento de ser recogida, no sólo porque este lanzamiento fulminante de toda una cosecha al mercado no es la regla, sino porque el Estado, en sus funciones, a quien tiene que mirar en primer término es al pequeño propietario. El gran propietario, el gran cultivador, tienen de ordinario medios para retener en su panera toda o una buena parte de su cosecha, sin perjuicio de lo cual podrían recibir auxilio como a seguida diré. Habría de establecerse una escala para que los silos recibieran trigo en firme contra pago al contado en sentido inverso de la superficie cultivada por cada labrador; al pequeño propietario, toda su producción en cualquier momento; al propietario medio, el 40 por 100, y al propietario grande, el 20 por 100 de sus producciones, también desde el mismo instante de la recogida de las cosechas, con objeto de facilitar dinero a todos; así los agricultores grandes, mediano y pequeños podrían obtener los primeros casi todo, y los últimos todo el dinero importe de su cosecha en firme y sin necesidad de acudir al crédito agrícola. Los grandes y medianos labradores a quienes no se tomase en el mes de septiembre íntegramente sus cosechas, sino solo el 20 o el 40 por 100 de ellas, podrían sobre los restantes 80 y 60 por 100 también obtener dinero, sin perjuicio de que en los meses ulteriores liquidasen los préstamos por medio del silo, al entregar a éste los granos pignorados al crédito agrícola.
Todo ello habría de obligar a colocar a los silos en condiciones de tomar momentáneamente la mitad de la cosecha española, es decir, de recibir inmediatamente 20 millones de quintales métricos de trigo; me parece que no se puede tachar esta cifra de mezquina. Pues bien, para tomar 20 millones de quintales métricos de trigo bastarían 86 silos de 20.000 toneladas de capacidad. ¿Y cuánto valen 86 silos de esta capacidad? Queriendo lograr datos de cierta garantía sobre el valor efectivo de unos silos de esta capacidad, encontré que en los años de la Dictadura se había dirigido al Gobierno una solicitud pidiendo el aval del Estado para establecer unos grandes silos en el puerto de Valencia; se trataba de una Compañía que realmente, según mi juicio, no aportaba más que la iniciativa. Las cifras que allí se dan las estimo elevadas, primero porque eran para una sola instalación, y segundo, porque siendo la primera de ese género que se hacía en España y basada en un problemático aval del Estado, es verosímil que los presuntos suministradores no hubieran afinado sus precios todo lo posible. No obstante, voy a servirme de tales cifras, en la seguridad de que exceden, en bastante, de lo que realmente sería el coste de una operación como la que estoy describiendo.
Computado así en 2.500.000 pesetas el coste de cada silo para 20.000 toneladas, representa un coste de los 86 silos de 215.000.000 de pesetas, es decir que el establecimiento de la política de silos lleva aneja una 1ª inversión inmovilizada de 215.000.000 de pesetas. El interés al 5 por 100 de 215.000.000 de pesetas son 11.000.000 de pesetas, números redondos al año, y como en la ley de Autorizaciones actual se concede la facultad de tomar un canon de hasta una peseta por quintal métrico, sin alterar esta cifra, aprobada ya por una ley de las Cortes, es evidente que una cosecha de 40.000.000 de quintales métricos, de la que deducidos 5,6 millones para siembra quedan 34,6 millones de quintales a recibir por los silos, representaría una percepción anual para éstos de 34.400.000 pesetas; por donde se ve que si los intereses de 215.000.000 no son más que 11.000.000 de pesetas y los ingresos de la Compañía o entidad de silos habrían de ser sólo por el mentado concepto de 34.400.000 de pesetas, resta una diferencia muy suficiente para pagar los gastos de explotación y para ir a una amortización bastante rápida del capital del establecimientos.
Noten ustedes, además, que los silos habrían de tener otros ingresos: los que les reportase la exclusiva de la importación de trigo y otras semillas; por ejemplo, maíz, los años de cosecha deficitaria. Yo no quiero manejar ante ustedes como exactas cifras de las que no pueda dar una garantía de seguridad; por eso me limito a afirmar que se dice que los beneficios que realizaron los importadores de trigo el año 1932 no fueron inferiores a 20.000.000 de pesetas, y que como cifra de los que ha dejado la de importación de maíz, que fue de 75.000 toneladas el año último, se señala una superior a los 2.500.000 de pesetas. Asimismo los silos tendrían otro ingreso: el de los beneficios estacionales, porque al recibir el grano en las cosechas al precio de tasa, por ejemplo de 50 pesetas, como no lo venden inmediatamente porque la venta la habrían de hacer a medida de las necesidades del consumo y éste se hace a lo largo de los doce meses del año, la diferencia entre aquel precio de adquisición y el precio de tasa en los meses posteriores en que se haría la venta representará también un margen de beneficio que incrementará los ingresos del silo.
De modo que ya se ve que los ingresos que puede tener la organización, el organismo “silo”, son muy suficientes para pagar el interés del capital de primer establecimiento, los gastos normales de la Empresa y para amortizar el mismo capital del establecimiento con bastante velocidad.
Hay también que tener en cuenta que es necesario un capital circulante. ¿Cuánto? A primera vista, y puesto que hay que colocar a la organización de los silos en condiciones de tomar la mitad de la cosecha que se eleva a 17 millones de quintales métricos, que valen a 50 pesetas el quintal, resulta ser aquel capital de 850 millones de pesetas. Pero adviertan ustedes que la entidad silos, como a la vez que compra vende, no es fácil que tenga íntegramente esos 17.000.000 de quintales en sus depósitos, y para facilitar la venta, caso de necesidad, podría, como ya se ha hecho, obligarse a los harineros a tener stock de granos, por ejemplo, para un mes. La cifra, pues, se reduciría en unos términos, a mi juicio, de bastante consideración, sin contar con que el silo debería tener derecho a redescuento en condiciones iguales que la Banca privada en el Banco de España, y que aunque ello supusiera el pago al Banco de una comisión de un medio por ciento, nunca representaría cifra superior a tres millones de pesetas, que bien podría soportar el silo, en unión de los once millones de pesetas de interés del capital inmovilizado de los gastos de explotación y de la cuota de amortización, aunque fuese acelerada con el canon de una peseta, que asciende a 34.400.000 pesetas, y con los demás ingresos antes indicados.
Este sistema de silos lo ha impuesto a sus harineros el gobierno de Suiza. Suiza es un país que no produce más que el tercio del trigo que necesita y los dos tercios restantes los tiene que importar y el gobierno ha decidido hacer las importaciones por su cuenta e imponer a los fabricantes de harinas la obligación del establecimiento de silos. No es, por tanto, ninguna novedad la que haríamos en España si estableciésemos una política de silos que en Suiza se ha impuesto con resultados muy satisfactorios.
Por otro lado, noten ustedes que todos los esfuerzos que se hagan mediante la ley de Reforma agraria para redistribuir la tierra y crear pequeños propietarios serán esfuerzos de antemano condenados al fracaso si el Estado no pone a esos pequeños labradores en condiciones de que vendan los productos que obtengan a precio remunerado; y que, de nada valdría dar unas cuantas fanegas de tierra de secano para unos pequeños labradores si cuando llega la época de la cosecha tienen que ser víctimas de los especuladores del pueblo, porque si su trigo no lo pueden vender arriba de 17 pesetas y media o 18 pesetas la fanega, aseguro a ustedes que nadie querrá ser labrador por cuenta propia; preferirán todos ir a ganar un jornal que pasarse el año sobre el haza para, al terminar la campaña, no lograr recoger casi ni el valor material del trabajo.
Así es que si la República quiere de verdad ir a la Reforma agraria necesita complementarla instaurando la política de silos, que es la única que puede garantizar al productor que cuando recoja sus productos los podrá vender al precio que el Estado haya querido previamente establecer por estimarlo remunerador del trabajo que haya realizado.
¿Cómo debería ser la entidad silos? Yo no creo que deba serlo el mismo Estado; las organizaciones meramente estatales degeneran con facilidad en nidos de burocracia. Creo que sería útil la constitución de una compañía de tipo semiestatal; algo parecido a la Campsa, a la Compañía Arrendataria de Tabacos, quizá un fórmula nueva de asociación del Estado y capital privado cuyas características los técnicos oficiales financieros habrían de fijar. Para mí lo mejor sería establecer las acciones de capital privado como acciones amortizables para con el excedente anual de beneficios llegar a amortizar el capital privado, dejándole unas cédulas que le permitiesen tomar una pequeña participación en los beneficios futuros después de su devolución. Ello dejaría al Estado la posibilidad de liquidar en cualquier momento la Sociedad de silos habiendo usado para ello el capital privado sin que nadie dijera que lo había explotado.
¿Cómo formar esa empresa? Concurso con plazo amplio y entidad puramente nacional; ¿por qué? Porque hay que dejar en manos de esa entidad, previo control del Estado, algo tan interesante como la política de los precios del trigo. No es posible seguir manteniendo las tasas en los mismos tipos actuales. Si queremos hacer frente a la superproducción, ya hemos visto que tampoco es posible, sin riesgo grave, dejar la libertad de mercados y que por eso no hay más remedio que adoptar una política de precios fijados al comienzo de cada año agrícola, política que únicamente podrá hacerse efectiva a través de la compañía de silos concebida en la forma explicada. Coetáneamente sería necesaria una política de fábricas de harina. A mi juicio lo que ocurre con la fabricación de harinas en España es que los harineros que, según ellos, no obtienen el rendimiento que deben obtener, y se quejan de que el margen de molturación que les reconoce el Estado de 3,60 pesetas, es insuficiente, denuncian un egoísmo o una incapacidad industrial, pues ese margen de molturación con un utillaje moderno, con una concentración de las fábricas sería muy suficiente.
Noten ustedes que engarzada la política de silos con una política en orden a la fabricación de harinas, estaría en manos del Estado completamente el control de todos los precios y que no se podría hablar como se hace hoy, de que el pan no se puede vender más barato porque el labrador no puede vender el trigo a menos precio ni el harinero obtener harina a precio inferior si ese precio ha de remunerarle, cuando la realidad es todo lo contrario. El Estado fija unas tasas, según las cuales se ha debido comprar el trigo y además un margen de molturación que el mismo harinero no puede superar y con ello el Estado parece reconocer que no puede bajar el precio de las harinas; pero, ¿por qué?, porque se opera sobre la gran farsa de que el harinero compra al precio de tasa, cuando lo cierto es que la mayor parte de los harineros realizan sus espléndidos beneficios como especuladores sobre el trigo, comprándole en daño del labrador y convirtiendo la necesidad de este en un lucro indebido suyo, muy por debajo del precio de tasa.
Hay que ir también al mejoramiento de los cultivos. ¿Y en qué forma? Yo no veo otra más que por los Ingenieros agrónomos al servicio del Estado se establezcan planes de cultivo por zonas que sean obligatorios, por lo pronto, para los propietarios medianos y grandes, y digo por lo pronto, sólo para éstos sin ánimo alguno de despertar o amparar hostilidades de intereses, sino porque creo que el perfeccionamiento del cultivo exige un utillaje muy distinto del modestísimo necesario para cultivar con arado romano; y es evidente que al pequeño labrador de momento sería inútil exigirle que hiciese lo que no pudiese realizar ni que adquiriese unos elemento cuando carece de medios para obtenerlos. Al mismo tiempo, el labrador mediano y el grande suelen ser hombres de más cultura; pueden apreciar mejor los beneficios que les pueden reportar estos síntomas nuevos de cultivo, y en el campo es menester operar un poco por estímulo mimético; es menester que se vea como el colindante que ha hecho una mejora ha obtenido un mayor rendimiento. El estímulo de que el de al lado ha conseguido un mejoramiento real, tangible, llevará a los pequeños labradores, mejor que ninguna propaganda, a realizar las labores lo mismo que su vecino.
Pero, además, es menester ir con energía y tino a una sustitución de cultivos. No es posible que siga habiendo ciertas tierras dedicadas a la producción de trigo si queremos evitar que sobre nuestra economía gravite la enorme pesadumbre que significan las cifras de que antes hablábamos. En España quizá puedan explotarse cereales secundarios para piensos. Se importaron –ya lo dije antes- 75 mil toneladas de maíz el año pasado; se habla este año de importar 100 mil; he visto una relación que expresa que se han importado habas secas para piensos, el año 1935, en cantidad de 100 mil quintales, garbanzos, etc. ¿no sería más útil estimular estos cultivos y dedicar ciertas tierras a la producción secundaria de piensos? En esto quienes como yo no somos más que aficionados a la política no podemos decir nada definitivo. Es una labor que España tiene que encomendar a un Cuerpo tan prestigiosos como el de Ingenieros Agrónomos, quienes con la buena voluntad que ya han demostrado, por ejemplo, en el Instituto de Reforma Agraria, darán las normas concretas a los políticos para que logren los objetivos que se hayan fijado. Hay que estudiar ahincadamente esta cuestión de la sustitución de los cultivos; ver si allí donde se cultiva trigo en regadío es posible sustituirlo por otra clase de cultivo para dejar reducido el trigo al cultivo de secano y, desde luego, restringir su cultivo a las tierras más aptas para su producción. Si no se toman estas direcciones, la superproducción ahogará al labrador y producirá uno de los más graves conflictos que puedan presentarse a la República.
Ahí tienen ustedes, señores, los caminos que emprendería si tuviese la responsabilidad nacional de abordar el problema; ello seguramente les hace pensar que es para la República una suerte que yo no haya sido ni sea Ministro de Agricultura.