La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

30 de noviembre de 2008

Anarco-colectivismo y anarco-comunismo

Cabecera de la revista Acracia, Barcelona, enero de 1886 (Archivo La Alcarria Obrera)

La revista anarquista La Revolte de París publicó en sus números correspondientes al 12 y 20 de agosto de 1887 dos artículos en los que se ofrecían los elementos básicos para entender el debate que agitaba al movimiento libertario en esos años: anarco-colectivismo o anarco-comunismo. Los redactores de La Revolte se alineaban claramente con esta última tendencia, mientras que la revista Acracia, publicada por entonces en Barcelona, se mostraba más partidaria de la primera corriente, a pesar de lo cual reprodujo ambos artículos en su número de octubre de ese mismo año. Finalmente, el comunismo anárquico de Piotr Kropotkin se impuso sobre el colectivismo anárquico de Mijaíl Bakunin, mostrando la capacidad de evolución y la madurez del pensamiento ácrata. Reproducimos aquí ambos artículos de La Revolte.

I
A cada uno según sus servicios, dicen los colectivistas. A cada uno según sus necesidades, decimos los comunistas. Diferencia secundaria, dicen nuestros amigos de España. Diferencia esencial, decimos nosotros.
No nos impedirá esto marchar fraternalmente unidos con nuestros buenos amigos españoles el día que den la batalla á la propiedad individual y á la autoridad; como tampoco nos impide nuestra unión hoy y participar de los mismos odios contra este orden social que todos queremos enterrar bajo sus propios escombros.
Pero prevenimos á nuestros amigos que, ó han de ser comunistas desde la iniciación del movimiento, ó perecerán ahogados en sangre.
La Revolución Social ha de ser comunista si ha de cumplir su obra regeneradora; si no es más que colectivista, perecerá: tal es nuestra profunda convicción.
Analicemos la diferencia entre las dos escuelas:
Entre los colectivistas, el individuo retribuido, casi diríamos recompensado, por la sociedad según los servicios practicados. Entre nosotros, el individuo pidiendo de pleno derecho á la sociedad la satisfacción de todas sus necesidades. Estas dos concepciones difieren completamente, como filosofía, como programa de acción y como inmediatas consecuencias. La una es conforme á la esencia misma de la idea anarquista, á su manera de concebir el individuo y la sociedad; la otra es lo diametralmente opuesto. La una es la destrucción de las instituciones existentes, un nuevo punto de partida; la otra no es más que una reparación ó reforma del sistema económico actual. La una es la negación del asalariado; la otra no es más que una modificación del mismo. La una, el comunismo, ve al consumidor, el hombre de las necesidades positivas, para ella trabajar es satisfacer sus necesidades; la otra ve al productor, el productor de la sociedad actual, produciendo para un consumidor desconocido, para un comprador. La una responde á las aspiraciones del pueblo, el pueblo comprende el comunismo; la otra nada dice al que tanto ha sufrido de esta sociedad: hambre y frío, penuria y enfermedad, presidio, metralla. La una es práctica y se impondrá por la marcha misma de los acontecimientos; la otra no lo es y será desbordada por la primera.
Tal es el comunismo anárquico, tal el colectivismo.
Antes no había más que comunistas é individualistas: el burgués, el explotador, permanecía individualista; el trabajador, el explotado, el rebelde se declaraba comunista; constituían dos campos opuestos é irreconciliables; se les vio frente á frente en las barricadas de Junio de 1848, porque, dígase lo que se quiera de la influencia de la organización del trabajo de Luis Blanch y de la república y del sufragio universal de Ledru-Rollin, lo que el trabajador veía detrás de esas palabras era el camino del comunismo.
Más tarde se introdujo la palabra socialismo, palabra bastarda, nacida en Inglaterra, como compromiso entre los comunistas y los individualistas; una de esas palabras que, como el colectivismo de la Internacional, la liquidación social en lugar de la revolución social ó la nacionalización del suelo, de las minas y de las fábricas, se han lanzado recientemente, siempre en Inglaterra, para no asustar a los burgueses.
Después se dio aún un paso en la vía de las conciliaciones. Tomando la economía política de los burgueses, ciencia que estudia especialmente los medios de sacar más provecho de la producción actual, se trató de amoldar esta ciencia á la manera socialista.
Admitiendo, como Marx, que la “fuerza de trabajo se compre á su justo valor”, lo que es una enormidad, se crea la teoría del aumento de valor, y se procura reducir el socialismo a esta cuestión: “¿á quién, entre el obrero y el capitalista, pertenece el aumento de valor?”. El socialismo, esa idea inmensa que abarca todo: costumbres, creencias, necesidades, riqueza, arte, ciencia y moral, se reduce á esta cuestión mezquina: “¿A quién pertenecen las ganancias de tal manufactura? ¿A los obreros que han trabajado en ella ó al capitalista que posee la fábrica bajo la protección de la ley?” Cuestión grave es esta indudablemente, pero ínfima frente al conjunto de cuestiones vitales suscitadas por el socialismo, ó más bien por el comunismo, cuando arroja el guante á la sociedad entera, á todas sus instituciones económicas y políticas, á sus costumbres como á sus leyes.
Ya que de tal modo se había empequeñecido el socialismo, sólo faltaba un paso para decir: A cada uno según sus servicios, ó mejor: á cada uno según los servicios que haya efectuado en tal manufactura. Y así se ha hecho. El colectivismo nació.
¿Pero es eso el socialismo?
Para nosotros el socialismo, idea madre del siglo XIX, es una idea mucho más grande; nuestra concepción es mucho más vasta, y, á nuestro juicio, mucho más justa, y esta vez, como siempre, lo más justo es también lo más práctico.

II
Imagínese el efecto que produciría en Europa un telegrama publicado por los periódicos, concebido en los siguientes términos: “Los insurrectos de París, Lyon, Viena, etc., se han apoderado de los bancos; han proclamado las fábricas, los ferrocarriles, propiedad común y discuten en estos momentos los medios de organizar el trabajo en común”. Se comprende el efecto de este telegrama, sobre todo si añade que han tenido lugar algunas venganzas populares. Ocultaríase el capital; perderíanse los pedidos y, con ellos, las industrias. La materia primera que desde el Japón, la China, los Estados-Unidos y Brasil se dirige hoy á nuestros centros industriales no llegaría, y toda vez que ello no se compra con oro, porque la moneda no bastaría para cubrir la centésima parte de las transacciones, sino con letras de cambio, y el crédito desaparecería, á menos que sobre toda la superficie de la tierra se haga la Revolución Social á una hora fija, suposición absurda é inadmisible, todas nuestras grandes industrias se paralizarían de repente. Todo lo que hacía vivir á millones de seres humanos se paralizaría.
La Revolución es la Revolución, y ante ella no basta esconder la cabeza entre la arena como hace el avestruz cuando el simoun amenaza, creyendo huir del peligro sólo con no verle.
Paralización de los cambios; paralización de la industria; carencia absoluta de jornales; la negra miseria al cabo de quince días. He aquí lo que ha de preverse, en lugar de mecerse en ilusiones.
Es muy bonito decir: el Estado, ó la Commune, ó las corporaciones obreras federadas van á reorganizar la industria. ¿Quién es, pues, ese señor Estado? Quinientos individuos salidos de las loterías electorales o llevados al poder por la Revolución: los unos predicando el respeto á la propiedad; los otros no queriendo comprometerse; los terceros, nulidades ambiciosas, y algunos hombres honrados entre ellos; que charlan y disputan sin llegar jamás á entenderse sobre ningún asunto, como en el Consejo de la Commune de 1781. O si no, una reunión de concejales que repiten en pequeño la comedia de los grandes parlamentos. O en fin, corporaciones obreras en las cuales el elemento revolucionario se encuentra sumido en un medio, muy honrado sin duda, pero muy poco revolucionario. Y sobre todo, nótese bien, que no se puede reimpulsar la industria, porque ésta se halla fundada sobre la explotación burguesa, sobre el crédito burgués, y sobre las transacciones y las necesidades de los burgueses; en tanto que todo debe reconstruirse sobre una base nueva: las necesidades de las masas.
Los bonos de trabajo de Proudhon, tomados hoy por su cuenta por los marxistas, es una cosa hermosa en el papel y aun podría parecer excelente á quien no se fijase mucho, al que sueña que ha de llegar un día en que quedando todo del mismo modo, salvo la expulsión del burgués, cada uno irá á la misma fábrica donde después de su jornada se le dará un bono que representará “el valor íntegro de su trabajo” -frase de efecto que se repite sin preguntarse lo que significa- y con ese bono de trabajo escogerá en los almacenes un pañuelo para su mujer, pan para sus hijos ó vino puro para la comida.
¡Pura utopía!
No obstante, pasemos por la utopía: admitamos por un momento que todo esto es realizable; que se encontrarán los medios de procurarse en seguida la primera materia y los compradores para los objetos de lujo y de exportación que se continúen fabricando; pero que se admita al menos que ha de invertirse tiempo en organizarlo.
He aquí entonces nuestra pregunta: ¿Qué comerá el obrero durante ese tiempo? ¿Dónde habitará? ¿Con qué calzará sus hijos? El calzado pronto se gasta, y es preciso comer todos los días. ¿Qué hará el trabajador mientras esos señores organizan su producción y sus bonos de trabajo?
¿Morirá de hambre para dar gusto á los teóricos?
Muy al contrario: creemos que en el curso de los tres ó cuatro primeros días á contar desde el momento en que se haya dado el primer paso hacia la Revolución Social es preciso que los que han sufrido á consecuencia del orden burgués se aperciban que la Revolución marcha en una nueva vía: que ha llegado su hora.
Se proclamó la Commune el 18 de Marzo, y, á nuestro juicio, fue necesario que el 19 no hubiese ya una sola familia trabajadora que no sintiese los efectos de la Revolución en forma de bienestar; que no hubiese un solo individuo obligado á dormir al sereno ó sobre un mal jergón, bajo un techo con goteras. La Commune entonces hubiese tenido doscientos mil combatientes en lugar de diez mil y hubiese sido invencible hasta frente á los cañones prusianos.
Por eso decimos: si la Revolución será ahogada en sangre o, despreciando los bonos de trabajo por los “servicios efectuados” a la sociedad, proclamará: Todos, por el hecho de hallarnos aquí, tenemos derecho á una habitación saludable; todos, en tanto que formamos parte de la ciudad rebelde, tenemos derecho á satisfacer nuestra hambre; tenemos tantas casas edificadas, tanto trigo en los almacenes, tantas reses en el matadero, todo es de todos; arreglémonos para hartar á los que lo necesitan; abriguemos á los que carecen de abrigo.
En cuanto á saber si mañana tal trabajador tendrá la dicha de ocupar un empleo útil, ó si á la noche llevará á su casa ó no un bono de trabajo, ya se verá después cuando el trabajo se haya organizado de manera que cada miembro social encuentre trabajo útil que hacer; en espera de esto, tratemos de que todos coman, y cuando todos hayan comido, entonces veremos lo que convenga y lo que no convenga producir; ya veremos si se producen demasiados géneros de algodón y poco pan, sobra de muebles incrustados y poca cantidad de sencillas y buenas sillas que escasean en la familia del trabajador.
En lugar de aceptar la industria como los burgueses la han fundado, modelaremos nuestra industria y nuestra producción sobre nuestras necesidades.
Por eso afirmamos que el comunismo se impondrá desde los primeros momentos de la Revolución Social.
Vemos las cosas como son, no á través de los espejuelos de Adam Smith ni de Marx, su continuador; por eso somos comunistas.

2 comentarios:

Ford dijo...

he leído rápido el texto y lo hice pensando que el primero era el anarco-comunista y el segundo el anarco-colectivista, pero al terminar de leerlo veo que ambos se autoproclaman los comunistas¿? quizás deberé leerlo mas despacio de nuevo.

buen blog!

Antonio Arbeig dijo...

Aunque anónimos, seguramente los artículos originales hayan sido escrito por Kropotkin. Lo que pretende el autor es exponer qué es el anarco-colectivismo de Bakunin y, al señalar sus errores y carencias, exponer y reforzar las tesis anarco-comunistas, propias de Piotr Kropotkin. Naturalmente, lo hace desde el respeto y la valoración de las aportaciones positivas del otro... es decir, puro anarquismo.