La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

2 de febrero de 2012

Semblanza biográfica de Joaquín Sancho Garrido

La figura del conde de Romanones oscurece el recuerdo de los demás políticos de Guadalajara, algunos de ellos con más méritos y con más dedicación a la provincia que el siempre recordado Álvaro de Figueroa. De la élite liberal que protagonizó el fin del Antiguo Régimen y el tránsito desde el liberalismo a un sistema democrático, ya en el Sexenio Revolucionario, rescatamos la personalidad de Joaquín Sancho Garrido. Lo hacemos de la mano de Julio de Sigüenza, un famoso literato y estudioso erudito de Miguel de Cervantes del que hoy es tarea casi imposible encontrar algún leve rastro. Su semblanza de Joaquín Sancho Garrido se publicó en Biografías de los Diputados a Cortes de la Asamblea Constituyente de 1869, que vio la luz en Madrid ese mismo año. De su mano descubriremos asuntos ya olvidados del personaje y de la Guadalajara de su tiempo. 

D. Joaquín Sancho y Garrido, hijo de D. Francisco de Paula y de Doña María Garrido, labradores de Taracena, en la provincia de Guadalajara, nació en dicha villa el 24 de setiembre de 1815.
Las muestras que de su talento privilegiado dio a conocer desde su niñez hicieron que su señora madre, separándose del deseo que había concebido de que el fruto de sus amores tomase a su cargo la administración y manejo de sus haciendas, puesto que el padre había muerto cuando solo tenía D. Joaquín doce años, y viéndose en situación desahogada, pensara en utilizar sus recursos atendiendo al desarrollo intelectual de su hijo.
Bullían en éste las grandes ideas, que son siempre hijas de esa ambición noble y pura del que todo lo quiere abarcar en fuerza de su inteligencia superior, y nada más fácil a proporcionarle ese anhelado término que el estudio de la Jurisprudencia.
La facilidad de ser costeada entonces cualquier carrera literaria aún por la más modesta fortuna, sin embargo de que el Sr. Sancho se encontraba en buena posición; unido a la poca distancia que de Guadalajara separa a la antigua Complutum de los romanos y luego Alcalá de los árabes, movieron a la cariñosa viuda a enviar a su hijo D. Joaquín Sancho a la Universidad de Alcalá de Henares, templo del saber fundado por el gran cardenal Cisneros, y cuna siempre de los hombres más ilustres de nuestra patria, con objeto de empezar en ella sus estudios.
Trasladada dicha Universidad a Madrid, el Sr. Sancho terminó en ésta su carrera, obteniendo en 1841 el título de abogado y estableciéndose para el ejercicio de la ciencia en la ciudad de Guadalajara, donde constantemente ha vivido.
De esta época data la gran reputación que el ilustrado representante alcarreño goza dentro y fuera de su provincia, como abogado de gran prestigio y nombradía.
No quiere decir esto que al Sr. Sancho, aunque mecido en auras de su talento científico, le fuesen indiferentes las luchas políticas de nuestro país; antes por el contrario, nacido de padres amantes de las libertades patrias y de los derechos del hombre, aunque sin haber tomado parte activa en la política española, habiendo aspirado los fétidos miasmas de una política fanática y opresora, y sobre todo despótica y desleal, estas causas habían de influir en su razón para apartarle lejos de ellas y marcar en su alma hondo sentimiento por la causa de la libertad.
Esta impresión engendrada en el Sr. Sancho bajo la funesta dominación del más malo entre lo peor de los Borbones, dio sazonado fruto al terminar su carrera literaria en el referido año de 1841, en que después del abrazo de Vergara en agosto del 39, que puso fin a una lucha fratricida, cuya duración de siete años dio la victoria al partido de Isabel contra el del imbécil infante D. Carlos, hermano digno de su digno hermano Fernando VII; después de deslindado el campo liberal entre moderados y progresistas, bandos políticos que vinieron á renovar, aunque en detall, las agitaciones anteriores; después, en fin, que el partido exaltado victorioso obtuvo el triunfo de arrojar de la regencia del reino a Doña María Cristina, regencia que hubo de entregársela al héroe de Peñíscola y de Morella; el Sr, D. Joaquín Sancho se decidió á abrazar la causa del general Espartero, y con ella la del progresismo verdaderamente liberal. 
Nuestros lectores han de perdonamos, y con ellos el protagonista de este artículo, una explicación del concepto “progresismo verdaderamente liberal” que acabamos de aplicar a la escuela política en que milita el Sr. Sancho desde 1841 hasta el día.
En este mismo año, algunos hombres funestos del partido liberal, movidos por una ambición desmedida y sin títulos en que apoyarla, envidiosos de la gloria justa que rodeaba al pacificador de España; y mal avenidos, por último, con aquel orden de cosas que les posponía á un simple militar, siquiera éste valiese más que todos juntos de sus enemigos, empezaron con sordas conspiraciones á minar la regencia de Espartero, causándole molestias y proporcionando á la España, agobiada ya por tantos trastornos, sucesos tan sangrientos como el 7 de Octubre del mismo 41 en Madrid, y el bombardeo de Barcelona en Noviembre de 1842.
Nada de extraño tendrían estos episodios, si se quiere, atendiendo a que separados los moderados de los progresistas, esta separación había de dar origen á la lucha, aunque sirviera de base en que apoyar las mezquinas ambiciones de los primeros y nunca el bien de los pueblos españoles que pretendían los segundos; pero cuando recordamos que del seno mismo de la escuela progresista o exaltada se levantan hombres descontentos, unos, tal vez por ambición; otros dejándose llevar de su propia conciencia; que creían, con el más puro patriotismo seguramente, que la patria y la libertad peligraban y que al adherirse al pronunciamiento de1843 fundaban una nueva base, pero fortísima, en que debían apoyarse aquellos caros y sagrados objetos; entonces y sólo entonces es cuando escondemos de dolor el rostro en nuestras manos y decimos: ¿cómo y por qué fatalidad el partido progresista ha de ser siempre el matador de sí mismo? ¿Será, tal vez, imposible ir contra la fatalidad? ¿Será cierto lo que dice Víctor Hugo por boca de Claudio Frollo?... No sabemos; más para honra del partido progresista hay que creerlo así, o de otro modo, cegar.
Tamaños sucesos dieron por resultado desgraciadamente la caída de Espartero y con éste la de la situación liberal progresista en el mencionado año de 1843.
No perteneció por cierto D. Joaquín Sancho á los coalicionistas ambiciosos, pocos sin duda alguna, á que nos hemos referido en primer término: por el contrario, su honradez, su buena fe, su leal amor á las ideas liberales fueron causa de que creyera prestar un gran servicio á los intereses de la escuela progresista adhiriéndose a la coalición, y guiado de ese noble y laudable deseo, proponiéndose únicamente y creyendo alcanzar así el bien para la patria, tomó parte en el pronunciamiento antes citado, y fue individuo de la Junta revolucionaria de Guadalajara. Por eso hemos comprendido su buena fe, y al hacerle esta justicia, que con nosotros se la hacen también los liberales todos y especialmente los de su provincia, concedemos al Sr. Sancho el dictado de progresista verdaderamente liberal.
Pero la mayor y más grande prueba de la perfecta buena fe en el Sr. Sancho, al tomar sitio en el alzamiento del 43, es la que van a examinar nuestros lectores. 
Habíase reunido la Junta de Guadalajara, formándose con nueve individuos. En la elección de estos vio el Sr. Sancho que, en alguno, los principios liberales no podían servirle de móvil tratándose de la restauración de la patria liberal; y sospechando la trama, reclamó en la primera sesión el programa que debía ser norte y guía de su política, obteniendo de este modo que, previa la cuestión de Regencia, cayese la venda de sus ojos al oír que se clamaba por la mayoría en favor de Doña María Cristina, mientras que el Sr. Sancho, y con él algún otro, votaban en pro del ex-regente Duque de la Victoria.
Flanqueados los campos, el hoy Diputado por Guadalajara luchó cuanto pudo; más todo inútil. El bando moderado dio fin al bastardo proceder que era la enseña de este partido, consiguiendo quedar solo en el palenque político.
La conducta franca del Sr. Sancho fue y ha sido comprendida perfectamente, tanto en aquella época como después, por sus correligionarios y amigos, al brindarle con los más honoríficos puestos, que su constante amor á la libertad le ha hecho desempeñar con recta conciencia y nunca desmentido patriotismo.
Elegido alcalde primero de la capital en la Revolución de 1854, fue nombrado al mismo tiempo comandante del batallón de Milicia Nacional allí creado; cargos que demuestran la altísima confianza que á los liberales de Guadalajara merecía su representante de hoy en las Constituyentes.
Vencido en 1856 el partido progresista, como lo había sido en 1843, ante esa estrella fatal que le domina y que no es otra que el lema “principios antiguos y palabras nuevas” en que aquel parece apoyarse; la Unión Liberal, partido compuesto de elementos heterogéneos, pero que al fin sobre todas las otras apreciaciones políticas, tenía la gran ventaja y el sobresaliente valor de no llevar su vista á lo que pasado había, la Unión, esta moderna escuela, se alzó potente durante cinco años de dominación.
No fue exclusivista este partido, y de aquí data su grandeza; no se puso frente á frente con las necesidades de la época en que nacía, por eso dio libertad omnímoda, aunque dentro siempre de la ley; no proclamó el absurdo de economizar en la administración para salvar la Hacienda pública, aumentando con esto la miseria social; sin acordarse que estamos en pleno siglo XIX, en que, según la frase de un hombre importante, queremos “gastar á la antigua y vivir a la moderna”; y que es necesario, antes que todo, enseñar á los españoles cómo debe pagarse para que puedan cobrar después, o lo que es lo mismo, que la Hacienda se salva, no con economías fútiles de servicios públicos, siempre necesarios, sino con buenas y sabias leyes, protectoras de la industria, vivificadoras de la agricultura, favorecedoras del comercio libre; para que de este modo, aumentándose la riqueza del país y los medios de llegar á ella comprendan el agricultor favorecido, el industrial y el comerciante ganosos en sus afanes, que, á medida que ellos se lucran y prosperan, están en el deber sine qua non de ayudar á las cargas públicas y sostener con todas sus fuerzas la máquina administrativa, hoy amplificada por la fuerza ineludible del tiempo, y con este de las necesidades sociales y políticas de nuestro siglo.
Pretender que la hacienda puede hallar su salvación con economías en los empleos, con vejaciones á los empleados, que no por serlo dejan de ser tan buenos como cualquiera otros, olvidándose de que desarrollando las fuentes de riqueza, puede un día ayudarse, como ya hemos dicho, por el contribuyente, sin gran perjuicio, á las cargas del Estado, puesto que ve premiadas con creces sus tareas, es pretender un fantasma; es una de tantas ilusiones de algunos hombres de nuestro país que, al querer darse aires de hacendistas, solo demuestran su profunda ignorancia y su pedantismo ridículo.
La Unión liberal no cayó en este escollo, como no había caído tampoco en el de la política; y en todo dio muestra de vivir con la época social, atrayendo á sí los elementos nuevos, cuyas doctrinas se habían formado entre las mismas necesidades á que nos hemos referido antes. Fue buscando lo que creía mejor, atrayéndolo, y por este arte vióse rodeado el partido unionista por las ramas jóvenes del viejo tronco político, ramas que, avanzando más en los principios que la escuela progresista, no llegaba en las palabras á donde siempre ha llegado este.
No pudo la Unión, por lo tanto, pasar su mano sin recoger algunos de esos elementos expresados, y cuyos componentes eran juventud y talento. Nada debía preguntárseles acerca de sus antecedentes políticos; podían seguir sustentando las doctrinas que juzgasen oportunas; bastaba solo á llamarse unionista, prestar la colaboración de su talento en servicio del país.
Sin embargo, muchos hombres importantes vieron un grave mal en la formación de ese partido, y no quisieron apoyarle. Así el Sr. Sancho, al aceptar el cargo de consejero provincial de Guadalajara durante algunos meses de aquella dominación, lo hizo por conveniencia del partido progresista, con cuyo acuerdo aceptó dicho cargo, consignando antes, después y siempre, que en él no haría sino política progresista, como lo hizo en efecto.
Había sido el Sr. Sancho fiscal letrado del Juzgado privativo de Ingenieros hasta el año 1848, y desde aquella fecha es asesor del propio Juzgado; pero ni uno ni otro cargo tienen conexión con la política, y el buen desempeño del último le ha valido estar hoy condecorado con la cruz de Isabel la Católica.
Siempre adherido á sus ideas políticas, firme cimiento y sustentador del partido liberal, ni las persecuciones y disgustos por que el bando moderado le hiciera pasar, han entibiado un sólo instante su inquebrantable y decidida fe política.
Su severidad en estos principios jamás se ha visto supeditada á los halagos del poder que, al ofrecerle en muchas ocasiones por los moderados mismos altos y lucrativos destinos, no se tuvo en cuenta más que su gran talento, olvidándose de su rara modestia y firmeza política.
Pero llegó para España el día del triunfo; sonó en esta nación desventurada el grito de “honra y libertad”, y el Sr. Sancho no fue de los que, habiendo preparado tiempo antes el movimiento revolucionario de Guadalajara, como que formaba parte del comité central en representación de su provincia, dejase de figurar en Setiembre de 1868 como uno de los primeros y principales adalides y defensores de la Revolución, en la capital de la Alcarria.
Elegido, por tantos y tantos servicios a la causa, liberal vicepresidente de la Junta revolucionaria, demostró á sus enemigos políticos de aquella localidad, á los moderados cuán grande era su generosidad en la victoria, como valiente y firme había sido su conducta en los momentos del peligro y de la lucha, dándoles inequívocas muestras y fehacientes testimonios de ello en los momentos más azarosos y críticos.
Por todo fue elevado al alto puesto, aunque muy merecido, de Diputado Constituyente por la provincia de Guadalajara; siguiendo en este importante cargo su marcha de progreso y resuelto á no omitir sacrificio alguno por el triunfo y consolidación de los principios políticos escritos en el programa de Cádiz, y que sirvieron de base á la actual Revolución española. 
Tal es en su vida pública el distinguido representante alcarreño. Por lo demás, el Sr. Sancho y Garrido, que debe a su reputación como abogado la modesta fortuna que posee, es afable en su trato particular, amigo de sus amigos, nada fastuoso en su modo de vivir, y parco en sus aspiraciones: es, por último; el que comprende que nunca mejor brilla la aureola del sabio, que cuando se encuentra rodeada de las virtudes del hombre honrado y modesto.
Julio de Sigüenza, 11 de junio de 1869.