La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

26 de septiembre de 2011

Foralismo y federalismo en Euskal Herria

La política española del siglo XIX estuvo trágicamente marcada por la pulsión unificadora de los liberales, que mantenía la centralización de los Borbones, y la defensa de las particularidades territoriales enmarcadas por los fueros, de los que los carlistas eran celosos defensores. Los republicanos federales, con Pi y Margall a la cabeza, intentaron la síntesis entre una unidad enemiga de la uniformidad y un diversidad que no se tradujese en privilegios. La actividad de los republicanos federales en Cataluña es sobradamente conocida, pero la que desarrollaron en Eukal Herria, corazón del carlismo, ha pasado casi desapercibida. Ofrecemos uno de los capítulos de la obra Lo que es el fuero, escrita por Joaquín Jamar y publicada en San Sebastián en 1868, que resume perfectamente su línea ideológica. Añadimos un llamamiento "A los hombres de influencia en el País Vascongado" que, como apéndice, cerraba este interesante folleto.

IX. REFLEXIONES
Que en el Fuero "se descubre la huella del espíritu democrático más vigoroso y más puro," hemos dicho al concluir el capítulo anterior. Aquí se nos presenta ya de frente una preocupación y queremos abordarla desde luego.
De espíritu democrático hemos hablado. Los que de la palabra "democracia" tienen una idea equivocada á fuerza de verla presentar como un espantajo, y los que de la palabra "Fueros" tienen una idea equivocada también á fuerza de juzgar por las apariencias sin haber penetrado nunca en su sentido íntimo, podrán oponer alguna resistencia á nuestra apreciación. Nada más fácil, sin embargo, que desvanecer esa resistencia; nada más necesario que desvanecerla hoy, en que necesitamos más que nunca fortificar el sentimiento foral por la unión de todos en el pensamiento íntimo del Fuero.
Ha sido bastante común en este país, oír decir á gentes consideradas de buen sentido, "yo no soy fuerista porque soy liberal," ó esto otro que en contrario sentido viene á significar lo mismo, "yo no soy liberal, soy fuerista".
Ha sido bastante común oír esa doble paradoja en nuestro país; y como consecuencia de esa doble paradoja, ha pasado como moneda corriente el ver á los reaccionarios en política erigirse ufanamente á veces en defensores únicos del Fuero.
Hay en esto un cambio lastimoso de papeles; hay aquí un error grosero que puede llegar á ser una verdadera calamidad para el país. Si se quiere que no perezcan las libertades vascongadas, es necesario que ese error lastimoso cese, es necesario que todos abramos los ojos á la luz y no nos dejemos llevar por necias preocupaciones, porque necia preocupación es ese divorcio imposible entre la libertad y el Fuero, esa imposible alianza entre el Fuero y la reacción.
¿Qué es la reacción? El retroceso á un derecho político que ya murió para no resucitar jamás, á una forma de gobierno que ya se hundió para siempre; á la forma absolutista y al derecho divino, negación descarada de todos los derechos del hombre.
 ¿Y qué es la libertad? La consagración de los derechos del hombre; el advenimiento del pueblo á la vida política, afirmando el principio de que las sociedades humanas no son vil rebaño sujeto á la voluntad de un amo, sino colectividades de hombres que tienen derecho á gobernarse de la manera más conforme á sus intereses y á su voluntad.
¿Y qué es el Fuero? La afirmación enérgica de que el pueblo vascongado no reconoce amos; la afirmación enérgica de que es un pueblo libre; la afirmación enérgica de que, como pueblo libre, tiene derecho á gobernarse por sí mismo sin que á su soberana voluntad se sobreponga ninguna voluntad avasalladora.
¿Qué hay de común entre el Fuero y la reacción? ¿Qué hay que no sea común entre el Fuero y la libertad?
Sin embargo, el divorcio que hemos señalado, ó algo que se le parece, existe: vale la pena de que nos detengamos un poco á meditar sobre él. No hay efecto sin causa, hemos dicho al empezar; y nos parece que pueden señalarse algunas causas de ese fatal divorcio.
"Ese no es el Fuero:" nos dirán los que, sin conocer el fuero más que por lo que ven en ciertas prácticas, quieran justificar su sacramental paradoja, "yo no soy fuerista; porque soy liberal".
Ese es el Fuero, les contestaremos; el Fuero es ese: tomáis por el Fuero algunas pocas corruptelas de legislación foral; olvidáis que en puntos muy importantes el Fuero en acción no es el Fuero escrito.
Grandes tajos se han dado al Fuero de larga fecha acá, y es digno de notarse que casi todos han obedecido á la idea de mermar los derechos del pueblo.
Dos grandes demoledores ha tenido nuestra vieja legislación en el sentido del retroceso, uno fuera y otro dentro del país: fuera, el poder central; dentro, el caciquismo ó para que el lector nos entienda mejor, la jaunchería. Como pareja de ratones que apoderándose de un queso, lo horadan hasta el corazón y lo roen hasta no dejar mas parte sana que el armazón, así esos dos demoledores han roído al pobre Fuero á través de las edades. Pero el armazón ha quedado: el armazón es sólido: y sobre él puede levantarse con nuevos materiales un edificio duradero.
No vemos hoy esas grandes manifestaciones de la vida pública que en las viejas páginas del Fuero hemos visto consignadas. No se congregan hoy los guipuzcoanos al son de campana para elegir sus jueces: no vemos hoy rodeados á los Alcaldes de esa respetabilidad de que rodea el Fuero al primer magistrado popular: no vemos rodeado de tan firmes garantías al individuo, no vemos tan respetada la inviolabilidad del domicilio, ni la autonomía del municipio, ni la dignidad de la provincia; no vemos las cargas públicas sostenidas con la justa contribución del repartimiento.
Vemos, al contrario, la administración de justicia despojada de su forma popular: los pueblos sometidos á un Alcalde de real orden, los Alcaldes reducidos á alguaciles de un Gobernador; la seguridad del individuo expuesta á la arbitrariedad del Gobierno central, el municipio sin acción, la provincia en muchos puntos cohibida en su autonomía; vemos á la administración foral turnando entre un reducido círculo de familias, vemos al pobre consumidor sostener sobre sus flacas espaldas todo el peso de las cargas públicas...
Partidarios de la libertad, nada de esto debéis achacar al Fuero. Partidarios del retroceso y de la libertad, todos debéis trabajar unidos para desagraviar en esos importantísimos Contrafueros á nuestra vieja ley. Hay que desagraviar la justicia, en puntos tan fundamentales vulnerada: hay que desagraviar al pueblo, porque ante el Fuero, el pueblo es Rey.
No se habla de otra cosa en las tres provincias hoy que de abolir contrafueros, y en son de abolición de contrafueros se dirigen vizcaínos y alaveses y guipuzcoanos al Gobierno central. Bien está eso, y bendigamos todos la libertad que á ello nos abre la puerta. Pero de la abolición de los contrafueros interiores ¿quién se acuerda? ¿No tenemos también, aquí dentro de nuestra casa, contrafueros que abolir? ¿No hemos tenido también aquí dentro demoledores del Fuero?
Empecemos por restaurar esa obra de demolición en el interior: empecemos por abolir los contrafueros interiores. Los contrafueros del exterior, la libertad reinando en España los borrará. Esa libertad política en España, que tanto asustaba ayer á los que hoy piden á esa misma libertad apenas asentada en su trono, la abolición de los contrafueros del régimen absolutista y doctrinario, esa libertad tan temida lo traerá, repetimos. Ella asentará sobre firmes cimientos, si se la deja consolidar, la autonomía de las provincias; el programa democrático en el gobierno salvará nuestras libertades de todo ataque del exterior.
Entre tanto apliquémonos nosotros á abolir los contrafueros interiores; vengamos al régimen genuinamente popular dentro de nuestra administración, vengamos á la doctrina foral en materia de impuesto que es por hoy lo más urgente.
Entre los que por ignorancia muestran desafecto á nuestro código foral, entre los que al ver expuesta su doctrina en toda su sencillez dicen –"ese no es el fuero"- influye mucho sin género de duda el presenciar ese doble hecho que hemos señalado: el predominio de una oligarquía mas ó menos simpática, mas ó menos suave, sobre el país, y el sostenimiento de las cargas públicas por el impuesto de consumos, injusto en su esencia, oneroso en su percepción, destructor para el comercio, contrario en todo á la doctrina que debe regir en todo gobierno verdaderamente popular.
Urge quitar de en medio esas dos causas de desafecto, porque urge quitar de raíz toda causa de división. Jamás ha necesitado más que hoy el pueblo vascongado de la unión que da la fuerza: jamás ha necesitado más que hoy fortificar en el corazón de sus hijos el puro sentimiento foral, que es el que dará al país una unión inquebrantable.
¡Abajo, pues, los contrafueros interiores! volvamos á la doctrina foral, á lo menos en aquellos puntos que estén en nuestra mano corregir. No es doctrina foral el impuesto de consumos: no es doctrina foral la Jaunchería. ¡Abajo el impuesto de consumos! ¡Abajo la Jaunchería! Seamos fueristas aquí, si queremos ser respetados como fueristas allá.
Desde que Guipúzcoa arrasaba las casas-fuertes de los ricos-homes, hasta que los ricos-homes degenerados en jaunchos dominaban como señores en nuestras Juntas, habíamos retrocedido mucho. Desde que los jaunchos arrojaban de las Juntas á los comerciantes, ó poco menos, hasta hoy que en las Juntas y Diputaciones se sientan algunos comerciantes, hemos avanzado algo. Pero de ahí al espíritu popular é igualador del Fuero va mucho. La oligarquía se ha debilitado algo, pero todavía existe: todavía tenemos Jaunchos; todavía la propiedad territorial puebla nuestras juntas y nuestras Diputaciones, con exclusión casi del elemento industrial y mercantil que son hoy dos brazos robustísimos en la sociedad guipuzcoana.
Digamos en honor de esa oligarquía que todavía priva en el país, que su administración es honrada, que es íntegra. Mantiene la administración del país á la altura de sus honrosas tradiciones: es grato rendir á sus hombres sobre este punto el justo homenaje que se merece su acrisolada virtud. Este homenaje será para esos hombres más honroso todavía, la gratitud del país hacia ellos será más merecida, si ellos mismos son los que inician con ánimo resuelto la abolición de todos los contrafueros interiores que hoy son un agravio para el pueblo, que son una causa de desafecto en algunos hacia la administración foral, que son una causa de desunión en los ánimos.
Den la señal los hombres que hoy se encuentran al frente de la administración del país. A su cabeza se halla el hombre que, por plebeyo, recibió durante largos años el desdén de la ya para entonces decrépita jaunchería. Dé con el pié ese hombre á toda esa vieja armazón de contrafueros interiores; prepare la sustitución radical del impuesto de consumos por el impuesto foral del repartimiento tomando por base la riqueza, y con esto solo habrá dejado un noble rastro de su paso por la administración del país.
 Que todo lo que dentro del país contraría, el espíritu abiertamente popular del Fuero desaparezca: que nadie pueda decir al tener el libro en la mano y la práctica á la vista –esto no es el fuero, y entonces ya esa fatal división de escuelas políticas dentro de nuestro país habrá desaparecido para siempre; entonces ya no habrá quien diga "yo no soy fuerista porque soy liberal," ni "yo no soy liberal, porque soy fuerista; entonces habrá muerto ya la paradoja, y el Fuero tendrá un cimiento inquebrantable porque descansará en el caliente amor de todos.
Entonces ya, con la seguridad de ser oídos por reaccionarios y liberales con la benevolencia que se merece nuestra honrada convicción, podremos decir á los que sostienen ambos extremos de la paradoja, "liberales del país; vosotros que profesáis las doctrinas de la escuela liberal, estáis, y no podéis menos de estar, dentro del Fuero”. "Reaccionarios del país, vosotros que defendéis el Fuero, estáis, y no podéis menos de estar dentro de la escuela liberal. El Fuero es la negación de vuestras ideas políticas; vuestras ideas políticas son la negación del Fuero. Si defendéis el Fuero pues, y no hay vascongado que no lo defienda, estáis dentro de la escuela democrática. Si sois fueristas, sois demócratas. Solo el miedo á una palabra nos separa; el miedo á la palabra democracia cuyo significado se desfigura presentándolo á los ojos de las gentes sencillas como un espantajo.
Democracia es la forma de gobierno en que el pueblo ejerce la soberanía: eso es democracia, y el Fuero es eso mismo; el Fuero es la soberanía popular en acción y nada más.
Dejémonos ya de terrores insensatos: no hagamos de una palabra mal comprendida un valladar entre dos partidos. Aquí, en el país vascongado, no cabe más que un partido; el partido vascongado, el partido del fuero, el partido de la libertad.
Penetrémonos todos de esta verdad, que importa hoy más de lo que parece. No achaquemos al fuero imperfecciones y abusos que no son hijos del fuero, que son transgresiones del Fuero. Clamemos contra esas transgresiones pero respetemos el Fuero mismo, porque el Fuero no es solo una tradición venerable, es la solemne consagración de los eternos principios de la justicia.
Si nuestro Fuero, mutilado y todo, inspira hoy respeto á los extraños ¡qué veneración no inspirará, qué espíritu de noble emulación no despertará en las provincias castellanas, libre de los errores, purgado de los agravios que le han inferido la acción corruptora del tiempo y las injusticias de los hombres!
Ame, si, el país al Fuero: el Fuero merece todo el amor del país, pero no le ame por sentimiento tan solo, ámele por convicción. Conózcalo, estúdielo, y su amor hacia él será más duradero, más firme, más digno sobre todo de un pueblo libre.

A LOS HOMBRES DE INFLUENCIA EN EL PAIS VASCONGADO
Al poner en manos del público este librito, he creído llenar una necesidad y  cumplir un deber. Llenar la necesidad de llevar á la inteligencia del pueblo el  conocimiento de los principios fundamentales y del organismo de nuestra vieja ley: cumplir el deber de cooperar á la mejora de nuestra organización aquí dentro, y al afianzamiento de esta organización en nuestras relaciones con España.
Esa necesidad que á todos llama hoy, ese deber que á todos se impone, llama y se impone con más fuerza que á nadie, á vosotros hombres de influencia del país, que con vuestro prestigio podéis conducir la dócil voluntad de vuestros compatriotas, por el camino que conduzca al logro de aquella noble aspiración.
A vosotros me dirijo, pues, lleno de confianza: las ideas que se siembran en el pueblo germinan siempre; pero la germinación es lenta. Cuando urge obrar, no basta fiar en los gérmenes lanzados al campo de la opinión; es necesario que los que tienen en su mano los resortes que pueden activar la fecundación de esa semilla obren; es necesario ayudar á la obra de la naturaleza, que lo mismo en el orden moral como en el orden físico, se realizan con lentitud.
Y aquí urge obrar hoy.
Yo miro en derredor, y descubro en el pueblo vascongado dos hechos que acusan dos grandes necesidades de momento; dos problemas que urge mucho resolver, si el pueblo vascongado se ha de levantar de la crisis presente erguido y robusto sobre la firme roca de sus tradiciones.
En el interior, descubro enfriamiento del espíritu foral, gérmenes de desunión, desafecciones latentes hacia instituciones que á toda costa debemos conservar; efecto todo eso de un relajamiento, ya crónico, de los principios del Fuero en la práctica de nuestra administración.
En el exterior descubro un libro en blanco abierto para recibir el pacto que los españoles quieran contraer en uso de su voluntad libérrima, y veo que en las  páginas de ese libro que mañana se escribirán, puede encerrarse para el pueblo vascongado, lo mismo una garantía de tranquilidad perpetua, como un manantial de zozobras perpetuo también.
Es necesario, aquí dentro, fortificar el espíritu foral, es necesario matar aquellos gérmenes de desunión, es necesario que desaparezcan aquellas desafecciones latentes. Para eso hay que dar satisfacción á los agravios que los engendran. Ya he dicho brevemente cuáles son en las breves páginas que anteceden. Vosotros, los hombres de influencia en el país, debéis adelantaros en esto á las reclamaciones de la opinión, poniendo nuestra administración interior en armonía con el criterio de las prescripciones forales, y tomando por guía el criterio del derecho en aquello á que el Fuero por su antigüedad no alcance.
Vosotros podéis hacerlo: para vosotros querer es poder.
Es necesario, allí fuera, llevar también el espíritu de nuestra constitución por criterio, y el derecho también en donde aquel no alcance, porque del derecho es el porvenir, para ese edificio que la España va á levantar y en el que os ha de tocar ser obreros. Ya he dicho, según mi recta intención me dicta, cuál es el camino que á los representantes vascongados señala en esta ocasión la moral y el interés. Vosotros podéis llevar al pueblo vascongado por ese camino: para vosotros querer es poder.
Queredlo, porque el porvenir de vuestro país lo quiere y lo necesita. No digáis esa eterna vulgaridad de que el país vascongado no está suficientemente preparado para esa política, esa vulgaridad de que los representantes del pueblo deben reflejar la opinión del pueblo, y no deben ir en el camino de la libertad mas allá de donde vaya la opinión de su pueblo...
Sofisma, y sofisma peligroso aquí, os contestaré. ¿Habéis medido alguna vez  hasta dónde llega el sentimiento de la libertad en el pueblo vascongado? No; la timidez, la vacilación no está en el pueblo; la timidez, la vacilación está en vosotros que, seducidos por un sofisma sois, más que sus representantes, sus compresores. En vosotros que, más que sus compresores, debierais ser sus guías.
El deber de los hombres que por su ilustración ven un poco más allá que la  generalidad del pueblo, es enseñar lo que saben al pueblo, es dirigir al pueblo, es elevar el nivel del sentimiento liberal en el pueblo hasta donde deba elevarse para que queden suficientemente garantidos los derechos y los intereses del pueblo.
 Es sofístico, es hasta inmoral políticamente hablando, el decir: "Yo voy más adelante que la opinión, yo sé que la opinión no va aquí tan adelante como debiera ir, porque no está bastante ilustrada; pero yo me bajo hasta el nivel de esa opinión para ir al nivel de ella".
Esto es sofístico, esto es inmoral en política. Si la opinión no está suficientemente ilustrada, ilustradla. Este es el deber de los que aspiren á ser útiles á su país: no bajarse hasta el nivel del vulgo, para explotarle tal vez; elevar el vulgo hasta su nivel ilustrándolo y dirigiéndolo: he ahí el deber de los hombres de representación en nuestro país. Cumplid ese deber hoy, hombres de influencia en el país vascongado, y el país os lo tendrá en cuenta, y recogeréis las bendiciones de la posteridad. No lo cumpláis, y habréis creado un semillero de conflictos que la posteridad verá llegar con amargura, ó cuando menos habréis pasado por la tierra como planta estéril que muere y pasa sin dejar fruto ni rastro de su existencia.