La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

16 de octubre de 2008

¡Alerta!, un artículo de Lucas Batanero

En su número del 29 de septiembre de 1889, publicaba El Atalaya de Guadalajara este artículo, escrito por Lucas Batanero Rojas, vecino de la localidad de Baides. Para entonces, los republicanos estaban perdiendo el monopolio político sobre la clase trabajadora de la provincia alcarreña y, a cambio, estaban organizando profesionalmente a otras clases y grupos sociales: agricultores, campesinos, maestros, funcionarios… Frente al cerrado clasismo del núcleo marxista de Guadalajara, que sólo atendía a los obreros industriales, los republicanos levantaban la bandera del pueblo, de las clases desfavorecidas a las que en este artículo se les hace un llamamiento fraternal. Esta actividad societaria de los republicanos les permitió alcanzar en la provincia alcarreña un amplio respaldo social y un nutrido apoyo electoral que les permitió amenazar el turnismo monárquico de la Restauración.

Desde que apareció a la luz pública El Atalaya de Guadalajara, tuvimos las clases rurales de la provincia algún consuelo y esperanza en medio de tantos y tan repetidos quebrantos que nos rodean, las de que había en la provincia una bandera, a cuya sombra nos agrupásemos los desgraciados hijos del campo, y un caudillo enérgico y decidido que sabe sustentarla con honra y con ardimiento.
Escasa es la edad periodística que alcanza el ya popular Atalaya; pero le ha bastado nacer para ser ya simpático y para contar con muchos devotos y partidarios, pues cuantos procedemos de las filas agrarias, sentimos una fuerza superior que nos impulsa a identificarnos con su programa y contribuir con nuestra escasa capacidad y elementos materiales a la consecución que persigue, a la rehabilitación y emancipación de esclavos blancos que se llaman agricultores.
A ello, pues, que las fuerzas se agotan, que la paciencia termina y que la respiración suspirosa sólo tiene alientos y energías para exclamar y repetir incesantemente: ¡tenemos hambre!, ¡nos falta el pan!, ¡aplacar la sed que sentimos de protección y justicia!
Y en tal situación, ¿es posible ver con calma que esa madre amorosa y fecunda llamada agricultura, vaya lentamente agonizando, como mañana acontecerá a las artes, las industrias y el comercio? No, ciertamente; investíguese el mal si es desconocido, estudiemos cada cual en su región y circunscripción las causas locales y generales que sostienen el estado de postración en que se encuentra la agricultura, y acudamos a las columnas de El Atalaya a consignar nuestras observaciones, ayudando con nuestro concurso a su digno director, a sus ilustrados redactores que aunque la forma sea deficiente, aunque el estilo resulte vulgar, nada importa, pues el labrador, el humilde hijo del campo no escribe para conseguir títulos y reputaciones de literato, sino para protestar del abandono en que se encuentra y del olvido a que les relegan las eminencias que rigen los destinos de la patria.
Vamos a terminar, dirigiendo una fraternal invitación a clases que son nuestros hermanos.
¡Labradores honrados que cosecháis como fruto de un año de rudos y penosos trabajos, la falta de pan para vuestros hijos, la sobra de impuestos y cargas del fisco, y la anemia y enfermedades que produce el trabajar mucho y comer poco y malo!
¡Compañeros de la clase médico-farmacéutica, que a turno diario encontráis desconocidos y hollados vuestros derechos, mermadas vuestras exiguas retribuciones; vosotros que tan de cerca apreciáis el estado de pobreza y desdicha en que se encuentran los pueblos, vosotros que muchas veces olvidáis que tenéis familia y sagradas obligaciones que cumplir para vaciar vuestro bolsillo en manos de la esposa afligida a fin de que aporte los recursos de primera necesidad, para la alimentación del enfermo padre de familia!
¡Magisterio noble, cuya sacrosanta y elevada misión recoge por fruto de sus desvelos el olvido y la miseria!
¡Secretarios humildes y laboriosos que como nadie conocéis la situación aflictiva e imposible de los pueblos, pues intervenís por exigencias del campo en el balance diario de su riqueza y sabéis que la columna del deber es interminable, y la del haber es nula!
Si es verdad que procedemos del pueblo, y al pueblo nos debemos; si es cierto que nos honramos con el trato y cariño de las clases agricultoras, demostrémoslo, sacudiendo el indiferentismo que todo lo mata y disponiéndonos a luchar como buenos; pues la lucha dignifica cuando se inicia por una buena causa.
Lúgubre aspecto presentan nuestros campos, tristes y oscuros los matices de nuestros destinos, pero en Guadalajara hay un adalid entusiasta, hay un periódico genuinamente regional, completamente alcarreño, que está con nosotros y por nosotros; ayudémosle en su empresa, y si él es nuestro paladín y defensor, seamos nosotros sus auxiliares y aliados, y de esta suerte llegaremos al fin, o sea a levantar algo la pesada cruz que abruma a los labradores de nuestra tierra.