La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

29 de marzo de 2013

Influjo de América en el atraso económico español

Retrato de Ramón Pasarón Lastra (Archivo La Alcarria Obrera)

La familia Pasarón era originaria de la comarca del río Eo, a caballo entre Asturias y Galicia, tuvo una estrecha relación con la provincia de Guadalajara, donde residieron varios de sus miembros como alumnos de la Academia de Ingenieros, como magistrados o como políticos, siempre en las filas del liberalismo progresista. Ramón Pasarón Lastra, diputado por el distrito de Pastrana en las Cortes de 1871, bajo la monarquía de Amadeo I de Saboya, y padre de Benito Pasarón Lima, gobernador civil de la provincia de Guadalajara en esas mismas fechas, escribió el siguiente artículo que se publicó en la revista La América, en su número del 8 de noviembre de 1857. En él se ofrece un magnífico resumen de la situación económica española en los primeros años del siglo XIX y, mostrando sus debilidades, se ofrecen pistas que permiten explicar el fracaso de la Revolución Industrial en nuestro país en las décadas siguientes, las posteriores a la Guerra de la Independencia, que mostraron la capacidad de los españoles para situarse a la vanguardia de los cambios políticos y su incompetencia para realizar las más necesarias transformaciones económicas.

INFLUJO DEL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA EN LOS INTERESES MATERIALES DE LA PENÍNSULA HASTA FINES DEL ÚLTIMO SIGLO.
El inmortal Colón dio á la corona de Castilla un mundo nuevo cuyas entrañas encerraban tesoros inmensos, mientras que en su vasta superficie se ostentaban todas las riquezas de una tierra privilegiada y virgen. ¡Coincidencia rara! Los monarcas poderosos cuyo reinado es una de las mejores glorias de la nación española, al mismo tiempo que adquirían aquellas magníficas regiones que presentaban un mercado inagotable al comercio universal, lanzaban de la Península el 30 de marzo de 1492 la parte de su población que desde algunos siglos venía siendo casi la única comerciante.
Y no porque faltase á la generalidad de los españoles el genio activo y emprendedor que exige la vida mercantil. Ocho siglos, sin embargo, de una guerra de restauración y de proselitismo contra los árabes, habían mantenido en la nación aquel espíritu marcial y guerrero que caracterizó á los visigodos, para quienes las profesiones pacíficas habían sido primitivamente consideradas como indignas del hombre elevado. Adoptando como la sociedad romana que acababan de destruir, la distinción de nobles y plebeyos, aunque no sobre iguales bases ni para el mismo fin, los primeros ocuparon los altos puestos militares y sacerdotales, hasta que fundada por San Fernando la universidad de Salamanca, sacados de ella por este monarca los doce primeros varones que formaron su Consejo, iniciaron la formación de nuestro segundo código nacional; fijados después de largas luchas los límites de la jurisdicción feudal, y reivindicada la suprema que correspondía fundamentalmente á la corona, se erigieron tribunales de orden superior. En ellos encontró la nobleza nuevos asientos, y todas las industrias quedaron relegadas en manos que se consideraban inferiores.
En cambio huían aquellas de los pueblos de señorío para llevar la vida y el movimiento á los de realengo, en donde se desarrollaba bajo la sombra protectora de la libertad municipal, una de las pocas instituciones civiles que se habían salvado de la ruina del imperio, y que era favorecida con empeño por nuestros soberanos para oponerla al turbulento poder de los señores. La inteligencia, el acrecentamiento y la prosperidad en las primeras: la miseria, la abyección y la soledad en las segundas. Tal fue el contraste que por algunos siglos ofreció la Península, y tal es la huella que de esta organización social se ve todavía en algunas de sus provincias.
En el seno de esta sociedad vivía, no sin frecuentes contrariedades, una masa numerosa de judíos que extraña á las preocupaciones sociales de la época, y sin más cuidados que los de su interés material, acabó por apoderarse de todas las industrias lucrativas, principalmente de la mercantil. Entonces nuestro comercio se colocó delante del que hacían la mayor parte de las naciones. En solo Toledo á principios del siglo XVI había, según Robertson 130.000 operarios dedicados á elaborar la seda, y se cree que fabricaban 450.000 libras en más de 15.000 telares.
Pocos años después de la conquista de Granada producía allí aquel ramo un millón de libras que se fabricaban en unos 6.000 tornos. Todavía á mediados del siglo XVII, á pesar de la rápida decadencia que había experimentado nuestra industria fabril, existían en la Península más de 10.000 telares de lana y seda. Entre los años 1663 y 1675 Toledo perdió 8.761 de aquellos, prueba inequívoca de la altura á que habían llegado nuestras fábricas de tejidos. Segovia, Santa María de Nieva y otros pueblos vecinos llegaron a tener más de 13.000 operarios en sus fábricas de paños; y es indudable que en el siglo XV las manufacturas españolas eran las que mejor se apreciaban en Europa, como lo atestiguan las célebres ferias de Medina del Campo que tenían lugar dos veces al año. Así se acumulaban la plata y el oro circulante en las manos laboriosas, mientras que careciendo de aquella riqueza nuestros adustos infanzones y ricoshombres se iban apoderando de ellos al mismo tiempo inspiraciones de galatería y de fausto, á cuyo impulso abandonaban sus castillos feudales para venir á las grandes poblaciones en pos de una vida más agradable. Desde entonces la nobleza se hizo tributaria del talento y del genio industrial.
Con la expulsión de los judíos que tanto habían hecho florecer el comercio, faltó de la Península uno de los principales elementos que habían de sacar partido del Nuevo Mundo que se descubría en aquella grande época. Las personas que tenían medios para instruirse en la ciencia mercantil, desdeñaban estos estudios abrazando con avidez los que conducían á las carreras de las armas ó de las letras; y puede asegurarse que la mano providencial trajo á España las dos terceras partes de la riqueza universal, al mismo tiempo que desaparecía de ella el instrumento poderoso que debía explotar tanto bien.
Otra coincidencia fatal para los adelantos de nuestra prosperidad sobrevino entonces. Acababa de tener su fin la aristocracia feudal que había venido desafiando el poder de nuestros monarcas por más de siete siglos: que lanzara del trono al sabio D. Alonso; que enfrenada por D. Alonso XI se vengó en su hijo D. Pedro; que dominó en los reinados sucesivos particularmente en los de D. Juan II y de los dos Enriques III y IV; y que levantó sobre el solio de Castilla á la misma doña Isabel.
Pero si razones de alta conveniencia política hacían desaparecer aquella aristocracia poderosa é inquieta, las había también para que se la reemplazase por otra más tranquila y subordinada á la suprema potestad de los reyes. La base de esta nueva nobleza y de su perpetuidad en las familias fue la propiedad inalienable é indivisible como lo era la sucesión de la corona, y las leyes acordadas en las Cortes de Toledo de 1502 y promulgadas en las de Toro dos años después, permitiendo que cada generación vinculase la tercera y quinta parte de toda la masa de bienes, además de los mayorazgos que se fundaban con real facultad, y de tenerse por vinculadas cuantas mejoras se hicieren en los unos y las otras, produjeron el estancamiento en la mayor parte de la poca propiedad libre que había quedado fuera de las manos muertas civiles y eclesiásticas. Así desaparecieron á un mismo tiempo la clase casi exclusivamente comerciante y la circulación de bienes que los hubiera llevado siempre al dominio de personas productoras capaces de mejorarlos y de dar alimento y vida á las demás industrias.
A estas causas de nuestra decadencia comercial en los tres últimos siglos es preciso agregar otras que consisten:
-En la expulsión de los moriscos que apartó de nuestra población muchos capitales y brazos laboriosos.
-En las costosas y estériles guerras de Flandes é Italia cuyas glorias adquiríamos á expensas de nuestros tesoros y de los hombres que arrancaban á las industrias.
-En la montuosidad de nuestro suelo no allanada por vías de comunicación.
-En la sequedad de nuestros terrenos del interior que no se venció con canales de riego.
-En lo poco navegables que son nuestros ríos, y en la incomodidad y peligros que ofrecen los puertos situados en sus embocaduras sin limpiar.
-En las trabas fiscales que embarazaron siempre nuestro movimiento interior; y en el sistema de prohibición que erigiendo el monopolio alejó la saludable competencia que debía estimular la mejora de los productos domésticos.
-En los privilegios concedidos á la ganadería á costa de los adelantos del cultivo. En la diferencia de pesas, y medidas y moneda que dificultan las transacciones.
-En la escasez de buques y carestía de sus fletes.
-En la emigración que los españoles dedicados al comercio y á otras industrias hacían para América, atraídos por las mayores probabilidades de obtener fortuna.
A pesar de tantos y tan graves obstáculos el genio español sostuvo por un lado la supremacía en las bellas artes que se ostentaron en la magnificencia de nuestras catedrales, monasterios y palacios; é hizo, por otro, esfuerzos asombrosos para elevar sus industrias, de cuya verdad responden la excelencia de sus tejidos de seda y algodones en algunas provincias, sus encajes, la especialidad de sus bordados y las numerosas fábricas establecidas en Cataluña, Valencia, Segovia, Talavera, Sevilla y otros puntos de España. Era imposible, sin embargo, que estos ramos de producción traspasados á nuevas manos, por decirlo así, desde principios del siglo XVI, pudiesen luchar a un mismo tiempo con las trabas fiscales y con el torrente extranjero que explotando la baratura de sus jornales, é inventando todos los días perfeccionamientos en sus manufacturas y fábricas, inundaban con sus producciones la Península, y se llevaban á falta de otro cambio las fabulosas sumas de plata y oro que recibía de América.
Llegó la libra de seda peninsular á tener sobre sí el enorme impuesto de 15 1/2 rs. próximamente; así es que el millón de libras que producía el antiguo reino de Granada, pocos años después de su conquista, vino á quedar reducido á mediados del siglo XVII á poco mas de 200.000. Prohibióse después su extracción, que fue otro golpe mortal para este ramo de industria; y las franquicias que obtuvieron los géneros importados de Génova, Milán, Nápoles, y Holanda, en el concepto de nacionales, mientras los nuestros se hallaban lamentablemente gravados, dieron á estos países el comercio casi exclusivo de España á cuyas poblaciones vinieron á establecerse numerosas casas de aquellos extranjeros que recogían nuestro oro y plata, tomando así una represalia funesta de la dominación que habíamos impuesto á su patria.
Antes del descubrimiento de la América todo el metálico circulante de Europa no pasaba de 850 millones de francos á lo más, según los cálculos del célebre estadista Mr. Jacob, y por consiguiente, los precios de todos los géneros eran bajos en proporción á la escasez del numerario. El mismo estadista con el cual se halla casi conforme Humbold, asegura que el metálico traído en el primer siglo después de aquel grande acontecimiento, ascendió á tres millares y medio de millones. En el segundo á ocho millares y medio de millones que constituyen un aumento de 128 por 100, y en el tercero, hasta el año de 1809, á veinte y dos millares de millones, siendo de advertir que en estos cálculos se hallan deducidas las cuantiosas sumas de pesos que salieron de Europa para la India, y la parte de moneda que se convirtió en alhajas de lujo.
Este fabuloso y rápido incremento de moneda debía producir naturalmente desnivelaciones violentas entre las necesidades del mercado y de la circulación. Lejos de seguir los precios el indicado incremento, sus oscilaciones eran continuas: el valor que tenían hoy los géneros, no guardaba relación con el de ayer, ni servía de base para calcular el de mañana. Nuestra península, por lo mismo que era la que recibía aquellos cargamentos de metal acuñado, debía también experimentar consecuencias más graves, y así fue en efecto. De un lado la abundancia de dinero suplía nuestra falta de artículos domésticos para cambiar con los extranjeros; y por otro, estimulados estos con el aliciente que les ofrecía el metal precioso que con seguridad hallaban en la península, y aprovechando la baratura de su mano de obra, desarrollaban de un modo prodigioso sus industrias cuyos productos nos enviaban por las aduanas ó de contrabando á precios más cómodos que los que tenían los nuestros, llevándose en cambio los tesoros que recibíamos de América.
Así se preparó en nuestra vecina Francia ese grande acontecimiento que debía ejercer un influjo tan decisivo en los destinos del mundo. La actividad industrial que su clase media desplegó, para recoger en cambio nuestra moneda americana, puso en sus manos abundantes riquezas que alzaron los precios de los consumos sin levantar el de los jornales. Los propietarios que tenían arrendadas sus tierras á largos plazos, no pudieron subir los arriendos, y el importe de estos ya no bastaba como antes para cubrir sus necesidades. Solo había logrado hacerse opulento el tercer estado, que tomando por falange suya la masa pobre y abyecta, se lanzó á la lucha contra la decrépita aristocracia para arrollarla, vencerla y consumar ese cambio universal de intereses morales y materiales que la misteriosa mano providencial reservaba al siglo XIX.
Fuese, pues, quedando atrás nuestra industria nacional: la imposibilidad de competir en precio, en calidad y en diversidad de productos con la extranjera, redujo la española casi exclusivamente á nuestros mercados del interior y de las provincias de Ultramar; y el resultado fue que el comercio de exportación de la península quedó limitado á algunos artículos salidos de su suelo, á las lanas finas que con el tiempo lograron aclimatar otros países, llevándose ganados nuestros, y á la pequeña reexportación de productos coloniales, mientras que los extranjeros no adquirieron bastantes posesiones para surtirse de ellos.
La pequeña importación permitida por nuestros aranceles, y el asombroso contrabando que inundaba la península, se llevaban en cambio la plata y oro que nos enviaba América, y los puertos de esta parte del mundo, cerrados por completo al comercio extranjero bajo penas increíbles, recibían nuestros sobrantes domésticos, los productos de la industria fabril nacional, y los géneros extranjeros que importados en España no habían encontrado salida en su mercado interior. Así es que el alto precio de nuestras producciones, originado por el alza de jornal á que habían dado lugar la abundancia del metálico y el monopolio nacido del sistema prohibitivo, alejaba de ellas al consumidor nacional, y lo llevaban en busca de los géneros extranjeros y del contrabando.
Tal es el cuadro triste y en bosquejo que presentó nuestro comercio mientras reinó en la península la dinastía austríaca. La guerra de sucesión que sobrevino á la muerte del señor D. Carlos II, detuvo los progresos que debía hacer en nuestro país la escuela económica que principiaba á fundarse entonces y que continuó desenvolviéndose hasta nuestros días. Sulli y Collbert habían dado la señal en la vecina Francia. Siguiéronlos allí Quesney, Say, Mirabeau y otros maestros de la ciencia. Levantaron también su voz muchos españoles ilustres, entre ellos Ensenada, Campomanes y Jovellanos; uno de los primeros y grandes resultados que produjeron las nuevas doctrinas, fue el célebre reglamento llamado del comercio libre de 12 de octubre de 1778 que forma una de las glorias del señor D. Carlos III. Del reinado de este augusto monarca arranca una nueva era para nuestro comercio con América, que puede ser objeto de otros artículos sucesivos, particularmente en lo que tenga relación con la preciosa isla de Cuba.
No concluiré, sin embargo, el presente sin ofrecer á la consideración del lector en cifras exactas tomadas de datos semioficiales el verdadero estado que tenia nuestro comercio exterior con las naciones extrañas y con la América española en el año común del septenio último que precedió al de 1793 en que tuvo principio nuestra guerra con la república francesa.
BALANZA CON AMERICA:
Remitió la península á todas sus provincias de América en el año común y en productos nacionales. 179.234,743 rs. vn.
ídem en extranjeros 171.349,772 rs. vn.
Retornó a la península en oro y plata 485.277,190 rs. vn.
ídem en frutos y géneros 255.357,094 rs. vn.
Balanza favorable á la península por rs. vn. 390.049,769
BALANZA CON EL EXTRANJERO:
El comercio extranjero importó por las aduanas de la península en el año común del septenio 714.858,698 rs. vn.
Exportó esta para el extranjero en productos domésticos 397.395,533 rs. vn.
Diferencia en contra de la península por rs. vn.: 317.463,165
De modo que después de pagar con el sobrante de América el déficit con el extranjero, nos quedaban 72.586,600
Y como esta desnivelación en contra de la balanza extranjera la pagábamos con la favorable que teníamos en metálico de la de América, resulta demostrado de una manera evidente que en la mejor época de nuestro comercio en el siglo último, y á pesar del inmenso mercado que teníamos en nuestras vastas provincias americanas, todas las ventajas mercantiles de España estuvieron reducidas á los 72.586,600 rs. Y aun nada tendríamos que deplorar sí esta suma se quedase entre nosotros. El contrabando, mayor entonces que la importación legítima, se encargaba de arrebatarnos con muchas creces aquel insignificante resto en que estaba representada la grandeza comercial española, aparente y quizá funesta para nosotros, pero real y fecunda para las naciones que levantaron la suya á expensas de la nuestra.
RAMÓN PASARON Y LASTRA