La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

12 de agosto de 2012

La rebelión de los sargentos en La Granja

La lenta implantación del régimen liberal en España se vio siempre entorpecida por la monarquía, desde Fernando VII a su hija Isabel II, y por las élites del Antiguo Régimen, que se resistieron con fuerza a perder sus añejos privilegios. Hubo que esperar a 1868 para que hubiese en la Península una auténtica revolución, y aún esta Gloriosa, fue limitada en sus efectos y respetuosa con los que habían obstruido y obstruían la libertad. Una de las pocas ocasiones en las que la monarquía y sus valedores se vio en peligro fue con ocasión de la rebelión de los sargentos en el palacio de La Granja en agosto de 1836, que cortocircuitó el intento de la regente, María Cristina de Borbón, y de sus aliados de imponer un liberalismo de perfil bajo y de conservar beneficios y modos del Antiguo Régimen. El que era ministro de Gracia y Justicia, Manuel Barrio Ayuso, escribió sus recuerdos e impresiones de estos hechos en el documento que ahora reproducimos; pocas veces puede comprobarse con tanta claridad como los sueños de libertad de un pueblo son las pesadillas de las minorías gobernantes.

MEMORIA PÓSTUMA DEL EXCMO. SEÑOR D. MANUEL BARRIO AYUSO
Si un día el historiador del Gobierno representativo, o sea de nuestras discordias en España, quisiera omitir en obsequio del decoro nacional los horrorosos trastornos e inmundos motines de Zaragoza, Barcelona, Málaga y Madrid, que tan tristes recuerdos han dejado en nuestras almas y tan feo borrón en nuestra historia, imposible que pueda hacerlo de los atroces e inauditos sucesos que tuvieron lugar en La Granja en los días 12, 13, 14, 15 y 16 del mes de agosto de este año (1836); porque ya se consideren aquellos, que no puede ser, como producto aislado de la insolente barbarie de una soldadesca desenfrenada y brutal, o ya más bien de agentes ocultos, poderosos y más avisados que impulsaron tan infernal maquinación, es lo cierto que nada semejante por su duración, y lo atroz de su ejecución se encontrará en la historia de los pueblos más atrasados del mundo.
Dos batallones de la Guardia Real escogidos, distinguidos y apreciados, cuando en el pleno goce de su prerrogativa se hallaban, cuando el más sublime acto de su nombre y profesión ejercían, es decir, cuando a ellos solos se había confiado la guarda de SS.MM. en un sitio que con propiedad pudiera llamarse un despoblado, convertidos de repente en infames traidores ó viles verdugos, atropellando y pisando los más sagrados deberes y respetos… acaban de trastornar el estado y sumir a la patria en el caos acaso para siglos.
La simple relación de los hechos, y no todos porque no es posible, dará sin necesidad de reflexiones una aproximada idea de lo que acabamos de indicar.
Tranquilamente seguían SS.MM. su jornada y permanencia en el real sitio de S. Ildefonso, ó sin otros temores al menos que los que daba algunos momentos la próxima facción de Basilio sobre cuyos movimientos se dirigía todo nuestro cuidado, cuando de repente sin noticia ni precedente alguno, y con la mas asombrosa sorpresa a las ocho y media de la noche del día 12 del citado mes de agosto se empezaron a oír en el cuartel de granaderos provinciales de la Guardia y sus inmediaciones grandes y descompuestas voces de vivas a la Constitución y a la libertad.
Apenas oídos los primeros gritos en lo interior de la población y Real sitio, todos nos dirigimos al punto de donde partían y vimos con el mayor asombro que, agolpándose con la mayor descompostura y furor gran porción de aquellos soldados á las puertas llamadas de Segovia por la parte de afuera, donde estaba el cuartel, pugnaban armados por quebrantarlas ó que se les abriesen para entrar en la población y llegar hasta palacio.
Sea dicho de paso y en obsequio de la verdad que preside a esta ligera reseña de los sucesos de aquellos días que sobre la falta de previsión de los oficiales y jefes de los batallones sublevados, y ninguna noticia que dijeron tener de aquellas ocurrencias, cometieron también el fatal y punible descuido de no acudir con la prontitud que el caso exigía, a contener y ahogar por la persuasión o por la fuerza la rebelión que empezaba en aquellos mismos momentos; si de pronto y con la rapidez necesaria hubieran acudido, tal vez en su origen se habría cortado la hidra que nacía en aquel momento para devorar el trono augusto, la justa libertad.
No sucedió así por desgracia, siendo el resultado que lo que a las ocho de la noche era, por decirlo así, una chispa, a las nueve y media era ya un horroroso volcán imposible de apagar.
Efectivamente, incrementándose por momentos la sublevación, y habiendo conseguido los granaderos sublevados que les abriesen las puertas de la población sus compañeros de armas y de crimen, los soldados del 4º de la Guardia Real de Infantería, cuyo cuartel estaba dentro, todos ya reunidos en abierto y horroroso motín, armados y haciendo fuego en todas direcciones cual si fuera una acción de guerra, se presentaron a las puertas de palacio, cerradas a prevención desde los primeros gritos, y entre ademanes y descompuestos acentos, entre descargas y alarmantes voces, que sólo cesaban por ligeros momentos para dar lugar a que se oyesen las músicas de uno y otro cuerpo que alternaban tocando el Himno de Riego, el Trágala y otros de esta especie; pedían cien cosas a la vez, cual calzado que le faltaba, cual prendas de vestuario, otros el pago de su haber, algunos su licencia absoluta y los más Constitución del año 12, exigiendo en tono amenazador que en aquella misma hora se colocase la lápida en la plaza.
Entre los gritos y voces de vivas a la Constitución se mezclaron desde el principio, pero mucho más ya en este momento, como a las diez algunas espantosas mueras, designando personas de su especial encono que lo fueron de las primeras la del general Quesada, la del comandante general del Real Sitio, conde de San Román, y algunas de las que se hallaban en la Corte y acompañamiento de S.M.
Desde las nueve de la noche se hallaban reunidos en palacio y al lado de S.M. la Reina Gobernadora, su ministro de Gracia y Justicia, el conde de San Román, el Caballerizo Mayor marqués de Cerralbo, algunos jefes y oficiales de la tropa sublevada, el capitán de Guardias, el comandante de armas de Segovia y otros varios; y en junta de todos, dispuesta y presidida por S.M. se trató de dictar y adoptar todas las medidas conducentes, á fin de hacer calmar tan horrorosa tempestad, y sosegar, si era posible, los ánimos irritados de los soldados. Fue la primera de aquellas hacer bajar a varios oficiales de los más queridos de la tropa sublevada á ofrecerles a nombre de S.M. calzado, vestuario, pagas v licencias, así corno un total indulto u olvido de su delito, si en el acto se retiraban a sus cuarteles: así lo ejecutaron aquellos pero sin fruto alguno; pues que ni bastó este influjo, ni hizo más que dar mayor pábulo a nuevas exigencias y más imponentes amenazas. Bajó en seguida el comandante general conde de San Román, se introdujo entre los amotinados, les arengó, ofreció, suplicó, pero con menos fruto aún; nuevas y más exageradas demandas, amenazas atroces contra el mismo conde, aun acción de algunos para asesinarle allí mismo: nuevo furor estalló entre la chusma amotinada; sus amenazas y mueras tornando más feroz y extenso carácter, alcanzaban ya hasta la persona sagrada de S.M. la Reina Gobernadora.
Fijaban el espacio de una hora a lo más, para otorgarles y darles hecho cuanto pedían, amenazando en otro caso escalar el palacio, operación atrevida que empezaron a ensayar, protestando que no quedaría vivo uno solo de cuantos en su recinto existían; y todo esto acompañándolo de un tiroteo el mas horroroso, con el triste desconsuelo además de estar presenciando que la guardia interior de palacio, compuesta de soldados de los propios batallones sublevados, estaba de acuerdo, confabulaba por las rejas, y animaba a los amotinados sus compañeros de afuera para que no desmayasen, ofreciendo ellos hacer por dentro cuanto fuese necesario.
En tal conflicto pues, y tan inaudito apuro, tratando de evitar a todo trance el sacrificio de la primera víctima, porque en tal caso hubieran sido funestísimas las consecuencias, de orden de S.M. se trató seriamente el entrar en conferencias con algunos de los sublevados sobre el punto principal reclamado, que era la jura de la Constitución del año de 1812, y fijación de la lápida en la plaza aquella noche.
Al efecto y para satisfacción de los mismos, se mandó comparecer a la presencia de S.M. y personas de su acompañamiento una comisión, compuesta de los que entre ellos hiciesen de cabecillas o de jefes, a cuya propuesta contestaron que allí todos mandaban, todos eran iguales, y que subirían tres por compañía, a saber: un sargento, un cabo y un soldado: así se les otorgó, presentándose á poco rato como de 20 á 30 hombres que entraron armados en el palacio, que para que así no lo hiciesen ante S.M., hubo de convencérseles con algún trabajo, pero se convinieron al fin a dejar los fusiles en la escalera ó primera antesala, y entrar desarmados en el Salón regio.
Para referir por menor lo que desde este momento en adelante pasó dentro del regio alcázar y a presencia misma de S.M. sería necesario que hábiles taquígrafos colocados a prevención hubieran llevado exacta cuenta de tantos disparates y desacatos; porque se vieron allí en los días posteriores, pero especialmente en esta noche, escenas las más imponentes, al paso que las mas ridículas.
Aturdidos en los primeros momentos con la presencia y continente augusto de la Majestad, apenas se oyeron más que voces mal articuladas, acentos de hombres tan groseros como criminales, vaciedades impertinentes y reclamaciones parciales, porque cada uno empezó a hacer las suyas. “Sí Señora, decía uno, queremos la libertad y la Constitución porque así valdrá la sal a peseta y no a 60 reales como le cuesta a mi padre ahora”; alegaba otro que estaba descalzo y que se le debía tanto y cuanto de atrasos; decía otro que S.M. le había engañado, y porque en la acción de tal se había batido y quedado herido y no le habían dado premio alguno ni la cruz de Isabel II, y otros y todos prorrumpieron en mil sandeces impertinentes y contradictorias.
Pero recobrados algún tanto, y poco después más de los justo, especialmente los dos sargentos, uno de Granaderos Provinciales y otro de la Guardia Real que formaban a la cabeza de la fila, y llevaban la voz, empezaron hasta con imprudente altanería a pedir á S.M. la publicación de la Constitución, la colocación de la lápida en aquella noche y el otorgamiento de la más completa libertad entendida a su modo; sobre lo cual les hizo reflexiones y cargos bien oportunos con admirable serenidad S.M. misma, y enseguida su ministro de Gracia y Justicia, particularmente cuando se oyó á aquellos mismos sargentos reclamar con especial ahínco la Constitución del año de 1812 y no la del 1820, porque decían con tanta sandez, como calor, que esta última contenía algunos artículos que no debían pasar ni a ellos les acomodaba. No bastaban para ellos reflexiones, no bastaban razones, por otra parte ni obraba el convencimiento. ¿De cuál eran capaces unos hombres insolentes y absolutamente embriagados? Embriagados sí, porque es preciso publicar, para que se sepa, que en aquella noche fatal, con anterioridad y sin saber donde existía, se vieron subir a la plaza y á la turba de amotinados muchas cargas de vino, gran cantidad de aguardiente que se les distribuía con larga y generosa mano; así es que por momentos crecía y se exacerbaba la sedición, la borrachera y el peligro. Se propuso pues á la comisión referida de sargentos y compañeros que por el comandante general conde de San Román, se les comunicaría inmediatamente la orden de S.M. para publicar y jurar la Constitución, y poner la lápida en aquella misma noche; á cuyo efecto ante los mismos, autorizó S.M. al referido jefe para hacerlo, mandando pusiese de su orden por escrito esta autorización, como se hizo, y que bajase a ejecutarla; manifestaron aquietarse por sí aunque de mala gana, con esta resolución de S.M., pero diciendo que probablemente no se conformarían sus compañeros de la plaza.
Bajaron efectivamente aquellos y con los mismos el conde de San Román; dijoles éste a todos en la plaza su contenido, leyóles la orden que tan lejos de aquietarles, dio ocasión a nueva gritería y más de descompuestas voces; viéndose aquel jefe repetidamente amenazado, y muy próximo a ser víctima de sus soldados. A lo sumo llegó en este momento el desorden; vieronse nuevos intentos de escalar la reja y balcón del palacio, reprodujose un horroroso fuego por toda la plaza y población, y no al aire y con pólvora sola, sino con bala, como se acreditó por los dirigidos a algunas habitaciones, entre otras á la misma en que, gravemente enfermo, se hallaba el señor embajador de Francia, conde de Rayneval, que murió a los dos días, y a otras varias casas, y aun a Palacio; como que fue preciso en aquella hora mudar a la inocente reina Isabel, desde la cama en que dormía en una de las habitaciones que dan a la plaza y frente donde estaban los sediciosos, a otra retirada del propio palacio donde no hubiera tanto peligro.
Conmovido ya entonces el ánimo sereno, y corazón grande de S.M., y consternados cuantos en su compañía estábamos, cediendo a tanta violencia y necesidad, solos y sin apoyo alguno, pues que la guardia interior del palacio estaba, si cabe, en peor sentido, o más sediciosa que la tropa de fuera, a todo trance se dispuso evitar mayores desgracias, y al efecto de orden expresa de S.M., que se escribió en el acto, se autorizó al mismo San Román para que, bajando acompañado de todos los oficiales existentes de los cuerpos sublevados, recibiese á la tropa el juramento a la Constitución, hiciese publicar esta de cualquier modo en aquella noche, ofreciendo hacerlo con mayor solemnidad al día siguiente, poniéndose en seguida la lápida ó tabla provisional con la inscripción correspondiente.
Empero, ni esto bastaba ya; el desenfreno y furor de la soldadesca y gente perdida del pueblo, que ya se había agregado, tocaba la línea de locura y verdadero frenesí. Ni siquiera se les permitió decir á los enviados su comisión: vieron que la orden escrita iba solo rubricada de S.M. y empezó á pedir la tropa a descompuestos gritos, que volviese su comisión a decir a S.M. que la orden debía ir firmada de su propia mano, y con todo su nombre; que habían de verla firmar ellos mismos, que no querían que se les engañase, y que además les había de dar S.M. un testimonio de su puño para que se pusiese la lápida en La Granja y en todas partes, con otras mil disparatadas y amenazantes peticiones.
A consecuencia de esto subió de nuevo la comisión, y a presencia de los sublevados, no ya aturdidos corno al principio, si no imprudentes y descarados haciendo un desacato a S.M. en cada palabra y acción, se dictó por el ministro de Gracia y Justicia en alta voz, de orden y a presencia de S.M. y de todos cuantos allí estaban, otro decreto que en medio de la sala y á vista de la referida comisión firmó S.M., poniendo la firma entera “Yo la Reina Gobernadora”. En él se ordenaba la publicación de la Constitución del año 12 y el juramento á la misma, en el ínterin que las Cortes unidas dispusiesen lo conveniente, según las necesidades de la nación; y fue el mismo sin duda que al momento se remitió por los amotinados ó sus directores oculto á Madrid, y después á todo el reino. De paso indicaré que el real decreto, de que aquí se hace mérito , lleva consigo defectos u omisiones bien visibles, de intento así ejecutado, para que cualquiera pueda conocer lo violento y vicioso de su origen y expedición. Ni se dice, por ejemplo, que la reina regente manda en nombre de su hija, ni está autorizado por su ministro allí presente.
Bajó pues la comisión con el referido real decreto que leyó en alta voz a la turba de sediciosos; y aunque en aquel ínterin que contiene dicho documento, se pararon algún tanto y quisieron de nuevo resistir, añadiendo neciamente que además de la firma debía llevar la estampilla se aquietaron por fin con él, y empezando para celebrar su triunfo nuevo tiroteo y alboroto de músicas y voces siempre espantosas y alarmantes, allí mismo y en aquella hora, que serían las dos o más de la mañana, sacando la bandera, dieron sus gritos é hicieron sus juramentos y farsas, con lo cual á cosa como de las tres, de mala gana, porque como decían algunos, no había habido sangre, se retiraron al cuartel aplazándose para el sol de aquel día a fin de poner la lápida y hacer la maniobra en formación y en regla.
Así acabó aquella primera noche, noche terrible en mil conceptos y en la que estuvieron en inminente peligro las preciosas vidas de S.M. y la de todos cuantos á su lado se hallaban. No habrá uno de cuantos lo ocurrido allí presenciaron que no se estremezcan de horror al recordarlo. Jamás se vio tanto desacato, tal desenfreno y tan crítica y peligrosa situación; y todo… por los guardias mismos de S.M. Con ánimo el más esforzado y sereno resistió S.M. hasta los últimos extremos, su ministro cooperó y sostuvo esta noble resistencia hasta que vio las bayonetas al pecho de la Majestad; no fue ni prudente ni posible hacer más; hubo que sucumbir, como cede el hombre honrado al puñal del asesino. Así estaría en los decretos de la Providencia.
Amaneció el día 13 un poco más tranquilo en verdad, pero más imponente si cabe, porque más despejados y ya sin vino los amotinados la primera idea que debió ocurrirles, y les ocurrió en efecto con la mayor fuerza, fue la del tremendo crimen cometido en aquella noche; situación y pavura de que supieron bien aprovecharse, y de que sacaron gran partido los ocultos agentes del movimiento para empeñar a la soldadesca á consumar su plan. Nos va la cabeza, repetían desde aquel día los soldados, y si nosotros hemos de morir, tampoco quedará vivo ninguno de cuantos existen en el sitio y palacio. Hubo sin embargo alguna calma hasta las tres de la tarde, en que los batallones alzados en formación rigorosa con sus oficiales a la cabeza y mandados por el mismo conde de San Román, acompañándoles los granaderos a caballo y los guardias de corps, todos de gala, dieron un paseo militar por la plaza frente se palacio, y poniéndose a su presencia la lápida en aquella, prorrumpieron en repetidos vivas, y en regular orden después se volvieron a sus cuarteles.
Por el día hubo desórdenes y desenvoltura en la población, entrando y saliendo los soldados en donde les acomodaba; y por la noche grandes grupos a las puertas de palacio, nuevos gritos, peticiones y exigencias que calmaron con mayor facilidad, porque se les otorgaba cuanto exigían.
Por el carácter de esta insurrección toda militar, y ya también porque entre los gritos y peticiones de los soldados en la noche anterior se les oyó clamar porque se presentase el general ministro de la Guerra, don Santiago Méndez Vigo, que había sido coronel de la guardia en la guerra de Navarra, en el referido día 13, por telégrafo, o no sé si por llamamiento escrito, se le mandó venir al sitio desde Madrid, y llegó en la tarde del día 14.
La presencia de este jefe, el concepto que sin duda había formado de que no sería tan atroz la sublevación, prevalido por otra parte de la influencia y superioridad que creía conservar sobre un cuerpo y unos soldados que acababa de mandar en sangrientas lides de guerra, sin informarse at fondo á su llegada de lo ocurrido, y estado de absoluta relajación en que aquel se hallaba, parece que quiso reconvenirles en el tono militar y firme de un jefe, pero de que hubo de ceder luego a la vista del estado en que la soldadesca se hallaba; pues que desacatándole como a todos, prorrumpieron en sus acostumbradas amenazas y exigencias, obligándole a replegarse, y tomar el tono hasta de súplica.
En el día 14 determinaron los sublevados enviar una comisión no sé si de una o dos compañías a Segovia para hacer publicar allí la Constitución, como lo verificaron; y unidos á otra compañía del 4º que se hallaba destacada en dicha ciudad, regresaron aquel mismo día á la Granja, trayéndose consigo tres cañoncitos del Alcázar, los mismos que usaban los cadetes de aquel colegio para sus ejercicios.
Entraron pues con ellos en el real Sitio reunidos y agrupados a los mismos todos los demás amotinados, que les esperaban a las puertas, con grandes músicas y canciones, capitaneados por el sargento Higinio García á caballo; se pasearon con gran pompa y con los cañones por el frente y debajo mismo de los balcones de palacio, como insultando y aterrando con ellos a S.M. y a cuantos s hallaban a su lado; colocaron después los cañones en la inmediación y parte interior de la puerta llamada de Segovia, poniéndole centinelas, y dando todo el aparato de terror que aun creían necesario para intimidar más y más el ánimo sereno de S.M.
En la tarde del referido día, a propuesta del ministro de Gracia y Justicia y consiguiente orden de S.M., se convocó una junta de los señores embajadores de Inglaterra, Mr. Williers, y enviado extraordinario de Francia, Mr. Boix Le Compte, con los ministros de Gracia y Justicia, el de Guerra, personas notables allí existentes como el conde de San Román, el marqués de Cerralbo y otros que no recuerdo. Se expuso en dicha reunión, presidida por S.M., el estado crítico en que nos hallábamos, y que todo presenciábamos, se hizo relación a los citados ministros extranjeros de las concesiones hechas, motivos de ellas, y medidas adoptadas en la noche anterior, haciéndoles las oportunas reflexiones sobre los sucesos, que corrían a nuestra vista, trascendencia que pudieran tener, o dársele en los tratados con las respectivas cortes; la absoluta inculpabilidad de parte de S.M. y su gobierno, desacatos cometidos y violencias hechas para arrancar dichas concesiones; a lo que ambos contestaron aprobando lo hecho, y aun instando para que sin dilación se otorgase a las tropas sublevadas cuanto pidieran, a fin de conseguir de las mismas el pronto permiso para trasladarse SS.MM. a Madrid, librando así sus preciosas vidas, que estaban en el mayor riesgo, lo que a todo trance debía evitarse y a cuyo solo objeto debían ya terminar todas las miras y desvelos del Gobierno y los suyos. Al fin de aquella tarde se presentó a S.M. por la comisión de sublevados un papel con cinco artículos contentivos cada uno de porción de peticiones, todas de la mayor entidad. Encabezábase como reclamación de toda la guarnición del sitio, pronta a firmarla en caso necesario pero que no lo hacía por ganar tiempo, y porque el efecto lo presentaba la misma comisión. Era papel de muy regular estilo en si redacción, y a cuya primera vista se conocía bien que no eran los ignorantes sargentos y miserables músicos y soldados sublevados los que la habían extendido. En él se pedían tantas y tales cosas, que eran necesarios gran porción de decretos y mayor aun de reales órdenes para su ejecución; y todo, decían los de la comisión, y aún se expresaba si no me engaño en el final del referido papel, se había de dar extendido, hecho y firmado para las doce de la noche, es decir, a las tres o cuatro horas de presentada dicha petición, añadiendo los sargentos y demás de la comisión que se había de ejecutar y firmar todo por S.M. a su presencia. ¡Hay conflictos ciertamente terribles y apuros inexplicables, y más cuando se trata con hombres incapaces de toda reflexión!
Desde las nueve de la noche buscando por todas partes oficiales, escribientes y colaboradores de todas clases, que apenas se encontraron en pequeños número, se estableció una oficina en palacio mismo, donde a la vez, y con la premura impuesta por los sediciosos, se dictaron, escribieron, corrigieron y firmaron multitud de decretos y órdenes, todo bajo la férula y presencia del sargento García y compañeros, que hicieron salir a S.M. para verla ellos rubricar y firmar, teniendo ya en un verdadero asedio y mortal agonía a S.M. y a cuantos allí se hallaban; porque es preciso tener muy presente que desde la primera entrada de los sediciosos en la noche del 12 al 13, subían, bajaban, entraban, salían y hollaban ya sin decoro ni permiso, soldados músicos y sargentos el augusto recinto y la habitación misma de S.M.
Extendidos y firmados los referidos decretos y órdenes, que decían relación los principales a la publicación y jura de la Constitución en Madrid, a la deposición de los generales Quesada y San Román , al nombramiento de nuevos ministros, al de armar de nuevo la guardia nacional de Madrid, con las órdenes para todos los capitanes generales y autoridades superiores de las provincias para la publicación y jura de la Constitución, y otras varias que no tengo presentes: con este cúmulo de papeles, órdenes y decretos, extendidos y firmados todos a la vista de los sargentos y comisionados, a cosa de las dos de la mañana, hora en que se dio cima a este ímprobo trabajo, trato de salir para Madrid el ministro de la Guerra, Méndez Vigo, a fin de dar a todo la debida ejecución.
Para la salida del Real Sitio ya se había convenido con los referidos sargentos, y obtenido aquel su indispensable permiso, bien que con la condición expresa de ser acompañado en su viaje por dos o tres de los mismos, con objeto, decían, de presenciar también en Madrid lo que se hiciese, y evitar de este modo que se les engañase. Era absolutamente necesaria la licencia o permiso de los sublevados, porque es de notar y tener muy presente, que desde la noche del 12 al 13 se había dado por los mismos la orden más rigorosa y amenazante de no permitir salir a nadie de aquél recinto, fuese cualquiera el pretexto ó categoría de la persona que lo intentase: a este efecto establecieron guardias y centinelas, no solo en las puertas principales de la población, sino hasta en las salidas, avenidas y portillos de las tapias de los jardines del real palacio, pero con tanto rigor y en tales términos, que hasta orden de fusilar tenían á cualquiera que bajo cualquier pretexto pugnase por salir o furtivamente lo intentase. Así es que nadie en estos días salió del sitio, ni aun SS.MM. a su paseo ordinario.
Y sin embargo, a pesar de aquel permiso, que dije arriba tenía el ministro de la Guerra para marchar á Madrid con los decretos y trabajos hechos, y también á pesar de ir él acompañado y escudado por dos sargentos de los principales motores del desorden, los demás amotinados, que estaban a las puertas ó de partida de vigilancia por fuera, como que todos eran iguales, sargentos, músicos y soldados, y se reputaban con el propio derecho de disponer, mandar á su placer, dijeron que no les acomodaba permitir la marcha de aquella comitiva; y a pesar de las insinuaciones de los sargentos que acompañaban al ministro, bajo frívolos pretestos, ó porque así les acomodó, le hicieron retroceder con especial encargo de volver a palacio a satisfacer nuevas exigencias. Con este pretesto y ocasión, a hora de la dos de la mañana poco más, soldados y músicos borrachos se introdujeron de nuevo en palacio, desacataron con nuevos insultos e indecentes ademanes a S.M., la amenazaron, y poco faltó ya para que entre sus inauditos escesos llegasen a lo sumo; fue preciso entre ruegos, súplicas y ofertas lanzar del augusto recinto aquellos desalmados bandidos; con lo cual, y satisfechas en el modo posible las nuevas demandas de los amotinados, a dicha hora volvió el ministro, acompañado de los propios sargentos, a intentar su salida para Madrid, que al fin consiguió, no sin trabajos, y marchó en posta al referido punto con sus acompañantes susodichos. Era preciso realizar y dar cumplida ejecución en Madrid a los decretos y órdenes expedidas, dejando establecido cuanto por ellas se mandaba; porque no a otro precio se permitía por la soldadesca la salida de SS.MM. y demás personas del gobierno para Madrid.
Así pasó la noche del 14 al 15, dejando en pos de la más cruel ansiedad sobre lo que se determinaría en Madrid, donde tal vez no tenían muy exacta idea de lo crítico de nuestra situación. Temíamos y con temor efectivamente de muerte, que se mandasen ya tropas desde Madrid a nuestro socorro, porque esto, que en el día 13 o primero de la rebelión hubiera podido sofocarla y salvarnos, en el día 15 ya hubiera sido sin remedio una sentencia de muerte para SS.MM. y cuantos las acompañábamos. La falsa noticia o alarma que, por equivocación ó de plan meditado se difundió, de que venían y se veían tropas procedentes de Madrid, puso en tal disposición á los sediciosos, que positivamente llegamos a recelar nuestro pronto trágico fin; gracias a que en muy pocos minutos se desmintió esta noticia, y a un aviso, que a costa de mil dificultades, se hizo llegar á Madrid para que no se destinase fuerza armada en nuestro auxilio; esto nos salvó. Tal era ya por su crimen el miedo de los soldados y tal la seguridad, o más bien la intimidación, que sus ocultos agentes les hicieron, de que para salvar sus cabezas no tenían otro recurso que el de las represalias en las personas de SS.MM., y demás de su acompañamiento, que la muerte de cualquier soldad por tropa llegada de fuera, hubiera sido, corno ellos mismos decían, la señal de sangre y muerte en palacio.
Lo que pasaba en Madrid ya en este día, y lo que ocurrió después de la llegada del ministro Vigo, otros lo contarán con mayor exactitud, porque lo presenciaron; los de La Granja, esperando con impaciencia la vuelta de aquel general y ministros llamados, pasamos malamente la noche del 15, sin tener la más ligera noticia de lo que en Madrid ocurría. Así llegamos hasta las ocho ó nueve de la mañana del 16, hora en que se presentaron en el Real sitio los generales Vigo, Rodil y el presidente del consejo de ministros nombrado en aquella crisis don José María Calatrava, con algunos otros que desde Madrid como aficionados les acompañaban.
No creían los recién llegados que la escena fuese tan imponente y seria como realmente era y muy pronto empero se convencieron, y aun se aturdieron del hondo abismo abierto á sus pies, cuando por sí mismos vieron el impudente descaro, altanería y la osada insubordinación de los sargentos García, Gómez y compañeros, de los cabos, músicos y soldados todos. Soltarse puede con facilidad el freno de una fiera, no tan fácil volverse a poner.
A los nuevos generales y ministros apenas apeados en la posada dirigieron estrepitosas y nuevas demandas todos los sublevados: García pedía galones y no sé si fajas, otro charreteras, y todos extraordinarios distintivos y premios: la ocasión se presentaba en la mejor sazón y los sediciosos, a todo trance trataban de aprovecharla, y aun creo que exigían el cumplimiento de anteriores promesas. Era preciso contentarlas, y por lo menos se les hicieron grandes ofertas, y dieron no pocas esperanzas. ¡Qué escenas tan desconsoladoras para todo ciudadano amante de su reina y de las instituciones! Ver a hombres encanecidos en el servicio de su patria prometer, rogar y adular á una soldadesca insubordinada y sediciosa, ¡por qué no morir antes que presenciar tales excesos! ¿Qué puede esperar la patria de tales desordenes? Desolación y ruina como por desgracia estamos viendo.
A vista de los nuevos generales y ministros, García y comparsa de sublevados, no contentos con el bien adquirido título de rebeldes, sediciosos y aun ladrones quisieron añadir el de asesinos; y para ello en abierto motín y gran bulla pidieron y fueron a buscar la cabeza del general conde de San Román, porque no menos gritaban, habían de ser ellos que los de 'Madrid, que habían asesinado al general Quesada; a duras penas se pudo contener la ejecución de tau horrendo atentado, y poner á salvo al referido señor conde, estableciendo a sus puertas una guardia de los menos acalorados, a cuya sombra ocultándose aquel pudo salvarse. Obra especialísima fue esta del ingrato y bárbaro sargento García, protegido del mismo conde, empleado por él en la Inspección de Milicias; y a quien daba en La Granja franca entrada, confianza y comida en su propia casa. Ex ungue Leonum: por esta muestra del héroe o primer instrumento de la insurrección de La Granja puede venirse en conocimiento de la virtud y nobleza de los demás.
El día 16 después de la entrevista de los citados Rodil y Calatrava con S.M., y acordadas algunas medidas para facilitar la marcha de todos a Madrid, pasó en preparativos al efecto, habiendo podido conseguir a fuerza de inmenso trabajo y muy especiales ofertas la salida en el propio día de los dos batallones sublevados al mismo destino, quedando en el sitio solo los destacamentos de granaderos, a caballo y guardias de corps.
El 17 al medio día salieron SS.MM., y en su mañana y resto del mismo todos cuantos allí estaban, detestando un sitio teatro de tantos horrores y sobresaltos, y pronosticando que sus aciagos sucesos serian origen de males sin fin para la patria.
En medio de la jornada se encontraban los batallones que habían salido el día anterior, y no faltaron por cierto lances y escenas bien notables y de peligro para alguno de los viajantes. Caminaba le tropa a su libertad y arbitrio, en completa disolución, sin obediencia ni subordinación alguna y haciendo cuanto les acomodaba. Venían sin duda preparando ya las funestas ocurrencias que en los siguientes días tuvieron lugar en Madrid.
No es posible de modo alguno referir por menor todos y cada uno de uno de los sucesos, desacatos, atentados y escesos de todas clases cometidos en los cuatro aciagos días de La Granja. Los sublevados dominaron a su placer todo esto tiempo el palacio y la población entera. La primera noche, además de los escesos ya notados, robaron varias casas, entre otras la de un confitero de la que se dijo habían tomado cuatro mil reales, el estanco público y varias otras y sea por esto, ó bien por lo que se les repartió, que debió ser cantidad bien crecida, es lo cierto que todos hacían ostentación y alarde de tener dinero en abundancia, y así lo manifestaban pública y materialmente. No había cuartel, reclusión ni listas; andaban sueltos los soldados por todas partes, y a todas horas entraban, salían y cruzaban por donde les acomodaba e insultaban a los que no llevaban cintas verdes; quisieron dar de golpes y persiguieron al efecto, porque no le conocían, al embajador inglés, que bajó a la puerta de Segovia a reclamar su correspondencia de Madrid, que los mismos le habían interceptado y aún abierto, y gracias a su ligereza pudo libertarse materiales golpes.
Los mismos soldados en las puertas recibían los partes, postas y correos que llegaban de Madrid y de otros puntos, abrían las cartas que les parecía, las leían y éste fue un nuevo origen de compromisos, de temores y persecución contra varios que, porque de Madrid les escribían reprobando lo que pasaba en el Sitio, tuvieron que ocultarse unos y acogerse otros á extrañas y seguras casas, libertándose así del furor de los amotinados, que por todas partes les buscaban.
Muy desde el principio se apoderaron también del telégrafo, y sea que alguno entre tantos lo entendiese, o mejor que el director amedrentado se prestó a servirles, lo cierto es que hicieron sus comunicaciones y recibieron sus respuestas. Por una de estas se supo bien pronto el asesinato alevoso del general Quesada, y alguna otra ocurrencia de Madrid.
También tuvieron algunos el sabroso capricho de introducirse en las cocinas de palacio, donde pidieron y se les dieron opíparos almuerzos o meriendas. No había en fin casa ni establecimiento cerrado para ellos, porque esta licencia es justamente lo que llamaban Constitución y libertad.
A penas en historia alguna de otros pueblos, inclusa la corte misma de los genízaros de otro tiempo, se presentaran ejemplos de una disolución igual, de una rebelión tan espantosa y continuada nada menos que por cinco días sin descanso. Concíbese bien, y sobrados ejemplos entre nosotros lo comprueban, que en un día de mal humor desenfrenada una soldadesca asesine a su general, a su coronel o jefe que les mande, pero horroriza ver sublevarse dos cuerpos predilectos y distinguidos contra su reina, que tantos favores les dispensara, contra unas niñas tiernas y augustas, contra unas señoras al fin que no sé si más respetable puede haber algo en la tierra.; y no por un momento o ligerísimo período de borrachera, sino por cinco días seguidos sin intermisión ni descanso. ¡Qué horror y qué mengua!
Agregábase a lo dicho para hacer más espinosa y crítica nuestra posición, la absoluta privación en que estábamos de noticias sobre paradero y movimiento d la facción de Basilio, y las sospechas vehementes, que llegamos á concebir, de que la sedición de los soldados del Sitio podía tener bajo el ostensible carácter y velo de Constitución el oculto pero verdadero de facción carlista, puesto que se vieron en gran comunicación é intimidad con aquellos los mas tildados de facciosos de la población del Sitio, esta idea y fundado temor a la vista de la proximidad del rebelde don Basilio nos hacía estremecer, prescindiendo de que aun cuando nada de esto fuese, ni puntos de contacto con carlismo tuviese, era por desgracia indudable que si cualquiera insignificante facción se hubiera presentado, su triunfo hubiera sido tan pronto corno seguro; porque ¿qué resistencia ni qué valor pudiera esperarse de un pelotón de ochocientos hombres sin jefes, sin oficiales, sin disciplina, sin subordinación alguna y que en la mayor disolución sargentos, cabos, músicos v soldados todos entre sí se disputaban el mando? Ignorancia, descuido o cobardía fue esta de don Basilio que no estaba a la sazón más distante que 9 ó 10 leguas, y no poca fortuna de SS.MM. y de cuantos a su lado nos hallábamos.
Fueron los primeros sublevados los granaderos provinciales de la Guardia Real; se unieron a estos desde los primeros gritos, los del 4º batallón de la Guardia Real de infantería, entre ambos como unos ochocientos hombres. Ni en la primera noche, ni al siguiente día se unieron a ellos o tomaron parte los guardias de corps en número como de unos cincuenta, que se mantuvieron fieles y dando en la primera noche bien positivas pruebas de desaprobación y aun de conatos de resistir a los desmandados de infantería; del mismo modo obraron también en la primera noche los granaderos de a caballo en número como de unos cuarenta, y con iguales o mayores deseos de contener por la fuerza a los susodichos rebeldes. Pero uno otro destacamento de caballería poco á poco al segundo día ya fueron incorporándose con los sublevados, por afición muy pocos, por temor los más, y algún otro por consejo de los comprometidos para que con mejor razón y mayor intimidad y conocimiento fuesen poco a poco moderando el ímpetu y furor de la chusma amotinada, y conteniéndola en sus escesos, como en parte se consiguió.
He indicado arriba, y repito aquí, que los nuevos desacatos, turbulencias y escesos cometidos después y a días seguidos en Madrid por los mismos soldados de La Granja, su completa insubordinación y desórdenes en todos los puntos de la capital son el mejor comprobante de los inmensos males pronosticados, que a la triste y desventurada patria tiene que acarrear la sublevación y horrorosa rebelión de aquel Sitio. ¡Qué arrepentidos deben estar a estas fechas sus propios autores, si es que aun conservan, o abrigaron alguna vez sentimientos de verdadero amor patrio!
Público y muy sabido era en la nación entera que derrotados los maquinadores de trastornos, los de clubs secretos, bullangueros y anarquistas por el resultado de las elecciones para las Cortes revisoras, en las que vieron a pesar de sus inauditos esfuerzos, amenazas é intrigas de todo género su infalible ruina, intentaron hacer su revolución en Madrid, donde un solo hombre les hizo morder la tierra y desaparecer; aniquilados aquí, convirtieron sus miras en La Granja; y algún emisario y dinero les dio mayor triunfo que el que ellos mismos se atrevieron a esperar. A su tiempo se sabrá por qué invencible calamidad sucedieron tantos males. Quede pues, por ahora, a los lectores sensatos, y a la historia, ponderar y calcular los resultados de tamaña intriga y sedición, e imaginar la delicada amarguísima situación en aquellos cinco días de SS.MM. y de cuantos las acompañábamos. Si el acto pues de la adopción, restablecimiento y publicación de la Constitución del año 12 fue, por lo dicho, voluntario, espontáneo y a placer de S.M. la reina Gobernadora, también lo dirán los hombres imparciales y sensatos, y las generaciones futuras, quedando a las presentes el desconsuelo de sufrir los incalculables males que debe infaliblemente traernos, que ya por desgracia y bien de lleno estamos experimentando.