La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

24 de diciembre de 2007

Agrupación Socialista de Madrid a los electores

En las elecciones legislativas de 1903 el PSOE presentó a sus candidatos por Madrid: Pablo Iglesias y Jaime Vera. La evidente recuperación electoral de los republicanos, que habían conseguido la alcaldía de una capital de provincias como Guadalajara, y el innegable éxito de la Huelga General convocada en Barcelona por las Sociedades obreras anarquistas, habían situado a la defensiva a un PSOE que no obtenía una representación institucional significativa. En el presente Manifiesto electoral de su Comité Local de Madrid, el partido obrero se dedica principalmente a atacar a los militantes anarquistas y a los trabajadores que siguen sus consignas abstencionistas, a los que califica de imbéciles, mientras tiende puentes hacia los republicanos. En estos comicios, el PSOE no ganó ningún escaño, los republicanos siguieron siendo una exigua minoría parlamentaria, pero los anarquistas desarrollaron una exitosa estrategia sindical que desembocó en 1907 en la Solidaridad Obrera catalana y en 1910 en la CNT.

La frecuencia con que los partidos del turno gobernante necesitan convocar los comicios, es por sí sola demostración palmaria de que nuestras clases directoras carecen de aptitud para regir los destinos de la nación con aquella normalidad resultante de un criterio ilustrado y maduro acerca de las necesidades del país en cada momento histórico, de tal modo que podría creerse, vista la inestabilidad de los Gobiernos españoles, que vivimos en indefinido período constituyente y muy lejos de alcanzar ese equilibrio y esa segura orientación con que los Parlamentos burgueses de otros pueblos llegan al término del ciclo constitucional que tienen que recorrer.
Merced a esta repetida y estéril consulta al cuerpo electoral, pónese en evidencia un hecho por demás triste y desconsolador, cual es que en España no existe verdadera opinión pública con vigor bastante a imponer su voluntad y sus decisiones, y que la función soberana que en otros países determina con imperio incontrastable la dirección que han de seguir los gobernantes, es aquí repugnante comedia que acaba siempre en victoria de los cínicos histriones llamados a presidirla, en virtud de esas artes taumatúrgicas del chanchullo y del pucherazo en que son maestros consumados conservadores y liberales, auxiliados por la indiferencia musulmana de la mayoría de los ciudadanos.
Aún luchando contra esa inercia y contra esas malas artes, el Partido Socialista va de nuevo a la pelea, si no con la seguridad del triunfo, animado del cumplimiento del deber cívico que le impone su misión educadora de la clase obrera, juguete o comparsa hasta ahora de todos los partidos políticos, y para dar una vez más la nota de honradez, de seriedad y de entereza en este género de luchas, alcanzando el lauro inestimable de la consideración de los hombres rectos, y capacitándose para lograr resultados positivos en fecha no lejana.
Y acuden los socialistas a las urnas porque, lógicos con su táctica de combate contra la sociedad capitalista, estiman que no basta batir al patrono solamente bajo el aspecto económico en el terreno de la Sociedad de resistencia, sino que hay que acometerle con igual o mayor empuje en el terreno político, en su fortaleza del Estado, amparadora de sus privilegios de clase e instrumento de opresión de los productores de la riqueza. Y si el propio convencimiento no nos dictara esta regla de conducta, nos lo aconsejaría el ejemplo del proletariado de los países más adelantados, donde valiosas y enérgicas minorías socialistas conquistan cada día mejoras para la clase obrera y son la más segura garantía contra las asechanzas de los elementos reaccionarios.
Vamos, pues, en primer término, a reavivar el espíritu de esa gran parte de nuestros conciudadanos que, ya sea por escepticismo nacido de pasados desengaños, ya por desconocimiento del verdadero valor del derecho de sufragio, son cómplices inconscientes de la sucesión de esta serie de Gobiernos que nos aniquilan y envilecen, y cuya sola existencia es signo evidente de la degeneración y carencia de energías de la sociedad española.
Hemos de luchar también contra esa propaganda abstencionista que por ciertos elementos se hace entre los trabajadores, argumentando que la contienda electoral deprime las energías de éstos, que el acceso de los obreros a los cargos electivos los hace venales, y que la actividad de los proletarios sólo debe ejercitarse en actos de violencia revolucionaria.
Los que tal propalan, resultan en realidad verdaderos enemigos de la clase obrera, auxiliadores no siempre inconscientes de los explotadores. Saben los anarquistas que nosotros no pretendemos transformar por arte mágica la naturaleza moral de todos los hombres, y que si no es imposible que un diputado socialista deshonre o venda su investidura –eventualidad que hallaría inmediato correctivo con la desautorización de sus electores-, también es muy posible que terribles propagadores de la abstención electoral, partidarios incansables del hecho de fuerza sin ton ni son, autoridades reconocidas y acatadas en el campo libertario, puedan vender o hayan vendido su influencia y sus servicios a favor de determinados personajes políticos burgueses.
Además, una buena parte de estos consecuentes panegiristas de la abstención, sin duda para reforzar con hechos su tarea cómicamente demoledora, no dejan de depositar su voto en las urnas, no a favor de los candidatos de su clase, sino en pro de los odiados burgueses, y casi siempre por el consiguiente estipendio.
Cuanto a que la lucha electoral adormece las energías obreras, que deben emplearse en hechos de fuerza, nada más falso; para demostrarlo, basta invocar el ejemplo de los demás pueblos: allí donde la representación parlamentaria obrera es más numerosa y pujante, la verdadera energía revolucionaria es más poderosa y temible: por el contrario, en España, donde hasta ahora no existe tal representación y donde los anarquistas han apelado varias veces a la violencia, es donde la conciencia revolucionaria se halla más adormecida. Porque esto es así, se explican los repetidos fracasos de las empresas libertarias, inspiradas por el anticuado concepto de los partidos burgueses avanzados acerca de la revolución, que sin duda creen que consiste en la efímera algarada o en el trastorno estéril, de los que al cabo quedan como único resultado unas cuantas víctimas y un mayor ajuste de los tornillos de la coerción; desconociendo quienes así proceden que, en el estado actual del problema social, y muy especialmente en esta rezagada España, la labor esencialmente revolucionaria consiste en despertar el espíritu de clase, en poner de relieve los antagonismos sociales, en estudiar los complejos aspectos del problema magno de la transformación de la propiedad, en crear caracteres y capacidades para una lucha tremenda y difícil que exige grandes virtudes y un temple excepcional, en hacer, en fin, todo lo que en la medida de sus fuerzas hace el Partido Socialista español, con resultados quizá no brillantes y deslumbradores para los imbéciles, pero suficientemente positivos para afirmarle en la creencia de que cumple una misión civilizadora.
La abstención electoral, mírese bajo cualquier aspecto, es, pues, suicida y favorecedora de la reacción imperante: pese a todas las argucias, ciudadano que se abstiene es ciudadano que vota la candidatura ministerial. Hubiera un cuerpo electoral celoso de sus deberes y de sus derechos, con la entereza que da el perfecto conocimiento de la función de la ciudadanía, y los amaños, trapacerías y habilidades de los seudo-gobernantes serían impotentes para burlar sus dictados.
Hoy más que nunca es necesario que todos los ciudadanos, y singularmente los trabajadores, emitan sus sufragios en son de protesta contra un Gobierno y contra unas instituciones divorciados de la opinión, mantenidos por la fuerza coercitiva del Estado y por una oligarquía jesuítico-capitalista que, a trueque de su odioso predominio, conculca todos los derechos, avasalla las conciencias, pisotea sus propias leyes, hace de España ludibrio de las demás naciones y nos aleja del concierto de la civilización.
La candidatura socialista no es, pues, ya sólo de enérgica protesta contra el régimen del salario, contra la explotación de los mejores y más útiles por los parásitos dañinos, sino también cartel de guerra contra estos Gobiernos ineptos que no soportaría una burguesía ilustrada y conocedora de sus propios intereses, y hábiles sólo para provocar conflictos de toda especie, que no solucionan sino con la humillación o con el máuser.
Felizmente, si hemos de creer recientes y solemnes protestas, hoy no están solos los socialistas para velar por la pureza relativa del sufragio: el renacimiento de las fuerzas republicanas, que nosotros vemos con simpatía como esperanza de renovación progresiva y nuncio de mayores avances del Socialismo, lo estimamos como garantía contra los amaños ministeriales. Luchan los republicanos con su bandera y su candidatura propias; luchamos los socialistas, como siempre, con nuestra bandera desplegada y sin confusiones ni acomodos con ninguna fracción burguesa; mas para el hecho concreto de imponer el respeto a la emisión libre del voto, sin pacto alguno previo, sin estipulación de compensaciones interesadas e indecorosas, esperamos coincidir con los elemento republicanos, hallando éstos en los socialistas auxiliares tan decididos cuanto sea necesario, así como censores implacables de su conducta si ésta no se ajusta a la moralidad política más estricta.
A las urnas, pues, trabajadores manuales, a votar la candidatura socialista, la que representa vuestros intereses de clase, vuestras reivindicaciones económicas y políticas, la que complementa vuestros anhelos y esfuerzos de mejora en la Sociedad de resistencia.
Y vosotros, proletarios del bufete, del mostrador, de la redacción, de la escuela, de la cátedra…, tan oprimidos y a veces más vejados que los obreros del músculo, y que, si sois verdaderos intelectuales, debéis rebelaros contra esta infamante organización social y contra esta odiosa pandilla gubernamental que sojuzga las conciencias, perpetúa la ignorancia, agrava la miseria, y que ni siquiera da muestras del instinto de conservación que poseen hasta los seres más inferiores de la escala zoológica, a votar también la candidatura socialista, para demostrar al mundo que si España está prostituida y agonizante por la estulticia de su clase directora y por su falta de medianos estadistas, no deja de haber en ella un proletariado con la vista fija en los supremos destinos de la humanidad, dispuesto a colaborar en la obra gigantesca del Socialismo internacional.
Si esto hacéis, tened la seguridad de que muy en breve será imposible que ningún ministro imprudente, refiriéndose al Partido Socialista, pueda decir, como respecto a otros elementos se ha dicho, con frase despectiva y cortesana, que sus actos no tienen la eficacia de los bíblicos trompetazos ante los muros de Jericó.