La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

25 de diciembre de 2011

Carta de dimisión al PCE de Ignacio Gallego

Pegatina del PC, Madrid, 1984 (Archivo La Alcarria Obrera)

Para nadie era un misterio que Ignacio Gallego era el dirigente del PCE que se sentía más cercano ideológicamente a la ortodoxia comunista tradicional y sentimentalmente más unido a la Unión Soviética. A pesar de que se mantuvo leal en las filas del PCE durante la ruptura de Enrique Líster, de quien hizo la crítica oficial en el Comité Central, y de que permaneció ajeno a las tendencias internas prosoviéticas, como la OPI, su incomodidad con el eurocomunismo era un secreto a voces. En 1983 hizo pública una carta, que aquí reproducimos íntegra, en la que se desmarcaba del PCE y pasaba a encabezar un proceso que concluyó con la formación del Partido Comunista (luego PCPE) que acogía a la práctica totalidad de los prosoviéticos, con la significativa ausencia del PCOE de Enrique Líster. Sin embargo, al final, tanto Gallego como Líster volvieron al PCE del que nunca supieron distanciarse.

Camaradas:
El objetivo de esta carta es presentar mi dimisión como miembro del Comité Central y del Comité Ejecutivo del PCE.
El motivo de mi decisión, adoptada tras la prolongada reflexión, es estrictamente ideológico. Estoy totalmente en contra de las concepciones ideológicas, políticas y organizativas que la mayoría del Comité Ejecutivo y del Comité Central está defendiendo.
Parto de la convicción, expresada ante el Comité Central, de que el Congreso que estáis preparando, con métodos tan arbitrarios como el impedirnos, a quienes discrepamos, exponer nuestra opinión ante.las organizaciones, no puede ser un Congreso de clarificación ideológica y de unidad de los Comunistas. Respetando la posición a este respecto de otros camaradas, yo no asistiré a ese Congreso.
No quiero participar, ni siquiera desde la oposición, en un proyecto que vacía al PCE de su contenido de clase, de su ideología, de sus principios de organizacn y, en suma, de su misión transformadora y revolucionaria.
Pero quiero dejar claro que si dimito de mis cargos es para seguir estando donde siempre estuve. Un comunista no puede abandonar su responsabilidad ni sus obligaciones revolucionarias. Y yo he tomado la decisión de dimitir por mi condición de comunista.
Mi identificación con los principios del marxismo-leninismo y del internacionalismo proletario, me enfrentan con lo que la mayoría de vosotros denomináis estrategia eurocomunista. Siempre he pensado que aquellos principios son indeclinables para un Partido Comunista. El partido de vanguardia de la clase obrera tiene en ellos su fundamento teórico. El comunismo es, en la formulación original de Marx, la ideología universal de los trabajadores.
Parte esencial del ideal comunista, el internacionalismo proletario es la expresión más alta de la solidaridad entre los trabajadores y los pueblos de todo el mundo. Mis convicciones internacionalistas son inseparables de mi amor a España, a mi tierra, a mi
clase y a mi pueblo.
Sé que, para algunos, estas son "viejas certezas", nostalgias y dogmatismo. Pero sé también que no pocos de los que se distinguieron por su "antidogmatismo" han terminado defendiendo los dogmas de la socialdemocracia. El olvido de los principios revolucionarios conduce inevitablemente a la confusión, al practicismo y, en definitiva, al reformismo envuelto en uno u otro ropaje, según las modas del momento.
¿Qué nos reportó a los comunistas españoles el espectacular abandono del leninismo? ¿Para qué nos sirvieron las reiteradas andanadas dirigidas a los países socialistas? ¿En qué nos ha favorecido negar la existencia de la lucha de clases a nivel internacional? ¿Qué servicio hemos prestado a la causa revolucionaria con nuestra pretensión de abrir una tercera vía entre el capitalismo y el campo socialista? ¿Qué resultado tuvo nuestra política de pactos sociales, si no el debilitar a las Comisiones Obreras? ¿Qué nos ha traído el abandono de nuestra propia identidad?
Es evidente que tales abandonos no aumentaron la influencia del partido. Antes al contrario, la redujeron no sólo entre los trabajadores, sino también entre los intelectuales, profesionales y artistas que en gran número se habían adherido a nuestra causa durante la resistencia antifascista. Por no hablar de otros resultados, hay uno del que alguno de vosotros parecéis haber tomado conciencia, como si despertarais de un largo sueño. Es la pérdida de dos tercios de los militantes. Pero este tardío reconocimiento no servirá de nada mientras no se diga claramente cuáles fueron las causas de esa gran hemorragia que vino acompañada por la expulsión de miles de comunistas.
La verdad es que ni la crisis del partido ni sus consecuencias, entre las que está el fracaso electoral, han sido analizadas con una autocrítica rigurosa y profunda que era absolutamente necesaria para salir de la actual situación. Lo que la mayoría llamáis autocrítica no es más que una operación transformista destinada a presentaros como los salvadores del partido, silenciando que en ningún momento habéis hecho la menor reserva a lo que Santiago Carrillo proponía. Lejos de corregir los errores, lo que estáis haciendo es agravarlos hasta límites inconcebibles. El eurocomunismo nos ha producido un gran daño, pero vuestro proyecto eurorrenovador, de prosperar, significaría la liquidación del Partido Comunista.
Me niego a callar lo que debe' ser conocido por todos los comunistas: las posiciones defendidas por el actual núcleo dirigente en el aspecto ideológico, político y organizativo, son las mismas que intentaron imponer los "renovadores", muchos de los cuales no tardaron en encontrar su puesto en el PSOE. Esas posiciones que, en el fondo, significan una involución desde el leninismo hacia el viejo y desacreditado reformismo socialdemócrata, no tienen nada en común con las ideas comunistas por las que he luchado toda mi vida y por las que pienso seguir luchado en adelante.
Yo siempre estaré al lado de los que luchan por el socialismo y el comunismo. Entre el pragmatismo sin principios y la utopía, optaría por ésta. Pero el socialismo dejó de ser una bella utopía desde que Marx y Engels dotaron a la clase obrera de una teoría científica, no sólo para interpretar la realidad social sino para transformarla. Esa transformación comenzó con la Revolución Socialista de Octubre de 1917 en Rusia, cuyo triunfo habría sido imposible sin la aportación decisiva de Lenin a la teoría marxista.
Con razón los nombres y la obra de Marx y de Lenin son inseparables. El marxismo-leninismo es la base teórica que dio origen a todos los Partidos Comunistas y al movimiento revolucionario de nuestra época.
Estoy del lado de los que comprenden que el capitalismo lleva en sus entrañas no sólo la crisis económica, la injusticia social y la guerra, sino también la inevitabilidad de crisis revolucionaria que, antes o después, se resolverán en favor de los trabajadores, que son la inmensa mayoría, y en contra de la oligarquía financiera y monopolista, en contra del imperialismo. Rechazo, por esa misma convicción, la idea reformista de que "no hay que esperar crisis revolucionarias, que no se producirán". En cuanto a los símbolos, a mí sí me gusta la hoz y el martillo, símbolo del mundo del trabajo y de mi partido. Y la letra de la Internacional que habla de cosas tan "viejas" -y tan presentes- como la explotación, el hambre y el paro, y que nos anuncia el fin de la opresión, no por obra y gracia de "dioses, reyes ni tribunos", sino por el esfuerzo que nosotros mismos realicemos.
Mis convicciones comunistas me obligan a decir no a la actual dirección, no al Congreso de los eurorrenovadores, no a la liquidación del Partido de José Díaz, Pasionaria y miles de mujeres y hombres que dieron su vida en defensa de la libertad.
Me separo de quienes, abiertamente o subrepticiamente, se han planteado como objetivo privar al partido de su ideología revolucionaria, renunciando a las teorías de Marx y de Lenin, arrojando por la borda la historia escrita con el sacrificio de miles de comunistas. Me separo de quienes han renunciado al internacionalismo proletario y a considerarse parte del Movimiento Comunista Internacional. Pero no rompo con el Partido Comunista al que he servido toda mi vida en las funciones y tareas que me ha asignado y al que dedicaré siempre todo mi esfuerzo. Yo no rompo con los militantes comunistas, ni tampoco con los dirigentes que sostienen que el XI Congreso no es un Congreso de unidad de los comunistas ni de clarificación ideológica, aunque no obstante se dispongan a participar en él. En la medida en que todos comprendamos la necesidad de un verdadero Partido Comunista nos volveremos a encontrar.
En el Comité Ejecutivo sostuve que el informe presentado por Gerardo Iglesias al inicio de estos debates, tenía un contenido socialdemócrata, reformista y, por consiguiente, extraño al Partido Comunista. Otros miembros del Comité Ejecutivo rechazaron también ese informe, que finalmente fue aprobado por mayoría. Sin embargo, el informe que se presentó al Comité Central no era ese, sino otro en el que se introdujeron las modificaciones precisas para lograr una mayoría de votos. Pero la prueba de que no se trataba de una rectificación seria, está en que -vulnerando los acuerdos del Comité Ejecutivo y del Comité Central- el informe inicial y las actas completas del debate no han sido publicadas ni dadas a conocer a los miembros del Comité Central.
Semejante arbitrariedad por parte del grupo dirigente, vino acompañada de otra no menos intolerable, consistente en impedir -salvo en contados casos- que una tercera parte de los miembros del Comité Central y del Comité Ejecutivo tengan acceso a las organizaciones del partido, incluso cuando éstas reclaman su presencia.
Los que han acordado proponer la supresión del término disciplina en los Estatutos, intentan mantener amordazados a quienes no están de acuerdo con ellos, en nombre de una disciplina hecha a medida para ese fin.
Asistir al XI Congreso en tales condiciones no sirve, en mi opinión, más que para avalar -con independencia de las posiciones que se mantengan- a una dirección que seguirá aplicando las concepciones que han llevado al partido hacia el desastre. Camaradas y dirigentes del partido que mantienen posiciones comunistas piensan, sin embargo, que es útil participar en el XI Congreso, a sabiendas de las manipulaciones con las que está siendo organizado. Respeto su opinión, pero no puedo compartirla porque pienso que ha llegado la hora de romper con quienes han vuelto la espalda a los principios teóricos, políticos y organizativos que dan coherencia y unidad al Partido Comunista.
El actual núcleo dirigente pone particular interés en personalizar la discusión, colocando a los comunistas ante un falso dilema: o estar con Gerardo Iglesias o estar con Santiago Carrillo. Este falso dilema, propagado por una sistemática campaña de publicidad en la que se puede leer a diario los quilates de un eurocomunismo o de otro, tiende a que los comunistas no piensen en lo que realmente tiene interés. Y lo que realmente tiene interés es enfrentarse de forma decidida a los intentos de conducir al partido por un camino que lleva a su liquidación. Para comprender esto, basta conocer el abecé del marxismo, basta saber que un partido sin ideología y sin disciplina, sin las teorías que le dieron origen y le dan fundamento, aunque siga manteniendo el nombre, pierde de vista su misión histórica y deja de ser un Partido Comunista. En adelante no será capaz de elaborar y aplicar una política al servicio de la clase obrera, con absoluta independencia, sin dar el espectáculo de prometer al gobierno del PSOE un "apoyo crítico" para, al día siguiente, amenazarle con "grandes acciones y movilizaciones generales". Tales bandazos expresan las vacilaciones de quienes han abandonado el marxismo-leninismo y, en consecuencia, carecen de una estrategia revolucionaria coherente.
La política del Partido Comunista debe expresar los intereses de la clase obrera y de los campesinos, de todos los trabajadores, sin estar pendiente de manera constante de los diarios y revistas y del objetivo de la televisión. Esos gustos espectaculares suelen ser útiles para la publicidad de unos dirigentes a quienes parece obsesionarles más su propia imagen que las tareas del partido. Así es posible sonar y disonar, se puede formar parte de "la clase política" y hasta recibir las lisonjas de la alta sociedad. Pero el trato complaciente de los medios de comunicación tiene un alto precio que pagan os millones y medio de parados, los trabajadores y pensionistas que sufren una reducción sistemática de su poder adquisitivo, la juventud empujada a la desesperación, los millones de mujeres y hombres que, voten como voten, necesitan -aunque aun no sean conscientes de ello- un Partido Comunista que les indique como hacer frente a la actual situación y que les ayude a comprender que la causa profunda de sus dificultades está en un régimen social que, incluso habiendo alcanzado altos niveles de desarrollo industrial, tecnológico y científico, es incapaz de asegurar derechos humanos tan vitales como son el derecho al trabajo, a la instrucción, a la salud y a la cultura.
Y hablar claro no significa gesticular con posturas más o menos izquierdistas destinadas a la galería, ni "cantarle las cuarenta al Gobierno", ni adoptar actitudes de un protagonismo que no se corresponde con la realidad. Significa decir clara y llanamente qué somos y qué queremos los comunistas. Significa explicar a millones de mujeres y hombres el programa del partido, con las transformaciones estructurales que son necesarias para crear puestos de trabajo y para que la reconversión industrial no se realice a costa de los trabajadores: la nacionalización de la banca y de los grandes monopolios, la Reforma Agraria Integral que reclaman los obreros agrícolas de Andalucía, Extremadura y otras regiones, la democracia entendida como participación real de las masas en el poder político, el Estado Federal que supere problemas históricos aun no resueltos, y una política exterior de paz e independencia, que acabe con la supeditación de nuestro país a los designios del imperialismo. Un Partido Comunista tiene que decir claramente que la causa profunda de la crisis y de las consecuencias que tiene para los trabajadores, está en el régimen social en que vivimos y ofrecer como salida un proyecto revolucionario que sea una alternativa radical al sistema.
Hay dirigentes que sostienen posiciones a través de las cuales, consciente o inconscientemente, se niega la necesidad del Partido Comunista de España. Y para ello se pretende borrar la historia del Partido que, junto a las demás fuerzas democráticas, defendió heroicamente a la República frente al fascismo nacional e internacional, del Partido que durante cuarenta años de dictadura franquista encabezó la resistencia popular y la lucha por la democracia. Un paso de tanta gravedad no se podía dar sin cierta cautela, que consistió en "enriquecer" la terminología política con el concepto de "partido comunista de corte csico", para afirmar como Gerardo Iglesias a raíz de su ascenso a la Secretaría General: "Seguiremos manteniendo por encima de todo, el proyecto eurocomunista. Si el P.C.E. volviera a posiciones tradicionales, a su corte clásico, y no hay que olvidar que hay voces que nos alientan a ello, yo no sería el Secretario General del Partido ni tal vez militante".
¿Qué entienden por partido de corte clásico los autodenominados renovadores? Entienden evidentemente por partido clásico un partido que se base en las teorías de Marx y de Lenin. Y es ese tipo de partido el que se está negando cuando se parlotea de manera despreciativa y pedante de los partidos de "corte csico". Los llamados renovadores propugnan un tipo de partido diferente, tan "abierto él todos" y tan invertebrado que quepan en él incluso los que niegan la necesidad de la ideología y de la organización comunistas.
Pero ¿qué partido queremos?, ¿un partido comunista u otro tipo de partido? ¿Somos sí o no el partido de la clase obrera? Por extraño que parezca, no todos los que se siguen llamando comunistas responden afirmativamente a esta cuestión. Unas veces se habla de "partido de todos", o dicho de otro modo de partido al servicio de todos, como si no existieran intereses contrapuestos entre clases sociales. Pero a veces se matiza mejor y se sostiene que el PCE es un partido obrero más, ya que los obreros están también en otros partidos. Olvidan que Un partido, aunque tenga en su composición obreros -incluso una mayoría de obreros-, si carece de una teoría revolucionaria, puede ser en el mejor de los casos un partido obrero, pero no es ni puede ser el partido de vanguardia de la clase obrera.
Por otra parte, nos encontramos en una situación curiosa. Los partidos socialdemócratas se hallan organizados en la Internacional Socialista, sin que a nadie se le haya ocurrido discutirles ese derecho. Los partidos liberales y conservadores, entre ellos el encabezado por Fraga Iribarne, proclaman a gritos las virtudes de su internacional. Lo mismo sucede con otras corrientes políticas, sin olvidar las poderosas internacionales espirituales y económicas. Mientras tanto, personas que siguen llamándose comunistas no quieren ni oír hablar del Movimiento Comunista Internacional.
Si centro mi opinión en esta carta casi exclusivamente en la situación del partido no es, obviamente, porque no vea la gravedad de los problemas a los que tenemos que hacer frente. La clase obrera y los trabajadores están sufriendo la acometida despiadada de la oligarquía, cuyos intereses y privilegios están siendo cuidadosamente administrados por el Gobierno del PSOE.
Nuestro país está siendo metido hasta el cuello en la OTAN, con todos los peligros que de ello se desprenden para la propia existencia de nuestro pueblo. España es cada día más dependiente del imperialismo norteamericano. España que, con una política de neutralidad e independencia vería reforzada su seguridad, puede llegar a ser, si los españoles no lo impedimos, uno de los pses más expuestos al aniquilamiento en caso de una guerra nuclear.
Nuestra lucha para sacar a España de la OTAN se inserta en el movimiento de los pueblos de Europa y de todo el mundo por el desarme y la paz. Para impedir que Europa se convierta en una inmensa Hiroshima, hay que frenar la carrera armamentista, hay que impedir la instalación de los misiles norteamericanos en Europa, hay que apoyar la iniciativa de la Unión Soviética de reducir los cohetes, incluidos los suyos, hay que exigir la congelacn de los arsenales nucleares y la renuncia al uso de la fuerza militar para resolver los problemas en litigio.
Se sigue negociando el ingreso de España en la CEE que es, como todos los comunistas saben, la Europa de los monopolios. Y aparte del intolerable chantaje de vincular dicho ingreso a la permanencia en la OTAN, cada día aparece con mayor claridad la voluntad de sacrificar a los sectores más importantes y competitivos de nuestra economía -la agricultura, el sector pesquero, la siderurgia, la industria naval- con tal de entrar en el Mercado Común aunque sea por la puerta de servicio.
Es preciso abrir un debate sobre las consecuencias que la entrada en el Mercado Común puede traer para los trabajadores de nuestro país. A la vez, hay que organizar grandes acciones exigiendo el Referéndum prometido por el PSOE en su programa electoral, para sacar a España de la OTAN. Es necesario también organizar la lucha del movimiento obrero contra la política económica y social del Gobierno. Hay que prestar el apoyo más decidido a la lucha de los obreros agrícolas de Andalucía por la Reforma Agraria Integral. Pero estos objetivos no los puede asumir ni darles una justa solución un partido que no tiene una clara estrategia revolucionaria, una partido que no es capaz de resolver el principal problema que tenemos los comunistas: estamos divididos y esa división no puede ser superada sin eliminar las causas que la han motivado.
En España hay más de 100.000 comunistas que abandonaron el partido o fueron expulsados, entre otras razones, por su identificación con las ideas leninistas y por su simpatía hacia la Unión Soviética y demás países socialistas. Todos sabemos que en Catalunya la mayoa de los comunistas están organizados en el PCC. Otros comunistas están organizados en distintos grupos. La mayor parte están desorganizados, pero dispuestos a volver a un Partido Comunista que les ofrezca la posibilidad de luchar por el ideal de una sociedad sin clases. En estas circunstancias, la principal tarea que debemos imponemos es crear las condiciones para la unidad de todos los comunistas en torno a un programa revolucionario. Para ello hay que recuperar las ideas de Marx y de Lenin y ofrecer a la juventud un ideal por el que vale la pena luchar.
No estoy pensando en un partido viejo y monolítico, porque antes de que se produjera la confusión que nos ha llevado a la actual situación, habíamos dejado de lado el monolitismo. Pero entendiendo bien que, fuera del centralismo democrático no hay más democracia sino indisciplina, fraccionalismo y confusión.
La paciencia revolucionaria es una virtud y los comunistas españoles la hemos demostrado durante mucho tiempo. Pero también la paciencia tiene un límite. Una persona puede esperar una docena de congresos. El Partido Comunista no puede esperar cuando en sus propias filas se combaten las ideas del comunismo. La recuperación del Partido Comunista es la tarea más importante y urgente para todos los comunistas.
Pueden algunos rasgarse las vestiduras y desmelenarse cuando se les acusa de estar liquidando al Partido Comunista. No se rasgue nadie las vestiduras. Que afirmar que el Partido Comunista no debe tener ideología es liquidacionismo. Que decir que no gusta la hoz y el martillo como símbolos, es liquidacionismo. Que decir que la letra de la Internacional no sirve, es liquidacionismo. Que decir que ya no habrá ni en España ni en Europa crisis revolucionaria, es liquidacionismo.
Son ideas expresadas públicamente, y han sido expresadas no por talo cual militante despistado, sino por dirigentes que saben de qué hablan.
Evidentemente, eso no es lo que piensan ni los militantes comunistas, ni una parte de sus dirigentes. Pero tampoco han pensado los comunistas, ni una parte de sus dirigentes, lo que en su nombre se ha dicho del leninismo, abandonado como "una camisa vieja", ni las barbaridades propagadas contra el socialismo, ni tantas otras cosas extrañas a las ideas comunistas. Sin embargo, ahí está lo que se ha hecho y las consecuencias que ha tenido.
Desarmados ideológicamente, muchos han seguido ese proceso de descomposición sin saber qué podían hacer y, por consiguiente, sin reaccionar. Afortunadamente, esa actitud está cambiando. Son muchos los militantes del PCE, e incluso una parte de sus dirigentes que, ante el plan liquidacionista de los renovadores alzan su voz en defensa del verdadero Partido Comunista.
Pero ¿cómo defender al verdadero Partido Comunista? ¿Cómo impedir que el plan liquidacionista, cuidadosamente diseñado, se consume? La historia del Movimiento Comunista, y nuestra propia experiencia nos enseñan que de una situación como la que tenemos no se sale sin una clarificación ideológica. No se sale, desde luego, negándose a buscar las causas de que el partido haya perdido buena parte de su influencia y de su credibilidad. La primera de estas causas reside en el eurocomunismo, cuyo fracaso es tan patente, que aun sus más fervientes defensores se las ven y se las desean para intentar, sin conseguirlo, darle visos de teoría más o menos coherente. La segunda causa, estrechamente vinculada a la primera, está en la vulneración sistemática de los principios de organización del partido.
Es preciso recordar que, desde hace años, la dirección del partido ha teorizado mucho acerca del carácter de "intelectual colectivo del partido", pero ha actuado como si estuviera en posesión de todo el saber, de toda la experiencia y de toda la inteligencia de los comunistas. El centralismo democrático, más que como principio básico de organización, ha sido aplicado de manera que ha prevalecido sistemáticamente la opinión de una persona o de un grupo de personas. Se han celebrado congresos, conferencias, reuniones del Comité Central, etc., pero el papel de los militantes se ha reducido casi exclusivamente a tareas prácticas. Ni han participado antes en la elaboración de la política, ni van a participar ahora en lo que decida el XI Congreso, que, como se ha dicho en una serie de intervenciones pronunciadas en el ComiCentral, no va a ser un Congreso de clarificación ideológica ni de unidad, sino todo lo contrario: un Congreso destinado a legitimar una dirección cuyos propósitos liquidacionistas aparecen expuestos en documentos tan extensos como farragosos que, por supuesto, la inmensa mayoría de los militantes ni los van a leer, ni mucho menos discutir. ¿Cómo van a estudiar los militantes esa avalancha de tesis y de enmiendas? No las van a estudiar y su participación va a consistir, a lo sumo, en votar en favor del eurocomunismo que nos ha llevado a esta situación, o en favor de los que, sin apenas guardar las apariencias, se proponen la liquidación del Partido Comunista.
Es preciso recordar a este respecto todo cuanto dijimos en torno al culto a las personalidades. Es preciso record arlo porque, ante lo que están viendo, son muy numerosos los comunistas que se preguntan atónitos cómo es posible que se haya llegado a esto.
¿Cómo es posible -se preguntan- que se haya producido ese enfrentamiento entre dirigentes que parecían estar absolutamente identificados? La respuesta es obvia. La unidad es sólida cuando tiene un fundamento ideológico sólido. La unidad es quebradiza y aleatoria cuando el culto a la personalidad suple a los principios.
No se trata pues de optar por unas personas o por otras. Se trata de optar por el Partido Comunista, lo que obliga a cada militante a salirse del falso dilema en el que unos y otros pretenden mantenerle. El camino más difícil no es siempre el mejor. En este caso es el peor. Lo más difícil es callar. Pero no es posible callar cuando estamos viendo la operación que se está realizando para privar al Partido de su ideología, condenándolo a imitar al Partido Socialista, con el señuelo de quitar a éste una parte de los votos. En democracia es natural que un partido piense en ganar votos. Pero primero hay que saber para qué se buscan los votos y decir a los trabajadores que los comunistas no separamos la lucha por sus reivindicaciones de la lucha por la transformación social, por una sociedad sin explotadores ni explotados, por una sociedad en la que desaparezca el paro, la incultura y las demás lacras del capitalismo, por una sociedad al servicio de la paz.
Presentar, como se viene haciendo, la crisis interna del PCE cual si se tratara fundamentalmente de un enfrentamiento personal es ignorar, o fingir que se ignora, el sentir y la opinión de la mayoría de los comunistas, hartos de oír cosas con las que no están de acuerdo. Es cierto que un conjunto de personas elevadas a la dirección del partido por Santiago Carrillo, a penas se han visto con los resortes de dirección en sus manos, se han alzado con el Santo y la limosna. Es cierto también que Santiago Carrillo, indignado por la deslealtad de quienes creía sus fieles, no acepta el papel de segundón en el que éstos pretenden confinarle. Pero este enfrentamiento no está en el origen de la crisis que, como todos sabemos, viene de más lejos. El abandono del partido por decenas de miles de afiliados y la expulsión de otros muchos ha tenido como causa fundamental su rechazo de las ideas y prácticas del eurocomunismo. Sobre el papel que lo aguanta todo, es fácil desvirtuar y en muchos aspectos abandonar las enseñanzas de Marx y de Lenin. En la realidad está resultando más difícil, porque, afortunadamente, en España hay muchos comunistas a los que no se les aparta de su camino tan fácilmente como algunos llegaron a pensar.
Quienes, desde dentro y desde fuera, venimos luchando por la recuperación del partido, tenemos motivos para confiar en que el Partido Comunista que la clase obrera y los pueblos de España necesitan, será realidad.
Un Partido Comunista para la época en que vivimos, un partido moderno, pero sin renunciar a sus raíces, un partido en el que los trabajadores participen en las discusiones y en las decisiones sin el complejo de "no saber hablar", un partido en el que los profesionales, artistas e intelectuales aporten sus conocimientos que el capitalismo niega a la inmensa mayoría de los ciudadanos, un partido ni monolítico ni disperso en tendencias y corrientes, unido por sus ideas y por las reglas del centralismo democrático.
¿Un partido abierto a
todos? Ese es un concepto liquidacionista más. El Partido Comunista debe estar abierto a todos los comunistas, a todos los que acepten su programa, sus Estatutos, militen en una de sus organizaciones y paguen sus cotizaciones.
¿Un partido en el que se suprima la disciplina? De ninguna manera, porque sin la disciplina aceptada conscientemente por los comunistas, no hay Partido Comunista. ¿Un partido joven? Indudablemente, el Partido Comunista debe atraerse la parte s consciente y combativa de la juventud, pero esto sólo puede lograrse oponiendo a las injusticias y la podredumbre del capitalismo el ideal revolucionario y la ética comunistas.
Y, para atraer a la juventud, para hacer penetrar nuestras ideas en nuevas gentes, no he creído nunca, -ni tampoco lo creo ahora- que sea preciso marginar a la "vieja guardia". Pienso, por el contrario, que esta marginación ha sido uno de los más graves errores que hemos cometido.
Creo necesario precisar muy especialmente:
Primero: nunca he atentado contra la unidad del partido, ni tampoco lo hago ahora. Quienes rompen la unidad del Partido Comunista son los que, con tal de llevar a la práctica sus proyectos liquidacionistas, no han tenido el menor reparo en mantenerme marginado, impidiéndome incluso visitar organizaciones a las que me unen desde su nacimiento lazos entrañables de amistad y camaradería. Quienes rompen la unidad son los que, negándose a reconocer el fracaso del eurocomunismo, se esfuerzan en seguir imponiendo una estrategia eurocomunista. Quienes rompen la unidad son los que sostienen que el Partido Comunista no debe tener ideología. Quienes rompen la unidad del Partido Comunista son los que aplican formas y métodos de organización que vulneran los principios del centralismo democrático. Quienes rompen la unidad del Partido Comunista son los que preparan un Congreso en el cual las divisiones existentes se van a profundizar aun más. Quienes rompen la unidad del Partido Comunista son los que anteponen la lucha por los puestos de dirección al ideal de los comunistas, la mayoría de los cuales han dejado de militar en espera de que exista un verdadero Partido Comunista.
Mi aspiración más profunda es lograr la unidad de todos los comunistas, superar esta sucesión de crisis, de confrontaciones, de peleas en las alturas, ante las cuales muchos se sienten desconcertados.
Segundo: estoy convencido de que los militantes y muchos de los dirigentes del partido son comunistas sinceros, fieles a las ideas por las que yo he luchado toda mi vida, comunistas junto a los cuales deseo seguir luchando.
Tercero: numerosas organizaciones que conozco y, sin duda, otras a las que no he tenido acceso, pese a la avalancha de ideas extrañas que les han llegado, han seguido funcionando con criterios comunistas, haciendo dos sordos a lo que, en nombre del eurocomunismo, se ha pretendido que aceptaran. Los hombres y las mujeres que están en esas organizaciones tienen razón. Manteniendo con firmeza sus convicciones y ante la situación a que se ha llegado, sabrán decidir por sí mismos, sin dejarse manejar por nadie -y menos por lo que dicen los periódicos, la radio y la televisión- dónde está su puesto, en quien tienen motivos para depositar su confianza.
Frente al propósito de continuar como estábamos, sin analizar autocríticamente las causas de la crisis del PCE, no hay más camino que la unidad de todos los comunistas, sobre la base de un programa revolucionario que responda a las condiciones actuales que se dan en España. Frente a quienes actúan como dueños del partido cual si se tratara de una empresa de su propiedad, no hay más camino que la unidad de todos los comunistas, en torno a las ideas que dieron razón de ser a nuestro partido.
Yo no voy al XI Congreso porque estoy cada vez más convencido de que lo que procede es organizar un Congreso de verdadera clarificación ideológica y de unidad de todos los comunistas.
El que yo adopte la decisión que creo mi deber adoptar, no va a debilitar en lo más mínimo el respeto que me merecen mis camaradas. Por lo que me concierne no me considero ni mejor ni peor que los demás. He sacado unas conclusiones de lo que sucede en el PCE y las expreso, contra viento y marea, a costa de la tranquilidad y comodidad personales. Tengo al menos la ventaja de no necesitar ningún viraje para que se me crea cuando defiendo los principios de Marx y de Lenin y cuando manifiesto mi solidaridad no sólo con la Revolución Socialista de 1917 en Rusia, sino con los grandes logros del socialismo y, en primer lugar, con su defensa consecuente de la paz.
Dispuesto a seguir ese camino, dimito de mis cargos en el Comité Ejecutivo y del Comité Central.
Con saludos comunistas.
Ignacio Gallego