La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

3 de febrero de 2013

Influencia del Cristianismo en el Derecho, de Isidoro Ternero

Portada de su discurso para obtener el grado de Doctor, Madrid, 1857

Isidoro Ternero Garrido fue uno de los más destacados carlistas de Guadalajara en los años centrales del siglo XIX. Hombre culto, propietario agrícola, empresario harinero, político y abogado, en 1857 leyó en la Universidad de Valladolid el discurso con el que obtuvo el grado de Doctor en Leyes dedicado a la “Influencia del cristianismo en el Derecho Privado de la familia”, en el que intentaba desmentir que la Iglesia Católica fuese un freno reaccionario al avance de los derechos de las mujeres y de los hijos, como se sostenía por las escuelas más avanzadas, sino que, por el contrario, al cristianismo debían unas y otros las mejoras más sustanciales de su situación frente a la postración en la que se encontraban en tiempos pretéritos. Este texto mostraba la importancia de la religión en la biografía de Isidoro Ternero, que si bien fue diputado a Cortes por Guadalajara en 1863 desde las filas carlistas, en los años finales del siglo se pasó a las filas del republicanismo sin renunciar a su fe e intentando hacer una síntesis entre progresismo y religión.

Excmo. e Ilmo. Sr.:
Las tristes pero elocuentes páginas de la sociedad pagana nos revelan lo que es el hombre abandonado á sus propias fuerzas, lo nada que vale su débil inteligencia sin la luz de la fe, sin ese faro luminoso, sin esa antorcha divina que nos marca la ruta que hemos de seguir en el escabroso camino de nuestra vida y nos ilumina en la lóbrega oscuridad en que se halla sumida nuestra razón; descorriendo el velo que cubre los recónditos misterios de nuestro ser y señalando al mísero mortal el término de su agitada carrera y la nobleza de su condición moral.
La antigüedad pagana, con su religión mitológica y sensual, con un culto grosero y hasta criminal, con el orgullo de sus sofísticos filósofos, con el depravado egoísmo de sus interesados políticos, con la corrupción en fin que nos presenta tanto en las costumbres públicas como privadas, lo mismo en el solio de los Césares que en la cabaña del mas abyecto liberto; tanto en la conducta del mas opulento ciudadano y de la más encumbrada dama, como en la vida del desconocido peregrino, del infame gladiador, y de la vil y miserable meretriz, es un testimonio irrecusable de la degradación, del abatimiento á que puede descender el espíritu humano, cuando no bebe en las puras y cristalinas aguas de la verdad divina, cuando marcha abandonado en medio del espantoso desierto de esta vida sin la fe, sin esa misteriosa columna que nos defiende de las mortíferas armas del error y disipa las densas nubes que ocultan á nuestros ojos el resplandor del sol de la verdad.
La religión natural, la tradición divina, aquellas primeras y puras creencias, que los más antiguos pobladores del universo trasmitían con religioso celo á sus descendientes, pronto fueron alteradas: negros nubarrones vinieron á eclipsar el sol de la verdad, y un bajo sensualismo, la más degradante superstición y una desenfrenada licencia sustituyeron á la primitiva sencillez y á la pureza de costumbres que reinaba en aquellos espíritus, no empañados aun con la fea mancha del error.
Las creencias que ocuparon el lugar de la antigua tradición, nada nos decían de las trascendentales y profundas cuestiones de la divinidad y del hombre: la religión pagana era una doctrina material sensualista, que deificaba la pasiones, ennoblecía los vicios, dejaba la conciencia desmantelada contra sus propias violencias, y jamás podría elevarse al conocimiento del único y supremo ser y del destino moral de la humanidad.
El supersticioso culto de esta religión consistía en rendir homenaje á los más asquerosos vicios; en postrarse ante ídolos, personificación de los mas execrables crímenes; el quemar incienso en el altar de Venus, Júpiter y Baco, y el solemnizar sus fiestas con los abominables misterios de Adonis, Cibeles, Príapo y Flora, ejecutando á la luz del día, y en honor de la divinidad, lo que hoy nos llena de espanto aun practicado en el lugar más recóndito y en las oscuras tinieblas.
Los pequeños restos de verdad que se salvaron de este universal naufragio se acogieron al abrigo de la ciencia, bajo el manto de los filósofos, en el pórtico de los sabios; pero estos mismos filósofos, ciegos ya como la sociedad en que Vivian, contaminados con la corrupción de costumbres que gangrenaba aquel mundo, envejecido ya en el crimen, que ridiculizaban en la práctica lo que tanto preconizaban en teoría, no consiguieron sino sembrar la duda, la incertidumbre, el más completo escepticismo y la impiedad: la filosofía, natural aliada de la religion.se convirtió en su más encarnizado enemigo; los filósofos escalaron el Olimpo, y arrojando á los dioses divinizaron su loco orgullo y su flaca razón.
Horror causa el hojear las páginas históricas de esa sociedad, matizadas con la sangre de innumerables esclavos inmolados al capricho y veleidad de un tiránico señor; con la de tantos gladiadores sacrificados para satisfacer la brutal pasión de un pueblo degradado, que se divierte con el aspecto de un terrible combate, en presenciar las violentas convulsiones del moribundo gladiador, desesperado en medio de la arena, y que no se sacia hasta que ha visto correr la sangre humana á torrentes, ó se concluye el número de víctimas destinadas á tan bárbaro como cruel sacrificio.
Nuestro espíritu se abate, nuestro corazón se siente poseído del más triste dolor, cuando contempla la profunda herida que tenía abierta la sociedad pagana, cuando examina la depravada y bárbara conducta de los Reyes y Emperadores, la vida disoluta de sus sacerdotes y filósofos, el lujo y molicie de sus ciudadanos, la prostitución de sus mujeres y la liviandad de sus más tiernos y delicados jóvenes; y nuestro cristiano pudor se resiente al recordar las torpezas de los que entonces eran dechado de virtud y modelo de la más elevada castidad.
Donde se notaba mas la asquerosa llaga que corroía las entrañas de esta sociedad era en la vida privada de los ciudadanos, en la familia, donde no se encontraba sino disolución, anarquía; donde no existía ninguno de esos lazos que hoy forman el embeleso de los hombres y hacen de la casa paterna la mansión del amor, del respeto y de los más puros y delicados afectos; donde no existía ese amor cristiano que une para siempre el corazón de los esposos, sino la autoridad y poder de un despótico señor; donde la mujer no era la compañera del hombre, sino una esclava, un torpe y vil instrumento de sus sensuales deleites y una hermana de sus propios hijos; donde los hermanos no se hallaban unidos con el dulce y fraternal amor, sino con el lazo de un poder común, de una actividad que traspasaba los límites de lo justo, é iba más allá de lo que reclamara la razón y el buen sentido; finalmente, en esa sociedad doméstica, en cuyo seno se repetían el adulterio, el incesto, la bigamia, el repudio, el divorcio, la prostitución y tantos otros torpes crímenes que nos abstenemos de consignar aquí, porque se resiste á la delicadeza de nuestras costumbres y á nuestro cristiano pudor.
La sociedad era ya un cadáver, estaba envuelta en el sudario de la muerte; era necesaria una fuerza divina que desatase las ligaduras que la oprimían; y ni los sacerdotes con sus mitológicas fábulas, ni los filósofos con sus argucias y sofismas, con sus teorías y sistemas; ni los legisladores con sus severas pero sensualistas disposiciones, pudieron ni aun galvanizar ese cadáver, ni disipar un momento la fetidez que por doquiera despedía; era necesaria la cooperación del mismo Dios para que se obrase el prodigio de esa resurrección moral; era preciso que apareciese el cristianismo, esa luz divina que disipó las densas nubes del error y afianzó bajo más sólidas bases la condición moral y social de la humanidad.
Si el cristianismo abatió la idolatría, y su supersticioso culto, si dio á conocer á los antiguos filósofos la vaguedad é insuficiencia de su doctrina, si reformó las costumbres, si opuso un poderoso dique al torrente devastador del crimen, no pudo menos de ejercer un inmenso influjo en la legislación, en esa legislación que era el reflejo de la depravación á que había llegado el mundo, y en donde se reasumía todo cuanto de malo tenía su deplorable estado, en esa legislación donde la nación absorbía los derechos de los ciudadanos, en donde el individuo sacrificaba gustoso sus más justos y legítimos derechos ante el altar de la patria, en esa legislación sin base, sin principio alguno moral y que autorizaba asquerosos vicios, acciones criminales y contrarias á la justicia y al orden moral.
Ningún asunto más digno, Excmo. Sr., pudiera elegir para este solemne acto que el manifestar la grande, la inmensa influencia que el cristianismo ejerciera sobre el desarrollo del derecho; pero es empresa muy vasta, que exige conocimientos superiores á los escasísimos que me adornan; delicado tino, profundos y extensos conocimientos histórico-jurídicos, y por eso me limitaré á señalar los rasgos de más bulto, los puntos más culminantes, aquellas reformas trascendentales que cambiaron la faz del derecho privado, obraron una revolución social y patentizaron al mundo lo errado que iba en su camino, lo extraviada que había estado la razón de los sabios y de los legisladores al dictar esas disposiciones, que eran el oprobio de la humanidad y la ignominiosa, marca de su degradación. Voy á hablar exclusivamente, Excmo. Sr., de la influencia que el cristianismo ejerciera sobre el derecho privado de la familia, sobre la legislación de esa sociedad doméstica, desnaturalizada con injustas leyes, cuyos derechos estaban vilmente hollados y expuestos al despotismo y crueldad de su tiránico jefe; de la revolución que causó en esa legislación material, egoísta, cuyas miradas no iban más allá de donde alcanzaban sus ojos y que no se atrevía á pisar más espacio que el que tocaban sus pies, y finalmente, de esa legislación llena deformas, pero vacía de sentido, esclava de la letra, pero injusta en el fondo, y nimia observadora de una exagerada ritualidad.
Corramos un velo, Excmo. Sr., sobre la legislación de las repúblicas griegas, de esa tierra clásica de las ciencias y artes, de esos pueblos que hoy se nos presentan como modelo de civilización y cultura: no revelemos los trascendentales defectos de esa legislación que inmortalizara los nombres de Solón y de Licurgo, ni inquietemos á los que ansían por los bellos días de Lacedemonia y Atenas. El celibato, castigado por las leyes con duras é infamantes penas; santificado el rapto, autorizada la promiscuidad, arrojado el hijo deforme y contrahecho al estanque Apótetis, permitidos el adulterio y la poligamia, consagrada la prostitución por la religión y las leyes: ¡he ahí los timbres de esa legislación sensualista y los principales rasgos de lo que era la familia en la culta Grecia, en el país de los sabios, en la tierra de los héroes, en el punto donde la florida imaginación de sus poetas fijara la mansión de los dioses!
No penetremos en la historia del Egipto, donde vemos como honrosa la prostitución, y corriendo la sangre de inocentes niños sobre la tumba de Osiris: no recordemos los sacrificios de Cartago, la llama de las hogueras de los pueblos septentrionales, porque hay un pueblo que ha recogido en herencia todos estos vicios y una historia que los reasume. Este pueblo es Roma.
Ha dicho un célebre escritor, que así como los ríos van á desaguar al mar, arrastrando las inmundicias que han recogido al pasar por en medio de las ciudades y campiñas, y el repugnante tributo que vierten en su seno lo arroja el mar en espuma sobre sus orillas, del mismo modo la corriente de corrupción que arrastraba el mundo desaguó en el océano de la corrupción romana, que lo rechazó mas impetuoso é infecto hasta los límites del imperio.
En la primitiva legislación romana, obra de un jefe de bandidos, se organiza la familia, no bajo la base del amor, no en atención á los vínculos de la sangre, sino que se basa en el lazo civil del poder, en esa potestad, en ese dominio que el padre tenía sobre los hijos, en virtud del cual podía venderlos, matarlos, rescatarlos, traficar con ellos; en ese poder que convertía los hijos en cosas del patrimonio paterno, y trocaba el dulce amor de padre por el duro despotismo de un tiránico señor. El padre es, según las leyes, el juez de sus hijos, el ejecutor de sus inapelables sentencias, el verdugo que descarga la cuchilla sobre el cuello de inocentes víctimas, el que con sus propias manos deposita el fruto de su sensualidad ó de su amor en esos sitios cuyo recuerdo nos estremece, en el Velabro y en la columna Lactaria, funestos sitios en donde todas las noches se acumulaba un montón de niños, que después servían para proveer los lupanares, para derramar su sangre en el Circo, para las supersticiones de los magos y las viles especulaciones de los mendigos.
La mujer, vil instrumento de los sensuales deleites de su esposo, sierva que compartía el tálamo nupcial y el corazón de su marido con otras muchas que aspiraban á él ó le disputaban, no entraba en la familia del modo digno y decoroso que correspondiera á su elevado objeto; entraba por un contrato de compra en donde se discutía, se regateaba el precio, ó por la prescripción, por la posesión de un año sin la interrupción de tres noches, como si se tratase de adquirir la propiedad de la más insignificante de las cosas muebles. La mujer perdía su nombre para tomar el de su marido, como el campo ó el animal de carga toma el nombre del que le compra; fructificaba para su marido; este tenía sobre ella el mas extenso poder, podía venderla, ceder su uso, renunciar su posesión, despedirla, y hasta ejercer sobre este desgraciado y envilecido ser el atroz derecho de vida y muerte; y llevaba su amplia potestad hasta la tumba, nombrando un tutor á su mujer y recordándola así en sus últimos momentos el anatema que una sensual legislación había lanzado sobre las segundas nupcias.
La indisolubilidad del matrimonio, ese elemento constitutivo, esa piedra angular de la sociedad doméstica, recibió un terrible ataque, fue minada en su base por el derecho romano, que autorizó el divorcio y el repudio por las más leves causas, y dio al mundo el escándalo de hacer separar á Carbilio Ruga de su querida esposa, porque el rígido y severo censor no podía permitir un matrimonio infructuoso para la sociedad, no podía consentir la unión con una mujer á quien la Providencia hiciera estéril. El esposo que se había unido obligado por las circunstancias, el que había contraído matrimonio para la satisfacción de una pasión brutal, y se encontraba hastiado de lo que antes fuera objeto de su vehemente anhelo, no tardaba en valerse de las numerosas causas de divorcio establecidas por la ley, para romper esos lazos que ya le eran odiosos, le pesaban demasiado y eran un freno, aunque bien débil, de su libertinaje. Abramos la historia, estudiemos la vida privada de los hombres más eminentes, y nos hallaremos á Sempronio repudiando á su mujer porque fue á los juegos públicos sin su permiso; á Pompeyo, el más casto de los romanos, repudiando á su esposa por captarse la amistad de Sila; á Catón cometiendo las mayores infamias; á Cicerón, el austero cónsul, el grave orador que abrumado de deudas repudió á su esposa Terencia para librarse de sus acreedores, dándoles el dote de su nueva esposa Publilia, á quien después de haberla robado tan bajamente, la repudió por un frívolo é insignificante pretexto.
Si era triste la condición en que la legislación romana colocara á los hijos y á la mujer; si se habían dejado sentir funestos efectos de ese omnímodo poder que el padre tuviera sobre sus hijos, de esa ilimitada potestad que ejerciera sobre su mujer, y de la abyección y abatimiento á que esta se bailara reducida, no siendo sino una hija de familia, una cosa del patrimonio de su marido, y una hermana de sus propios hijos; si el divorcio y el repudio autorizados y aun obligatorios por la ley, habían conmovido los cimientos de la sociedad doméstica, las relaciones de los hermanos en la familia participarían de estos funestos resultados; los lazos fraternales no existirían, ó su unión seria tan débil, que al menor contacto desaparecerían. En la sociedad doméstica, según nos la presenta el Derecho Romano, no hay sino temor, servilismo, dureza; no hay espíritu de familia, no hay amor. ¿Y cómo habían de profesarse cariño los hermanos, cuando no les unía sino un poder común, una misma autoridad? ¿Cómo había de amar la hermana al hermano, si después de la muerte del padre era el propietario de ella y el heredero exclusivo de la familia? Imposible: el derecho desconoció la naturaleza del hombre, y no estudió como debiera los más naturales y patentes sentimientos de su corazón.
No se crea que cuando Roma llegó al emporio de su poder, cuando fue el árbitro del mundo y sus destinos, comprendieron sus legisladores la honda sima que la sociedad doméstica tenia á sus pies; despertaron, es cierto, del letárgico sueño en que se hallaban sumidos, vislumbraron el horroroso precipicio adonde conducía su legislación; pero su vista no alcanzó á penetrar la extensión del mal: quisieron galvanizar la sociedad, ya cadáver, con disposiciones materialistas y análogas al carácter de la época, y solo consiguieron probar una vez más la impotencia del hombre y la ineficacia de sus propios y aislados esfuerzos. Atemorizado Augusto por el libertinaje y la desenfrenada licencia de su pueblo, viendo desde su elevado solio la corriente de corrupción que arrastraba á esa vieja sociedad, trata de detenerla en su curso, quiere oponer un dique á ese torrente devastador, y publica sus célebres leyes Julia y Papia Popea que abren un ancho campo á las pasiones, aumentan el número de crímenes y empeoran la ya bien triste situación de la familia y de la sociedad. Unas leyes que con el objeto de extirpar el celibato permiten las uniones reprobadas por la naturaleza y la moral; que obligan á contraer matrimonio á todos los púberos y hombres aptos para tener hijos; que imponen penas á los célibes y á los esposos infecundos, y otorgan premios á los padres según el número de hijos, no pueden regir sino á una sociedad enteramente degradada, á un pueblo que no tenga base ni freno alguno moral.
Esas leyes que anatematizaron el celibato, que consideraron como crímenes la viudez y la esterilidad, que impusieron una ignominiosa marca á los esposos infecundos, prescriben directamente las dos cosas más destructoras de la sociedad doméstica, el divorcio y el repudio; y á su naturaleza altamente inmoral se agrega la circunstancia de estar promulgadas por Augusto, que había dado al mundo el ejemplo del adulterio y del mas desenfrenado libertinaje, y dadas por dos cónsules, sobre quienes podían recaer las penas de sus mismas disposiciones.
Esas infructuosas tentativas solo sirvieron para agravar el mal; quisieron cicatrizar la llaga, y la extendieron mucho mas; quisieron apartar la sociedad doméstica del horroroso precipicio que tenia á sus pies, y lo que consiguieron fue apresurar su caída; las heladas plantas de la muerte se habían fijado en el seno de la sociedad doméstica, y las violentas convulsiones de su agonía fueron producidas por esas disposiciones, hijas de la procacidad y disolución del siglo de Augusto.
Aparece el cristianismo, y oculto en el fondo de las catacumbas, y en medio de las más sangrientas persecuciones, se extiende cual ráfaga luminosa por la lobreguez é inmenso caos que entonces presentaba el universo; ilumina ese vasto cuadro, reanima á ese ya yerto cadáver, desata sus ligaduras é imprime en su macilento rostro un sello divino, un glorioso timbre que da al individuo y á la sociedad un vivo colorido que hasta entonces desconociera el bajo sensualismo de las más cultas y adelantadas sociedades paganas. Pero cuando hace sentir su inmensa influencia; cuando da á conocer al mundo los resortes de su gran poder; cuando con sus elevadas y puras ideas, con su suave doctrina, con sus morales costumbres trastorna el orden de un mundo habituado y envejecido en el crimen, es cuando ocupa el trono de los Césares, cuando viste la púrpura imperial, cuando el cetro de los Emperadores es cristiano, desde que en el lábaro de los Césares se estampa la gloriosa enseña del cristianismo. Esa influencia que se percibe, que se toca lo mismo en la cámara del poderoso Emperador, que en las legiones del mercenario soldado, que llega á los festines del opulento romano lo mismo que á la humilde habitación del infeliz y aherrojado esclavo, trastorna, como no podía menos, la legislación que regia los destinos de la sociedad doméstica; sus esfuerzos se dirigen á extirpar para siempre esos vicios y crímenes que hacían de la familia una constante escuela de iniquidad y depravación, y eran hijos de una legislación cuyas miradas no podían elevarse más allá de donde alcanzaban sus ojos, ni extender su acción mas allá de donde podía llegar la potestad de sus magistrados y jueces.
El hijo de familia, ese ser desgraciado de la sociedad doméstica, empieza á ser reparado aun antes de que el cristianismo fuese la religión del imperio; los antecesores de Constantino no pueden resistir á la luz, y por mas obstinada que sea su incredulidad ceden á la verdad, se postran ante sus eternos principios, y manchadas sus manos con la sangre humeante de los mártires, acatan la sublimidad de la religión cristiana y adoptan, como empujados por una fuerza interna, sus salvadoras máximas por más que el humo de los sacrificios y la sangre del Circo ofusquen su inteligencia y su razón. Séptimo Severo y Caracalla nos dicen ya que la venta de los hijos, hecha por sus padres en casos urgentes ó por procurarse medios de subsistencia, no irroga perjuicio á su libertad, porque no hay precio alguno que pueda pagarse por un hombre libre, y que tampoco pueden ser dados en prenda, condenando con la deportación al acreedor que los reciba á este título, sabiendo que su condición libre impide semejante transacción. Alejandro Severo establece que los hijos mismos de los esclavos expuestos contra la voluntad de su dueño pueden ser reclamados por él, y Diocleciano pronuncia, al mismo tiempo que los terribles decretos de persecución, una ley emanada sin duda alguna del espíritu del cristianismo, al que profesaba el odio más encarnizado y que ejercía sin embargo sobre él una secreta y bienhechora influencia.
De los labios de este tirano se escapan dulces palabras en favor de los hijos de familia, y nos dice que el padre no puede vender, dar en prenda ni de cualquiera otra manera á sus hijos, y que la ignorancia de la condición libre, alegada por el comprador, no trasfiere la propiedad. Constantino niega al padre el derecho, de vida y muerte sobre sus hijos; asegura su libertad y mitiga el rigor de la exposición, limitándola á los hijos recién nacidos, á los sanguinolentos, según expresión de la ley; y Justiniano, solícito por el bien de los tiernos é inocentes niños, ataca con mano fuerte la odiosa codicia de algunos, que traficaban con la exposición de los hijos de familia, y agravaban su ya triste situación con una dura y penosa esclavitud.
¡Hijos de familia, ved lo que erais! ¡Examinad atentamente lo que hoy sois! No divaguéis en busca de la causa de semejante trasformación; no cerréis los ojos á la luz; abridlos; venid y ved al cristianismo obrando vuestra reparación, sacándoos del lecho de la muerte, desatando las ligaduras que os oprimían, elevando vuestra dignidad, y dándoos el poder y consideración de que os privara la legislación de un pueblo, que fundaba su gobierno en la fuerza y su gloria en la afortunada espada de sus generales. Erais cosas y sois ya personas: el capricho de vuestro padre podía privaros de la existencia, de la libertad y de los bienes: podía arrojaros al Tiber, exponeros á la intemperie y en medio de las inmundicias; pero hoy está asegurada vuestra existencia, vuestra libertad: ocupáis un lugar preferente en el corazón de vuestros padres; y si estos, por un extravío lamentable y bien raro, se separan de los sentimientos naturales, las leyes les marcan su deber, les cortan ese tortuoso camino, y la sociedad misma señala con el dedo á ese padre desnaturalizado. Estos son los triunfos del cristianismo, los trofeos de la gran batalla que se diera contra el mundo pagano: nosotros hemos recogido el botín, hemos colocado sobre nuestras cabezas los laureles de la victoria, y muy justo es que seamos agradecidos y que publiquemos muy alto los beneficios y grandes resultados de esta gran conquista.
La mujer, ese ser, ese miembro de la familia que tan degradado le hemos visto en los que se llaman bellos días del imperio romano, sale de su miserable estado merced al cristianismo; adquiere su primitiva dignidad, y llega á ocupar el elevado puesto que la Providencia le destinara en el seno de la familia. Si el paganismo había quitado á la familia su primitivo carácter de santidad, si consideraba como su único objeto la propagación material de la especie humana, declarando punibles la viudez y la esterilidad, y permitiendo el matrimonio entre los más próximos parientes. Constantino, el primer Emperador cristiano, devuelve al matrimonio su elevado carácter, reconoce su alta misión sobre la tierra, declara que la viudez y la esterilidad no son crímenes, y prohíbe el matrimonio entre aquellas personas á quienes el pudor y la naturaleza impiden semejante unión.
El paganismo, desconociendo, como hemos visto, la noble misión de la mujer y de la esposa, permite el amancebamiento, autoriza los testamentos en favor de la concubina, y quita toda mancha de infamia á los hijos habidos de tan degradante union; rompe la indisolubilidad del lazo conyugal, permitiendo el divorcio y el repudio, y somete á la mujer á una perpetua tutela que menoscaba su dignidad y rebaja la elevada consideración que debiera tener este importante miembro de la sociedad doméstica: pero el cristianismo ha salvado á la mujer; la legislación cristiana la ha manumitido; la serie de disposiciones que empiezan en Constantino han impedido la adúltera violación del tálamo nupcial por la desgraciada prostituta y la infame manceba; han impreso un sello de ignominia sobre el fruto de estas culpables alianzas; han proscripto el divorcio y el repudio asegurando á la mujer contra la veleidad de su marido, contra el capricho de su esposo, que podía despedirla por levísimos é insignificantes motivos después de haber ajado su hermosura y robádola de su pureza la inestimable prenda; han recordado al marido la promesa de fe y unión que hiciera al pie de los altares, las palabras que en aquel augusto recinto le dirigiera el sagrado ministro dándole, no una esclava, no una sierva, sino una compañera, una fiel ayuda y una constante copartícipe de sus miserias; han dado á la mujer el carácter de madre, han puesto en sus manos y bajo la solicitud de su intenso amor la educación de la familia; han reprimido y condenado el despotismo marital que sobre ellas se ejerciera; han salido de la perpetua tutela á que se hallaban sometidas; pueden ya disponer de sus bienes, adquirir por testamento, ejercer la tutela de sus hijos y nietos, y después de la muerte de estos, recoger sus tristes despojos, heredar su pingüe ó escasa fortuna.
¡Mujer! Si algo eres en la familia y en la sociedad, si tu marido te respeta, si tus hijos te obedecen, si eres objeto de la galantería, lo debes á la influencia de la Religión cristiana. Si las leyes te han dado consideración; si te han elevado del miserable estado de cosa al de persona; si han roto el cetro de hierro que empuñara tu marido; si la hija de familia y la hermana de sus propios hijos ha sido enaltecida con el alto rango de compañera y madre; si hoy no eres despedida de la casa de tu esposo para que otra más afortunada ocupe tu lugar en el tálamo nupcial, lo debes á la Religión del Crucificado que eligió á una mujer por madre y la hizo depositaría de sus mercedes y canal de sus misericordias. Si las leyes te han concedido derechos, si puedes disponer de tus bienes, si puedes hacer testamento, si heredas á tus propios hijos, si eres tutora en su orfandad, ¿á quién lo debes sino á la influencia del cristianismo sobre la legislación, á ese derecho que empieza en Constantino, es perfeccionado por la Iglesia, y hoy es la base de todos los gobiernos y el áncora de salvación de todos los pueblos extraviados?
Finalmente, los hermanos no son ya, según la legislación cristiana, seres que se rechazan, sino que se quieren con un amor entrañable, con esa dulce fraternidad, que emanada de los lazos de la sangre, se fortifica en la vida común; no se temen unos á otros, porque es igual su condición; aunque se ausenten á remotos países, por desgraciada y humilde que sea su situación, por multiplicados matrimonios que contraigan, jamás salen de la familia, nunca se rompe ese fuerte eslabón que une á los diversos miembros de la sociedad doméstica, porque una legislación cristiana no podía fundamentar la familia sobre un despótico poder; antes bien, debiera hacerlo en los lazos de la sangre, en los principios fijos é inalterables de la ley natural.
El sucinto cuadro que acabamos de presentar de las leyes sobre la familia en sus dos grandes épocas, nos revela que se hallaba fuera de su base la sociedad doméstica durante el paganismo, que fluctuaba á merced del desbordamiento que consumía la sociedad, y que hubiera perecido si una contraria fuerza no la diera dirección opuesta; si el cristianismo, librando al hijo del opresor poder de su padre, regularizando el poder marital, ennobleciendo á la mujer, santificando el matrimonio y reanudando el fraternal amor, no la hubiera rehabilitado, no la hubiera sacado del profundo caos en que se hallaba sumergida, y reanimado con el vivificante soplo de su poder.
Mi empresa ha sido vasta, Excmo. Sr., y mi balbuciente lengua no atreve á desplegarse sino para demandar indulgencia á este ilustrado claustro, á la erudición de estos respetables maestros; porque mi corazón y mi conciencia me dicen que no he llenado mi objeto, que he profanado con mi ignorancia este augusto sitio; pero un imperioso deber, no una vana presunción, no una temeraria arrogancia , es el que me ha traído á este lugar, y espero que, juzgándome así, os serviréis dispensar el atrevimiento de este neófito en la ciencia, que hoy os viene á pedir, sin merecerlo, ornéis sus sienes con la insignia propia del magisterio; con el glorioso distintivo de la ciencia. He dicho.
Isidoro Ternero y Garrido
Madrid 20 de Abril de 1857