La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

25 de noviembre de 2011

El cooperativismo según Joan Ventosa Roig

Obreros harinera de S. Martín de Provensals, 1890 (Archivo La Alcarria Obrera)

Joan Ventosa i Roig fue un científico catalán, era farmacéutico e ingeniero agrícola, que dedicó toda su vida a la defensa y difusión del cooperativismo obrero, convencido de que era la solución más adecuada para la llamada cuestión social. Vinculado al republicanismo catalanista, primero en la línea del Partido Republicano Federal y más tarde en la Esquerra Republicana de Catalunya, fue alcalde de su localidad natal (Vilanova i la Geltrú), diputado a Cortes y compromisario en la elección de Azaña como presidente de la Segunda República. Pero destacó sobre todo como presidente de la Federación de Cooperativas de Cataluña y de la Federación Nacional de Cooperativas de España, labor en defensa del cooperativismo que prosiguió durante su exilio en Francia y en México. En 1918 escribió un librito, Las cooperativas obreras, del que reproducimos su último capítulo.

Conclusión
Los impacientes, los que todo lo fían a lo imprevisto, creen posible la transformación de la Sociedad en veinticuatro horas. El camino señalado por el Cooperatismo lo encuentran demasiado largo; el trabajo constante de cada día en pro de un ideal de emancipación, lento y pesado.
Dicen que las cooperativas no resuelven ningún problema; que tratan de convertir al obrero en propietario, perpetuando de esta manera la explotación del hombre por el hombre. Esta acusación, que podría tener algún fundamento aplicada a las cooperativas individualistas, sobre todo a las de producción, ya hemos visto que es completamente gratuita por lo que a cooperativas colectivistas o mixtas se refiere, pues en éstas no es el individuo, sino la colectividad la que se convierte en propietaria.
Este prejuicio tiene por origen la confusión en que incurren los que creen que para la emancipación del proletariado es indispensable la destrucción del capital, cuando en realidad, si por capital entendemos el conjunto de riquezas acumuladas y destinadas a la producción de otras nuevas, lo que se impone no es su destrucción, si no su socialización o sea su transformación de individual en colectiva, haciendo que de sus beneficios se aproveche la Humanidad entera y no una pequeña minoría como en la actualidad.
Ciertamente, el camino que el Cooperatismo sigue para llegar a este fin, es largo; pero en cambio sus resultados son seguros y hoy, tras una experiencia de más de cincuenta años, podemos proclamar muy alto que los resultados superan con exceso las previsiones más optimistas.
No tenemos sino que comparar los magníficos frutos que ha dado la Cooperación, con la obra de los que proclaman la violencia sistemática como medio único de emancipación. Después de pasar cerca de un siglo hablándonos de la revolución social, encuéntranse en la actualidad casi en la misma situación que al principio, mientras el Cooperatismo, sin armar ruido, mina lentamente la base de la sociedad capitalista y prepara un porvenir de Libertad y Justicia.
No una, sino muchas revoluciones serán probablemente necesarias para llegar a la completa emancipación del proletariado, pues los privilegiados no abandonarán sus posiciones sin una defensa encarnizada. Pero a pesar de todas las revoluciones, la organización capitalista subsistirá mientras no exista otra mejor capaz de sustituirla, pues si así no fuera, la revolución, en lugar de impulsamos al progreso, nos haría caer nuevamente en la barbarie.
¿Es posible encontrar fuera del Cooperatismo esta organización mejor? Creemos firmemente que no, pues aceptando que algún día los municipios o el Estado se incautaran de todos los medios de producción, unos y otros no serían otra cosa que cooperativas, más o menos extensas.
Los enemigos de todo progreso, los que se encuentran perfectamente dentro la actual Sociedad fundada sobre el privilegio y la injusticia, también se llaman amigos de la Cooperación y fundan incluso cooperativas, cuando encuentran un núcleo de obreros dóciles a sus imposiciones, pero despojándolas de su esencia democrática. Es que estos individuos conciben únicamente las cooperativas como una tienda más, donde se expende pan y arroz; para ellos son como un pasatiempo para que el obrero se distraiga de su lucha contra el capital y de sus ansias de dignidad política, mientras que para nosotros las cooperativas son la fragua donde se forja la Sociedad futura, la escuela donde los desheredados aprenden los secretos de la economía social, donde adquieren los conocimientos y la práctica necesaria para administrar los municipios y el Estado.
No tenemos que incurrir tampoco en la exageración de creer que basta con encerrarnos dentro las cooperativas para lograr el triunfo de nuestros ideales de Libertad y Justicia, pues correríamos el peligro de morir asfixiados. A medida que el Cooperatismo vaya adquiriendo fuerza y que los cooperatistas se capaciten de su misión, los que sientan amenazados sus intereses procurarán cerrarnos el camino.
Como todas las instituciones democráticas, la Cooperación necesita libertad para desarrollarse y progresar, y por eso los cooperatistas no podemos desentendernos de las luchas políticas, pues somos los primeros interesados en que la organización del Estado sea lo más liberal y justa posible.
De la misma manera, los obreros cooperatistas deben ser los primeros en ingresar en los sindicatos, dispuestos a trabajar con entusiasmo por su mejoramiento económico y moral inmediato, contribuyendo al mismo tiempo a desvanecer los prejuicios que frecuentemente existen en los mismos contra la Cooperación.

Nota: El ejemplo de Rusia creemos que es concluyente. Difícilmente se concibe una revolución social más completa que la realizada en aquel país, y no obstante la indiscutible capacidad de sus directores, después del fracasado ensayo de socializar la riqueza, por mediacn del Estado, el Cooperatismo se ha presentado como solución única de! problema social, hasta el extremo de que Lenin, pocos meses antes de su muerte, decía que la salvacn de las conquistas revolucionarias, dependía de la rápida cooperatización del pueblo. Así las cooperativas de consumo que en un principio fueron transformadas en meros organismos burocráticos de distribución, gozan hoy de libertad plena y son objeto de toda preferencia y protección.