La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

20 de febrero de 2008

El carbón y la Revolución Industrial, de Benot

Eduardo Benot es uno de tantos intelectuales avanzados a su tiempo que hoy España desconoce. Hombre polifacético, fue, sobre todo, un reputado lingüista; una de sus obras conoció repetidas reediciones durante décadas, a pesar de que no fue recomendada por ninguna institución académica de su época. Científico, escribió obras de matemáticas y física; pedagogo, introdujo en España el sistema Ollendorf para el aprendizaje de lenguas extranjeras; literato, autor de varios libros de poesía y teatro; periodista, dirigió La Discusión de Madrid; ensayista... Fue además un destacado militante del Partido Republicano Federal, en el Cádiz de Fermín Salvochea, y ministro de Fomento durante la Primera República; a él se deben las primeras leyes sociales españolas. En el texto “Ni el carbón, ni la esclavitud” se resumen estas facetas y se nos muestra como un pensador original, en la vanguardia intelectual de su tiempo; se publicó en 1884 en un libro, Temas varios, que La Escuela Moderna reeditó en 1916.

Ni el carbón, ni la esclavitud. La una en lo antiguo y el otro en lo moderno, han sido y son los grandes obreros de las razas superiores de la Humanidad.
Pero la esclavitud se extingue, y carbón hay mucho en las entrañas de la tierra. ¿Qué será de la civilización cuando el carbón nos falte? ¿Volveremos a la esclavitud?
El carbón es excesivamente escaso. Haga el lector o figúrese en su mente un dado diminutísimo y casi imperceptible que tenga por un lado el grueso de este papel, represéntese un globo terrestre de un metro de diámetro, búsquese en ese globo el lugar ocupado por las islas Británicas, y con gran habilidad introdúzcase allí el inmanejable dadito de papel; y, hecho esto, tendrá en tan extraño corpúsculo la representación de todo el carbón fósil extraído durante un siglo de todas las minas de Inglaterra. El punto de esta i es mucho más extenso que una cualquiera de las seis caras de este dado. Todo el carbón de piedra existente en la tierra no llega acaso (respecto siempre de ese globo de un metro de diámetro) al tamaño de un pedazo de papel cuya área sea igual a la de una C mayúscula de este tipo.
Muchas minas se han descubierto últimamente; y la industria ha concebido grandes esperanzas de no morir de hambre tan pronto. La riqueza de las minas de Westfalia asciende a 100.000 millones de toneladas, y la antracita de la sola provincia china de Shan-Si pudiera dar 300 millones de toneladas durante 2.500 años. Dícese que en el corazón de África hay hulleras de considerable extensión.
El temor, pues, no depende tanto de la escasez en estos instantes de carbón de piedra, cuanto del hecho revelado por la estadística de que cada quince años ha venido duplicándose el consumo (que dentro de poco se triplicará). En Francia solamente, se gastaron 9 y medio millones de toneladas de carbón en 1815; 18 millones en 1830; 30 en 1843 y 75 millones en 1859. En los últimos quince años el consumo de carbón se ha más que duplicado. ¿Calcula el lector lo que es ir a la dobla en los gastos?
A petrificarse la industria en su estado actual, tal vez el carbón fósil atesorado en las entrañas de la tierra, aunque insignificante respecto de la masa total de nuestro planeta, bastaría para satisfacer nuestras necesidades hasta unos 100.000 años (el doble, según la opinión de entendidos optimistas). Pero multiplicándose solamente por dos el gasto cada quince años, todo el carbón de piedra del mundo no alcanzará de cierto para tres siglos, aún admitiendo en esta nueva cuestión los presupuestos del color de rosa más subido. Las locomotoras de los Estados del Norte de América han doblado el gasto en ocho años. En 1840 el Britannia era el rey de los vapores transatlánticos: medía 1.150 toneladas y contaba con una fuerza de 440 caballos. Hoy el Oriente desplaza 9.500 toneladas y dispone de 5.400 caballos. En 1829 no había locomotoras en el mundo; hoy existen más de 60.000 y gastan más de 12 millones de toneladas de carbón. ¿Cómo, pues, esperar que se estanque el consumo, cuando no hay caminos de hierro en el Japón ni en Filipinas, ni apenas en África, Australia y Asia? ¿Pueden hoy prescindir del vapor las regiones populosas?
Verdad es que pasma de admiración lo que ahorra de combustible la maquinaria moderna. Al empezar el siglo actual, las máquinas de Smeaton consumían 13 y medio kilogramos por hora y por caballo; hoy gastan menos de un kilo las grandes máquinas Corliss y, en general, las Compound. Los primitivos vapores transatlánticos gastaban 48 y medio quintales de carbón para llevar una tonelada de carga desde Liverpool a Nueva Cork; hoy el viaje exige solamente 4 y medio. Y hay más, mucho más todavía. En 1840 el Britannia pudo recorrer 2.775 millas inglesas desde Liverpool a Boston en catorce días y ocho horas; y, hace poco, el Britannia recorrió las 2.802 millas de Queenstown a Nueva Cork en siete días y once horas. El Gallia, con viento de proa, ha hecho la misma travesía en siete días y diez y nueve horas; ¡velocidad difícil de exceder notablemente mientras no cambie el actual modo de propulsión! ¿Quién pudo imaginar en 1840 que a los cuarenta años se pudiera transportar 15 veces más flete a través del Atlántico, en la mitad de tiempo, y con vez y media menos de peso de carbón? Pues este portento, que entonces se calificó de utopía extravagante, es hoy una posibilidad que ni siquiera cautiva la atención.
Pues todavía cabe un progreso más, ante el cual sería insignificante el anterior, aun con ser un prodigio. Las actuales calderas de vapor son organismos deplorables, toda vez que los mejores aparatos de combustión aprovechan solamente el 8 por ciento de la energía residente en el carbón de piedra. ¿Qué diríamos del panadero que para sacar ocho panes desperdiciara el trigo de 92? Pues en los malos hogares no llega a los cilindros de vapor ni siquiera el 5 por ciento de la fuerza que se desarrolla y existen en el hogar de la caldera.
Ahora bien, sabiéndose que tan enorme pérdida se debe principalmente a lo incompleto de la combustión y al enorme derroche de calor que se escapa por la chimenea de las máquinas con los gases de la combustión, muy de esperar es que la inventiva dé pronto con el remedio. Un kilogramo de hulla desarrolla 8.000 calorías en una hora; cada caloría debe elevar el peso de un kilogramos a 425 metros de altura; de modo que las 8.000, debiendo levantar en una hora a la altura de un metro 3.400toneladas, sólo levantan prácticamente 270 en los mejores organismos, o sea el 8 de cada cien. Pues agréguese que de esos 8, cuya energía ha podido al fin almacenarse en el vapor de agua, Sólo se utiliza en la máquina el 50 por 100; y fácilmente se comprenderá que aún resta bastante que mejorara, antes de que los aparatos de vapor se acerquen en la práctica a lo que promete la teoría.
Pero por mucho que los futuros mecanismos puedan ir ahorrando de combustible, jamás economizarán tanto como las necesidades de la civilización hagan gastar. El ahorro tiene un límite, más abajo del cual no podrá descenderse nunca, ni aun en los mecanismos ejecutados con la mayor perfección; mientras que no cabe límite asignable a un consumo que aumenta en proporción geométrica, doblándose o triplicándose cada quince años. ¿Qué hará entonces la Humanidad, cuando le falte el diamante negro, cuando le falte el combustible? ¿Restablecerá la esclavitud?
Verdaderamente es un prodigio la máquina del hombre. Según los cálculos de Helmotz, un quinto de la energía propia de las reacciones químicas que se efectúan en el cuerpo humano, reaparece en la fuerza de nuestros músculos.
Como acabamos de ver, no hay máquina ninguna de fuego que pueda rendir tanto. Y he aquí que, sólo por no fijarse la atención en esta maravilla de la organización humana, es por lo que confunden la mente las obras ejecutadas por naciones antiquísimas que no conocían el hierro, y que ni aun siquiera tuvieron a su servicio las fuerzas del buey ni del caballo. Sin embargo, aún permanecen las obras de muchos pueblos, cuyos nombres no conoce la historia, ocultos a las pesquisas de los más obstinados eruditos.
¿Qué raza fue aquella misteriosa del Perú, anterior sin duda a los Incas, que sabía labrar el oro incorruptible, el cobre y la plata, tejer telas de finísimo algodón y bordarlas con un primor ahora sin ejemplo? Aquellos hombres embalsamaban sus difuntos y los conservaban de cuclillas, desnudos o envueltos en chales suntuosos, dentro de nichos tallados en rocas resistentes a las desintegraciones de los siglos. Fue una raza ciclópea que terraplenó los barrancos del Perú en una extensión de 2.000 kilómetros, construyendo murallas de cantos poliedros y desiguales, a veces gigantescos y siempre sin cemento, como los bloques de los monumentos pelásgicos de la antigua Argólide. Las piedras de esos monumentos se hallan tan admirablemente talladas y pulidas, que el ajuste y encaje de las caras no discrepa; y las obras todas son de tan portentosa extensión que, juntas las murallas y colocadas a continuación unas de otras, podrían circundar diez veces, cuando menos, nuestro globo; ¡maravilla de tenacidad y de energía ante la cual son poco aún todos nuestro ferrocarriles!
¿Qué fue de la raza esbelta, bien proporcionada y de elevada estatura, que construía vasos, medallas, instrumentos músicos, relieves, estatuas colosales, casas, templos, sepulcros, puentes, acueductos, pirámides y fortificaciones en la Huchuetlapán mejicana, impropiamente llamada Palenque, ciudad verdaderamente de portentos en ruinas, del látigo simbólico de la T mística, las cruces, las serpientes, el escarabajo religioso y los inexplicados jeroglíficos, semejantes, sin embargo, a los del Egipto legendario?
¿Dónde están las gentes de los mouldings del Ohio y de todo el extenso valle del Mississippi?
¿Quiénes eran los que en Eastern Island, peñón aislado en medio de los mares, a 2.000 millas del Sur de América, a 2.000 de las Marquesas y a más de 1.000 de las Cambiar, modelaron los centenares de colosos de forma humana, de 10, de 12 y de más metros de altura, y peso superior al de 100 toneladas? ¿Cómo los movían? Tres metros de diámetro mide la cabeza de una de estas estatuas, todas de pie sobre anchurosas plataformas, y hoy se ven tendidas por los suelos de aquel insignificante islote, perdido en las inmensas soledades del Océano Pacífico.
De cierto no conocían los prodigios del vapor lo sagrados arquitectos druidas, de luengas barbas y coronas de laurel, que hicieron a sus esclavos levantar los dólmenes monolíticos de 700 toneladas y los menhires de granito indestructible, con 20 y hasta 25 metros de altura, rudos rivales de los bien tallados obeliscos del Egipto Faraónico.
De cierto no conocían el vapor los déspotas mitrados del Asia, que con la potente máquina de la esclavitud, cubrieron de maravillas la llanura de Babilonia, sin soñar nunca que sus escombros servirían algún día de morada a tigres, chacales y serpientes; ni contaban con nuestros recursos mecánicos los que edificaron Nínive, sepultada hasta hace cuarenta años; ni los que se coronaban en la sacra Persépolis, quemada por las teas de Alejandro, de sus capitanes, de sus griegas meretrices, tras una de las brutales orgías de aquel célebre conquistador; ni los que tallaron colinas de basalto y las ahuecaron primorosamente para formar templos como el índico de Kailasa, basílica incomparable de columnatas sostenidas por bueyes fantásticos y elefantes imposibles; ni los que levantaron las pirámides, y edificaron la ciudad de las esfinges de cabeza de carnero, Tebas la incomparable, que ostenta aún, en vez de árboles, selvas de columnas poderosas y alamedas de ingentes obeliscos.
¡Oh! Sin duda es una maravilla la máquina del hombre y una potencia increíble la de la esclavitud; pero la civilización que una vez haya sometido los agentes del Cosmos, no puede en modo alguno contentarse con la fuerza mezquina de las fibras musculares de las poblaciones esclavas.
La vida es muy corta, y la esclavitud trabaja muy despacio. Para hacer la gran pirámide de Cécrope, que mide 11.000 metros cúbicos, se necesitaron treinta años y 100.000 esclavos; mientras que para perforar el Monte Cenis con un túnel que cubica 500.000 metros, han bastado diez años y 500 trabajadores solamente. El túnel del Monte San Gotardo, hoy el mayor del mundo, puesto que tiene 15 kilómetros, se ha perforado en poco más de siete años.
Por otra parte, la esclavitud es un engendro de muerte. Todos los imperios fundados sobre ella han desaparecido de la tierra. ¿Qué fue de la antigua Roma y de aquella potentísima esclavitud que levantó tantos arcos de triunfo? Desapareció del mundo: bárbaros libres barrieron a los Césares de esclavos. Babilonia, Nínive, Cartago ya no existen.
Sin duda la esclavitud es un mecanismo de fuerza inmensamente mayor de lo que cree una poco profunda meditación; sin duda la esclavitud pudo ser un progreso cuando en los pueblos salvajes los vencedores, en vez de sacrificar a dioses implacables las entrañas palpitantes aún, de los prisioneros de guerra, y convertir en pasto y alimento de los antropófagos guerreros triunfantes la carne de la cencida tribu, destinaron los prisioneros de guerra a la labranza de los campos, a las obras de fortificación, a la formación de vías militares, y hasta la edificación de esos hoy inútiles obeliscos, dólmenes y pirámides que vanidades erróneas y creencias ahora inconcebibles hicieron erigir; sin duda la esclavitud es cara y lenta en su trabajo; pero hoy nuestro mejor conocimiento del derecho (y esto basta) la ha declarado una iniquidad inaguantable y un anacronismo insostenible en este siglo grandioso; menos grande por haber fijado la luz con la fotografía, haber detenido la palabra con el fonógrafo, haber dominado el espacio con la locomotora, haber prescindido del tiempo con el telégrafo, haber emancipado del dolor al hombre con el cloroformo; menos grande por todas estas maravillas que ni siquiera se atrevió a atribuir la magia a sus mentidos taumaturgos, fabricadores de milagros; menos grande por lo que ya ha hecho y le queda aún por hacer… que por haber consagrado los derechos imprescriptibles de la personalidad humana –la libertad de la palabra, la libertad de la ciencia, la libertad del trabajo- y haber declarado que el trabajo pertenece al trabajador; no al que le hace trabajar con el látigo inhumano.
No; no se volverá a la esclavitud; cuando el carbón fósil se haya extraído todo de las entrañas de la tierra. No; no se volverá a la esclavitud, como tampoco se volverá a la antropofagia, aun cuando faltasen alimentos. La esclavitud repugna al sentido moral civilizado, tanto casi como la alimentación con carne humana.
Pero, ¿y si falta el carbón?, ¿qué hacer entonces? Por fortuna la fuerza abunda en nuestro globo. No hay ser humano en el mundo de la civilización que no haya oído hablar de la Catarata del Niágara, como objeto sublime de poesía; pero pocos lo habrán considerado como objeto sublime de dinámica. Su solo salto de agua contiene en sí una energía superior con mucho a la de todo el carbón de piedra actualmente empleado como fuerza motriz en nuestro globo; esa caída es superior en fuerza teórica a la de 16 millones de caballos-vapor, y algún día el genio americano lo distribuirá por todo el Canadá y los Estados Unidos de la América del Norte. Pues también la maquinaria de la América del Sur será movida por las grandes cataratas del Potaro en la Guayana Inglesa; poco conocidas aún, pero que bien merecen serlo, como dignas rivales del Niágara.
El flujo y reflujo de los mares es una fuerza incalculable engendrada por las atracciones del sol y de la luna, combinadas con la rotación de nuestro globo, y que durará tanto cuanto duren las causas siderales de nuestro presente estado planetario.
A medida que se desciende al interior de la tierra, aumenta el calor, según la calidad de los terrenos, pero en general, el aumento de un grado cada 30 metros ó 35 de profundidad. En el pozo artesiano de Budapesth, orillas del Danubio, a cada 13 metros de descenso, término medio, la temperatura interna de la tierra subió un grado, tanto que el agua, desde la profundidad de 945 metros, ascendía con la temperatura de 71 grados centígrados; a la máxima profundidad del pozo, 970 metros y medio, la temperatura interna es de 74 grados. En el sondeo de 1.269 metros verificado en Sperenberg, cerca de Berlín, el grado geotérmico ha variado entre 21 metros y 140. En el pozo artesiano de Vitoria, provincia de Álava -cuya perforación se suspendió cuando ya la barrena había descendido algo más de un kilómetro de profundidad-, la temperatura crecía un grado centígrado por cada 38 metros, término medio. En la mina de oro The Savage, Estados Unidos del Norte de América, el calor es tan grande que el agua se convierte en vapor y escalda a los mineros; por lo cual hombres muy entendidos tienen propuesto una más profunda perforación por aparatos que obren a distancia, y alimentar luego de agua suficiente el nuevo pozo taladrado, para que convertida el agua en vapor, mueva la maquinaria de la mina… ¿El calor central del globo servirá, pues, de hogar inmenso algún día a todas las calderas y máquinas del futuro? Hoy por hoy no hay que pensar en que el carbón nos falte ni aun en que encarezca siquiera. Pero cuando la necesidad se haga sentir, cuando el carbón fósil haya vuelto en forma de ácido carbónico a la misma atmósfera de donde salió hace millones de años, entonces el hombre, continuando su marcha por las vías del progreso, sabrá prescindir del combustible actual, sin descender por ello de su puesto de honor presente, ni degenerar de su actual estado de civilización; porque un genio o, más bien, una serie de genios inventores, surgirá a conquistar las potencias inagotables, hoy no utilizadas, y otras fuerzas, hoy desconocidas, reemplazarán la energía que ahora sacamos del carbón.