La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

22 de agosto de 2008

Democracia colectivista, de José Cascales Muñoz

La neutralidad española en la Primera Guerra Mundial provocó un acelerado desarrollo industrial que, lamentablemente, se vio acompañado por una crisis económica para los asalariados tan grave que, por primera vez, afectó a las clases medias (funcionarios, militares…) que siempre deseaban equipararse con los grupos sociales más acomodados pero que, ante las dificultades económicas de esos momentos, envidiaban la capacidad de lucha de la clase obrera organizada, que obtenía mejoras sociales inmediatas. Los éxitos de la acción sindical del proletariado militante se ponían de manifiesto en esta primera de las lecciones de Sociología que en 1915 publicó el escritor José Cascales Muñoz, que se proclamaba iniciador y profesor de Sociología en la Universidad Central, con el equívoco título de Democracia Colectivista.

Como consecuencia de las actuales luchas político-económicas, las Federaciones patronales españolas, con un manifiesto y algunos Congresos, y la Liga de las clases medias, con varias asambleas, han procurado hacer evidente la necesidad de que todos aquellos cuyos intereses son idénticos a los suyos cambien de táctica política y societaria, si no quieren continuar siendo estrujados por los de abajo y por los de la cumbre.
Pero de las inútiles lamentaciones y de los buenos propósitos, escritos y hablados, no pasan jamás.
¿Es que ignoran el camino? No. A mi juicio, lo conocen mejor que yo y que cuantos cicerones pretendan enseñárselo; si no lo siguen no puede ser por ignorancia, sino porque al sano egoísmo colectivo se impone en cada uno de ellos el suicida egoísmo intelectual; y aunque, por creerlo así, se me ocurre exclamar, como al poeta “Que yo bien sé que el mundo no adelanta / un paso más en su inmortal carrera / cuando algún escritor, como yo, canta / lo primero que salta en su mollera”, quizá no sea inútil llamar la atención sobre el contraste que ofrece en todos los pueblos modernos la conducta seguida por las clases más cultas, más ricas y, por lo tanto, mejor dotadas para su propia defensa y para el ejercicio de la ciudadanía, al lado de la que observan las clases más incultas, más pobres, las predispuestas a la indefensión y a la venalidad y, por lo tanto, más aparentemente refractarias a toda acción colectiva.
Las primeras han creído compatibles, para su correspondiente prosperidad, la subsistencia del gremio y del comité, con funciones independientes: la defensa de los intereses colectivos por un lado y por el opuesto el medro personal, y así les va a ellas como tales clases y a sus individuos como tales individuos, a pesar de su carácter de productores y contribuyentes.
Las segundas, en cambio, han sabido aunar la acción económica y la acción política: el comité y el gremio son para ellas una sola y misma cosa, y los resultados son inmejorables. En el terreno económico se multiplican sus conquistas de una manera asombrosa, y en el político son sus individuos los ciudadanos más puntuales en el ejercicio de sus deberes y de sus derechos y los más esforzados campeones de la moralidad en todas las corporaciones de que forman parte, así como los más conscientes de sus fuerzas y los más celosos defensores de sus causas.
Aunque después, y no por la intriga, sino por sus propios méritos, han llegado a conquistarse un nombre los adalides mejor dotados de las clases obreras, no empezaron éstos por aspirar a su medro personal con independencia del de sus compañeros de profesión, sino que directores y dirigidos sólo aspiraron a defender los intereses de la colectividad, obligándose a cumplir los artículos de un reglamento; y lo que no hubieran hecho nunca los más seductores programas políticos, ni los más ardorosos discursos del club, ni las leyes más sabias, lo hicieron con su práctica los artículos de ese reglamento.
No hay estadistas, por eminentes que sean, capaces de educar a los hombres ni por la persuasión ni por la fuerza, como los educa la lucha de intereses mediante los estatutos de la clase o el gremio, porque sólo la clase o el gremio pueden estimular con eficacia a sus individuos para que no dejen de emitir sus votos a favor del candidato proclamado por la agrupación, para que la representen dignamente en los Tribunales de justicia ejerciendo la misión del Jurado, para que concurran compactos y unánimes a las reuniones de aplauso o de protesta de los actos que le favorecen o le perjudican, etc.
Si las clases medias, contribuyentes y patronales se agremiasen a su vez por profesiones procurando disciplinar a sus miembros como lo están los de las obreras, pronto veríamos en mayoría a los ciudadanos capacitados para ejercer sana influencia en la vida pública, y disminuiría como consecuencia el número de los malos políticos, porque los más de los que son malos no lo son por su naturaleza, sino por la naturaleza de las masas que representan y que los moldean.
Pero hay más: mientras existe opinión consciente en las agrupaciones obreras merced a sus Directorios, que, actuando de cerebros, aquilatan y concretan los anhelos de la totalidad de sus componentes, las clases superiores son cuerpos sin cabezas (sin cabezas que piensen y formulen sus aspiraciones respectivas), y al carecer de cabezas, así como carecen de personalidad y de fuerza para la lucha política por no estar organizadas, carecen también del factor indispensable para tener opinión propia. Y si cada uno de sus individuos puede manifestar la que él tiene, es procediendo como procederían las células de un cuerpo acéfalo que estuviesen dotadas de medios de expresión, discrepando las unas de las otras en los más esencial para la conservación del organismo, por ser malo para el hígado lo que es bueno para el bazo, y no haber quien discierna lo más conveniente para la colectividad.
Hoy (no atacando los intereses de los obreros) es dueño de crear y dirigir una, siempre falsa, corriente de opinión pública cualquier agitador perspicaz, contando desde luego con los descontentos (heces de las distintas clases) o con los que puedan ver un beneficios personal en el movimiento o con los enemigos de la patria, interesados en perturbar el orden con fines incluso antinacionales. No estará jamás solo no el agitados más desprestigiado, mientras persista la falta de organización social presente, mientras no estén políticamente organizadas las clases, cuyos Directorios puedan desautorizarlo porque no sean ya las naciones conglomerados heterogéneos de individuos, sino conciertos armónicos de organismos.
En cambio, cuando los ciudadanos más prestigiosos y los mejores patriotas deseen exponer su criterio en un asunto económico o político que afecte a una clase productora o a todas en general, se encontrarán, al intentarlo, sin medios autorizados de expresión, porque no estando organizadas dichas clases con Directorios que las asesoren, las dirijan y las representen, carecen de cerebros que recojan los juicios de sus individuos para formular el pensamiento colectivo o nacional, y tienen que someterse a las absurdas consecuencias que determinen las sensaciones anárquicas de las células.
En todos los pueblos del mundo están las clases contribuyentes en el mismo desorden caótico que en España; pero no hace falta ser un lince para notar que en todos los pueblos van marchando dichas clases hacia su necesaria organización.
El día en que la consumen serán ellas las que rijan los destinos de los Estados, y a los políticos profesionales, que hoy lo son todo y lo pueden todo, no les quedará otro recurso que limitarse a secundar los deseos de esas clases que en la actualidad manejan y hasta explotan a su antojo.
Entre todas las clases contribuyentes, la mercantil y la industrial son las que se encuentran en mejores condiciones para iniciar la evolución, porque estando organizadas, aunque sólo en parte, para la lucha económica, únicamente les bastaría quererlo para hacer sentir su peso sobre los Gobiernos de todos los partidos sin más que extender las funciones de sus gremios a las contiendas electorales y a la educación cívica de los agremiados; esto es, sin más que imitar a los obreros, haciendo que los gremios sean, al mismo tiempo que gremios, comités que trabajen por llevar a los municipios, a las diputaciones provinciales y a las Cortes los candidatos proclamados por las agrupaciones, los ciudadanos más capacitados para representarlas y defenderlas, pertenezcan o no a las mismas, y con abstracción e independencia de los distintos colores políticos.
Mas, como ya he dicho, hasta la organización económica de las clases mercantiles e industriales sólo existe en parte, y la falta de íntimas y frecuentes relaciones entre los gremios similares de las distintas poblaciones hace que no utilicen la inmensa fuerza que representan ni siquiera para oponerse eficazmente a las tarifas arbitrarias de las empresas de transporte, a los recargos, más arbitrarios aún, de los tributos con las aniquila el fisco o la confección de perjudiciales tarifas aduaneras, careciendo de unión y de disciplina incluso para cosa tan sencilla como el acuerdo de un cierre general.
A subsanar estas deficiencias y a completar dicha organización se encaminaban los siguientes párrafos de uno de tantos manifiestos como se publicaron en España en 1898: “Para que las clases productoras, así como los organismos del Estado, cuenten con verdadera y directa reelección de los candidatos, deben empezar por agruparse en toda la nación, formando cada una de ellas una masa uniforme y fuerte que le permita asegurar el triunfo en defensa de sus intereses, mediante la constitución de comités profesionales que lleven al Municipio, a las Diputaciones provinciales y al Parlamento representantes de su mismo seno sin otro carácter que el profesional. La constitución de dichos comités dependerá de las condiciones de cada población, pero la mayor parte de ellos podrán organizarse en esta forma: en cada localidad los industriales, por ejemplo (y lo mismo debe entenderse respecto a las otras clases u organismos), formarán tantas comisiones (gremios o comités) como industrias haya; unidos los presidentes de estas comisiones, constituirán la Directiva de la clase industrial, y la Directiva de ésta, unida a las Directivas de las otras clases, el comité local, especie de Municipio donde se discutan todas las cuestiones y se armonicen los distintos intereses. Los comités de cada profesión se organizarán entre sí con los similares de todos los pueblos, formando organismos independientes, con sus Consejos superiores en Madrid, para la legislación interna de cada clase y la designación de los candidatos a representarla”.
Tales instrucciones cayeron en el vacío.