La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

10 de octubre de 2010

La Semana Trágica, de Ossorio y Gallardo

Procesión del Corpus saliendo de la catedral, Barcelona, 1904

Ángel Ossorio y Gallardo fue una rara avis en la derecha española de la primera mitad del siglo XX. Católico y monárquico, en la Europa más desarrollada se habría sentido cómodo en los partidos liberales y de centro, pero entre los conservadores españoles, los más cerriles de la Europa Occidental, se sintió cada vez más fuera de juego: defendió una profunda reforma social, apoyó la Segunda República, se mantuvo leal al gobierno en julio de 1936, nunca reconoció de forma vergonzante al franquismo... En julio de 1909, durante la Semana Trágica, era gobernador civil de Barcelona por designio del gabinete conservador de Antonio Maura; al ser destituido escribió sus impresiones y reflexiones sobre aquellos días en un librito imprescindible: Barcelona, Julio de 1909. Declaración de un testigo. De él entresacamos su primer capítulo, en el que destaca el papel desestabilizador del lerrouxismo, consentido por el gobierno, y el carácter espontáneo de la insurrección.

El estado político de Barcelona.
No es posible explicarse los sucesos ocurridos en Barcelona al finalizar el mes de Julio, sin reflexionar acerca del estado mental y moral de aquella sociedad.
En un examen severamente lógico de las responsabilidades históricas, fuerza es adjudicar al Estado la primera de las culpas. O, aun con más exactitud, á una situación de conciencia social, procreadora y consentidora de todas las corruptelas del poder público.
No he de razonar esto. Conformes en la censura los más eminentes pensadores españoles de todas las escuelas y de todos los campos, el aludir á sus juicios me excusa de emitir el mío; mas después de leer sus severas y rotundas flagelaciones contra todos los órganos de nuestra Administración, hay que preguntarse: ¿qué fuerza moral ha sido la del Estado sobre los ciudadanos en el curso del siglo XIX? ¿Cómo extrañar que con tutor disoluto salga el pupilo indómito?
Tal relajamiento del Estado, gravitando sobre pueblos pobres y anémicos, origina el indiferentismo y el aplanamiento; cayendo sobre pueblos ricos y vigorosos, determina la protesta y el odio.
Y aquí aparece la responsabilidad segunda, en la gradación cronológica: la del catalanismo. Su actuación, tanto en el orden artístico, que es el más peligroso, como en el orden político, que es el más fecundo y menos temible, no fue encaminada á la crítica, que, aun enojada, colabora á la acción del Poder, le laxa y le ennoblece, sino al ataque despiadado, irreflexivo, ponzoñoso, sin propósito de remediar, con resuelto empeño de deprimir. Y así, cuando el catalanismo vio flaquezas de un juez, se esforzó por borrar de la mente ciudadana el concepto de la Magistratura; y cuando reparó en miserias policíacas, eliminó la noción de la Autoridad gubernativa; y cuando sufrió la irreflexiva agresión de unos oficiales mal aconsejados, tachó la idea del Ejército; y en el curso de su obra demoledora, se enorgulleció en destruir en el cuerpo popular la sensación del Estado, sin reparar en que con ello rompía todas las disciplinas sociales y educaba á los hombres en la obsesión de un individualismo suicida.
Esto ocurría en aquel período que el Sr. Cambó, con ingeniosa veracidad, llamaba de las estridencias. Ya pasó (aunque facilísimamente puede resurgir); y hoy, los mismos que le dieron vida están empeñados, con nobleza que pocos advierten y todos debiéramos agradecer, en rectificar su propia obra, cerniendo la cosecha y sacando de ella lo provechoso para desechar lo nocivo. Mas ¡ay!, que sembraron á voleo y ahora han de seleccionar con pinzas. De buena fe quieren hacer obra constructiva y no demoledora. A ello debemos todos contribuir, sin resquemores. Pero forzosamente habrá de reconocerse que el estado de conciencia creado al calor de aquellas propagandas, no puede destruirse en un día ni evolucionar al compás que marquen los más discretos.
Para combatir esa fiebre no se pensó en poner al enfermo en contacto con la realidad-panacea única para traer á supuración las quimeras, ni en revestir al médico de las dotes morales necesarias para que se escuchase con respeto sus prescripciones. Creyóse mejor echarse en brazos de un curandero y se buscó al Sr. Lerroux, encargándole la nada sencilla tarea de ¡hacer patria!
Y, en efecto; de entonces acá, entre los gritos de ¡viva España! y bajo el lema de la intangibilidad de la nación única, unas turbas de inconscientes, manejadas por capitostes despabilados, han perturbado la tranquilidad de la vida barcelonesa, atropellado todos los respetos y ensangrentado las calles.
Cuarto factor. La acometividad en el hablar y el escribir de los santones lerrouxistas atrajo hacia ellos la simpatía tumultuosa de las multitudes sin paladar; y como el catalanismo no había de ver con indiferencia este alejamiento, destacó una parte de su hueste intelectual para emular a aquéllos. Cierto que esto no debe atribuirse al catalanismo director, sino al suburbio catalanista. Pero discernidas las responsabilidades, el hecho queda igual. A los exabruptos del diario lerrouxista El Progreso corresponden las enormidades de los diarios solidarios El Diluvio y La Tribuna. A las procacidades de La Tralla y Metralla catalanistas, responden los desvaríos de El Descamisado y La Rebeldía, lerrouxistas. Y así, entre unos y otros, van formando la conciencia de un pueblo en el desenfreno de todas las perversidades.
No hay que añadir que los oradores de los meetings suelen hacer juego con los redactores de aquellas publicaciones; que las proclamas, carteles y convocatorias abundan en los mismos conceptos, y que reflejándose todo ello en la conversación privada, deja en unos cuantos millares de hombres el sedimento de una constante tendencia a la pelea. De aquí que en Barcelona, donde apenas hay alcoholismo, ni pendencias tabernarias, ni crímenes pasionales (tristes patrimonios madrileños), hay una propensión congénita a la perturbación del orden público, y aun al crimen individual, por la exaltación de las contiendas políticas.
Para completar el cuadro, resta aludir al anarquismo. El individualismo sin organización, intransigente en sus principios económicos, evolutivo en sus procedimientos. Al no existir tal partido, el obrero ha pro pendido fatalmente al anarquismo, y éste cuenta hoy con una falange considerable y entraña un conjunto de gravísimos problemas. Los que empaparon sus pañuelos en la sangre de Pallás al momento de ser fusilado; los que en 1891, 92 y 93 planteaban el problema obrero colocando bombas y petardos en las fábricas; los que en los atentados del Liceo y de Cambios Nuevos atacaron, valiéndose de tan brutales asesinatos, los conceptos de riqueza y poder; los que quizás han puesto sus conocimientos químicos al servicio de las obcecaciones políticas; los propagandistas dedicados al envenenamiento moral de la juventud; los doctrinarios de Tierra y Libertad, El Rebelde y otros periódicos semejantes; los vividores que hacen de sus conocimientos y de sus simulaciones materia de confidencias más ó menos verídicas; los dilletanti de la anarquía que, faltos de valor para el crimen, se dedican á la confección de pasquines alarmistas y anónimos amenazadores... todos estos y otros mil ejemplares de la misma fauna completan el cuadro de la perturbación barcelonesa.
Con tales peones en el tablero, ¿qué juego se ha de hacer sino el que presenciamos? El Estado con sus responsabilidades históricas; el catalanismo, ciego en sus arremetidas; el lerrouxismo, disfrutando de una patente de corso; el carlismo (ya me olvidaba de este elemento), animando la escena de vez en cuando con levantamientos de menor cuantía; el anarquismo, laborando por todas partes y con todas armas; el capitalismo, estancado en sus intransigencias egoístas, sin comprender que o se eleva sobre ellas o ellas han de ahogarle; los partidos históricos, inhibidos de la lucha, añorando los tiempos en que la política era un simple barajeo de dones y mercedes; la prensa (salvo excepciones), avivando la hoguera con pensamientos de burdel y lenguaje de taberna; los derechos políticos, convertidos en instrumento de sistemática perturbación ... ¡Ah! Bien puede enorgullecerse de su vitalidad el pueblo barcelonés cuando a todo esto sobrevive y sobre todo esto logra destacar sus virtudes y su esplendor.
Las consecuencias de semejante estado mental son bien notorias, aunque no tan recordadas como fuera menester. Conviene refrescar unos cuantos sucesos salientes de los últimos años.
En 1890, huelga general; paralización absoluta de la vida ciudadana; barricadas; escaramuzas contra la fuerza pública; bomba en el Fomento del Trabajo Nacional; nueva huelga en la comarca manresana; bombas en las calles de Caspe, BIasco de Garay y pasaje de la Merced.
En 1891, choque de manifestantes y fuerza pública, con motivo de la llegada de Salmerón; cartuchos de dinamita ante el Gobierno civil y el convento de los jesuitas; bomba en la calle de Auxias March; detención de varios sujetos, portadores de once bombas; explosión o hallazgo de otras seis bombas en un mismo día; hallazgo de otras seis, pocos días después; nueva bomba en la fábrica de Salvá.
En 1892, huelgas numerosas y colisiones frecuentes; bombas en la plaza Real, en el mercado de San José, en la calle de Jaime Giralt y en la del Marqués del Duero; asalto, por huelguistas, de la casa del abogado Sr. Mascaró.
En 1893, tumultos estudiantiles; choques contra la fuerza pública; bomba en la calle Baja de San Pedro; muerte del anarquista Momo y consiguiente descubrimiento de su laboratorio para la fabricación de explosivos; petardo en la iglesia de San Justo; reclamación de una dictadura por numerosos elementos; atentado de Pallás contra Martínez Campos; hallazgo de otra bomba junto al Palacio de Bellas Artes, y de otras varias en Gracia y en la montaña de Montjuich; terrible atentado del Liceo; nuevas bombas en el Círculo liberal y en Villanueva y Geltrú; creación de una Policía particular; encuentro de nuevas bombas; descubrimiento de un importante laboratorio para su fabricación.
En 1894, atentado contra el gobernador civil señor Larroca.
En 1895, constantes motines estudiantiles, con pedreas al palacio del Obispo, en la Universidad y en las calles.
En 1896, bomba contra la procesión de Santa María del Mar, en la calle de Cambios Nuevos.
En 1897, atentado de Ramón Sempau contra el teniente Portas; manifestaciones catalanistas, por haber prohibido el Gobierno la publicación de La Renaixensa; hallazgo de dos bombas Orsini, cargadas, en una montaña próxima á Barcelona, y de otra de mecha, también cargada, junto al apeadero del tranvía de Badalona.
En 1898, campañas contra los supuestos tormentos de Montjuich; manifestaciones contra los Estados Unidos; colisiones en las calles; absolución de Sempau; meetings revisionistas del proceso de Montjuich; tumulto, á la salida de uno de ellos, en el Buen Retiro; resistencia al pago de los tributos; desórdenes consiguientes; manifestaciones antiespañolas en presencia de la escuadra francesa; pedrea de la casa del Alcalde; imponente manifestación popular en honor de Sol y Ortega.
En 1900, agitación revisionista por parte de los radicales y en defensa del concierto económico por los catalanistas; asesinato del significado fusionista señor García Victory, absolución del matador y ovación popular al absuelto; coacciones en 1º de Mayo; manifestaciones agresivas contra el ministro de la Gobernación Sr. Dato; pedreas diarias contra los tranvías y la Guardia civil.
En 1901, meetings anticlericales, con frecuentes desórdenes en la vía pública; huelga casi general; pedreas á La Publicidad, a los faroles, a los tranvías y a la fuerza pública; fiesta de los Juegos florales, con cargas de Caballería; elecciones municipales, con muertos y heridos; cierre de la Universidad.
En 1902, huelga general, que dura una semana con diez y siete muertos y numerosos heridos; tumultos á la llegada del Sr. Canalejas; nuevos intentos de huelga; revueltas frecuentes; desórdenes estudiantiles.
En 1903, otra tentativa de huelga general; realización de graves huelgas parciales; hallazgo a un sujeto, de un cartucho de dinamita; manifestación en honor de Blasco Ibáñez y explosión de un petardo en la línea del ferrocarril de Sarriá; bomba en casa del policía Tressols.
En 1904, atentado contra D. Antonio Maura; bombas en la redacción de Las Noticias, en el colegio de los jesuitas, en la Gran Vía diagonal, en el Palacio de Justicia, en el Orfelinato de San José, en los almacenes de El Siglo, en la calle de Fernando, en la rambla de las Flores; numerosos petardos en el Ensanche.
En 1905, grave tumulto a la salida de un meeting anarquista en el Palacio de Bellas Artes; petardo junto á la antigua estación de Mataró; bomba en la rambla de las Flores; descubrimiento del depósito de bombas del Coll; atentado contra el cardenal Casañas; ataque, por oficiales del Ejército a las redacciones de ¡Cu-cut! y La Veu de Catatunya.
En 1906, hallazgo, en el Llano de la Boquería, de explosivos; bombas y petardos en la rambla de las Flores.
En 1907, 1908 y 1909, numerosas bombas y petardos en la rambla de las Flores, calles del Hospital, San Pablo, Peu de la Creu, Call, Carders, San Ramón, Boquería, Marqués del Duero, Cortes, Salón de San Juan, tinglados del muelle; tiroteo á los católicos a la salida del meeting de las Arenas; tiroteo a los carlistas en Mataró; tiroteo a los catalanistas en un meeting del teatro Condal; manifestación, frustrada por la fuerza pública, en honor de Ferrer, a su regreso de Madrid, después de absuelto; huelga general en San Feliú de Codinas; numerosas huelgas parciales.
Yo no sé cómo se harán las revoluciones, cuando se hagan, en Zamora, Orense o Lérida. Presumo que se reunirán unos hombres terribles en alguna rebotica misteriosa; que irán reclutando adeptos con gran sigilo; que los iniciados se comunicarán entre sí valiéndose de frases misteriosas y un tanto extrañas; que disfrazarán medrosamente sus ideas y hasta sus personas; y, en casos tales, será explicable discutir hasta la saciedad si la Autoridad pudo o no pudo descubrir a los conjurados o si los conjurados fueron más listos que la Autoridad.
¡Pero en Barcelona! El que hable de que una Autoridad fue poco perspicaz para descubrir una revolución que se preparaba, o no sabe lo que dice, ó habla con absoluta ausencia de buena fe. En Barcelona, la revolución no se prepara, por la sencilla razón de que está preparada siempre. Asoma á la calle todos los días: si no hay ambiente para su desarrollo, retrocede; si hay ambiente, cuaja. Hacía mucho tiempo que la revolución no disponía de aire respirable; encontró el de la protesta contra la campaña del Riff y respiró á sus anchas.
El motín se fragua a la luz del día, a presencia de Gobernadores y Jueces. No hay que conspirar ni que confabularse. Para destruir en España a un pueblo, moral y materialmente, basta con la hábil utilización de la ley de Imprenta, la de Asociación y la de Reuniones públicas.
Por eso sostengo que en los tristes sucesos de Julio hay que distinguir dos cosas: la huelga general, cosa preparada y conocida, y el movimiento anárquico-revolucionario, de carácter político, cosa que surgió sin preparación.
Quizás yo me equivoque, y lealmente confesaré mi yerro el día que me sea demostrado. Pero los hechos me van aferrando á mi idea. Los procesos se han fallado por centenares. Los jueces han actuado por docenas. Se han encontrado pruebas de inducción histórica, como las que, entre otras muchas, pesaban sobre Ferrer, y cargos de intervención material en la sedición.
Pero de conjura, de plan, de concierto previo, de recluta de gentes, de distribución de papeles, de pago de revoltosos, de suministro de armas, de instrucciones concretas, todo ello con fecha anterior al 26 de Julio, no he oído hablar una palabra.
Es inocente y deplorable á la vez que, cuando problemas tan terribles como los apuntados gravitan tradicionalmente sobre Barcelona, enrareciendo su ambiente y acumulándose en el polvorín por el concurso suicida de tantos hombres y de tantas ideas, haya quien se empeñe en achacar las culpas á un Ministerio ó un Gobernador.
¡Espíritus amplios!