La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

7 de marzo de 2009

Apuntes biográficos de Tarrida del Mármol

La historia del anarquismo español está entreverada por la biografía de una amplia nómina de hombres y mujeres excepcionales, que de haber aceptado las convenciones sociales y de haberse acomodado a la ideología dominante habrían sido reconocidos públicamente como figuras de extraordinario talento en tantos campos del conocimiento y de la creación artística. Una de estas personalidades es Fernando Tarrida del Mármol, científico, escritor, periodista, publicista y hombre de acción en el anarquismo español a caballo entre dos siglos. Sin embargo, los datos que de él se conocen y repiten son siempre escasos, por eso reproducimos un artículo escrito por Miguel Utrillo en la barcelonesa La Calle, que se titulaba revista gráfica de izquierdas, en su número del 17 de agosto de 1931.

La detención del doctor Pedro Vallina, alma del movimiento de Andalucía, evoca en nuestra memoria la figura de su gran amigo y protector en Londres, el famoso anarquista Fernando Tarrida del Mármol (Leslimay), corresponsal que era en Londres del Heraldo de Madrid cuando también colaboraba en este periódico Fermín Salvochea, en Madrid, y Luis Bonafoux, desde París, ambos también amigos de Vallina.
La historia de Fernando Tarrida del Mármol ocupó, y aún, a veces, ocupa, el primer plano de los comadreos mujeriles de mi pueblo de adopción, Sitges. Su nombre y su recuerdo aún perduran en ciertas mentes exaltadas y aún hoy, al sonar su nombre, muchos repiten los dicterios de antaño. Claro está, que no saben lo que dicen; pero así y todo, no podemos nosotros tolerar ciertas intervenciones y defendemos la figura, para nosotros interesantísima, de Fernando Tarrida del Mármol.
Y que conste, que no es que nosotros seamos anarquistas ni anarquizantes, no. Lo que nos pasa, es que lo mismo defendemos la verdad tratándose de un revolucionario cien por cien, que pondríamos nuestra pluma al servicio del Santo o de la Santa tal o cual. Con la misma imparcialidad, trataríamos las dos cosas. Ahora, que a ser posible, preferiríamos tratar lo primero. Es, a veces, mucho más interesante y útil.
Fernando Tarrida del Mármol, nació en La Habana el año 1861, de padres ricos, que a poco se trasladaron a España, estableciendo en Sitges una fábrica de calzado de las primeras que hubo en España.
Tarrida, al que familiarmente se le llamaba “Chico”, estudió primero en un colegio que había en San Gervasio, de Barcelona, llamado Isabel la Católica. A ese colegio iban los hijos de la gente acomodada, y tenían el privilegio, los que estudiaban en él, de poder usar el uniforme de guardia marina, con derecho a usar sable y todo, y además entrar en la Escuela Naval sin examen previo. Tarrida del Mármol, siempre llevaba el uniforme. Una vez, ya mayor, lo explicaba a un amigo suyo y le decía: “Ha sido la única vez en mi vida que he hecho el tonto públicamente…”.
Después que hubo dejado este colegio, su familia lo envió dos o tres años en un Liceo Francés, creo que de Toulouse. Pasados ya los primeros estudios, entró en la Universidad de Barcelona, hacia el año 1880, figurando a la cabeza de las juventudes más avanzadas, con gran enojo de su familia, la cual, burguesa que era, después de muchas amenazas, terminó no enviándole más dinero.
Tarrida del Mármol no cedió. Era un gran espíritu, y triunfó. Vivía estrechamente, y ganaba algún dinero dando lecciones a sus amigos universitarios y haciéndoles los ejercicios escritos. Esta fue una de las épocas más desgraciadas que Tarrida pasó, la época de la continua lucha, de la continua superación. Tarrida estaba ya en pleno campo anarquista, y poseía aquella gran cultura que tanto le sirvió.
Cansado ya de lucha y de sufrimientos, se trasladó a París, estudiando en la Escuela Politécnica, en donde conoció y tuvo íntima amistad con hombres que luego tanta notoriedad alcanzaron, entre ellos Barthou, futuro hombre de Gobierno.
En París, hacía una vida de completa actividad. Tomaba parte en Congresos y reuniones anarquistas, y era el representante de los grupos españoles, tan abundantes en aquella época. En París fue donde conoció a las primeras figuras del anarquismo internacional. Era ya ingeniero industrial y hablaba y escribía correctamente francés, inglés y alemán. Aparte de eso, era un gran orador, y tenía una voz semidébil, lo que le hacía, según gentes que tuvieron la suerte de oírlo, sumamente simpático.
En España fue un propagandista activísimo. Tomaba parte en todos los mitins que se organizaban y era colaborador asiduo de infinidad de revistas ya fuesen doctrinales, ya científicas. Logró varios premios en certámenes literarios, sufriendo varios encarcelamientos con motivo o con pretexto del 1º de Mayo, a pesar de la gran influencia política de su familia.
La Policía, a raíz de la redada que hizo de anarquistas por el atentado de “Cambios Nuevos”, le encarceló también, pero pronto le dieron libertad, debido no a la influencia de su familia, sino a que el padre del que firma este artículo y el gran Rusiñol, declararon que cuando estalló la bomba, Tarrida iba con ellos en el tren camino de Barcelona y que al llegar a Sans, la bomba había estallado ya. Es esta anécdota bastante interesante, y la refutación de aquella falsa versión de una mala intervención en la bomba que atribuyen al gran Tarrida. Hay que hacer resaltar que durante los días que estuvo preso, lo fue con sus amigos Urales y Lorenzo.
Una vez en la calle, Tarrida del Mármol escapó otra vez a París, en donde inició una violentísima campaña de denuncias a las autoridades y al Gobierno español por las atrocidades cometidas en Montjuich, denuncias que más tarde formaron un libro que si no recordamos mal se titulaba Los inquisidores españoles.
Fue expulsado por sus campañas, sucesivamente de Francia, Bruselas, Lieja y Amberes, teniendo que refugiarse en Londres, de donde ya no volvió a salir más, salvo unas pequeñas escapatorias que hacía, ya fuesen para venir de incógnito a su antiguo pueblo de adopción, ya para viajar por diferentes y para él desconocidos países.
En Londres vivió en amistad estrechísima con el príncipe Kropotkin, con Malatesta, con Federico Urales, en una palabra, con todos los anarquistas allí refugiados. Uno de éstos eral el actualmente confinado en Cádiz, doctor Vallina, el cual vivió ocho años en Londres e hizo con Tarrida del Mármol un drama titulado La bondad, del cual sólo se tiene un débil recuerdo.
Desde Londres, Tarrida del Mármol escribía en francés y en inglés crónicas científicas y literarias para La Dèpeche de Toulouse, L’Intransigeant de París, Le Temps de París y el Daily Mail de Londres, aparte de la corresponsalía del Heraldo de Madrid, al cual enviaba crónicas telegráficas.
Una cosa que es interesante, y que demuestra el talento de Tarrida del Mármol, es que durante la guerra del Transvaal publicó en el Daily Mail unas crónicas de guerra que le valieron infinidad de felicitaciones y la oferta de la dirección del periódico, que no quiso aceptar, alegando “que un anarquista no puede nunca moverse de un seguro lugar, cuando no sea para una acción revolucionaria”. Otra cosa interesante también fue su nombramiento de catedrático de la escuela de ingenieros navales, sin previa oposición.
Vivió tranquilo dentro de una semiholgura, pudiendo vivir en un plano muy superior; quiso mucho a los suyos, buen anarquista como era; nunca cedió en lo más mínimo en el campo de los ideales; tenía un corazón y un talento más que grandes, lo cual hizo que al morir, en 1915, todo el mundo sintiera su muerte y los anarquistas perdiesen a una de sus más interesantes figuras. Su muerte no pasó en vano, y tanto en los demás países, como en España, se le rindieron unos últimos y cariñosos recuerdos.
Merece especial mención la labor de Federico Urales, que recogió y publicó numerosos artículos suyos ya en su Revista Blanca, ya en otras publicaciones. Últimamente publicó sus celebrados Problemas trascendentales, lo que le valió muchas felicitaciones, a las cuales ahora, de paso sea dicho, incluimos la nuestra sincerísima de hoy, al recordar la figura interesantísima de aquel gran hombre que en vida se llamó Fernando Tarrida del Mármol, que aún a veces ocupa el primer plano de los comadreos mujeriles de mi pueblo de adopción.

27 de febrero de 2009

La CNT y la República en el exilio

Cabecera del periódico CNT, Toulouse, 1960 (Archivo La Alcarria Obrera)

El final de la Guerra Civil dividió fatalmente a la CNT; para algunos la guerra no había terminado y las condiciones especiales que llevaron al movimiento libertario a participar en las instituciones republicanas y a ratificar determinadas alianzas seguían siendo válidas. Para otros, el final del conflicto bélico devolvía a la CNT la libertad de acción para volver a su tradicional apoliticismo y a un horizonte estrictamente sindical en la firma de pactos. La división se mantuvo hasta que en 1961, comprobado el fracaso de los republicanos que mantenían en pie un gobierno al que casi nadie reconocía dentro y fuera del país, ambas corrientes se reunificaron en el Congreso de Limoges. Cuando al año siguiente Claudio Sánchez Albornoz se dirigió a la rama "política" de la CNT, su secretario general, Roque Santamaría, rechazó en nombre de esa nueva CNT reunificada cualquier participación de los anarcosindicalistas en el Estado y sus instituciones. Reproducimos la carta de Roque Santamaría a Claudio Sánchez Albornoz.

Toulouse, 19 de febrero de 1962
Distinguido compatriota y amigo:
Correspondemos a su carta sin perder mucho tiempo –para Ud. El tiempo debe contar particularmente- y procuraremos hacerlo de una forma concisa y clara de manera que quede inequívocamente expresado nuestro pensamiento respecto al problema que nos ocupa: la lucha por la liberación de nuestro infortunado pueblo.
No ignora Ud. nuestra condición apolítica en el sentido de participación en organismos de carácter gubernamental. Libertarios, no consideramos la autoridad como elemento favorable a los principios de libertad del hombre en su amplia acepción de la palabra. Sindicalistas, consideramos que nuestro deber está entre los trabajadores, en sus sindicatos, en la acción diaria por la emancipación de los mismos de la explotación de que son objeto por los poderes políticos y económicos.
En estas condiciones, está claro que consideramos de una eficacia muy relativa toda solución política que no se enfrente resueltamente con las causas del mal que engendrando la injusticia social no puede evitar la injusticia social que pesa sobre los trabajadores.
Tras 23 años de exilio, de frustraciones en orden a soluciones de carácter institucional, estimamos que toda acción del antifranquismo debe orientarse exclusivamente a la formación de un Frente de lucha común, a todos los antifascistas, contra la dictadura. Este Frente debe aglutinar los esfuerzos e inquietudes de todos los sectores e individualidades animados de ideas de democracia y libertad, a todos quienes rehúsan su simpatía o apoyan al totalitarismo como sistema de convivencia entre los hombres.
El institucionalismo nos parece desplazado a estas alturas; fracasado desde hace ya mucho tiempo. En estas condiciones, todo propósito institucional lo consideramos contraproducente e inconveniente. Si de institucionalismo republicano se trata, sólo servirá para ofrecer un arma a los institucionalistas monárquicos u otros tales como el franquista. ¿Por qué no terminar ya con el institucionalismo, de derecho o de hecho, para dar paso al principio de autodeterminación, libre y soberana, del Pueblo en cuanto a la forma institucional bajo la cual desea vivir?
Nos parece obvio significarle, estimado amigo, que en la elección del sistema institucional nosotros estamos sobradamente definidos y que entre lo que estimamos anacrónico y reaccionario (la monarquía) y una República de amplia base democrático-social, nuestra elección está hecha desde ya mismo. Si, además, una república se propone realizar reformas fundamentales en las estructuras económico-sociales, susceptibles de interesar a los trabajadores en la indispensable construcción de los fundamentos industriales, agrícolas, intelectuales, etc. la república tiene asegurada la anuencia popular sin la cual ningún régimen será viable en España. Situar a España dentro y a la altura del concierto de pueblos libres y evolucionados del mundo debe ser la aspiración de todos los españoles dignos.
Bajo estas perspectivas, creemos que el institucionalismo a “priori” está desplazado de la realidad del tiempo en que vivimos y que en su lugar lo procedente es crear el organismo aglutinador de inquietudes, esfuerzos y medios quien, sobre objetivos concretos de carácter liberador, actúe de cara a la liberación de España. Esta fórmula, sin duda, obtendrá una amplia audiencia en la conciencia universal y de este hecho atraería merecidamente los concursos solidarios necesarios para el desarrollo de una lucha efectiva por la liberación de España.
Por otra parte, la persistencia institucionalista, ¿no cree Ud. que encierra otros riesgos ciertamente graves? Si desgraciadamente un día falleciera el Sr. de Asúa, encarnación actual del institucionalismo republicano, y por razón legal, fuera Dolores Ibárruri la sucesión, ¿sería lícito y razonable que los institucionalistas de hoy fueran los adversarios mañana? Y las consecuencias de tal alternativa, ¿las han meditado ustedes bien?
Es el momento, según nosotros, de dar fin al institucionalismo y de ofrecer una contrapartida constructiva.
Por no hacer interminable esta carta obviamos otros argumentos en apoyo de nuestra tesis. Dicho lo que pensamos, de forma sumaria, no nos queda más que confirmarle que la CNT permanece indestructiblemente fiel a la causa de la liberación de España y que toda acción que tienda a este fin tiene todas nuestras simpatías; que por nuestra parte no seremos obstáculo alguno a la creación y desarrollo de actividades tendentes a posibilitar a nuestro pueblo la manifestación de su libre voluntad, aunque no coincidamos en métodos, actitudes y responsabilidades en operaciones en las cuales no creemos.
Así las cosas, en lo que personalmente a Usted se refiere, va de sí que seguimos con interés su intento y que, creyendo en su buena fe, nuestra simpatía y nuestros votos porque su intento sea un éxito son una realidad sincera.
Muy cordialmente quedamos suyos y de la causa de la liberación de España.
Por el Secretariado Intercontinental de la CNT de España en el exilio.
Roque Santamaría

26 de febrero de 2009

Artes desdeñadas, de Isabel Muñoz Caravaca

En un primer momento, la burguesía revolucionaria, que acababa de desplazar a la rancia aristocracia en el disfrute de la hegemonía social, se mostraba contraria a la mendicidad y la miseria, que creía consecuencia exclusiva de la holgazanería, hasta el punto de caracterizar la pobreza como un vicio, según vimos en el artículo que reprodujimos del Boletín legislativo, agrícola, mercantil e industrial de Guadalajara de noviembre 1833. Pero muy pronto, en los espíritus más abiertos y en las inteligencias más despiertas a la realidad, surgió un eco sordo que se compadecía de los desposeídos y aspiraba a cambiar una sociedad injusta y desigual. A este grupo de burgueses que hicieron de la caridad una antesala de la justicia, pertenecía Isabel Muñoz Caravaca, a cuya pluma se debe este texto, publicado en Flores y Abejas el 7 de junio de 1914, menos de un año antes de morir.
Carta de Isabel Muñoz Caravaca, Atienza, 1910 (Archivo Municipal de Atienza)

Yo quería escribir como quien pinta un cuadro, copiando del natural, porque no tengo imaginación para otra cosa; y en eso hay sus inconvenientes. Si pinto a los señores de la Adoración Nocturna, se enfadará la Santa Madre Iglesia; si pinto a militares, me expongo a dar un resbalón y que me venga encima la Ley de Jurisdicciones; y si hacemos un dibujito de los exploradores, se me van a torcer los papás… Cuenta que yo no quería decir de nadie nada malo, sino descubrir pequeñas ridiculeces, que las tienen, que todos las tenemos.
Verán ustedes, hablaré de los pobres de pedir limosna, y éstos, de seguro no se enfadarán; son tolerantes y son amigos míos. Y a ver si de la pintura sale la demostración de que el pedir limosna es un arte.
No me faltan modelos: vienen a buscarme a mi casa, pues abunda la clase en esta bendita población. Hay días en que es un tilín, tilín interminable. “Una limosnita”. “Un centimito...”. “Que tengo a mi marido enfermo”. “Que tengo baldadita a mi abuela”. “Que tengo mucha gana”... Desfila diariamente por aquí la colección completa; la mujer que tiene un chico cada tres meses, el hombre que busca trabajo y nunca lo halla, el que constantemente va de camino, yendo y viniendo como una lanzadera sin llegar nunca a parte alguna, y la que después de recibir cualquier cosa se pone a rezar un padrenuestro. No faltan miserias excepcionales, como la del que se ha muerto y piden para hacerle una caja; ni el santero de Nuestra Señora del Amparo, que aparece periódicamente pidiendo no sé si para él o para el culto...
Yo quisiera dar a todos, pero suelo andar yo también a tres menos cuartillo y no puede ser: quisiera dar a todos porque sus desdichas quitan el sueño.
Viene una mujer enlutada, muy pobre, pero muy limpia; no tiene edad, quizás algún día ha sido hermosa, y en su cara veo yo huellas de tragedia: convengamos en que para ser personaje trágico no hay que llamarse Phedra, ni Alcestes, ni Hécuba, ni ser princesa como esas damas; que la tragedia lo mismo se refugia en el pueblo que en el trono... Puede que todo sean tontunas mías y la tragedia solo exista en mi cerebro... los que tenemos pocas ocupaciones vemos visiones fácilmente... Pide en voz baja y lamentable y es una profesional sin duda, pero sin duda también es una infeliz necesitada.
Profesionales y necesitados todos lo son. Yo no creo en la fábula del mendigo capitalista. Venía un pobre viejo más sordo que un tabique, andando a trompicones con unos zapatos claveteados, llevando con un garrote el compás, y dando unos campanillazos que no parecía sino que se hundía la casa cuando él se descolgaba por aquí: ¡armaba con la portera cada zipizape...! Su modo de pedir era emocionante: “¡Aunque solo sea un poquito de pan!” Venía a la hora de comer generalmente y después de oírle, todo lo que no fuera un poco de pan, no lo podía yo comer: una patata frita venía a ser para mí un remordimiento; tan lacrimoso era el acento que aquel hombre empleaba. Un día vino, fui a darle no sé qué, y cuando se lo ofrecía, él estaba echando abajo la campanilla de la casa de enfrente... “Tome usted, buen hombre” y nada, no me oía, “¡¡Qué tome usted!!” Hube de acercarme a él y tocarle un brazo. “Soy sordo”, me dijo medio llorando. “Y yo ciega, amigo, qué le vamos a hacer; vivamos lo que se pueda”... Y no respondo de que me oyera, pues siempre me di muy mala maña para hablar a sordos: me desgañito y no me hago entender. Hace de esto muchos meses, y no le he vuelto a ver; ¿si se habrá muerto?
También me preocupa la existencia de una vieja ¡pobrecilla! Talmente parecía un ser fantástico de los que cabalgan a veces en una escoba. Traía una cesta, un palitroque, unas greñas grises y una cantinela que no interrumpía aunque le dieran limosna. “¡Una pobre vieja!... ¡Que Dios se lo pagará!, ¡que Dios se lo aumentará!” decía con voz balbuciente y velada de carraca rota. ¡Dios se lo pagará! Es esta una confesión de insolvencia que convierte al Ser Supremo en cajero de todos los tramposos; pues no hay perro chico, ni mendrugo, que su Divina Majestad “Toma tú, toma tú”, no tenga que ir pagándonos a todos... ¡Pobre corazón humano rezumando usura aunque se dirija al cielo!... Mi pobre bruja debe de haber pagado su cuenta también, con los fríos despiadados de este invierno.
Todos los sábados, a la una en punto, viene un viejo, encogido de frío en Enero y en Agosto: “¡Una limosssna!” pide; y suele añadir: “No vengo más que los sábados”. Si se le dice que hoy no tenemos, contesta con despecho “¡Bueno!” Un día le dijeron, que Dios le ampare. “Que nos ampare a todos” respondió con aire y desapareció escalera abajo rezongando como si le hubiesen llamado tonto y feo.
Pues viene otro que llama, miramos por el ventanillo y enseguida comienza muy comedido: “Muy buenos días, señora. Me encuentro sin trabajo” o bien “No tengo más remedio que pedir...” Es un ejemplar notable: es un retórico espontáneo, y mientras se queda en la puerta esperando que le den, desembucha él solo tropos muy aceptables: si se le diera cuerda, soltaría a caño abierto períodos elocuentes. Su voz, su aspecto, su ademán, son oratorios: es un râté... No es un mendigo de oficio, es un parlamentario fracasado.
La galería no es interminable, pero sí muy numerosa; a todos estos que cito los conocerán ustedes seguramente como yo. Y quédense por hoy en el tintero unos cuantos más. Pero no cerraré mi catálogo sin hacer mención de un hombre no viejo, muy tostado del sol, flaco, con los ojos saltones, mirando como si buscara algo que se le hubiera perdido por los espacios siderales; va cubierto de harapos y su cara no se lavó jamás. Nunca he visto a un fakir, pero ha de ser algo parecido... Llega a una puerta, eleva los brazos, temblequeándole las manos, y suelta una voz recia, a la vez suplicante y amenazadora, clamando de este modo a los cielos y a la tierra: “¡Seis hijos traspillaos de hambre!” Aquí relampaguea lúgubre, la luz rojiza de la injusticia social que así maltrata a los hijos de los hombres: este es el fondo, y bien patético, lo cual no quita para que la forma haga soltar el trapo, a reír... Y yo me atrevo a hacer aquí punto riendo, sin escrúpulo, porque en la Corte de los Milagros debe ser muy ancho de manga el protocolo.