La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

25 de marzo de 2009

El atentado contra Ángel Pestaña y los Libres


Portada de Unión Obrera, 9 de septiembre de 1922 (Archivo La Alcarria Obrera)

El atentado fallido, por fortuna, contra Ángel Pestaña rompió el velo de silencio con el que la patronal y sus cómplices en las instituciones del Estado habían ocultado el pistolerismo de los Sindicatos Libres de Barcelona y la cruel aplicación de la Ley de Fugas sobre los militantes de la CNT, que eran detenidos, a veces, sin otra acusación que la de defenderse contra el acoso asesino de la burguesía catalana. La impunidad de los matones de la patronal, que esperaban tranquilamente en la puerta de la clínica a que los médicos diesen de alta a Ángel Pestaña para rematar su criminal misión, fue denunciada en el Congreso y en la prensa, obligando al gobierno a tomar medidas y a los sectores políticos y sociales progresistas a denunciar la caza del hombre que los cenetistas sufrían. Ofrecemos la versión que los Sindicatos Libres ofrecieron del atentado a Pestaña, publicada en el periódico Unión Obrera del 9 de septiembre de 1922, en el que acusan del atentado a los propios compañeros de la CNT.

¡Solidaridad!
A los sindicalistas libres de Cataluña y de España.
Desde el fondo de mi modesto hogar, rodeado de mis hijos y esposa; sobreponiéndome al ambiente y saltando. por encima del mismo, cojo mi pluma tosca y sin floreos literarios, para hacer un llamamiento a vuestros nobles y recios corazones de sindicalistas libres, de hermanos en la gran batalla empezada contra todos los enemigos nuestros que se oponen contumaces, traidoramente..., en nuestro camino de emancipación proletaria, de redención humana.
En la cárcel de Manresa, gime un hermano nuestro: ¡Isidro M. Viñals, Presidente de los Libres de Manresa!
La turbamulta manresana lo moteja de asesino. A él que daría cien vidas, si las tuviera, por esa turbamulta que lo censura y escarnece. A él que despreciando dádivas, bienestares, la tranquilidad de su hogar y su vida misma, empuñó resuelto y con la voluntad de un convencido, la bandera sindical que en medio del arroyo dejaron, mancillada, los secuaces del Sindicalismo Único, que mangoneaban en los destinos de las clases obreras manresanas.
La traición que cometieron el 25 de Agosto contra Ángel Pestaña, se la quieren cargar a nuestro admirable compañero.
La Ley fría como losa de mármol lo retiene entre barrotes, aunque su conciencia honrada esté libre de todo pecado. La turbamulta y la Ley se equivocan.
Isidro M. Viñals es inocente. Si no lo fuera, no se hubiera presentado voluntariamente ante los encargados de administrar esa Ley.
Y es que existe una conspiración malvada de doble juego. El primero, hacer desaparecer del mundo a Ángel Pestaña, por oponerse resueltamente, documentalmente, a que prevaleciera entre las clases jornaleras españolas el Régimen Soviético. Segundo, cargar esa desaparición a Isidro M. Viñals que con su constancia y firme voluntad iba cerrando las puertas a sus concupiscentes mangoneos por estas cuencas de los ríos Llobregat y Cardoner. Los baluartes sindicalistas libres de Suria y Figols-Las Minas han sido dos espadas que se han clavado en el corazón de estos malvados. Porque ya no pueden cotizar pesetas para gastarlas en orgías lujuriosas y desenfrenadas. Porque ya no pueden huir a esconderse, cuando las Autoridades los llaman al cumplimiento de las Leyes legisladas sobre el Trabajo en España.
He ahí, compañeros Libres de Cataluña y de España, explicada sin rodeos ni retóricas, la conspiración que motivó el atentado contra el buen Ángel Pestaña.
Los hombres viles son los que adulan a las masas ignaras para después pisotearlas. Aunque sea arrastrado por ellas, quiero y puedo apartarme de esa vileza, sencillamente... Porque me creo en un nivel superior a las mismas. Porque siento sus dolores, sus sufrimientos y la explotación inicua que contra ellas se ejerce por todos los que detentan el sagrado derecho a la vida. Y soy desheredado, y con mi vista en diez y ocho dioptrías, ciego...
Pero me resta un tanto de dignidad para empuñar la pluma y salir en defensa de este hombre honrado; de este padre de familia, de este compañero de la causa de Justicia y Libertad. Y la suficiente energía para decirle a estas masas manresanas, a esta turbamulta sin pulso, arrastrada por cuatro vividores sin alma sindicalista. ¡Reflexionad! Isidro M. Viñals no es asesino; es un hombre que siente como propios los dolores vuestros, y desinteresadamente, os llama para acabar con esos dolores. Porque tiene una grandiosidad de alma, puesta a prueba por nuestros hermanos mineros de Figols, víctimas de la insaciable voracidad de un patrono que decretó hace tres meses el pacto del hambre a 700 mineros con sus hijos y compañeras.
Y un hombre así, no tiene alma de asesino. ¡Viñals ha dado su pan a los demás!
¡Sindicalistas Libres de Cataluña y de España! Este colaborador de vuestra obra, os pide Solidaridad moral y material para nuestro compañero Isidro M. Viñals. La Corporación General de Trabajadores, esa madre amantísima nuestra, está vigilante para que no se consume una injusticia. Pero se desangra, porque toda su sangre la da a borbotones a sus hijas, las Profesiones. Para que se críen sanas y robustas.
Ayudemos todos a la Madre y ella cuidará de sus hijos: entre ellos de Isidro M. Viñals.
¡Solidaridad!
Manuel Hernández Cortés