La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

9 de junio de 2010

Lerroux y la Semana Trágica de Barcelona

En julio de 1909 las calles de Barcelona y de algunas localidades próximas se llenaron de incendios y barricadas: fue la Semana Trágica. El pueblo catalán, harto de miseria y sufrimiento, desbordó una huelga general contra el envío de reservistas a la Guerra de Marruecos y provocó un estallido que algunos creen revolucionario, pero que tuvo más de rebelión primitiva que de germen de una nueva sociedad. El papel de Alejandro Lerroux en los sucesos de aquellos días ha sido más que discutido. Ofrecemos el texto completo del folleto Lerroux y su obra, obra anónima pero atribuida a F. de Sorel, militante maurista de Barcelona.

Prólogo
Al dar al público el presente folleto no nos mueve otro afán que el de mostrar a la faz del mundo pruebas irrebatibles de la conducta siempre interesada, siempre egoísta, siempre hipócrita, de Alejandro Lerroux y García.
Los tristes y deshonrosos acontecimientos perpetrados en esta capital en los últimos días de Julio, ofrecen al personaje en cuestión, motivo suficiente para probarnos sus gallardías revolucionarias, sus arrestos y sus pujos guerreros tantas veces expuestos en el mitin y en el periódico.
El encarcelamiento, el destierro de muchos de sus amigos y súbditos le ofrecían ocasión hermosa para venir aquí sin pérdida de tiempo, a enjugar lágrimas, a fortalecer el ánimo de los caídos, de los vencidos, muchos de los cuales tal vez lucharon impulsados por sus predicaciones revolucionarias e incendiarias.
Pero Lerroux no lo entendió así, al contrario, en lugar de acercarse a prisa y corriendo ante las rejas donde sufrían y sufren aún sus parciales, encontró más cómodo alejarse lejos, muy lejos, hacia donde no pudiera oír ni remotamente los ayes ni las recriminaciones de los que un día creyeron de buena fe en el hombre que ha encontrado en la política (de la que un tiempo abominó) el medio de medrar, de enriquecerse sin exponer otro capital que el capital de barbaridades con el cual ha explotado la buena fe, la ignorancia de los que faltos de una base sólidamente instructiva (por culpa de todos) no encuentran la senda que les conduzca al logro de sus aspiraciones, y por eso se entregan al primer charlatán que les halaga sus ansias de mejoramiento social y sus justas aspiraciones de un equilibrio económico más humano y equitativo que el presente.
Este es el caso de Lerroux y sus masas, estas pobres masas que vilmente alucinadas con promesas jamás cumplidas, se echan a la calle y destruyen, matan y mueren cumpliendo así ciertas predicaciones de su ídolo, de este ídolo que solo tiene, ante la desgracia de sus engañados y alucinados, un gesto de indiferencia, de abandono, de cobardía.
Al fin es lo que se diría para sí este patrón araña, es más preferible pasearse por las riberas del Támesis o por los bulevares de París que no respirar las insanas emanaciones de los calabozos de Atarazanas, Amalia, Montjuich, etc., etc.
Y no se nos venga ahora diciéndonos que ya está aquí, que viene al lado de los suyos como él mismo acaba de decir en Madrid, porque el menos lince podrá contestarle que no es esta la ocasión para un jefe revolucionario y que posee además acta de diputado, para pronunciar semejantes palabras. Era tres meses antes, en plena represión, cuando se encontró en Las Palmas, que debía pronunciarlas y cumplirlas. No ahora que la tempestad ha pasado y un período de benevolencia se inicia.
Era entonces, repetimos, que Lerroux tenía aquí su puesto de honor y no quiso, no le dio la gana ocuparlo; era entonces que su presencia habría fortalecido a muchos de sus parciales, era entonces que había de probarnos su temple de jefe de un partido revolucionario perseguido y su amor y su abnegación para con los caídos del grupo. Es ante el peligro donde se ven las grandes almas y Lerroux nos ha probado que ante el riesgo, ante el peligro es un alma pequeña. Salir ahora cuando las garantías constitucionales se han levantado diciendo que viene al lado de los suyos que sufren en las cárceles, es sencillamente un sarcasmo lanzado al rostro de las pobres víctimas.
Esta conducta nos prueba una vez más que a Lerroux le gusta estar a las maduras pero no a las duras.
Si Maura estuviese en el poder (él mismo lo ha dicho) no habría regresado a España y los suyos, los que están en las cárceles, se quedaban son los consuelos, que ahora anuncia, viene a prodigarles.
Aquí tienes retratado lector, al amigo del obrero, al redentor del proletariado, aquí puedes juzgar el alma misericordiosa de Alejandro Lerroux y García.
Palabras pero no obras
“En España se impone la revolución, cuando ésta llegue que no está lejos (ovación) contad conmigo como general en jefe, para llevaros a la victoria o morir en la vanguardia del ejército revolucionario (Grandísima ovación)”.
Palabras pronunciadas por Lerroux en un mitin celebrado en la Fraternidad Republicana de la calle Cortés, hace seis años.
Era así como hablaba D. Alejandro, era así como enardecía a las masas con promesas jamás cumplidas y que bien sabía el que jamás habían de cumplirse; de esto hace seis años y vedlo no ha encontrado aún el momento de revolucionarse ni de llevar a sus súbditos a la lucha en pro de la República. Mucha palabrería, mucha oratoria, muchas promesas, y en la realidad nada.
En tanto miradlo a él, fijaos en el Lerroux de El Progreso de Madrid, en aquel Lerroux que maldecía de la Política y de los políticos, que anatemizaba con duras frases al Ejército, que juraba no aceptar una acta de diputado aun que se la presentasen en bandeja de plata, en aquel Lerroux dispuesto diez años atrás a marcharse a América, se le acude de pronto que la América para él bien puede ser Cataluña, campo de explotación para sus fines reaccionarios y burgueses.
Y aquí viene; no sin antes prepararse por medios miserables su llegada en esta tierra demasiado noble y sufrida.
Historia de una infamia
En diez de Junio escribía Lerroux desde Madrid a su amigo y corresponsal de El Progreso en el Ampurdán D. Juan Toronell lo que sigue: “procura organizar una huelga que meta ruido, yo vendré para agravarla y reducirla después y esto me daría un prestigio más grande que el tan manoseado de Montjuich, y me permitiría entrar en Barcelona y obtener los votos de los obreros”.
Y aquí viene la gran infamia. La huelga surge en el Bajo Ampurdán como por encanto, entre los obreros taponeros, se agria la cuestión, pasan semanas y más semanas, entonces Lerroux va a Gerona, organiza mitins donde se proclama revolucionario y redentor del obrero, mientras tanto los huelguistas agotan sus recursos, no pueden por más tiempo resistir la huelga y… entonces se reduce ésta, quedando en la miseria infinidad de familias, en tanto él, el promovedor de tanta desdicha viene a Barcelona con la aureola de amigo del proletariado, se presenta para diputado, lucha con más tesón que ningún cunero y consigue un acta, una patente de corso como él la llamaba en los tiempos en que maldecía de la política y de los políticos, en aquellos tiempos que decía, con aires de puritano “que jamás aceptaría una acta de diputado aún que se la presentasen en bandeja de plata”.
Ahora dime lector: que calificativo merece el hombre que por sus fines particulares y egoístas, provoca solapadamente, jesuíticamente una huelga, sin aterrarse ante el espectáculo de unos obreros sumidos en la miseria y en la desesperación, bebiendo de emigrar los unos y sucumbiendo a la voracidad burguesa los otros, y todos sin haber conseguido nada en pro de su mejoramiento económico.
¿No es verdad que el calificativo de infame brota espontáneamente de los labios?
Con lo dicho hasta aquí bastaría para probar lo que nos hemos propuesto respecto al sujeto de referencia; pero hay más, mucho más y esto es lo que nos hemos propuesto demostrar con toda claridad.
Lerroux dictador
Una vez ya Lerroux en posesión de su codiciada acta le vemos no solamente rumbear frecuentando los mejores restaurantes asequibles solo a los grandes burgueses, sino también imponer su dictatorial voluntad a su rebaño, y así le vemos en la Junta Municipal Republicana confeccionando candidaturas a su antojo, “tiro las muletas y quiero gobernar”, dijo un día; y en efecto, este quiero y este no quiero, impone su capricho al partido, y al que proteste la excomunión, el dictado de traidor, de reaccionario o si no el palo, la emboscada.
Incitando al atentado
Otro día en vísperas de unas elecciones de diputados provinciales exclama en el Salón de la Serpentina: “mañana seré el gobernador de Barcelona. Id a votar con la papeleta en una mano y el revólver en la otra. Si veis alguna de estas bicicletas de los regionalistas hacedles poca cosa, un palito entre las ruedas y basta”. Bien es verdad que en aquellos tiempos gobernaba en España el partido liberal que toleraba a Lerroux, por odio al despertar autonomista en Cataluña, lo que jamás se ha tolerado a político ninguno, diríase que iban de acuerdo.
Del proceso de Montjuich que le había servido para encumbrarse ya no se acordó más.
Provocador y cobarde
Todos sus esfuerzos, todos sus ataques, los reservaba para los catalanistas en cuyo seno se alberga una juventud intelectual, honra de la ciencia y de la literatura, una juventud curtida por aires de la Europa moderna, una juventud que le podría enseñar a Lerroux incluso el abecedario de la Democracia. Para todos sin excepción predicó el odio y el exterminio. Los Brosa, Pompeyo Gener, Corominas, Pedro Suñol, Pous y Pagés, Ignacio Iglesias, Pujulá y Vallés, no se han librado de sus insultos por el mero hecho de dar relieve con sus admirables obras al despertar de Cataluña. A todos, repetimos, atacó, pero eso sí jamás, jamás aceptó discusión pública con ninguno de los catalanistas que le retaron repetidas veces.
Sabía que de aceptar, el ridículo más espantoso le aguardaba, y él, ducho y cobarde, rehuyó como el escarabajo la luz, la noble controversia con aquellos a quienes insultaba vilmente desde la tribunas de sus casinos, salvaguardadas siempre sus espaldas por una turba de fanáticos que nada tienen que envidiar a los súbditos del Sultán de Marruecos.
Pruebas de lo dicho
En lo único que de verdad ha sido revolucionario Lerroux ha sido, como hemos dicho, e n charlar y en insultar a todo mortal que se ha atrevido a criticar su funesta y miserable obra política, pero eso sí, atacar y charlar de lejos, desde una redacción, desde un casino de los suyos, cara a cara jamás, aquí están los ácratas Urales y Herreros, los nacionalistas Danyans, Llangort y Llorens que le retaron, obteniendo todos la más categórica negativa o el más absoluto silencio. Ahora mismo hace poco, en su viaje de recreo a la Argentina, los ácratas de Buenos Aires en vista de las sandeces que por allí expectoraba el revolucionario de frac y brillantes, escribieron para él un cartel donde se le retaba a discusión pública, pero Lerroux se hizo como siempre el sueco.
Más pruebas
En 24 de septiembre de 1905, escribía en La Publicidad el sujeto que nos ocupa, lo siguiente: “detrás de la bandera catalana no hay hombres ni corazones”. El mismo día a las diez de la mañana, dos hombres se presentaban en su domicilio, para probarle que detrás de dicha bandera había y hay hombres con corazón… y algo más.
El valiente Lerroux, en lugar de mantener, cual cuadra a todo ser bien nacido, lo que horas antes había escrito, fue lo suficientemente cobarde para dar toda clase de satisfacciones a los dos caballeros, reconociendo (por miedo seguramente) que en realidad detrás de la bandera catalana hay hombres que además de corazón, poseen algo más de lo que carece Lerroux en ciertas circunstancias.
Los ciudadanos que en esta ocasión le visitaron se llaman José Manen y J. Raspall.
Si alguien dudara de la veracidad de lo dicho, puede comprobarlo en La Publicidad del 25 del mismo mes y año antes mencionados.
Escurriendo el bulto
Curioso resulta que Lerroux en todos los acontecimientos más o menos graves que han ocurrido en Barcelona durante estos últimos años de su imperio, no se haya encontrado nunca, pero nunca, a pesar de su revolucionarismo y a pesar de haber profetizado algunos de aquellos acontecimientos.
A la salida del banquete de la Victoria organizado por los regionalistas en el Frontón Condal, los partidarios de aquel atropellaron e hirieron gravemente, a traición y por la espalda, a varios que habían asistido al banquete, sin que por parte de éstos hubiera habido la menor provocación.
La escena se desarrolló en la Ronda de la Universidad esquina Balmes y ¡qué casualidad! en aquel día Lerroux no estaba en Barcelona.
Ocho días más tarde, el 25 de noviembre, acaecieron en nuestra ciudad sucesos que están en la memoria de todo el mundo. ¡Lerroux no estaba tampoco en esta ciudad! Pero esto no fue obstáculo para que, pocos días después, escribiera su célebre artículo “Alma en los labios” que, aparte de constituir un padrón de ignominia para la Democracia, dijera entre otras barbaridades “que de haber estado en Barcelona el día de actos, no se habría limitado a ir solamente a Le Veu de Catalunya y al Cucut, sino que habría ido a otros muchos sitios para ejecutar en ellos un auto de fe”… pero ya lo hemos dicho más arriba, dio la casualidad que estaba fuera. ¡Dichosas casualidades!
El crimen de Hostafranchs
“Habrá víctimas y los primeros en recibir el bautismo de sangres serán mis antiguos amigos”.
A los 15 días de haber Lerroux pronunciado estas palabras en la Casa del Pueblo, se perpetraba en la carretera de Hostafranchs uno de los crímenes más abominables que registrara la historia política de nuestros tiempos, crimen perpetrado contra los Sres. Salmerón, Roca y Roca, Odón de Buen, Corominas, todos “antiguos amigos” del Sr. Lerroux.
Del infame atentado, resultó gravemente herido el Sr. Cambó, quien por casualidad iba en el coche agredido.
La profecía había quedado cumplida.
En aquella noche, noche en la que el partido lerrouxista (no decimos republicano) se manchó de odio y de sangre, tampoco viose en nuestra ciudad al Sr. Lerroux.
Y ahora que viene a cuento, se nos ocurre preguntar, para desvanecer de una vez la imbécil patraña fabricada por El Progreso en la que se pretendía dar a entender a sus incautos lectores que el crimen había sido preparado por las propias víctimas. Y la pregunta es como sigue: Si en aquella noche resulta muerto Cambó o Salmerón (que es a lo que se tiraba) proclamados ya candidatos a Cortes por la Junta del Censo, y no permitiendo la ley sustituirles con ningún otro nombre, ¿a quién habría favorecido la vacante que a causa de la muerte de alguno de aquellos señores se hubiera producido?
Pues única y exclusivamente al Sr. Lerroux o al Sr. Sol y Ortega. Esto es indiscutible y esto lo explica todo.
Se argüirá que los presuntos autores fueron puestos en libertad por el Tribunal Popular, es cierto, pero también es cierto que en aquel día la democrática institución del Jurado viose que era un peligro para la justicia en ciertos pueblos donde el valor cívico y el espíritu de ciudadanía están a la altura del arroyo.
La confesión como barceloneses es dolorosa, pero es verdad. No quisiéramos ni por asomo que se viera en lo dicho el deseo de que se mandase al fondo de un presidio a aquellos desgraciados que se sentaron en el banquillo, no; que se hubiera fallado en pro de la culpabilidad de algunos de aquellos y al siguiente día se les hubiera indultado. Esta hubiera sido nuestra satisfacción sincera como hombres amantes de la Justicia y de la Democracia y como partidarios fervientes del Jurado.
Se cumple el célebre programa
En el periódico La Rebeldía escribía hace unos tres años Lerroux su revolucionario programa, dedicado a los rebeldes.
“Entrad a saco, les decía, no os detengáis ante los sepulcros ni ante los altares, levantad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres. Luchad. Matad. Morid”.
Esto escribía Lerroux incitando a sus parciales a la violación, sin tener en cuenta que la maternidad es santa cuando es hija del amor, pero es un crimen cuando es hija de la violencia.
En todos los países civilizados, y sobre todo democráticos, las creencias, los ritos todos son respetados, porque saben que del respeto de las ajenas creencias depende el respeto de las propias.
Esta es la verdadera democracia y la verdadera libertad de conciencia, así se honra al libre pensamiento.
“¡No os detengáis antes los sepulcros!” ¡Los sepulcros! Sólo los chacales y los cuervos son los que en la oscuridad de la noche se atreven a saquear, morder y picotear los restos de los que se fueron.
Ante el insulto del niño, del viejo y de la mujer débil, todo ser bien nacido se comprime respetando así la niñez, las canas, la debilidad… ¡Y son seres que viven!
Ante los sepulcros donde yacen los cuerpos inanimados de seres queridos, los hombres todos, de todos los países, se descubren en señal de respeto. Para Lerroux los sepulcros han de ser violados, los hombres han reconvertirse en chacales, en fieras…
Programa cumplido
Satisfecho debe estar ya Lerroux.
Su programa se ha cumplido en gran parte tal y como el ordenó. En la Semana Trágica, semana de la cobardía, vio avergonzada Barcelona, la Barcelona honrada, como las turbas enteraban a saco en asilos y en iglesias sin detenerse los rebeldes ni ante los sepulcros ni ante los altares. Se destruían tumbas, se disfrazaba a los esqueletos para que sirvieran de risa a un público cobarde, y luego en macabra procesión se paseaban por nuestras calles para al fin arrojarlas en mitad del arroyo.
Decía Lerroux: matad, y mataron; destruid, y destruyeron; entrad a saco, y saquearon; morid, y también murieron…
Para los que lucharon en la calle, convencidos de que defendían un ideal, nuestro respeto. Para los que saquearon, incendiaron y asesinaron cumpliendo así ciertas predicciones de Lerroux, nuestro desprecio de hombres libres y democráticos.
Francia, la republicana Francia, la que escribió con sangre de sus hijos el decálogo de los derechos del hombre, tuvo que menester treinta años de República para al fin separar la Iglesia del Estado y para poner a raya las asociaciones religiosas.
A la conquista de los derechos democráticos no se va hoy, en el siglo actual, por otro camino que el de la cultura, por la persuasión y la fe en los ideales, por la fuerza de la razón. Así lo ha hecho Francia y ha vencido a la reacción.
No se nos oculta que a veces hay momentos en la vida de los pueblos que se impone el sacrificio de una revolución para salvar la libertad, la vida y la dignidad de sus hijos; pero téngase en cuenta que en estos casos supremos, los que la llevan en el pecho no prometen a plazo fijo, como esa alma conservadora, de pico revolucionario, llamada Lerroux.
Lerroux reaccionario. La Ley de Jurisdicciones
Juzgando a Lerroux, a ese hoy rico y aburguesado revolucionario, por sus obras, nos asombra y entristece el ver como aún existe detrás de él un ejército de fanáticos, que nos recuerdan, por lo parecido, a aquellas turbas que lo mismo gritaban a principios del siglo pasado ¡Viva la Libertad! que ¡Vivan las caenas!
Porque vengamos a cuentas: ¿Qué ha hecho de verdad ese hombre por la Libertad? Categóricamente nada, es decir, sí ha hecho, la ha burlado siempre. Vamos a probarlo.
Sin ir más lejos podemos fijarnos en la reaccionaria ley de jurisdicciones, calificada por el gran Costa de una de las vergüenzas más afrentosas para los tiempos modernos. Lerroux era diputado cuando esa ley que llevado a la cárcel y al destierro a infinidad de hombres se discutía en el Parlamento.
Se trataba de un proyecto de ley que arranca del poder civil, del jurado, el derecho a intervenir en ciertos delitos de opinión, se trataba de un ataque a una de las pocas conquistas verdad obtenidas después de enormes sacrificios por los espíritus liberales, pues bien, Lerroux no solamente no la combatió, sino que ni siquiera voto contra ella. El proyecto del gobierno llamado liberal por sarcasmo fue ley sin que él, republicano radical (¿?) abriera la boca para combatirlo. Lerroux se portó como un perfecto ministerial de Moret. Lerroux contribuyó con su silencio asaz elocuente a amordazar la libre emisión del pensamiento.
¡Y este hombre no se sonroja al llevar en sus labios la palabra Libertad! Esto son hechos evidentes, claros, terminantes, no son “falsedades amañadas por la reacción”, tópico que usa siempre el revolucionario de doublé para desvanecer los justos ataques a su política burguesa inquisitorial.
Por este solo hecho, en cualquier país del mundo donde no se haya perdido el sentido común y toda noción de la lógica, Lerroux estaría incapacitado para hablar jamás en nombre de la Democracia.
Aquí, en esta tierra, es posible todo, por algo se nos tiene por el país de los viceversas.
En cambio, fijaos en la actitud de los radicales franceses. Conocedores del espíritu militarista, reaccionario y pancista de Lerroux, le han repudiado, le han cerrado las columnas de sus periódicos, y es que allí, como en todas partes (menos aquí), se juzga a los hombres por sus hechos no por sus palabras.
Lerroux y el proletariado
Fácil nos ha sido demostrar con argumentos que nadie nos refutará, porque son irrefutables, que Lerroux festeja y adula a la libertad para luego apuñalarla por la espalda y fácil nos ha de ser también probar que a él se debe en gran parte la desorganización del proletariado barcelonés.
Alá por el año 1901, las sociedades obreras de resistencia poseían una organización no diremos perfecta, pero sí muy respetable.
Los obreros catalanes aconsejados noblemente, honradamente por Salas Antón se organizaban para la lucha contra la burguesía, era su preocupación solamente su mejoramiento social y económico.
Era entonces que fue posible una huelga de metalúrgicos que duró meses y meses, lo que éstos pedían era de justicia, la burguesía se resistía y entonces los obreros todos secundando a los metalúrgicos declaran la huelga general.
A Lerroux, el amigo del obrero, el redentor del proletariado, no se le vio en parte alguna durante aquellos días, encontró más revolucionario irse a Madrid a defender las inmoralidades de un gobernador civil que honraba todas las noches el Trianón, mientras el juego, el hampa, la prostitución envilecían la ciudad.
“Asociaos y dejaos de políticas” les decía Salas Antón a los obreros; esto lo repetían desde sus periódicos los socialistas y los ácratas.
En cambio, Lerroux les decía: en la República está la panacea, el maná, el medio, el puente para llegar al fin de vuestras aspiraciones; sin pudor les ofrecía el pavo republicano, la revolución a plazo fijo, simulaba conferencias secretas donde se hablaba a grandes voces de caballos, armas, municiones, sublevaciones, etc. Peroraba en mangas de camisa, con el pañuelito de seda encarnado en el cuello como el “valiente” de “El Santo de la Isidra”.
Sin perjuicio de haberse atiborrado como un Nabab en el Suizo o en otro confortable restaurant, acabado su discursillo en cualquier cafetín de los barrios obreros sacaba de sus bolsillos un panecillo con una tortilla o un par de sardinas, para dar a entender que aún no había cenado, para poder llegar a tiempo a tiempo a redimir oprimidos. Pedía cinco de vino en cualquier taberna, bebía en el mismo vaso que había bebido alguno de sus compañeros, decía hermosos a los pequeñuelos que sus padres llevaban al mitin, levantaba algunos en brazos, tronaba contra las miserias, maldecía a la burguesía, sin descuidarse de señalar como enemigo principal del malestar universal, de la subida del pan, del contagio de la viruela, del frío y del calor al catalanismo, a ese sentimiento de amor a la tierra nativa recóndito en el alma de todos los seres humanos, incluso en la de los ácratas y socialistas a pesar de sus ideales hermosísimos de fraternidad universal.
Representaba tan a maravilla su papel de revolucionario que en realidad hizo adeptos, enardeció a buena parte de las masas proletarias, y éstas, incautas y bonachonas, se dejaron arrastrar hacia las fraternidades, mientras que quedaban solitarias las sociedades de resistencia, baluarte que jamás debiera abandonar el obrero para luchar por su mejoramiento que es de justicia.
Salas Antón, que con desinterés y nobleza había trabajado logrando encarrilar después de muchos esfuerzos al proletariado catalán hacia el único camino de su emancipación de verdad, éste ante el espectáculo vergonzoso, al ver su obra en ruinas, retiróse apesarado y triste de esta tierra para ir a vivir en otra atmósfera más sana y menos pútrida (espiritualmente hablando) que la de aquí.
Los que por azares de la vida hemos tenido ocasión de verle y saludarle en Londres, hemos podido apreciar el concepto que le merece la situación actual del proletariado barcelonés, casi único en el mundo que carece hoy de organización y defensa para su mejoramiento.
¿Y a quién se debe esta desorganización? Pues a Lerroux en primer término, y a la ignorancia del obrero catalán en segundo.
Si ante esta afirmación los espíritus miopes titubean, les aconsejamos que lean despacio las siguientes palabras pronunciadas por el mismísimo Lerroux en Buenos Aires: “Los capitalistas, la burguesía catalana debiera estarme agradecida, pues yo logré encauzar al obrero por las vías de una política práctica, apartándole de las violentas luchas sociales, etc.”. Y podía haber añadido: y les conduje a un sitio que yo bauticé con el nombre de Casa del Pueblo, aunque no se parezca en nada con las Casas del Pueblo de Bruselas, París, Madrid ni con ninguna de las que existen en el mundo.
Allí les damos al proletariado, como pan espiritual, representaciones teatrales de género sicalíptico, como por ejemplo “La Gatita Blanca”, “El Arte de ser Bonita”; pocas, poquísimas conferencias de carácter científico, y muchos mítines petroleros. Allí hacemos diputados y concejales a burgueses y ricos propietarios. Allí explotamos una farmacia y un café los más concurrido de la casa; hay una escuela porque la paga el Ayuntamiento con los dineros de todos los barceloneses, organizamos bailes agarraos a tanto la entrada, etc., etc. A ser sincero y franco, así debiera de haber hablado Lerroux a los argentinos.
Si la burguesía barcelonesa fuera agradecida, debiera así mismo nombrar socio honorario del Fomento del Trabajo Nacional a su colaborador Alejandro Lerroux y García.
La obra de Lerroux. La huelga de El Progreso. El proceso Rull. El miedo a los solidarios. El duro pan de la emigración. Presupuesto de cultura
La obra del lerrouxismo es, en fin, un seguido de negaciones, es una obra nefasta para la cultura, para la democracia y para los ideales de emancipación obrera.
A grandes rasgos y para terminar esta primera parte de “Lerroux y su obra” señalaremos solamente los siguientes hechos, que vienen a marcar con el estigma de reaccionario, burgués e inculto el partido que tiene como a jefe a ese hoy enriquecido burgués llamado Lerroux. Enriquecido, sí, lectores, con la lana del pueblo catalán, enriquecido con la buena fe de una masa digna de la mayor consideración. Lerroux llegó aquí enseñando los calzoncillos, sin una peseta, y hoy, sin haberle visto trabajar nunca de ningún oficio ni poseer ninguna carrera, le vemos rico gordoflete, gracias a la bobería de una parte despueblo.
La nefasta Ley de Jurisdicciones puso de relieve el alma tiránica y absolutista del jefe del partido, al mismo tiempo que el alma de esclavo de sus partidarios. El mismo proceso Rull y su fatal desenlace incapacitó para siempre jamás al tal partido para condenar la crueldad que representa la pena de muerte hoy existente y para cuya desaparición trabajamos todos los hombres de alma democrática.
El famoso presupuesto de Cultura, la obra más seria y más provechosa que inició el Ayuntamiento de Barcelona, encontró en el lerrouxismo y en el fanatismo religioso, capitaneado por el Cardenal Casañas en aquella ocasión, su protesta tan incivil y anticultura, que logró hacer fracasar aquella obra que venía a subsanar las deficiencias en materias de enseñanza.
La no menos famosa huelga de El Progreso puso en manifiesto una vez más que para los hombres del lerrouxismo, una cosa es predicar y otra dar trigo, y que si quieren la justicia es para los demás, no para su casa, donde se burla al obrero como el peor y más cínico de los burgueses.
El lerrouxismo, en una palabra, no representa en Cataluña otra cosa que un valladaje para las ideas autonomistas, esencia de toda libertad, las cuales están concentradas en el alma de la inmensa mayoría de hijos de esta tierra, que trabajan, producen y pagan.
Por eso afirmamos que su obra es una obra tiránica, reaccionaria, estatista y regresiva, maquiavélica y vista con gusto por todos los que viven del presupuesto.
Todo eso lo demostraremos, como hemos dicho, en nuestro segundo y último folleto, sobre la obra del lerrouxismo y al mismo tiempo probaremos también que si Lerroux, el revolucionario de doublé, el bravucón en los mítines, el mátalo todo de restaurant, el caudillo de frac y brillantes, no tomó posesión de su cargo de diputado, en la última legislatura, burlando y despreciando la voluntad de sus electores, fue sencillamente por miedo a los diputados solidarios, quienes sin esfuerzo habrían convertido su sillón de diputado en un banquillo de acusado.
Y es que no es igual -¿nos oyes Lerroux?- perorar en mangas de camisa y ante públicos de fanáticos e inconscientes quienes lincharían como buenos demócratas, a quien intentara interrumpirte, que tener que contestar ante quien te acusaría con datos concretos e incontrovertibles.
Fue por esto, lectores, para no hundirse para siempre, para no caer con una postura de clonw, en el abismo de la vergüenza que Alejandro Lerroux no fue, ni habría ido al Congreso con las actuales Cortes.
¡Es tan dulce y apacible vivir en el extranjero, comiendo, como dice Camba, las ostras de la emigración, los espárragos de la emigración, el pan blanco de la emigración, sintiéndose llamar a todas horas ilustre emigrado!