La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

22 de septiembre de 2008

Sobre la Autonomía Obrera en Barcelona

Bono de ayuda al Colectivo Autónomo de Trabajadores, 1987 (Archivo La Alcarria Obrera)

La revuelta de Mayo de 1968 revitalizó el espíritu libertario y extendió la crítica al marxismo clásico entre la juventud revolucionaria. Junto al izquierdismo maoísta, viejas corrientes teóricas que se suponían agotadas o, cuando menos, que se creían superadas reverdecieron en medio del empacho ideológico de la década de los años setenta del siglo pasado: consejistas, luxemburguistas, plataformistas… un debate teórico en muchas ocasiones falto de rigor en el análisis y, casi siempre, poco o nada contrastado con la realidad. Una de las tendencias que irrumpieron en aquel momento fue la de la Autonomía Obrera, nacida en Italia y Francia y que llegó a España al calor de las luchas populares de la Transición. Aunque fue muy minoritaria, y con interpretaciones muy divergentes, siempre se mostró lejos del anarquismo teórico y en contra de la CNT. Aquí ofrecemos un texto publicado en 1979 en el folleto Apuntes sobre la Autonomía Obrera editado por el Colectivo Etcétera.

El objeto de estas notas es situar lo que el concepto de autonomía obrera ha revestido durante estos últimos años en Barcelona, y lo que reviste hoy. Para ello partiremos de una distinción, algo ficticia, a veces tenue, a veces clara, entre acción autónoma del conjunto de la clase obrera, y grupos militantes reclamándose del movimiento autónomo, o artífices de un discurso sobre la autonomía y de una práctica autónoma de partidos y sindicatos. Esta distinción es clara cuando estos grupos no son ya una fracción de la clase obrera, la más radical, sino simplemente núcleos de acciones esporádicas, predominando las tareas de publicación.
Reaccionando frente a la práctica reformista y burocrática de CCOO, y frente al “leninismo” mismo, se afirman, por los años 70, una serie de grupos, con y sin siglas, que intentan impulsar la autoorganización de la clase obrera en torno a planteamientos anticapitalistas. Partiendo de la crítica al partido como grupo separado que desde fuera ha de introducir la conciencia a la clase y cuyo objetivo es la toma del poder político, y de la crítica al sindicato como correa de transmisión, aparato de control y encuadramiento, y pieza clave para la reproducción capitalista, se pretende agrupar a los obreros en torno a plataformas antisindicales y anticapitalistas.
Este denominador común agrupa a una serie de grupos muy distintos; desde núcleos con militancia individual en algunas fábricas, hasta pequeñas organizaciones con centralismo democrático,.., desde autónomos críticos de la misma autonomía, hasta profesionales de la autonomía como una nueva organización.
De todas formas en su conjunto, y simplificando, su discurso rompe verbalmente con el izquierdismo; entiende, por ejemplo, la formación social instaurada en la U RSS, como capitalismo de estado y no como socialista con estado obrero degenerado; entiende el capitalismo no solamente como propiedad privada de los medios de producción sino como modo de producción de mercancías, de valores de cambio, y habla por tanto de la revolución comunista como destrucción del asalariado y del Estado.
Su práctica, queriendo ser autónoma de partidos y sindicatos, seguía la de éstos, criticándola y radicalizándola cuando podía, pero sin poner en cuestión el mismo tipo de intervención; reproduciendo el substitucionismo que criticaba, queriendo dar como ellos respuestas globales a todos los problemas, organizándose en comités de apoyo... Jugando en el mismo terreno, siempre un poco más a la izquierda, no hacía más que fortalecerlos.
Rompiendo verbalmente con el izquierdismo, quedaba prácticamente anclado en él, al no llevar consecuentemente la crítica del capitalismo y del reformismo hasta una posición comunista, es decir crítica real del Capital. Su anticapitalismo se diluía en socialismo autogestionario o consejista, al entender el capitalismo como modo de circulación o de gestión. La autogestión aparecía así como una afirmación comunista y no como una moderna afirmación capitalista. Su antisindicalismo se quedaba en una crítica a nivel de formas organizativas y por tanto en una crítica antiburocrática, dando a la autoorganización un valor en sí, sin discutir su contenido. Las luchas obreras se valoraban sólo por el grado antiburocrático que manifestaban, por su autonomía respecto a partidos y sindicatos, pero no por su contenido. Autoorganización, autogestión, en el fondo solamente se oponían pues a burocracia, y por tanto no representaban un paso fundamental en afirmación comunista.
Con la legalización de los partidos obreros y de los sindicatos, estos grupos se diluyen. Muchos de sus militantes abandonan toda práctica de grupo y abandonan sus anteriores análisis y planteamientos, mostrando un total escepticismo respecto a cualquier tipo de intervención. Otros ideologizan esta posición, “pasando” de todo. Otros intentan comprender y criticar su pasado, buscando otras formas de intervención. Otros entran en CNT, que viene, en parte y con retraso, a ocupar el lugar dejado por los anteriores grupos autónomos, reproduciendo su izquierdismo pero con un inconveniente: que ahora se trata de un sindicato. Otros continúan reagrupándose en torno a los mismos planteamientos “autónomos” anteriores, pero con el empeño ahora de organizar esta autonomía en lugar de criticar su pasado, lo insuficiente de su análisis del Capital, lo convierten en ideología. El nuevo discurso “autónomo” que así aparece, no es ya el balbuceo cuestionador anterior, sino un enmascaramiento de la crítica del capitalismo.
Así, de tanto hablar de reestructuración capitalista, continúan viendo el capitalismo desde el punto de vista de la circulación y no del de la producción. Entonces la autogestión obrera es una lucha anticapitalista y las formas organizativas antiburocráticas pasan a ser contenidos anticapitalistas. Todo queda reducido a una lucha contra la burocracia, contra la representación, y por la democracia directa.
A fuerza de hablar de la violencia del Estado y de la organización contra esta violencia, confunden Capital con Estado. Al fijar la lucha contra el Estado, contra sus fuerzas represivas, como primordial, olvidan que el capitalismo es un dinamismo social que se alimenta de la participación de la misma clase obrera en esta esfera política. Como antes la autoorganización, es ahora la violencia el baremo de la lucha de clases.
A falta de revolución comunista: reformismo de la vida cotidiana. Ante la ausencia real de la revolución, estos grupos idealizan como revolucionaria cualquier lucha de nuevo tipo en el ámbito de la vida cotidiana: ecologismo, feminismo, marginalidad... viendo aparecer continuamente nuevos sujetos revolucionarios que vendrían a realizar la tarea comunista que Marx asignara en el s. XIX a la clase obrera. En lugar de intentar descubrir lo que hay de movimiento real de ruptura en tales luchas y en tales fracciones del proletariado, fetichizan lo que ya es ideología. Con todo esto, se ahorran de ponerse el problema central: la ausencia hasta hoy de la revolución comunista.
Vamos a fijamos ahora en la actividad autónoma de la clase obrera en España durante estos últimos años. Su autonomía respecto a los aparatos de encuadramiento y control sindicales y políticos, aparece continuamente. La asamblea como único órgano decisorio, con sus delegados revocables, aparecen en la mayoría de los procesos de lucha, intentando afirmarse en contra las incipientes burocracias sindicales. Más, las luchas desbordan el marco de la empresa y se dan un poco por todas partes. En los barrios, las reivindicaciones por mejores equipamientos, mejores transportes... son llevadas a cabo directamente por los propios interesados, sin mediaciones, autoorganizándose, quedando marginados los aparatos de control y de representación, que son más débiles al no tener una estructura sindical como en las fábricas y en otros muchos sectores: mujeres, estudiantes, presos..., se afirma la autoorganización de sus luchas por los interesados mismos.
Con la legalización y fortalecimiento de los partidos obreros y de los sindicatos, este movimiento autónomo experimenta un cierto reflujo. En los barrios, la actividad de los partidos de izquierda y de extrema izquierda, hacia el control del voto, ha fortalecido la pasividad de los obreros. Las luchas en las empresas son más encuadradas, más manipuladas, por los sindicatos, aunque continuamente corren el riesgo de ser desbordados y muchas veces lo son.
El conjunto pues de toda esta actividad de la clase se nos aparece como autónoma respecto del sindicato, pero esto no quiere decir que sea autónoma respecto al Capital. Idealizar estas luchas, como hacen los grupos autónomos, quedándose a nivel de las formas organizativas y no pasar al nivel de los contenidos, es un engaño que nos impide ver la fuerza real de la clase. Una lucha llevada a cabo al margen de los sindicatos puede ser tan sindicalista, tan reformista, como la más encuadrada, si no apuntan ya, junto con las nuevas formas de autoorganización, contenidos que miren hacia la destrucción del trabajo asalariado.
Hablamos de autonomía respecto al Capital y de contenidos anti-asalariados. Esto requiere una mayor explicación. Evidentemente, estas luchas autónomas respecto a los aparatos de control, llevadas a cabo por los mismos obreros y para ellos mismos, son luchas dentro del marco capitalista, es decir que no se proponen directamente la abolición del asalariado y el comunismo. Pero sí que pueden aparecer, y aparecen, contenidos que aunque expresados en reivindicaciones limitadas, apuntan ya contra el Capital. No se trata de que unas reivindicaciones sean integrables y otras no -todas son hoy integrables por el Capital-, pero mientras unas lo interiorizan y le dan soporte, otras introducen elementos críticos a la totalidad del sistema de explotación y dominación capitalista.
De igual modo, si hablamos por separado de formas y de contenidos, no es para oponerlos, pues se funden en el movimiento de lucha, sino para ver la fuerza del movimiento. Forma y contenido, autoemancipación y autodestrucción, son para el proletariado las dos caras de una misma moneda: la revolución comunista. Separando estas dos caras, mirando sólo la autoorganización, el Capital con sus partidos y sindicatos obreros, puede llegar a conceder todo a la clase trabajadora: autogestión, Estado obrero..., etc., menos que deje de ser clase trabajadora. Pero el comunismo no es la gestión del Capital por representantes de la clase obrera o por la propia clase obrera (capitalismo de Estado o consejismo) sino la destrucción del Capital y por tanto la destrucción del proletariado como tal, y el comienzo de una actividad diferente: la realización de la comunidad.
Intentemos ahora poner más explícitamente algunos de los problemas, de las cuestiones, que nos han surgido a lo largo de estas notas críticas, fundamentalmente la cuestión de la ausencia de la revolución y la de la fuerza real de la clase, aunque no sepamos avanzar ninguna solución. Pero esto no invalida la perspectiva crítica que hemos adoptado, aunque no tengamos alternativas. No tener otra cosa a proponer, no saber qué camino coger, no es razón para hacer “algo”, para recorrer caminos conocidos que sí sabemos ya a donde van.
El proletariado en el proceso hacia su autoemancipación se ha autoafirmado, no se ha negado, no se ha autodestruido, no ha llevado -salvo en contados momentos- una actividad autónoma respecto al Capital. Ha sido beligerante en las dos últimas guerras mundiales; lo hemos visto encuadrado en organizaciones estalinistas; lo hemos visto mantener la Economía, trabajando para consumir cosas de nulo interés... Lo hemos visto luchar por intereses que no eran los suyos: la democracia, en un terreno que no era el suyo: la guerra interclasista. Lo hemos visto también luchando contra el Capital, rechazando el trabajo, pero en asaltos… que se paran. Y otros que no empiezan. ¿Por qué no empiezan? ¿Por qué se paran? Hemos visto como, "en el punto más alto de la lucha", los vencedores se rendían a los vencidos: julio 1936.
En ausencia de la revolución comunista, el Capital se ha reproducido hasta la barbarie actual, generalizando al proletariado. En esta situación ¿qué quiere decir llevar a cabo una actividad autónoma del Capital?, ¿qué quiere decir llevar a cabo una intervención comunista?, ¿qué quiere decir ser revolucionario?... ¿qué sentido tiene todo ésto?
Hoy la clase en su conjunto sabe que en y con sus luchas no va al asalto del todo. No se engaña. No es que no tenga conciencia, que no sea consciente de su explotación por el patrón y por el Estado, y por la Economía. No hay pues lugar para los grupos que le quieren aportar conciencia. Le sobra conciencia y le sobran dirigentes. Le falta fuerza. Prefiere aún, por el momento, la seguridad de su vida poco atrayente, poco apasionante, al riesgo, a la osadía de la libertad y de la comunidad. Con todo, algunas fracciones resisten, atacan, pero rápidamente son aisladas del resto de la clase, son reducidas a ghetto. El Capital divide continuamente al proletariado: hombres-mujeres, jóvenes-viejos, empleados-parados... Algunos se agrupan y recubren la ausencia de la revolución con la desesperación: terrorismo arcaico y moderno. Pero en su aislamiento, el Capital siempre es más fuerte.
Es a partir de todo esto que querríamos situar el problema de la intervención. ¿Qué espacio (en el sentido de intervención fuera de la política institucionalizada pero dentro de lo macrosocial) nos queda a los que sin poder entrar ya en el espectáculo de la representación política (sin ser demócratas de toda la vida) apostamos por el comunismo -por la posibilidad de la comunidad- siéndonos más impensable la continua reproducción de lo mismo que la ruptura radical? ¿Qué espacio puede configurar esta pasión por el comunismo, esta paciencia que no descansa atenta al nuevo asalto proletario, a las rupturas que determinadas fuerzas sociales introducen...? ¿Qué espacio puede configurar éste resistir al engaño de las nuevas ideologías del Capital -que con tal de mantener el proletariado puede hablar de autogestión, de vida cotidiana, de autogestión de la vida cotidiana, de ecologismo, de feminismo...- rompiendo mil lanzas contra ellas para desmenuzarlas y hacerlas aparecer como lo que realmente son: trampas para la participación, para el mantenimiento del asalariado?
Encontrar este espacio de intervención continúa siendo nuestro empeño.